¿Puede una mujer hacerse pasar por loca actuando completamente cuerda?

Por Nellie Bly

Dentro del manicomio

En lo que la carroza atravesaba velozmente los bellos jardines rumbo al asilo, mis sentimientos de satisfacción por haber alcanzado el objetivo de mi labor fueron ahogados por las expresiones de angustia en los rostros de mis compañeras. Pobres mujeres, sin esperanza de un rescate oportuno. Estaban siendo llevadas a una prisión, sin tener culpa de nada, y probablemente de por vida. ¡Qué fácil sería en comparación caminar sobre el patíbulo en vez de hacerlo sobre esta tumba de horrores vivientes! La carroza aceleró, y di, al igual que mis camaradas, un vistazo desesperanzado que me despidió de la libertad en lo que el edificio de piedra se elevaba ante nuestros ojos. Pasamos un edificio pequeño, y la peste era tan horripilante que me vi obligada a aguantar la respiración, y supuse que aquel lugar era la cocina. Me enteré luego de que estaba en lo correcto y sonreí al leer el letrero al final del camino: “No se permiten visitantes en esta senda”. Creo que el letrero no haría falta si alguien se aventurara a caminar la senda, sobre todo en un día caluroso.

La carroza se detuvo, luego una enfermera y un oficial a cargo nos ordenaron bajar. La enfermera añadió: “¡Bendito sea Dios! Llegaron en silencio”. Obedecimos sus órdenes de subir por una estrecha escalinata de piedra que evidentemente había sido diseñada tomando en cuenta las necesidades de quienes suben tres escalones a la vez. Me pregunté si mis compañeras sabían en dónde estábamos, así que le dije a Miss Tillie Mayard:

—¿Dónde estamos?

—En el asilo para lunáticos de Blackwell Island —me contestó con tristeza.

—¿Estás loca? —pregunté.

—No —contestó—, pero como nos han enviado aquí, tendremos que permanecer calladas hasta encontrar la manera de escapar. Aunque saldrán pocas si todos los doctores, como el Dr. Field, se rehúsan a escucharme o me niegan la oportunidad de probar mi lucidez.

Fuimos escoltadas hasta el estrecho interior de un vestíbulo y la puerta se cerró a nuestras espaldas.

A pesar de estar consciente de mi propia sanidad y de la certeza de que sería liberada en un par de días, mi corazón dio una breve punzada. ¡Declarada una loca por dos médicos expertos y encerrada tras los inclementes barrotes y candados de un manicomio! Y no estaría encerrada a solas, en compañía, día y noche, del parloteo y sinsentido de unas lunáticas; dormir con ellas, comer con ellas y ser considerada una de ellas era una situación incómoda. Con timidez, seguimos a la enfermera a través de un largo pasillo sin alfombra lleno de mujeres supuestamente locas. Se nos ordenó que nos sentáramos y algunas de las pacientes amablemente nos abrieron espacio. Nos miraban con curiosidad, y una se me acercó y preguntó:

—¿Quién te ha enviado?

—Los doctores —contesté.

—¿Para qué? —insistió.

—Bueno, dicen que estoy loca —admití.

—¡Loca! —repitió con incredulidad—. No se te nota en la cara.

Concluí que esta mujer era demasiado lista, y me sentí contenta de acatar las órdenes toscamente pronunciadas por la enfermera de seguirla para ir a ver al doctor. Por cierto, esta enfermera, Miss Grupe, tenía un bonito rostro alemán, y de no haber detectado ciertas facciones duras en su boca, habría esperado, como le sucedió a mis compañeras, recibir pura bondad de su parte. Nos llevó hasta una pequeña sala de espera al final del pasillo y nos dejó solas mientras ella se metió a una oficina compacta que conectaba a la sala de estar o la recepción.

—Me gusta subirme a la carroza —le dijo a una figura invisible en el interior de la oficina—. Hace el día menos monótono.

La figura (de voz masculina) contestó que el aire libre la hacía ver más linda, y cuando volvimos a ver a Miss Gurpe, no paraba de soltar sonrisas.

—Venga, Tillie Mayard —dijo.

Miss Mayard obedeció, y aunque no pude ver el interior de la oficina, sí alcancé a escucharla abogando con gentileza por su caso. Todas sus observaciones eran tan racionales como cualquier otra que hubiera escuchado, y pensé que todo buen médico no podría sino impresionarse ante su historia. Habló de su reciente enfermedad, de que sufría de debilidad nerviosa. Imploró por que le aplicaran todos sus exámenes para comprobar la locura, si es que acaso había semejantes exámenes, y que le dieran justicia. Pobre muchacha, ¡cómo lloraba mi corazón por ella! Decidí ahí mismo que intentaría de todo para que mi misión beneficiara el sufrimiento de mis hermanas; que mostraría cómo eran sentenciadas sin un juicio íntegro. Sin palabra alguna de simpatía o ánimo, Miss Mayard fue traída de vuelta a su asiento.

