¿Cuántos más habrá que marchar?

Por Oziel Gómez

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“¡Hijo, escucha, tu madre está en la lucha!” es un grito contra la desesperanza. Fue el grito de un grupo de madres de desaparecidos que caminaron al frente del contingente que marchó en Monterrey el 26 de septiembre para conmemorar el paso de un año desde la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Es, en otras palabras, un grito de combate. De amor.

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Los ojos de Lulú son negros como su cabello. Son negros y son bellos. Son ojos de madre, hermosos y enmarcados por dos líneas claras de delineador. El día de hoy lleva puesta una camiseta sobre la que se lee a la altura del pecho la pregunta de sus días y sus noches: “¿Dónde están?”. Una duda que se atora en su garganta y se clava en su corazón desde hace cinco años, cuando desapareció su hijo Kristian Karim Dolores Huerta.
Sin tiempo para un adiós, un te amo o un último abrazo, se lo llevaron 12 días antes de que naciera su hijo. “No lo conoció”, comenta Lulú. Así, de un momento a otro, sin previo aviso, ella se quedó sin paz, vacía, y aquél bebé que aún no veía la luz, sin padre.

Este mes, Kristian cumpliría 25 años. “Kristian con K”, aclara Lulú y recuerda el día en que llegó al edificio del Registro Civil con su recién nacido en brazos y un solo nombre en mente: Karim, que en lengua árabe significa “generoso”. El otro nombre fue fruto de ese momento, casi una espontaneidad: Kristian. Kristian con K.

Sentadas junto a Lulú esta tarde de otoño están varias mujeres. Madres, esposas e hijas que al igual que ella forman parte de la organización Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León (FUNDENL). En las gradas de concreto del foro al aire libre de la Alameda Mariano Escobedo, en Monterrey, comparten frituras y refresco mientras esperan que inicie la marcha del Día de la Indignación.

Es 26 de septiembre, y en varias ciudades de México, Estados Unidos y Europa se realizarán marchas y reuniones para conmemorar el paso del primer año desde la desaparición de los 43 normalistas y el asesinato de tres más en Iguala, Guerrero. Es también un aniversario más de la simulación del gobierno.

Y Lulú y las madres de la FUNDENL que marcharán con ella saben bien de simulación gubernamental. Así como saben de esta solidaridad y resistencia que las tienen una vez más aquí, uniformadas con sus camisetas negras, en la calle.

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Los indignados de Monterrey
En realidad fueron pocos los indignados que marcharon en Monterrey el Día de la Indignación. Menos de 500 personas se reunieron en la Alameda Mariano Escobedo, ubicada en una de las ciudades más grandes del país. Ni siquiera 500 de los 6 millones y medio de habitantes.

Anarquistas, comunistas, ferrocarrileros, artesanos, artistas emergentes, integrantes de colectivos de ayuda a migrantes en tránsito por México, familiares de desaparecidos en Nuevo León, maestros, estudiantes y curiosos. En fin, un puñado —muy reducido— de activistas y ciudadanos de todo tipo que comenzaron a llegar al parque desde las dos y media de la tarde.

Durante las próximas horas, la indignación colectiva floreció lentamente entre árboles y curiosos. Lo hizo con las canciones tradicionales y de protesta, las dramatizaciones que eran un intento de reproducir el dolor de no encontrar a un hijo, los foros sobre el fracking y las escuelas rurales mexicanas, la recaudación de firmas para Amnistía Internacional y la venta de artesanías y libros sobre sociología e historia.

