Como cada verano, con la llegada del periodo vacacional escolar, muchos todavía recuerdan a las Briseño, conocido clan nepótico conformado por varias hermanas, todas ellas solteras y directoras de escuelas de educación básica.


Anualmente, las Briseño destinaban esta temporada para ir a vacacionar al mar, disfrutando de sus respectivas “casas de playa”. Así, en plural. Porque con sus “ahorritos”, cada una de ellas había tenido la atingencia de invertir en la compra de un departamento muy mono en lujoso condominio de la costa jalisciense.


Y no se vaya a creer que era un condominio de tiempo compartido. ¡Para nada! Eran departamentos de su total y absoluta propiedad por todo el tiempo que tuvieran de vida. Situación privilegiada dentro del gremio magisterial, en el cual hasta antes de sus jubilaciones ellas hicieron y deshicieron a su antojo, según sus conveniencias y provecho.


Porque también era muy sabido que ninguna de las Briseño llegó a sus respectivos puestos directivos debido a su gran preparación académica, o por méritos profesionales. ¡No, qué va, todo lo contrario! De todas ellas se afirmaba que además de flojas eran casi analfabetas, y que no rebuznaban simplemente porque no sabían la tonada.


Para nadie era un secreto que todas las canonjías que laboralmente obtenían (entre las cuales destacaba la de cobrar puntualmente varios cheques provenientes de plazas a nombre de algunos de sus parientes aviadores) se debían a la protección política recibida por una de ellas, muy en lo privado, de parte de un alto funcionario del gobierno, algo para nada extraño en el medio educativo estatal.


Salvaguardia con la que luego ella favorecía, en abundancia, a toda su numerosa parentela incrustada en el sector educativo, la que además de sus hermanas, por extensión incluía primos, sobrinos, comadres y ahijados.


Sólo que al llegar las vacaciones, semejantes privilegios enfrentaban un gran obstáculo en contra de las Briseño, ya que el único ingreso económico de todas y cada una de ellas eran los cheques nominales que cada quincena cobraban, lo cual, ¡ni de chiste!, ajustaba para financiar el suntuoso tren de vida que llevaban, mismo que incluía vestuarios caros, joyas ostentosas, automotores último modelo, frecuentes comidas en restaurantes de postín, entre otros gustos selectos, bastante pavoneados socialmente, como suele ocurrir con quienes su historia familiar señala orígenes de marcada pobreza.


Los gastos personales de las Briseño, durante los meses de clase, eran satisfactoriamente subsanados debido a que ellas además contaban con los ingresos “complementarios” que como directoras de escuela pública recibían.


Porque para nadie es secreto que la mayoría de los directores de escuela tienen a la tiendita escolar como su pyme particular, de la cual se convierten en hábiles administradoras de un remunerativo comercio, al que para nada molesta la fiscalización del SAT, y para el que también existen veinte mil argucias con las que ante la contraloría interna de la Secretaría de Educación se puede ocultar cualquier mal uso o desvío patrimonialista de las pingües ganancias diarias que los alumnos suelen dejar en sus horas de recreo.


¡Sin olvidar los recursos provenientes de kermeses, funciones, rifas, venta de votos para la “Reyna de Primavera” (sic), así como de útiles y uniformes escolares, credenciales, fotografías, pago de transporte o excursiones y paseos!
Además de un sinfín de etcéteras, entre los que por su alto monto destacan siempre las cuotas “voluntarias” que anualmente aportan los padres de familia.

En ese último rubro era donde las Briseño ubicaban su vacacionista tabla de salvación anual. Porque, a diferencia de otras directoras, las Briseño dejaban pasar casi todo el año escolar sin “recordar” a ningún padre de familia las omisiones que pudieran haber tenido en la aportación “voluntaria” de la cuota establecida por las mesas directivas de las Sociedades de Padres de Familia, representadas éstas, invariablemente, mediante personas allegadas y por completo incondicionales de la parte administrativa (es decir, de los propios directivos).


Así, de octubre a mayo, en las escuelas de las Briseño el tema de las cuotas no se mencionaba. ¡Ah!, pero no bien pasaban los festejos del Día del Maestro, y recibidos por ellas los consabidos regalotes discretamente exigidos, las Briseño comenzaban una intensiva estrategia de cobranza escolar mediante el envío de recordatorios por escrito a los padres omisos, para que éstos cumplieran de inmediato con su postergada obligación “voluntaria” de apoquinar la cuota aprobada en alguna anterior asamblea general.


Si los recordatorios no funcionaban, proseguía entonces la remisión personalizada de citatorios con carácter de urgente, en los cuales se exigía la presencia física de los padres deudores en las instalaciones del plantel, a fin de “tratar asuntos relacionados con la educación de su(s) hijo(a)(s)”.


El lema no dicho en aquellos volantes podría leerse entre líneas en los términos siguientes: “Pagan, o pagan”.


El recurso empleado finalmente, nunca de manera explícita sino apenas “sugerido” en entrevista directa, consistía en la “posibilidad” de que no se pudiera entregar las boletas de calificaciones o certificados a aquellos padres de familia que tuvieran algún adeudo con el plantel.


A los padres de familia “deudores” no les quedaba otra que romper el cochinito, sacar el guardadito o pedir prestado, para cooperar así “voluntariamente” con “el mantenimiento de los edificios y mobiliarios escolares”.


Más de alguno llegó a murmurar entonces que “cooperaba también con el mantenimiento de los respectivos departamentos playeros y las vacaciones de las dichosas hermanitas”.


Esa y cualquier otra murmuración en su contra a las Briseño siempre les valieron Wilson, por lo que al inicio del siguiente año escolar ellas regresaban siempre muy descansadas y bronceaditas. Además de muy prestas a “trabajar”, contando día a día las sustanciosas ganancias recibidas por las productivas vendimias en la hora del recreo.

Por Carmen Libertad Vera

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