Por José Vasconcelos

Foto por Victor Hugo Valdivia de la serie ‘Allende, Coahuila II’

Para distinguir los libros hace tiempo que tengo en uso una clasificación que responde a las emociones que me causan el leerlos. Los divido en libros de leo sentado y libros que leo de pie. Los primeros pueden ser amenos, instructivos, bellos, ilustres o simplemente necios y aburridos; pero unos y otros, incapaces de arrancarnos de la actitud normal. En cambio los hay que, apenas comenzados, nos hacen levantar, como si de la tierra sacaran una fuerza, que nos empuja los talones y nos obliga a enderezarnos como para subir. En éstos no leemos, declamamos, alzamos el ademán y la figura, sufrimos una verdadera transfiguración. Ejemplos de tal género son la tragedia griega, Platón, la filosofía indostánica., Dante, Espinosa, Kant, Schopenhauer, la música de Beethoven, y otros si más modestos no menos raros.

Al género apacible de lo que se lee sin sobresaltos pertenecen todos los demás, innumerables, donde hallamos enseñanza, deleite, unción estética pero no el palpitar de conciencia que nos levanta como si sintiésemos revelado un nuevo aspecto de la creación, que nos incita a movernos para llegar a contemplarlo entero.

Por lo demás, escribir libros es un triste consuelo de quien no se adaptó a la vida. Pensar es la más intensa, la más fecunda función del vivir; pero bajar del pensamiento a la tarea dudosa de escribirlo, mengua el orgullo y denota insuficiencia espiritual, desconfianza de que la idea viva si no se la apunta: un poco también de vanidad y algo de solicitud fraternal de caminante que para beneficio de los futuros viajeros, marca lugares donde se ha encontrado el agua ideal que es indispensable para proseguir la ruta. Pero un libro como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía.

Si se pudiese ser hondo y optimista nunca se escribirían libros. Si existiesen hombres plenos de energías, libres y fecundos, tales hombres no se dedicarían a remedar con letra muerta el son inefable, el remoce perenne de una vida que absorbería todos sus impulsos. Un libro noble siempre es fruto de desilusión y signo de protesta. No hay quien no prefiera vivir pasiones y heroísmos, más bien que cantarlos, por más que sepa hacerlo en tupidas y bravas páginas. Escriben el que no puede obrar o el que no se satisface con la obra. Cada libro dice expresamente o entre líneas: “Nada es como debiera ser”.

¡Ay del que toma la pluma y se pone a escribir mientras afuera todo es potencial del ímpetu humano, cuando todo lo inconcluso se halla clamando por la emoción que ha de consumarlo en su pura y perfecta realidad!

Pero ¡ay! también, de aquel que consagrado a lo de afuera, ni reflexiona ni se hastía. Nunca morirá para las cosas como muere el inconforme, y así se encuentra como el que aún no nace, pues nacer no es venir al mundo en que juntas subsisten la vida y la muerte, sino vencer la muerte, desprenderse de la masa sombría de la especie, rebelarse contra todo “humanismo”, quererse ir, levantarse con el arranque de los libros que se leen de pie, los radicalmente insumisos.

Yo no sé a qué nacemos cuando con Buda o Jesús renunciamos el mundo, pero si son indiscutibles la nobleza y la fatalidad de la renuncia, de la renuncia que anticipa el tardío dictado de la muerte y que atestigua la saciedad sin cuya conquista parece que no nos vale la vida, y por lo mismo hay peligro de volver al planeta; peligro de volver aquí, para ensayar otra vez la conquista del superhombre, del Buda, del semidiós.

Los libros buenos reprueban la vida sin por ello transigir con el desaliento y la duda. Para convencernos basta leerlos, y obsérvese, particularmente, cómo los interpretan los fuertes. Porque el enfermo desea la salud y cree que se conformará con ella, y el débil anhela la fuerza como una redención pero el sano y alegre, el valeroso y audaz, si es exigente, si es héroe, reclamará lo que jamás se obtiene. Frente al optimista que goza los más hondos deleites y al profeta que señala el valle de lágrimas en que debemos morar por algún tiempo, aun si no lo comprendemos, respetamos a quien dice: “es preciso”, y despreciamos y nos reímos a la vera del que exclama: “¡qué bello, qué bueno!”.

Y es que la verdad sólo se expresa adecuadamente en el tono profético, en el ambiente trémulo de la catástrofe. Así habla en la gama entera que va del seco estallido deslumbrante del verbo esquiliano, hasta la sinfonía halada del diálogo platónico; en toda ella percíbese la sacudida heroica, el erguimiento típico del alma.

También Eurípides, uno de los grandes y libres que por aquí han pasado comprendió lo humano con tal claridad que, movido de compasión, se puso a escribir sus visiones, cuidando de repetir su aviso profundo: Desconfía, no te engrías en tu goce, no te llames feliz porque no sabes lo que el destino te reserva. ¿Para qué quieres gloria, hermosura, poder? Mira la casa de Príamo, escucha los lamentos de Hécuba, la fiel Andrómaca comparte por la fuerza el lecho del vencedor. El pequeño hijo de Héctor acaba de perecer y de toda la grey ilustre queda tan sólo la teoría de las esclavas troyanas implorando inútilmente mientras caminan al destierro. ¡Para qué tienes hijos!

Más como la verdad causa terror y muchos se alarman de los corolarios que cualquier espíritu implacablemente sincero podría deducir de estas enseñanzas inmortales, los hombres de juicio, los sacerdotes del sentido común con Aristóteles a la cabeza, dedícanse a fabricar interpretaciones como aquella que nos dice que la tragedia al hacer del dolor representación universal nos alegra y nos reconcilia con la vida. ¡Reconciliación en vez de liberación! Parecen temer estos sabios prudentes que algún día los hombres comprendan y por eso se escriben los libros que nos vuelven a la calma, al buen sentido vulgar: los libros que leemos sentados porque nos apegan a la vida.

 

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