De rato en rato, más o menos al unísono, se escuchaba un “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”. La frase se leía también sobre una lona atada entre un árbol y un poste que mostraba además las fotos de los 43 normalistas desaparecidos la noche de Iguala. Frente a esta, un grupo de niños decoraban galletas en forma de letras con las que formaron la palabra “Ayotzinapa”.
Minutos antes de que la marcha comenzara, un hombre de bigote abundante y sombrero de paja pasó al frente, tomó posición ante el micrófono y se dirigió a los asistentes que, aunque dispersos, ya eran más de un centenar:

“Decimos ya basta. No vamos ni podemos olvidar este crimen de Estado. Tenemos que estar claros y conscientes de que mientras existan estas autoridades, esta sociedad basada en la explotación, siempre el poderoso va a querer regar la tierra con la sangre de los más humildes, de los más pobres”.

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Antorchas de esperanza
La marcha inicia justo al caer la noche. Al frente del contingente caminan Marta, Raquel, Lulú y otras mujeres de FUNDENL. ¿Cuántos pasos habrán dado ya en busca de justicia esos pares de tenis que llevan puestos? ¿Cuántos les quedan por dar antes de que sus corazones dejen de sangrar?
Mientras caminan, lloran. Las lágrimas descienden por el camino de tantas veces. Lloran en silencio, casi con discreción. Pero entonces, con una fuerza que enchina la piel, convierten aquel llanto en un rugido, en un grito de amor, casi de combate: “¡Hijo, escucha: tu madre está en la lucha! ¡Hijo, escucha: tu madre está en la lucha!”.

En una mano llevan antorchas con las que iluminan simbólicamente el camino por el que avanzaba la caravana. En la otra, los retratos de quienes les hacen faltan. Hijo, esposo, hermano, padre: todos desaparecidos. Todos esperados. Todos antorchas de estas mujeres invencibles, guías de sus corazones a través del mismo y escabroso camino hacia la justicia que desde hace un año recorren los padres de los estudiantes de la Escuela Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.

—Ellos —los familiares desaparecidos, dijo Lulú— te tumban y te levantan.
A ella, la ausencia de su hijo Kristian, su desaparición sin tiempo para un último abrazo, la tumbó. Impotente y desgastada, durante varios meses vivió atada a calmantes y somníferos. Sin embargo, fue también él, su recuerdo siempre presente, quien le dio la fuerza para levantarse. Por eso hoy no sólo está en pie, sino que avanza al frente —junto a sus compañeras de lucha— del contingente que marcha rumbo el corazón de la ciudad de Monterrey para exigir justicia.

“Uno, dos, tres, cuatro”, comienzan a contar. Otras voces se suman: “quince, dieciséis, diecisiete… veintitrés, veinticuatro, veinticinco… cuarenta y uno, cuarenta y dos… cuarenta y tres, ¡justicia!”. Y levantan el puño cerrado y gritan todavía más fuerte. Justicia, piden. Al menos eso.

En menos de una hora, el contingente llega hasta la estatua de bronce de un torero, la denominada Plaza de los Desaparecidos. Las madres toman posición frente a las gradas. Mirarlas ahí, aferradas a la esperanza y a una fotografía, es una experiencia tan dolorosa como reconfortante. En medio de la barbarie, contra la que también se marcha esta noche, sus palabras son un oasis de amor y esperanza.

Palabras de una madre en la Plaza de los Desaparecidos
“Estamos indignados con problemas muy grandes, demasiado lejos como Siria, que también duele porque son humanos. Pero nosotros, nuestro México, el país que tanto amo, el que me representa todo lo que soy, está lleno de sangre.

“¿Y saben a qué le apuestan? A que nos cansemos. Le apuestan a que nos hartemos y no salgamos. Le apuestan a que estemos en el futbol, en las televisiones, pegados. A eso le apuestan.

“Es una delincuencia organizada, y nosotros no terminamos de organizarnos. A ustedes, a los militares, a los policías, si también se pierden, los vamos a buscar. Porque no debemos de estar solos; nos faltan muchos, nos faltan muchas, y hay muchos que ni siquiera han sido nombrados por miedo. El miedo nos está hundiendo, ¡y vale más vivir tres minutos de pie a toda una vida de rodillas!”.

—¡No están solas! ¡No están solas! —gritaron los manifestantes.

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