Por Pyp

Érase una vez una mujer y un hombre que vivían en la misma aldea, que aprendieron de los mismos maestros y que luego recorrieron caminos igual de extremos durante muchos años, pero no se voltearon a ver nunca hasta que unos niños hermosos, y cierta serenidad que da el tiempo, los hicieron graduarse de algo que ellos no sabían que se llamaba La Universidad Desconocida.

Eso permitió que por fin se conocieran. Aquella primavera era tan solitaria que parecía Matehuala, hasta que se convirtió en Real de Catorce. Las noches podían ser frías pero los días transcurrían entre caballos desbocados y ruinas de la montaña cercadas por nubes y otras sensaciones. Eran dos amantes ansiosos y tardíos retorciéndose en el fango del amor.

Luego vinieron los días lentos y la normalidad que pide el corazón. En esa mansedumbre caminaron juntos, lo mismo en Nueva York que en Rancho Nuevo; por las canchas de tierra de la Liga de Fútbol Infantil de San Nicolás, o junto al mar de una comunidad de indios seri de Sonora. Se trataba de esa aventura que empieza y acaba con un beso y una ex- plosión.

Pero el atrevimiento creció y una noche, en el viejo Restaurante Rubio, frente a la antigua Fundidora de los obreros de Monterrey que andaban en mangas de camisa, la mujer y el hombre garabatearon una fecha que brillaba entre las mesas del lugar: 21 de diciembre fue el día que escogieron para crear, después de tanto tiempo extraviados, una barricada y un lecho.

Para entrar al juego más serio de la guerra y la pasión; para subvertir con deseo y cariño la cotidianidad.

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