Por Carmen Libertad Vera

 

“De un tiempo a la fecha”, como diría el fallecido ídolo de las multitudes Joan Sebastian, cual hongos alucinógenos después de las lluvias veraniegas, por todas partes han salido a la luz pública infinidad de humanos que, correa en mano, sacan presumidamente a pasear por el mundo sus mascotas caninas.


Así, casi no existe espacio público en donde se deje de observarse los bien alimentados, vacunados, desparasitados, engalanados, peinados, manicurados y chiqueados especímenes de las distintas razas de canis lupus familiaris. Algunas más peludas que otras, o con mayor pedigrí que la mayoría.

 

Fenómeno del que no se sustrae la vida opaca del arrabal.


La frase “vida de perros”, que antiguamente se utilizaba para describir las condiciones más dificultosas de cualquier existencia humana, ha cambiado diametralmente de significado y ahora, en no pocos casos, debe interpretarse como el culmen de la comodidad y el bienestar existencial.


Porque, ¿a quién no le ha tocado observar los enormes cuidados que algunos orgullosos propietarios de perros otorgan a sus amadas mascotas?


Algunos de ellos alcanzando niveles de excentricidad nunca antes imaginados.


No es por tanto fortuito que también, “de un tiempo a la fecha”, el espíritu empresarial emergente haya encontrado un muy lucrativo nicho de mercado en la fabricación y comercialización de productos de uso exclusivo para perros. ¡Guau, guau! Productos todos diseñados para lograr el mejor confort de los llamados “mejores amigos del hombre”. Estos ya no se reducen al consabido jabón de “El perro agradecido”, sino que ahora se extienden a una gran variedad de shampoos especiales comprobadamente anti-pulgas y para cada tipo de pelambre —incluido (¡faltaba más!) el de los xoloitzcuintles pelones—, el pañal nocturno, el juguetito entrenador o entretenedor, la croqueta balanceada pero sabrosamente dietética, la ropita veraniega o invernal y hasta la lencería adecuada para época de celo, sin faltar accesorios coquetones para andar en el parque tirando el rol, y los cinturones sujetadores para salir de paseo a bordo de la camionetota 4×4 y, en caso de ser necesario, el infaltable collar isabelino con todo y su inocultable aspecto de pantalla para una lámpara de pie muy vintage. ¡Uf! La lista es interminable.


Lejos han quedado los tiempos cuando en las carnicerías, junto con la carne molida para las albóndigas y la falda para deshebrar, envueltos en periódicos, se compraban los huesos y los pellejos pa’l perro; y éstos luego se le sancochaban al Solovino o al Lobo, combinándoles el menú con arroz cocido y tortillas, o las sobras de la comida familiar del día. Ahora, eso es casi impensable.


Y pues… Cada quien muy sus perros y muy sus ganas y dineros para gastar en ellos.

La posible objeción a tal fenómeno no radica en el grado de humanización que el extraordinario cuidado de las mascotas que “de un tiempo a la fecha” ha alcanzado, sino el paralelo grado de deshumanización que con respecto a otros seres humanos han efectuado algunos declarados amantes de los perros manifiestan abiertamente, llegando incluso a considerarlos “inferiores” a sus adoradas mascotas.


Porque ya quisieran muchos humanos que sobreviven en el desempleo, la miseria y el desamparo, o la indigencia y la situación de calle, poder alcanzar un nivel de calidad semejante al de la “vida de perro” actual de muchas de esas mascotas.


Por supuesto que lo anterior no va a ocurrir a menos que, ¡claro está!, la miseria extrema se convierta en un nicho de mercado, comercialmente muy redituable entre los sectores más pudientes de la población que estén dispuestos a preocuparse por algún semejante en desgracia, y con igual furor que el que ahora dedican a algunos de sus amados perros.


Pero eso está todavía muy lejos de ocurrir.

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