Por Carmen Libertad Vera

Don Paleto es heladero. Él vive de fabricar y comerciar eso que los italianos denominan gelato. Producto que en el caso de Juan Carlos, nombre real de nuestro folclórico personaje, en realidad se acerca más a la tradición paletera de Tocumbo, Michoacán, que a cualquier congelada extravaganza napolitana.


No podría ser de otra forma. Juan Carlos proviene precisamente de Tocumbo, lugar de sus agrícolas orígenes y sitio desde donde, un buen día, emigró a la gran ciudad para estudiar Ingeniería Industrial. De eso hace ya un buen rato, porque don Paleto se auto-clasifica como de la Generación Avándaro.


Desde entonces don Paleto lleva vida citadina habitando un departamento en una colonia muy popis donde sus padres, cuando él era estudiante, adquirieron un departamento a fin de evitarle los engorros de cualquier casa de huéspedes. Y ahí sigue.


En una ocasión, don Paleto acudió hasta un “cíber” para solicitar ciertos servicios secretariales de transcripción, a fin de elaborar una larga relación de todo el mobiliario de su paletería. El objetivo era listar, pormenorizadamente, todos y cada una de los aparatos y maquinaría con valor comercial instalados en el negocio de su propiedad, para armar así un “tornillo” legal que le evitara un posible embargo a raíz de una demanda laboral que le habían interpuesto.


Como era costumbre, don Paleto llegó al cyber acompañado de la señora que atendía su negocio, misma que invariablemente andaba justo a su lado. Por la familiaridad del trato entre ambos, cualquiera deducía que ellos eran esposos o pareja. Lo cual era cierto, a medias. Porque Claudia, nombre de aquella morena y delgada mujer que siempre acompañaba a don Paleto, adoptaba de manera muy resuelta el rol de cónyuge.


El documento a transcribir, elaborado manuscritamente por Claudia, era un dechado de incorrecciones. De todo tipo. Parecía elaborado por un niño de segundo año de primaria con muchas, pero muchas, faltas de ortografía que, entre otros horrores, incluía los de “rrefrijerador”, “bentillador”, “orno maicrowey” y más cosillas por el estilo.


Dos o tres veces regresaron Claudia y don Paleto con el transcriptor para que rehiciera el escrito.


La primera vez lo rechazaron porque, según ellos, “estaba muy bien hecho” y necesitaban “algo menos bien”. La veces subsecuentes regresaron para que se modificara el archivo agregando algo que había faltado y se volviera a imprimir. Finalmente se dieron por bien servidos y, ¡uf!, se dio por concluido aquel listado.


Transcurrieron algunas semanas y, algún otro día, don Paleto acompañado de Claudia regresó con el transcriptor a informarle que sí había funcionado el “tornillo”, pero no del todo, ya que le habían embargado algunas cosas que, según él “no estuvieron en la relación que se había elaborado”.


Mucho tardaron en hacerle caer en cuenta que los objetos no listados, y por ende embargados, no se debían a la labor amanuense, sino a la sencilla razón de que nunca estuvieron incluidos en los distintos originales previos.


Don Paleto demostró desde entonces ser muy duro de entendedera. Por lo que había que repetirle las cosas una y otra vez, y muchas veces más, para que más o menos pudiera captar una idea elemental. Claudia, por su parte, se limitaba a ser sólo su sombra.


Pasado el tiempo y debido a problemas derivados de una transformación urbana en la zona donde el cíber y la paletería de Juan Carlos se ubicaban, la comunicación entre esos comerciantes vecinos se hizo más frecuente y constante, razón por la que don Paleto convirtió en rutina llegar diario al cíber cercano para conversar con quien había sido su transcriptor.


Entonces, en ese lugar público con servicio de Internet, se volvió algo ordinario escuchar de la voz de don Paleto un enorme diario de tribulaciones.


Dolorosa e ininterrumpida era su letanía de pesares, la que en un principio surgía de temas relacionados con la remodelación urbana que padecían, porque los alrededores parecían zona devastada por un bombardeo. La actividad comercial, los clientes y los ingresos estaban menguando, mientras todo tipo de molestias iban a la alza. Las calles estaban llenas de hoyancos, zanjas profundas, polvo, ruido de taladros y maquinaria pesada; por todos lados abundaban las barricadas hechas con material de construcción
Con la confianza de los días, don Paleto, en su lerdo tartamudear y repetitivo discurso, de buenas a primeras hizo cruzar su barrera confesional de lo público a lo privado, y de ahí a lo muy íntimo.


