En algún momento previo al festejo de Día de muertos de aquel 1981, mi maestra de sexto grado de la primaria Adamo Pagliai en Naucalpan, Estado de México, pidió a todos sus alumnos traer una fotografía de algún difunto de la familia para ponerla en la ofrenda de la escuela. Al día siguiente, la mayoría de los niños y niñas trajo fotografías de los parientes fallecidos y de una que otra mascota, las cuales fueron poniendo bien acomodaditas a lo largo y ancho del altar, junto al pan duro, los dulces, las flores, las veladoras, el papel picado y las calaveritas de azúcar.

Cuando la directora de la escuela se fue a dar un rol por el salón para ver cómo quedó nuestra ofrenda, vio con detenimiento una imagen en color sepia que, más que fotografía, era un recorte del periódico Esto. Inmediatamente preguntó quién la había colocado ahí. Di un paso al frente, levanté la mano y, antes de decir algo, ella me espetó un seco “¿Por qué?”. Yo le argumenté que quien se encontraba en la foto lo consideraba no de la familia, sino alguien que merecía estar ahí…

—¡Pero, ese greñudo…! —me interrumpió violentamente.

Yo, resignado, levanté los hombros, quité el pedazo de periódico y me lo guardé en la bolsa del pantalón; después lo pegué con saliva en la pared del cuarto que rentábamos. Quien se encontraba en esa imagen era ni más ni menos que John Winston Lennon.

Desde los muelles de Liverpool a las calles rojas de Hamburgo

Por las canteras con los quarrymen

Tocando para las grandes multitudes, tocando para los asientos baratos

Otro día en la vida en tu camino al final del viaje.

El Beatle bocazas —que una vez dijo ante los oídos atónitos de todo el mundo que Los Beatles eran más famosos que Cristo, provocando que sus admiradores quemaran sus discos en una hoguera de desaprobación; quien dijo ser la morsa, el héroe de clase obrera y que se fue a la India con el cuarteto de Liverpool, dizque a compartir una experiencia espiritual, y en vez de eso se puso a echar relajo pero igual le dio inspiración para componer grandes canciones contenidas en el famoso Álbum Blanco [The White Album]— apenas iba a cumplir un año de haber sido asesinado por un tal Mark David Chapman (aunque ya nos lo había quitado antes Yoko Ono), su fan más acérrimo, con disparo a quemarropa, después de llamarle “Señor Lennon” y que acabó con toda posibilidad de ver la reunión de los cuatro fabulosos.

Doctor, doctor dígame que hora del día es

Otra botella está vacía, otro centavo gastado.

Él se dio la vuelta y se alejó lentamente

Le dispararon en la espalda y hacia abajo marche

Parado frente a la puerta del edificio Dakota, en Nueva York, el fotógrafo Paul Goresh pasaba mucho tiempo esperando capturar la foto perfecta de John Lennon. A las 20:30 horas del día 8 de diciembre del 1980, decidió que era hora de ir por el pan, así que se despidió de un chavo gordito con gafas que le había hecho compañía un buen rato ese mismo día y al que horas antes había fotografiado junto con su ídolo. Cuando Lennon salió por la puerta principal del edificio, el joven se acercó hasta el músico con una copia de su último álbum, Double Fantasy, recién salido del horno, que John amablemente le devolvió autografiado.

El fotógrafo, considerando que había tomado la foto perfecta, se retiró a su casa ignorando al muchachón, quien le comentó que “Nunca se sabe; tal vez no vuelvas a verlo nunca”. A Paul Goresh ni siquiera le pasaba por la cabeza que nunca volvería a perder el tiempo frente al edificio Dakota, esperando sacar una buena fotografía icónica de Lennon, aunque ya la había sacado…

Navegando a través de los vientos alisios con destino al sur,

Con andrajos en tu espalda igual que cualquier otro esclavo,

Ataron y sellaron tu boca,

No había manera de salir de tu cueva oscura

Tal vez si Goresh hubiera aguantado vara, habría hecho una captura muy diferente. A las 22:50 horas, una Limusina se detuvo frente al edificio. En cuanto Yoko Ono y John Lennon bajaron del vehículo, aquel fan volvió a acercarse al músico y, después de llamarlo por su nombre, sacó su revólver calibre .38 y vació el cargador en el cuerpo del cantante. Las cuatro balas que abatieron a John Lennon hicieron que aquel muchacho pasara de ser un fan como cualquier otro a que su nombre nunca fuera olvidado. Después del acto, Mark David Chapman no huyó del escenario del crimen. Se quedó apoyado en la pared del edificio Dakota leyendo una novela de J.D. Salinger: El guardián entre el centeno (1951).