Mrs. Louise Schanz fue llevada con el Dr. Kinier, el médico.

—¿Su nombre? —preguntó ruidosamente.

Ella contestó en alemán, diciendo que no podía hablar inglés ni entenderlo. Sin embargo, cuando el doctor dijo Mrs. Louise Schanz, ella contestó “Ja, ja”. Luego el doctor intentó con otras preguntas, y cuando se dio cuenta de que no podía entender ni una gota de inglés, le dijo a Miss Grupe:

—Usted es alemana; hable por mí.

Miss Grupe demostró ser una de esas personas avergonzadas de su propia nacionalidad, y se negó, alegando que no entendía más que unas cuantas palabras de su lengua materna.

—Usted sabe que habla alemán. Pregúntele a esta mujer a qué se dedica su esposo —y ambos rieron como si estuvieran disfrutando de un chiste.

—No conozco más que unas cuantas palabras —protestó ella, pero al final logró precisar la ocupación de Mr. Schanz.

—¿Ve? ¿Para qué me miente? —preguntó el doctor con una risotada que disipó la hostilidad.

—Ya no puedo hablar —contestó ella, y no dijo más.

Así fue como Mrs. Louise Schanz fue consignada al asilo sin la oportunidad de darse a entender. Me pregunto, ¿puede aceptarse semejante descuido cuando es tan fácil conseguir un intérprete? Si el confinamiento durara sólo unos días, podría ponerse en duda la necesidad de uno. Pero esta mujer fue sacada sin su consentimiento del mundo libre y puesta en un asilo en el que no tuvo oportunidad de probar su estabilidad mental. Encerrada muy probablemente de por vida tras los barrotes del asilo, sin siquiera escuchar en palabras de su propia lengua el por qué y para qué. Compárese esto con un criminal, a quien se le da toda oportunidad de probar su inocencia. ¿Quién no preferiría ser un asesino y tener la oportunidad de salir libre que ser declarado un loco, sin esperanza de escape? Mrs. Schanz imploró en alemán que le dijeran dónde estaba, y suplicó por su libertad. Fue llevada hasta nosotros, ignorada y con su voz hecha añicos hasta el punto del llanto.

Mrs. Fox fue sometida a unas pruebas triviales e insignificantes para luego salir de la oficina, condenada. Miss Annie Neville tomó su turno, y de nuevo me tocó ser la última. Para entonces había determinado actuar como lo hacía cuando estaba en libertad, excepto que me rehusaría a decir quién era y dónde vivía.

Un experto trabajando

—Nellie Brown, el doctor quiere verla —dijo Miss Grupe.

Fui y se me ordenó sentarme en oposición al Dr. Kinier en su escritorio.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó sin levantar la mirada.

—Nellie Brown —respondí con calma.

—¿Dónde vive? —preguntó mientras escribía lo que le contestaba en una libreta grande.

—En Cuba.

—¡Oh! —estalló con repentino entendimiento, y luego se dirigió hacia la enfermera—. ¿Leyó algo sobre ella en los periódicos?

—Sí —contestó ella—. Leí un largo artículo sobre esta muchacha en el Sun del domingo.

Luego el doctor dijo:

—Manténgala aquí en lo que voy a la oficina para ver la nota de nuevo.

Nos dejó solas, y me sentí libre de mi disfraz. Cuando volvió, dijo que no pudo encontrar el periódico, pero relató la historia de mi “debut”, tal como la había leído, a la enfermera.

—¿De qué color son sus ojos?

Miss Grupe me miró y contestó que grises, aunque todos siempre me habían dicho que mis ojos eran cafés o color avellana.

—¿Cuál es su edad? —me preguntó, y contesté que había cumplido los 19 en mayo; volteó a ver a la enfermera y dijo— ¿Cuándo le darán su próximo pase?

Esto, averigüé, era un permiso para faltar, o un “día libre”.

—El próximo domingo —contestó ella y luego se echó a reír.

—¿Irá a la ciudad? —y ambos rieron como si ella lo hubiera confirmado; el doctor continuó—. Mídala.

Me paré bajo la vara para medir mientras descendía hasta apretarse contra mi cabeza.

—¿Qué sucede? —preguntó el doctor.

—No sabría decirle —dijo ella.

—Claro que sí. Vamos, ¿cuánto mide?

—No lo sé. Hay unas cifras ahí, pero no puedo distinguirlas.