Fue en esa etapa cuando don Paleto se convirtió en una catarata logorréica acerca de su reciente y enfermiza ruptura con Claudia. Ruptura que progresivamente fue narrando en retrospectiva y donde ella pasó de ser hermana de una ex-empleada (y tuvo sucesivas condiciones de desempleada) hasta consolidarse como empleada practicante ocasional del sexo oral, luego ascendida a empleada de confianza, amante, empleada despedida y amante rechazada, empleada recontratada y amante reconciliada, empleada muy bien liquidada y amante despreciada, mancornadora, borracha, cocainómana, madre desnaturalizada y, por último, persona non grata. Además de putita barata y enferma mental.


Toda una historia digna de las páginas de un ejemplar de Sensacional de Traileros. ¡Uf!
Y así, sin que mediara pudor alguno por parte de don Paleto, todo el que quiso escucharlo se enteró de que Claudia, la mujer de las extravagantes pestañas y uñas postizas que ahora ya no acompañaba a don Paleto, había entrado a trabajar con él después de que una hermana de ella renunciara en la heladería; ya que Claudia necesitaba el empleo para sostener la carga económica de sus tres pequeños hijos, a los que su madre cuidaba y, a veces, mantenía.


Don Paleto confesaba además que él, entre sus diversiones de hombre solitario, tenía por costumbre comprar ejemplares de La Maestra, unos baratos pasquines pornográficos con fotos explícitamente grotesca, mismas que Claudia encontraba en la trastienda de la paletería y las que se ponía a hojear.


—Nomás a hojearlas —decía don Paleto—. Porque ella ni sabe leer bien, ni le gusta. El profesionista intelectual, el de las ideas, po’s modestamente siempre he sido yo.
Don Paleto precisaba lo anterior con notorio engreimiento en sus pláticas, agregando luego innecesariamente la descripción verbal de ciertos hard details.


—Y po’s, un día, que me la encuentro viendo la foto donde una chava hacía sexo oral a un bato. Y que le digo: Claudia, no nomás las veas; anímate a hacérmelo a mí. Y que ella se anima, y… ¡P’os así fue como ella y yo empezamos a andar!
Con tal estilo de explicites, aderezada ésta con un supuesto grado máximo de emotividad depresiva, don Paleto terminó por llegar a aquel cyber dos o tres veces al día sólo para contar ahí sus cuitas, pidiendo siempre consejo para curar su desesperado bache emocional. Y, de paso, ayudar a Claudia.


Porque, según él, esa mujer necesitaba ayuda psicológica. Ya que ella…


—A veces me llama a las dos o tres de la mañana. En una ocasión para pedirme que la fuera a sacar de El Tobago, una camilucha donde en el baño se había peleado a golpes por una grapa de coca con una de sus amigas, con la que había ido ahí a pistear en compañía de dos fulanos que luego se las iban a coger. Y es que ella me engaña con otro fulano, un tal Hugo. Ella ha llegado al grado de que un 12 de diciembre me pidió que la llevara en el carro hasta la puerta del Santuario de Guadalupe, porque quería ir a rezar y cantarle las mañanitas a la Virgen. Yo la llevé, sólo para enterarme meses después que Claudia, borracha y en compañía de unos amigos, abiertamente se burlaba de mí diciendo que esa vez entró a ese templo por la puerta principal para luego salir por otra y encontrarse con Hugo, quien la estaba esperando. Además, usa cocaína. Pero no es adicta. ¡Sólo le pone cuando de veras se siente muy abajo o muy cruda! En la paletería llegó a hablarle a uno de los cuida coches para que le fuera a conseguir una grapa. La inhalaba y se componía. Ahora me llama diciendo que quiere verme. Pero sigue tomando. Diario anda bien borracha. Sin un peso en la bolsa. Pero dice que quiere verme. Que necesita platicar conmigo. Su mamá también me habló. Me contó que no fue a dormir en tres noches. Que se fue a El Tobago, con el Hugo, y que luego rentaron un cuarto en un hotel. Ella regresó a los tres días, toda mugrosa y con la misma ropa. Así me lo contó su mamá. Luego fue Claudia la que me habló. Me dijo casi lo mismo. Que sí, que ella y Hugo estuvieron tomando y drogándose. Pero cuando le pregunté, me dijo que no, que ellos no tuvieron sexo. Y yo le creo. ¡Es que sí me quiere! Además, la pobre no encuentra chamba. Quiere volver a trabajar conmigo. Pero ya la había liquidado. Le di más de 20 mil pesos. Y conmigo, aparte de su sueldo, le pagaba la comida, le daba para el transporte o yo la llevaba y la traía; la llevaba a pasear por los rumbos de Zamora, donde me regalan la fresa para la paletería, porque la fresa yo no la compro, me la regalan. Ahí le enseñaba cómo andan muchas mujeres trabajando en el campo, agachadas cortando fresas. Le hacía ver cómo ella estaba mejor conmigo. ¡A ver ‘ora qué hace! Quiere volver a trabajar conmigo. Pero ya la liquidé una vez. Y regresó. Y volvió a ganar bien. Ya no le estoy dando dinero. Bueno, nomás 800 pesos a la semana. Pa’l doctor. Y le pagué dos consultas con un psicólogo, porque la quise llevar a terapia. Necesita terapia. Quiero ayudarla.


