Por Carmen Libertad Vera

La esperada y clandestina presencia en aquella galería de arte del novio narco de La China, respondía esa noche a la posible compra, por parte de él, de una o varias de las obras ahí expuestas en pro de alguna causa benéfica.

Eran los años 80’s. Y aunque ya se divisaba la imparable permeabilidad social del fenómeno narco, aún no se inventaban las buchonas.

De allí que sea innecesario aclarar que La China no era una buchona, ya que los narcos de entonces, a diferencia de sus estereotipos actuales, no ligaban preferentemente a morras operadas de nalgas y chichis, que trepadas sobre tacones inconmensurables andan muy ligeras por antros de moda, agitando los cabellos artificialmente aclarados y alargados mediante ocultas extensiones, ostentando “maquillaje a granel”, perfume caro y uñas enormes cargadas de pedrería Swarovski; aunque eso sí, al igual que ahora, ya se rumoraba que los narcos de entonces acostumbraban tener novias a montón y aventuras por docenas, pues ya habían accedido a esa su muy reputada fama de intocables machos alfa y, sobre todo, de generosos derrochadores.

En aquellos años, el prototipo más famoso de narco era Rafael Caro Quintero. Personaje sinaloense que en Guadalajara había echado hondas raíces y hecho choncha roncha; y quien, además, vivía conocido y público romance con Sara Cosío, una chica de la mejor sociedad política tapatía, hija de un ex jefe de educación estatal y sobrina directa de aquel priista que llegó a ser extemporáneamente gobernador tardío y “compadre”, al menos de palabra, de medio Jalisco.

Hasta donde se recuerda, nadie de las “buenas conciencias” tapatías se llegó a escandalizar, cuando menos no al grado del repudio social, por aquel sonado romance con visos de amasiato. Incluso, en el cotilleo del medio magisterial, a esa pareja se les veía con cierta admiración.

En menor proporción, ese era el caso de La China, a quien no pocos de los que la conocían, sabían su relación con aquel narquillo de mediana monta; llegándola a considerar, por lo tanto, en una situación privilegiada y envidiable. A grado tal, que tres de sus amigos más cercanos, todos ellos psicólogos, le otorgaban a ella las deferencias más entusiastas; casi, casi, al grado de rendirle abierta pleitesía. Especialmente cuando La China, frecuente y solidaria, regalaba a ellos un buen guato de mota selecta con calidad de exportación.

Tal relación revestía a La China con cierto e impune halo de femme fatal. O al menos eso era lo que ella intentaba aparentar. 

Ella, debía su sobrenombre a lo asiático de su apellido y la achalada fisonomía de esos sus ojos siempre resaltados por delineadas cejas renegridas, en realidad era una anónima profesora de escuela primaria, que esa noche había llegado a aquella galería mucho antes que su por ella invitado novio.

Algunos de los cuates de La China ahí presentes, conocían la traficante condición del galán de La China pero nunca lo habían visto en persona, por lo que esperaban ver llegar a un tipo de bronca apariencia y cargando una timbona cartera dispuesta a pagar, lo que fuera, por todo aquello que decidiera adquirir. Los demás asistentes en esa galería ni en la vida lo hacían.

La tardanza del novio propició que entre brindis y brindis, La China se pudiera a discutir en su cerrado grupillo de cuates, y uno que otro cuate de sus cuates, acerca de cuestiones sindicalistas relacionadas con su actividad magisterial.

Ella, en todo momento, se declaró perfectamente convencida de no querer modificar, en nada, la situación de privilegio de los maestros que mediante tráfico de influencias ocupan cargos directivos, administrativos o sindicales; así como la de los miles aviadores disfrazados de comisionados

Fue especialmente reacia cuando se planteó la necesidad de suprimir las cooperativas escolares y, con ello, las ganancias ilícitas que pingüemente se embolsan a diario los directores de escuelas, sus allegados y no pocos representantes de las Sociedades de Padres de Familia.

Yo no tengo nada en contra de las cooperativas escolares. —Dijo ella tajante.  —En la escuelita de barrio pobre donde trabajo, a mí me toca vender los lonches a la hora del recreo, y de ahí, cada semanita, sale para que yo me compre cuando menos unas nuevas enaguas de marca.

Ninguna argumentación fue suficiente para convencer a La China de la necesidad de democratizar al magisterio y al SNTE. Ella estaba más que convencida de su buena suerte al poder estrenar faldas cada semana. Y convencida de eso quedó.

Finalmente su narco amasio apareció en la galería. ¡Nada del otro mundo! Porque si él no hubiera llegado precedido por su conocida fama, cualquiera lo habríamos confundido con un payo agricultor o con un comerciante del Mercado de Abastos. Pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, fajo sin hebilla ancha, cero botas de piel de cocodrilo o sombrero texano; lucía discreta cadena, refulgente anillote y modesta esclava de oro.

La China fue la encargada de llevarlo en tour frente a todas las obras colgadas sobre los muros.

El narco aquel miró y miró todos y cada uno de los cuadros, observándolos detenidamente, como queriendo escudriñar cada centímetro enmarcado; parecía que intentaba leer algo muy críptico, como si cada obra fuera un texto con pictogramas chinos. Finalmente salió de la galería en compañía de La China, sin haber comprado nada. ¡Ni un pinchi cuadrito! 

 Poco tiempo después, a La China le finalizaron aquella relación. El narco novio la mandó al carajo. Ruptura para la cual, los peores lamentos provinieron no de ella, sino de sus amigos más íntimos; quienes, de un día para otro, vieron suspendidas las otrora gratuitas remesas de marihuana con calidad gourmet.

      Trascurridos escasos cuatro o cinco años de aquella expo, La China falleció. Repentinamente. Que de ataque al corazón. Aunque no faltó quien insinuara la hipótesis de un asesinato. Crimen pasional. O de un pasón. Pues según los rumores malintencionados que nunca faltan, ella había dejado de fumar hierba verde para sustituirla por el consumo de otras sustancias psicotrópicas más duras y fulminantes.

            De su antiguo novio, nada se volvió a saber. Desde antes. Desde cuando ella era una profesora que, en vida, podía darse el lujo semanal de estrenar enaguas de marca, compradas con las ganancias de la venta de lonches en una mísera tiendita escolar.

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