—Claro que puede. Mírelas y dígame.

—No puedo; hágalo usted mismo.

Se rieron otra vez en lo que el doctor dejó su lugar tras el escritorio y se acercó para ver por sí mismo.

—1 metro con 65 centímetros. ¿Que no lo ve? —le dijo, tomando su mano y tocando las cifras.

Por el tono de su voz me di cuenta que todavía no lo había comprendido, pero eso no era asunto mío, ya que parecía que al doctor le resultaba placentero ayudarla. Luego me pusieron sobre una balanza, y Miss Grupe las acomodó hasta alcanzar el equilibrio.

—¿Cuánto? —preguntó el doctor, habiendo vuelto a su puesto tras el escritorio.

—No lo sé. Tendrá que ver usted mismo —contestó, llamándolo por su nombre de pila, que ya no recuerdo.

El doctor volteó, llamándola también por su primer nombre, y dijo:

—¡Está perdiendo el toque! —y ambos rieron.

Le dije a la enfermera cuál era mi peso (51 kilos), y la enfermera se lo dijo al doctor.

—¿A qué hora sale a comer? —le preguntó, y ella le hizo saber.

El doctor le prestó más atención a la enfermera que a mí; por cada pregunta que me hacía, a ella le hacía seis. Luego escribió mi destino en la libreta que tenía enfrente. Le dije:

—No estoy enferma, y no quiero quedarme aquí. Nadie tiene el derecho de encerrarme de esta manera.

Ni siquiera hizo caso de lo que dije, y una vez que terminó de escribir (y de hablar con la enfermera, por lo momento), pronunció que eso sería todo y que regresara a la sala de estar, junto a mis compañeras.

—¿Toca el piano? —me preguntaron.

—Oh, sí, desde que era niña —contesté.

Luego insistieron en que debería tocar y me sentaron sobre una silla de madera frente a un viejo piano cuadrado. Toqué un par de notas, y los sonidos desafinados enviaron un escalofrío por todo mi cuerpo.

—Qué horror —exclamé, volviendo la mirada hacia la enfermera, Miss McCarten, que estaba a mi lado—. Nunca he tocado un piano tan fuera de tono.

—Qué pena —dijo llena de malicia—; tendremos que comprar uno especialmente hecho para ti.

Comencé a tocar una variante de “Hogar, dulce hogar”. Las conversaciones cesaron y todas las pacientes tomaron asiento, calladas, mientras mis dedos fríos se movían con lentitud y rigidez sobre las teclas. Terminé sin mucho orden y me negué a complacer peticiones de seguir tocando. Sin encontrar otro lugar dónde sentarme, permanecí en la silla frente al piano mientras “absorbía” mis alrededores.

Aquella era una habitación larga y vacía, con bancas amarillas y descubiertas formando un círculo en su interior. Sobre estas bancas, que eran perfectamente rectas, e igual de infalibles en su incomodidad, cabían cinco personas, aunque en una casi siempre acababan amontonándose seis. Unas ventanas abarrotadas, construidas a metro y medio por encima del suelo, daban directo a la puerta doble que conectaba con el corredor. Las paredes blancas y expuestas eran de cierto modo disminuidas por las tres litografías: una de Fritz Emmet y otra de músicos negros. En el centro de la habitación había una mesa larga cubierta con una sábana blanca, y a su alrededor se sentaban las enfermeras. Todo estaba impecablemente limpio y me hizo pensar en el buen trabajo que debían hacer las enfermeras para mantener semejante orden. Cómo me reiría días después ante mi propia estupidez que me permitió pensar que las enfermeras trabajaban. Cuando se enteraron de que ya no tocaría más, Miss McCarten se me acercó y dijo con rudeza:

—Largo de aquí —y cerró el piano de golpe.

—Brown, venga aquí —fue la siguiente orden que recibí de parte de una mujer brusca y de rostro colorado que estaba en la mesa—. ¿Qué trae puesto?

—Mi ropa —contesté.

Me levantó el vestido y la falda y anotó: un par de zapatos, un par de calcetas, un vestido de paño, un sombrero de paja, etcétera.

Paseando con lunáticas

Nunca olvidaré mi primera caminata. Cuando todas las pacientes vistieron sombreros blancos, como los que usan los bañistas en Coney Island; no pude evitar reírme de lo graciosas que se veían. No podía distinguir a una mujer de otra. Perdí a Miss Neville, y tuve que quitarme el sombrero y buscarla. Cuando nos encontramos, nos pusimos nuestros sombreros y nos reímos la una de la otra. Formamos una fila de dos en dos y, vigiladas por los asistentes, salimos por detrás a nuestra caminata.