A estas alturas, las confesiones de don Paleto, reiteradas una y otra vez, asumían en su rostro un rictus de auto conmiseración, y como parecía no querer darse por enterado que ya estaba colmando la paciencia de su interlocutor, éste, con un gesto decidido, tuvo que marcarle un alto, lo que de muy poco sirvió.


—Mira… —dijo el transcriptor del cíber—. Tanto ella como tú necesitan ayuda. Yo no quiero saber nada más. De hecho, nunca he querido saber nada. Te he dicho que situaciones tan personales no son a mí a quien debes contarlas. Busca ayuda profesional. Creo que tú la necesitas más que ella. Ella sabe muy bien lo que está haciendo. Te va a seguir buscando, porque dudo que encuentre otro igual, o más pendejo, que tú. ¿Te queda claro? Así que porfa… ¡Agarra la onda!
¡Ni madres qué entendió!


Al día siguiente, y al siguiente, y durante muchos días más, don Paleto volvió a aparecerse en ese cíber. Con su paso calmo, su maltrecho y chorreado mandil de mezclilla desanudado o, ya de plano, detenido en su cuello y ondeando al viento desde sus espaldas. Y, apenas mediado el saludo, con cualquier pretexto, con una desfachatez in-con-men-su-ra-ble… comenzaba de nuevo su retahíla. No había forma de detenerlo.


—Claudia fue a buscarme ayer domingo a mi departamento. Iba con su tía. Quería hablar conmigo. Que Hugo le está poniendo el cuerno. Anda con otra. Su hermana me había dicho ya que otra vez no había ido dos días a su casa. Su tía y ella llegaron en un taxi. Cuando se salió la tía, que agarro a Claudia por el cuello y que casi la’orco. La apreté bien feo del pescuezo y le estrellé la cabeza contra la pared, pero suavecito. Se me quedó viendo toda asustada. “Te desconozco”, me dijo. Pero yo estaba bien enojado. Y le grité muchas cosas. Le dije: ¿Qué quieres? Estás enferma. Eres una putita barata y corriente. Me tienes enfermo. Así de corriente me vi. Pero le dije más cosas. Y ella se fue. Después me llamó su mamá para pedirme que ya no molestara a su hija.


Un grito desesperado se escuchó entonces en aquel cíber:
—¡¡Ya bastaaaaaa!! ¿Cómo quieres qué te lo diga? ¿En qué idioma quieres que lo repita? No quiero y no me importa saber nada de ti, ni de Claudia. ¿Qué parte de la palabra no es la que no entiendes? ¡Me tienes bombo, harto! Ya te dije mil veces que no sé quién de los dos está más enfermo, si tú o ella. Ahora creo que tú. Y es en balde lo que uno te diga. De todos modos la vas a seguir buscando, o ella te va a seguir buscando, y va a ser cuento de nunca acabar. Hay gente que le gusta revolcarse en el lodo, y si a ti te gusta revolcarte, pues disfrútalo. No-me-vuelvas-a-contar-nada-de-ese-tema. ¡Por favor! ¿En-ten-dis-te?


Don Paleto, para finalizar su charla de ese día, se despidió diciendo:
—Ya entendí. Nomás una última pregunta: ¿No será que ella hace todo eso porque me quiere?
La respuesta fue inmediata.


—Sí. Ella… ¡Te adora!
Desde esa vez, en el cíber tuvieron que adoptar una nueva y más drástica estrategia para, finalmente, detener la inundante verborrea. Porque don Paleto siguió llegando ahí a diario, pero ahí trabajaban bajo la consigna de: “¡No oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado!”. No lo escuchaban y se daban media vuelta cuando él comenzaba con sus cuitas. Llegó el día en que el pobre don Paleto nomás llegaba y se sentaba, en silencio, a ver lo que sucedía en su derredor. Al poco tiempo dejó de ir.


Transcurridas algunas semanas, ya concluida la remodelación barrial, con cierta frecuencia todos comenzaron a ver pasar a don Paleto muy amartelado al lado de Claudia. Los dos lucían enamorados y radiantes. Después ella comenzó a mostrar los inequívocos síntomas de un nuevo embarazo.


Meses después, finalmente, frente al cíber nomás se veía pasar a la camioneta de don Paleto en compañía de Claudia y a un bebé transportado en la cabina. En la descubierta caja posterior de la pick-up viajaban también los tres hijos que Claudia tuvo antes de conocer a don Paleto.

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