Por Aldous Huxley

Ilustración de la serie ‘Los libros son sagrados’ del artista Mike Stilkey

Cuanto mayor sea la violencia, tanto menor resultará la revolución”. Puede sacarse provecho meditando esta sentencia de Barthélemy de Ligt.

Para que pueda considerarse que una revolución ha tenido éxito, ella debe significar la realización de algo nuevo. Pero la violencia y los resultados de la violencia —la contraviolencia, la suspicacia y el resentimiento por parte de las víctimas, y la creación por parte de los que la perpetran de una tendencia a usar de violencias mayores— son cosas demasiado conocidas y demasiado desesperantemente antirrevolucionarias. Una revolución violenta sólo puede obtener los inevitables resultados de la violencia, que son tan viejos como el mundo.

O permítasenos más bien plantear el asunto en otra forma. No puede considerarse que una revolución haya tenido éxito si no nos conduce hacia el progreso. Ahora bien, citando una vez más al Dr. Marett, el único progreso verdadero es el progreso en caridad. ¿Será posible, acaso, realizar progresos en caridad por medios que estén esencialmente desprovistos de caridad?

Si consideramos desapasionadamente nuestra experiencia personal y los anales históricos, tenemos que llegar a la conclusión de que no es posible. Pero es tan vivo nuestro deseo de encontrar una “cortada” hacia Utopía, estamos tan parcialmente inclinados en favor de las personas que tienen opiniones parecidas a las nuestras, que rara vez nos hallamos en condiciones de conducirnos con el desapasionamiento necesario. Porfiamos en que los fines que creemos buenos pueden justificar el empleo de medios que nos constan ser abominables; seguimos creyendo, contra toda evidencia, que esos medios nocivos pueden lograr los buenos fines que deseamos.

El grado hasta que pueden llegar a engañarse a sí mismas personas de gran inteligencia queda bien demostrado en los siguientes conceptos extraídos del librito que el profesor Laski ha escrito sobre el Comunismo. “Es evidente”, dice, “que sin la férrea dictadura del jacobinismo, la República hubiera sido destruida”. A cualquier persona que se ponga a considerar imparcialmente el asunto, los hechos parecerán más bien demostrarle que fue precisamente la férrea dictadura del jacobinismo la que destruyó a la República. La rigidez dictatorial llevó a la guerra exterior y a la reacción interna. La guerra y la reacción suscitaron la dictadura militar. La dictadura militar resultó en nuevas guerras. Estas guerras sirvieron para que por sobre la extensión de Europa se intensificasen los sentimientos nacionalistas. El nacionalismo llegó a cristalizar en una cantidad de nuevas religiones idólatras, que dividieron al mundo. (El credo Nazi, por ejemplo, está contenido implícitamente, y hasta cierto punto llega a estar explícitamente expuesto en los escritos de Fichte.) Al nacionalismo se le debe la conscripción militar dentro de los países y el imperialismo en el exterior.

“Sin la férrea dictadura de los jacobinos”, dice el profesor Laski, “la república hubiera sido destruida”. ¡Admirable concepto! Desgraciadamente, ahí están también los hechos. El primer hecho importante es que la República fue destruida y que la principal causa de la destrucción fue la férrea dictadura de los jacobinos. Pero no fue éste tampoco el único mal de que se hizo responsable la dictadura jacobina. Llevó a los despilfarros y a las matanzas inútiles de las guerras napoleónicas, a la imposición a perpetuidad de la esclavitud militar, o conscripción, prácticamente en todos los países de Europa; y a la aparición de todas esas idolatrías nacionalistas que amenazan la existencia de nuestra civilización. Un “récord” admirable. Y, sin embargo, personas que se creen revolucionarias persisten en suponer que empleando métodos esencialmente parecidos a los que usan los jacobinos podrían lograr resultados tan diferentes de aquéllos como lo pueden ser la justicia social y la paz entre las naciones.

La violencia nunca puede ser el camino hacia un progreso verdadero, a menos que, como compensación y reparación, sea seguida por circunstancias no violentas y por actos de justicia y de buena voluntad. En tales casos, lo que realiza el progreso es el tratamiento compensatorio y no la violencia que tal tratamiento intenta compensar. Por ejemplo, hasta donde puede llegarse a considerar que la conquista romana de las Galias y la conquista británica de las Indias se tradujeron en progreso (y es difícil poder decir si lo realizaron, y totalmente imposible colegir si un adelanto parecido no hubiera podido alcanzarse sin conquistas), estos progresos se debieron totalmente al tratamiento compensatorio de las administraciones romana y británicas, una vez terminadas las violencias. En aquellos casos en que el tratamiento compensatorio no sigue al hecho original de la violencia, como sería el caso de aquellos países que fueron conquistados por los turcos, no llega a cumplirse ningún progreso verdadero. (Cuando la violencia se lleva hasta sus límites extremos y se extermina totalmente a las víctimas, la pizarra queda limpia, y los perpetradores de violencia quedan en situación de empezar de nuevo por cuenta propia. Este fue el procedimiento que, rechazando la alternativa más humana propuesta por Penn, emplearon los colonizadores ingleses en Norteamérica para solucionar el problema de los indios pieles rojas. Intrínsecamente abominable, esta política sólo puede llevarse a cabo en países escasamente poblados.)

Cuanto más se prolongue la violencia, tanto más difícil les resulta a aquellos que la han empleado encontrar la forma de realizar actos compensatorios no violentos. Se crea una tradición de violencia y los hombres aceptan escalas de valores de acuerdo con las cuales los actos de violencia se computan como hechos heroicos o virtuosos. Cuando esto sucede, como aconteció, por ejemplo, entre los tártaros y los vikingos, y como parecería que los dictadores quisieran que ocurriese entre los germanos, los italianos y los rusos, existen pocas perspectivas de que los efectos de la violencia sean anulados por actos de justicia y de benevolencia posteriores.

