Ilustración de la serie ‘Muros de Marsella II’

Como medio de expresión literaria, el lenguaje común resulta inadecuado. No resulta menos adecuado como medio de expresión científica. Como el hombre de letras, el científico encuentra necesario “dotar de un sentido más puro a las palabras de la tribu”.

Pero la pureza del lenguaje científico no es la misma pureza del lenguaje literario. La meta del científico es decir sólo una cosa a la vez, y decirla sin ambigüedad y con la mayor claridad posible. Para lograr esto, simplifica y crea jergas. En otras palabras, utiliza el vocabulario y la sintaxis del discurso común de un modo tal que cada oración puede interpretarse sólo de una manera; y cuando el vocabulario y la sintaxis del lenguaje común son demasiado imprecisos para sus propósitos, inventa un nuevo lenguaje técnico o jerga, con el específico designio de expresar el significado limitado que profesionalmente le concierne. En su mayor estado de pureza, el lenguaje científico deja de ser una cuestión de palabras y se convierte en matemáticas.

El literato purifica el lenguaje de la tribu de un modo radicalmente diferente. La meta del científico, lo hemos ya visto, consiste en decir una cosa, y sólo una cosa, a la vez. Decididamente, no es esta la meta del literato.

La vida humana se vive simultáneamente en muchos niveles y posee muchos significados. La literatura es una invención para registrar los hechos plurifacéticos y expresar sus varias significaciones. Cuando el literato se empeña en dar a las palabras de su tribu un sentido más puro, lo hace con el propósito expreso de crear una lengua capaz de transmitir, no el significado único de alguna ciencia particular, sino la múltiple significación de la experiencia humana, tanto a su nivel más privado como a su más público nivel. No purifica simplificando y creando jergas, sino profundizando y extendiendo, enriqueciendo con armónicos sugerentes, resonancias de asociaciones y ecos de magia sonora.

¿Qué es una rosa? ¿Qué un narciso? ¿Qué un lirio? A estas preguntas puede darse una serie de respuestas en las altamente purificadas lenguas de la bioquímica, la citología y la genética. “Una forma especial de ácido ribonucleico (llamado mensajero RNA) lleva el mensaje genético desde el gene, que está ubicado en el núcleo de la célula, al citoplasma circundante, donde muchas de las proteínas se sintetizan”. Y así sucesivamente, en fascinantes e infinitos detalles. Una rosa es una rosa, es RNA, DNA, cadenas polipéptidas de aminoácidos…

Y aquí, a un nivel considerablemente más bajo de purificación científica, están las superficiales respuestas botánicas a nuestras preguntas, suministradas por una enciclopedia en sus artículos Rosa y Narciso: “Los carpelos de la rosa se hallan ocultos dentro del tubo receptacular y sólo los estigmas, por regla general, asoman por su boca […] Mediante una repetida sección radial y tangencial se produce una vasta cantidad de estambres […] En circunstancias naturales las rosas no segregan miel, y lo que atrae a los insectos es el color, el perfume y la abundancia de polen que les sirve de alimento. La conserva de escaramujo se hace con la fruta madura de la Rosa canina. Sólo sirve para la fabricación de píldoras medicinales”.

En cuanto al Narcissus Pseudo-Narcissus: “Sus flores son grandes, amarillas, perfumadas y algo colgantes, con una corola profundamente enclavada en seis lóbulos y un nectario central en forma de campana, cuyos bordes se ondulan […] Los estambres son más cortos que la corola, las anteras oblongas y convergentes; el ovario es globoso y tiene tres envolturas […] Los bulbos son orbiculares; se dice que éstos, como también las flores, poseen propiedades eméticas”.

El interés primordial del literato no radica en las células, los genes o los componentes químicos; tampoco en la orbicularidad de los bulbos o la cantidad de estambres; ni siquiera en la fabricación de píldoras medicinales o la mezcla de eméticos herbarios. Lo que le concierne son las más privadas experiencias propias y las de otras personas en relación con las flores y las múltiples significaciones que en ellas encuentra. Él es un hombre, y los hombres deben ganarse la vida con el sudor; así pues contempla los benditos lirios, que no se afanan, ni tampoco hilan.

A menudo se siente deprimido por pensar con exceso, o aburrido por no hacerlo lo suficiente, pero, gracias a Dios, de pronto el recuerdo de los narcisos relampaguea ante el ojo interior que es la bendición de la soledad. “A poet could not but be gay” [“Un poeta no podría ser sino alegre”, pero, ¡ay!, esas flores valerosas “that come before the swallow dares, and take the winds of March with beauty” [“Que se adelantan al valor de las golondrinas y tocan de belleza los vientos de marzo”], ¡qué pronto se marchitan! El poeta llora al verlas partir tan de prisa; llora por el tiempo que se va y la aproximación de la muerte y la pérdida de los seres queridos. Et rose elle a vescu ce que vivent les roses, L’espace d’un matin [“Y rosa, vivió lo que viven las rosas: no más de una mañana”].

Y existe también el errado idealista que llora la melempsychose des lys en roses [“La metempsicosis de los lirios en rosas”]. Existe el desvergonzado sensualista que se regocija en la idea de la mousse où le bouton de rose brille [“El musgo donde brilla el botó de la rosa”]. Existe el contemplativo religioso que alternadamente se consuela y se desola, cuyo encogido corazón, en un momento de angustia “goes quite under ground, as flowers depart” [“Desciende muy profundo, como las flores se van”] cuando su florecimiento ha acabado para “keep house with their mother root” [“Guardar la casa junto a su raíz madre”]; o, si se prefiere la otra especie de lenguaje purificado, a su bulbo orbicular. Y algunas veces los lirios se enconan de tal manera que esos descompuestos símbolos de la virginidad llegan a oler peor que las malezas. Algunas veces, también, es la rosa la que enferma; porque el gusano invisible “has found out thy bed of crimson joy, and his secret love does thy life destroy” [“Ha descubierto vuestro alegre lecho carmesí, y su amor secreto destruye vuestra vida”].

Pero algunas veces, milagrosamente, cuando las puertas de la percepción se han despejado, nos encontramos contemplando un Cielo en una Flor Silvestre y sosteniendo el Infinito en la palma de la mano. Algunas veces, cansado del tiempo, el gran mirasol irrumpe del oscuro jardín tennysoniano donde tan pesadamente pende sobre su propia tumba y resucita a una nueva vida apocalíptica en esa dorada Eternidad “where the traveller’s journey is done” [“Donde sucede el viaje del viajero”].

¡Muy bonito!, comenta el botánico, y procede a informarnos que “el género Helianthus comprende alrededor de cincuenta especies”, la mayoría oriundas de Norteamérica, contándose con algunas que se encuentran en Perú y Chile. “En algunos lugares de Inglaterra”, añade, “se cultivan centenares de plantas en huertos abonados por desechos para obtener sus semillas”.

Por Aldous Huxley

*Fragmento de Literatura y ciencia (1963).

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