Por Rodolfo Castellanos

Se congregaron unos cincuenta compañeros de los tres partidos y tomaron camino a la Secretaría de Gobernación, el centro político del momento. Al frente iban los tres candidatos del brazo, de izquierda a derecha: Cárdenas, Rosario, Maquío, José Luis quedó a un lado de Clouthier.

Avanzaron emocionados.

Ya muy cerca de las rejas de la Secretaría de Gobernación, el sinaloense le comentó a José Luis:

-Con esto yo te puedo decir que valió la pena todo lo que hicimos.

Le están haciendo “un boquete” al sistema y, con un boquete –como decía Clouthier-, “solito se hunde el barco”.

Llegaron hasta las rejas de Bucareli cerca de las nueve de la noche. Los gritos se alzaron: “¡Democracia! ¡Democracia!”. Las rejas estaban cerradas. Uno de los encargados de seguridad indicó: “sólo los candidatos” y apenas si entreabrió una puerta. Clouthier, con su enorme estatura y peso, se lanzó contra ella abriéndola por completo. Sus seguidores corrieron a la par de los candidatos hacia el interior del palacio de Covián. Luis H. Álvarez vio caer su reloj en medio del correteo, intentó regresar a recogerlo. Maquío lo jaló del brazo y le prometió: “a la salida compramos otro”, y enfilaron hacia las oficinas de Manuel Bartlett a tranco abierto, entre luces, cámaras, flashazos y la mirada anonadada de cientos de periodistas.

Se detuvieron bajo el domo, en el paraninfo, a unos metros de la oficina de Bartlett. Cuauhtémoc Cárdenas, recuerda Rosario Ibarra, se parapetó en una de las bancas doradas. Ella le miró desde abajo y le bromeó: “usted nunca se tuvo que pelear por las canicas de chiquito, pues en Los Pinos quién le iba a arrebatar las canicas”.

Comenzó entonces una escena digna de comedia entre El Maquío y doña Rosario. Clouthier le tendió la mano y le dijo: “Doña Rosario, súbase”. “No, ingeniero, súbase usted”. “No, súbase usted”. “No, usted”. “Por favor, las damas primero”.

Finalmente, los tres ya sobre la banca dorada, Rosario Ibarra de Piedra dio lectura al manifiesto preparado bajo el título “Llamado a la legalidad”.

Apenas bajaron de la banca, Clouthier le preguntó a doña Rosario:

-¿Por qué no se quería subir usted?

-Quería ver si lo aguantaba la banca.

Soltaron una carcajada y así, sonrientes, caminaron hacia el despacho del secretario de Gobernación. En aquellos pasillos se estaba haciendo historia, podía olerse, podía sentirse.”

Fragmento del libro “1988: El año que calló el sistema”, de Martha Anaya

La escena descrita es probablemente uno de los contados momentos de esperanza que han tenido lugar en los pasillos de la Secretaría de Gobernación. En la lógica del poder, el palacio de Covián es el recinto en el que se controla la estabilidad social y política del país. Desde siempre, dentro de sus muros se negocia lo impronunciable y guarda todo aquello que atente contra el orden establecido.

A raíz de nuestra barbarie cotidiana, caminar por los alrededores de la Secretaría de Gobernación es un viaje a la temperatura real país. Personas denunciando ante los medios de comunicación la ilegal detención de maestros en alguna zona recóndita de Oaxaca; ataúdes con los cuerpos de activistas fallecidos, cuyo último deseo fue ser velados frente a SEGOB como protesta ante la desaparición forzada de sus familiares; decenas de policías federales en perpetua guardia, con la esperanza de seguir desempeñando esa labor y no ser comisionados al frente de guerra; rejas permanentes que hacen los alrededores intransitables para los peatones; guardaespaldas, rifles, suburbans. “Bukarelistán” es en los hechos un búnker, cuya labor es contener del punto de ebullición el agua en la que un sapo llamado México descansa, sin percatarse que puede explotar en cualquier momento.

Un hecho recurrente de nuestra generación ha sido la incapacidad de agruparnos para algo que vaya más allá del dolor. Nuestros hitos de comunidad son las movilizaciones contra los deudos de la impunidad. En ese contexto, hemos limitado nuestros horizontes sobre cómo generar inercias que se atrevan a dinamitar los múltiples círculos viciosos en los que estamos inmersos. ¿Cómo frenar la narcopolítica, la desigualdad, la barbarie? El inicio de la respuesta se encuentra en la imaginación.

En ese contexto, un grupo de mujeres ha brincado de la desesperanza a la imaginación y consolidado sus ideales en un proyecto llamado Mi Valedor (http://bit.ly/1Xk5SRa ). En la esquina de Bucareli y Atenas, justo en frente de la Secretaría de Gobernación, las valedoras tienen una empresa social que, a través de la edición de una revista, dignifica a las poblaciones callejeras, las visibiliza e impulsa su reintegración a la vida social y laboral. Si uno pasa caminando por el Reloj Chino, de un lado tienes el palacio de Covián y su carga de penumbra, mientras del otro lado de la acera, los valedores llegan a recoger su mercancía para ganarse y hacer la vida.

Es precisamente en el epicentro del poder y la zozobra donde un grupo de mujeres se ha infiltrado para defender la alegría y la esperanza de salir al encuentro con el otro, con los marginados de la gran urbe.

Un concepto poco profundizado hasta ahora es el fracaso de nuestra transición democrática y con ello el país plagado de incertidumbre que a los mexicanos que estamos comenzando a hacer la vida nos toca enfrentar. Dicha derrota nos ha desprovisto de una idea de futuro; todo lleva a concluir que nuestro escenario laboral, económico y social estará por debajo del que tuvieron oportunidad de vivir nuestros padres. Ante tal realidad, iniciativas como Mi Valedor son un recordatorio de que la búsqueda de soluciones comienza generando círculos virtuosos en nuestro entorno inmediato. Gracias a sus fundadoras, uno puede pasar por la Secretaría de Gobernación y sentir, al igual que Martha Anaya aquella noche de 1988, que se está haciendo historia; puede olerse, puede sentirse. Pero la esperanza en 2016 no está en SEGOB, sino en la acera de en frente.

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