De lo expuesto se deduce que ninguna reforma tiene probabilidades de poder alcanzar los resultados que se propone, a menos que, además de ser bien intencionada, sea oportuna. Cuando las circunstancias históricas dadas susciten tanta oposición como para que sea necesario recurrir a la violencia a fin de implantar una reforma social, acometerla resulta criminalmente temerario. Ya que son muchas las probabilidades de que no solamente fallen los buenos resultados que se anticiparon para toda reforma que necesite de la violencia para ser implantada, sino también de que las cosas se pongan peor de lo que estaban antes.

La violencia, como hemos visto, sólo puede acarrear los resultados de la violencia; y estos efectos sólo pueden ser anulados por una no-violencia compensatoria posterior a los hechos; en aquellos lugares en que la violencia ha sido empleada durante mucho tiempo se forma un hábito de violencia y se les hace sumamente difícil, a los que la perpetran, trocar su política. Más aún, los resultados de la violencia van siempre mucho más lejos que los sueños más disparatados de los que recurren a ella, muchas veces con buena intención. La dictadura de hierrd de los jacobinos concluyó, como ya hemos visto, en tiranía militar, veinte años de guerras, conscripción a perpetuidad en la mayor parte de Europa y la aparición de la idolatría nacionalista. En nuestra época, la violencia de la opresión zarista mantenida durante tanto tiempo y la catastrófica y aguda violencia de la Guerra Mundial determinaron la dictadura de hierrd de los bolcheviques. La amenaza de una violencia revolucionaria mundial engendró el fascismo; el fascismo originó el rearmamentismo; el rearmamentismo ha determinado la desliberalización progresiva de los países democráticos. Sólo el tiempo podrá decirnos cuáles serán los resultados finales de “la dictadura férrea” de Moscú.

Actualmente (junio de 1937), las perspectivas son, por decir lo menos, tristes y oscuras. Si es que queremos, entonces, intentar reformas en gran escala que no se corrompan por sí solas en el proceso de su implantación, debemos proceder de tal manera que no tenga que recurrirse a la violencia para imponerla o que, en el peor de los casos, se necesite usar de muy poca violencia. (Es bueno tomar nota, a este respecto, que las reformas implantadas bajo el estímulo del temor a violencias de países vecinos y con el objetivo de poder usar más eficientemente de la violencia en guerras internacionales futuras se corrompen tanto a la larga, como las reformas que sólo pueden implantarse recurriendo a alguna forma de temor doméstico. Los dictadores han logrado muchas transformaciones en gran escala, dentro de la estructura de las sociedades que gobiernan, sin haber tenido que recurrir al temor. El pueblo consintió estas transformaciones porque había sido persuadido, mediante intensa propaganda, de que eran necesarias para poner al país al abrigo de una “agresión extranjera”. Algunos de estos cambios han participado de la naturaleza de las reformas deseables; pero hasta donde hayan sido calculados para hacer más eficaz al país como máquina de guerra, tienden a incitar a los demás países al mejoramiento de su propia eficiencia militar y hacen de este modo más probable el advenimiento de la guerra. Pero la naturaleza de la guerra moderna es tal que parece inverosímil que ninguna reforma deseable pueda sobrevivir a la catástrofe. Puede verse, de este modo, que reformas intrínsecamente deseables y que hayan sido aceptadas sin oposición pueden, sin embargo, degenerar, si la comunidad ha sido persuadida de aceptarlas, mediante propaganda dirigida a despertar su temor a violencias extrañas futuras, o a ensalzar la gloria de futuras violencias perpetradas con éxito por uno mismo).

Volviendo a nuestro tema principal, que es la necesidad de evitar las violencias interiores durante la implantación de las reformas, vemos que una reforma puede ser intrínsecamente buena, pero tan inoportuna en determinadas circunstancias históricas, como para ser prácticamente inútil. Esto no quiere decir que tengamos que caer en el error enorme en que incurrió Hegel —y que repite con entusiasmo todo tirano moderno que tenga algún crimen que justificar o alguna locura que racionalizar—, el error que consiste en afirmar que lo real es lo racional, y que lo histórico es lo mismo que lo ideal.

Lo real no es lo racional y todo lo que existe no es legítimo. En cualquier momento histórico dado, lo real, tal como lo conocemos, contiene algunos elementos racionales que han sido incorporados laboriosamente a su estructura por el esfuerzo paciente del hombre; entre las cosas que existen, algunas son más justas y mejores que otras. Por consiguiente, el más elemental sentido común exige que, cuando implantemos reformas, tratemos de preservar todos aquellos elementos del orden existente que posean algún valor.

Pero no es todo. Los cambios para la mayor parte de los seres humanos son profundamente penosos. Y siendo así, haremos bien en mantener aquellos elementos constitutivos del orden existente, que no sean ni particularmente nocivos, ni especialmente benéficos, sino simplemente neutros. El conservatismo humano es un hecho, en cualquier situación determinada de la historia. Es por ello muy importante que los reformadores sociales se abstengan de emprender transformaciones innecesarias, transformaciones de magnitudes asombrosas. En todo lo que fuese posible, las instituciones familiares debieran extenderse y desarrollarse de manera que puedan producir los resultados deseados; los principios ya a deben ser ampliados y aplicados a campos más extensos. De este modo, la cantidad y la intensidad de movimiento opositor a transformar y el riesgo de tener que emplear procedimientos violentos podrían reducirse al mínimo.

Véanse Pour Vaincre seis Violence y La Poix Créatrice, por B. de Ligt

*Texto de El fin y los medios (2000).

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