Escuché las noticias hoy, oh chico

Arrastraron tu barco hacia la orilla.

Ahora la ciudad se ha oscurecido, ya no hay más alegría,

Arrancaron su corazón y lo cortaron hasta la medula

Llegó la policía y el muchacho se encontraba asustado. Les dijo, después de que lo esposaron y lo subieron a la patrulla: “¡Lo he hecho solo! ¡Por favor, no me hagan daño!”.

Un agente le preguntó:

¿Sabes lo que has hecho? ¿lo sabes?

A lo que Chapman le respondió, fríamente:

Oiga, lo siento. No sabía que fuera amigo suyo.

A pesar de la rapidez con la que se movió, la ambulancia que llevaba el cuerpo de Lennon no pudo evitar el trágico desenlace; John Lennon había perdido el 80 por ciento de su sangre. Fue declarado muerto en cuanto llegó a la sala de urgencias.

Reduce la velocidad, te estás moviendo demasiado rápido

Juntémonos ahora, ven cerca de mí

Tus huesos están cansados, estás a punto de dar el último aliento

Señor, tu sabes lo difícil que puede ser

¿Qué fue lo que motivo a Chapman? Tal vez llevaba mucho tiempo enojado con Lennon porque consideraba que alguien que predicaba el amor y la paz no debía vivir como millonario. Según él, tenía dos metas en la vida: recrear los pasos de su héroe Holden Caulfield, protagonista del libro obra de Salinger; el otro era matar a Lennon, ya que oía voces dentro de su cabeza que le decían “¡Hazlo! ¡Hazlo!”. Otra teoría que existía era que la CIA le había lavado el cerebro para llevar a cabo el asesinato, ya que el gobierno de EE.UU consideraba a Lennon un peligro por sus protestas y actos de rebeldía. Pero esto ya da para otra historia.

Vamos, John, vamos a andar bajo la lluvia y la nieve

Toma el camino a la derecha y ve donde los búfalos pastan libremente,

Te van a atacar en una emboscada antes de que te des cuenta

Ahora es demasiado tarde para navegar de vuelta a casa

A veces me gusta imaginar, tumbado en la hierba, qué hubiera pasado si Lennon no se hubiera ido ese fatídico 8 de diciembre. ¿Qué estaría haciendo en estos momentos? ¿Cuántas giras habría realizado en solitario? ¿Se habría rebelado contra su brujita de ojos rasgados? ¿Se hubieran reunido Los Beatles? ¿Con cuantos artistas hubiera colaborado? ¿Habría palomeado con Rage Against the Machine? ¿Le habrá gustado el Dark side of the Moon de Pink Floyd, o los discos de sus comparsas? ¿Ya habría hecho las paces con Paul? ¿Cuántas veces habría visitado nuestro país? (La visita que hicieron Los Beatles a comer hongos alucinógenos a Huautla, Oaxaca, no cuenta) ¿Habría tocado gratis en el Zócalo (en la plancha, no en el metro)? ¿El Karma Instantáneo habría agarrado a Liam Gallagher? ¿Le diría a su hijo Sean “Mijo, la estás regando. Tócale así”?

Son muchas preguntas que jamás tendrán respuesta. Mientras tanto, dejémosle un cigarro en la ofrenda, porque, hasta eso, no sabemos qué le gustaba comer o tomar al Beatle de los lentes con cristales redondos al que le gustaba mirar las ruedas girar y girar.

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Ilustración por Mariana Jurado Hernández

Haz brillar tu luz

Sigue adelante

Ardiste con tanto brillo,

Vamos John.

(“Roll on, John”, de Bob Bylan)

Por Alex Fulanowsky

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