Por Samantha Villarreal

A lo largo de mi vida he aprendido las cosas importantes a través de momentos o episodios que puedo distinguir con bastante claridad, cuando hago memoria. Pero vayamos un poco más despacio. Por cosas importantes me refiero a aquellas que nos vuelven personas más sensibles, capaces de pensar en el otro y no sólo en su persona; y por episodios me refiero a momentos claros y específicos que ampliaron de golpe el horizonte de las cosas que podía observar. Así he crecido: un episodio a la vez. Tampoco podría jactarme de haber aprendido muchas cosas importantes en una misma lección. Ojalá hubiera sido así.


Igual pienso que las cosas que aprendemos son aleatorias, independientes de la edad, los conocimientos, experiencias; aleatorias, fortuitas e inesperadas. Podemos aprender el valor de la confianza a los cinco años y el de la lealtad treinta años más tarde. No existe un formulario consecutivo de las grandes cosas importantes que tenemos que aprender.


Abandonados.


Bueno, más o menos. A veces somos nosotros quienes nos instalamos en ciertos lugares por comodidad, pero no hablaré de esto ahora.


Lo que sí es una realidad es que estos grandes episodios que expanden nuestro horizonte definen la manera en cómo nos relacionamos con el otro, y a veces, en lugar de ayudarnos a crear puentes, nos ayudan a destruir todo lo que tocamos. Por ejemplo, aprendí antes de tiempo el valor de la verdad; mostrar por completo lo que uno es, sin ocultar nada: ni pensamientos, pecados, errores, nada oculto.


A simple vista, parece un horizonte que nos vuelve responsables porque se aprende a asumir las consecuencias de lo que se hace, sin ocultarlo. Pero cando se ha pasado mucho tiempo en la misma lección, ésta puede transformarse en todo lo contrario. Por ejemplo, “no ocultar” puede traducirse en la más pura muestra de la desfachatez de una persona. Recuerdo cuantas veces afirmé que el pecado sólo existe cuando el arrepentimiento llega. Imagínense, así es como nuestras grandes lecciones se convierten también en nuestras grandes derrotas.


Ya más tarde aprendí que el regreso no existe, y que por eso es importante aprender a valorar. Todo cambia. Jamás tendremos el mismo presente entre las manos, y otras veces, sólo nos quedarán recuerdos. Por eso más allá de aprender a pagar las consecuencias, es importante aprender a valorar y a cuidar. ¿Lecciones tardías? No. Lecciones aleatorias. Y ni modos.


Y con este texto no afirmo que soy una mejor versión de mí. Simplemente explico que el horizonte con el que puedo ver a los otros y a mí misma se ha expandido a través de los años. Seguramente ahora no puedo imaginar ni pensar las lecciones que mañana serán fundamentales, sin embargo, lo único que sí puedo hacer es tratar de estar alerta para no instalarme demasiado en mis descubrimientos; estar alerta para cuando sea tiempo de aprender a mirar de otra manera.


Los regalos de cumpleaños no siempre llegan a tiempo; pero siempre llegan.


Siempre.

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