No habíamos avanzado mucho cuando noté, después del paseo, largas filas de mujeres vigiladas por enfermeras. ¡Eran tantas! A donde quiera que volteara podía encontrarlas en sus vestidos extraños, con sombreros cómicos y rebozos, marchando lentamente por el lugar. Observé las filas con entusiasmo y un estremecimiento de horror me trepó el cuerpo ante el panorama. Ojos vacíos y rostros sin significado, y sus lenguas pronunciaron disparates, también sin significado. Pasó un grupo y noté en sus ojos y sus narices que todas estaban terriblemente sucias.

—¿Quiénes son ellas? —le pregunté a una paciente junto a mí.

—Son consideradas las más violentas de toda la isla —contestó—. Vienen del Lodge, el primer edificio con los escalones altos.

Algunas gritaban, algunas maldecían; otras estaban cantando o rezando o predicando según les diera su gana, y conformaban la colección más miserable de humanidad que jamás hubiera visto. Mientras el estruendo de su paso se desvanecía en la distancia, me topé con otra visión que no he podido olvidar:

Un cable largo amarrado a anchos cinturones de cuero, y estos cinturones se cerraban alrededor de las cinturas de 52 mujeres. Al final del cable había un pesado coche de acero, y en él había otras dos mujeres: una tenía un pie herido, la otra le gritaba a una enfermera, diciéndole: “Me has golpeado y nunca lo olvidaré. Quieres matarme”, y luego se echaba a llorar. Las “mujeres del cable”, como las llamaban las demás pacientes, estaban cada una ocupada con sus propias rarezas. Algunas gritaban todo el tiempo. Una, de ojos azules, notó que la miraba, y se torció tanto como pudo, hablando y sonriendo, con esa expresión (terrible, horripilante) de absoluta demencia estampada sobre su rostro. Los doctores pueden ejercer un juicio seguro sobre su caso. Los horrores de lo visto, para quien nunca ha estado en cercanía de un loco, eran algo impronunciable.

—¡Dios las ayude! —suspiró Miss Neville—. ¡Es tan horripilante que no puedo ver!

Continuaron su paso, sólo para ser reemplazadas por otras más. ¿Puede imaginarlo? Según uno de los médicos, hay mil 600 mujeres dementes en Blackwell Island.

¡Locas! ¿Habrá algo que sea aunque sea la mitad de pavoroso? Mi corazón se llenaba de pena cuando veía mujeres viejas, de cabellos grises, hablándole sin sentido alguno al espacio. Una vestía camisa de fuerza, y otras dos mujeres tenían que llevarla arrastrando. Lisiadas, ciegas, viejas, jóvenes, feas, bonitas; una desorientada masa de humanidad. No hay peor destino.

Me puse a mirar los bellos jardines que en otro tiempo consideré una de las comodidades para las criaturas confinadas a la isla, y ahora me río de mis propios pensamientos. ¿De qué manera podrían disfrutarlo? No se les permiten estar sobre el césped, sólo mirarlo. Noté cómo algunas pacientes levantaban llenas de emoción y cuidado una nuez o una de las coloridas hojas que habían caído en la senda. Pero no tenían permitido conservarlas. Las enfermeras siempre las obligaban a deshacerse de los pequeños placeres concedidos por Dios.

En lo que pasaba un pabellón pequeño, donde una muchedumbre de lunáticas indefensas permanecía encerrada, leí una frase en la pared: “Mientras viva, tengo esperanza”. Lo absurdo de la frase me golpeó con fuerza. Me habría gustado colocar sobre las puertas del asilo un letrero que dijera: “Los que aquí entráis, abandonad toda esperanza”.

Durante la caminata me molestó mucho que las enfermeras que escucharon mi historia romántica preguntaran a las que estaban a cargo por mi nombre. Fui señalada con frecuencia.

La hora de la cena no tardó en llegar, y yo tenía tanta hambre que sentí que podría comerme cualquier cosa. La misma vieja historia de estar parada por más de hora y media en el vestíbulo volvió a repetirse antes de la cena. Los tazones en los que nos habían servido el té ahora estaban llenos de sopa, y sobre un plato había una papa hervida (ya fría) y un trozo de carne que, tras una breve indagación, resultó estar un poco podrido. No había cuchillos, ni tenedores, y las pacientes parecían salvajes cuando sostenían la carne dura entre sus dedos y jalaban en dirección opuesta usando los dientes. Las que carecían de dientes o que tenían una dentadura pobre no podían comerla. A todas les daban una cuchara, y una pieza de pan era el último entremés. No se permite mantequilla en la mesa, tampoco café o té. Miss Mayard no podía comer, y vi a varias de las convalecientes volver la cara con asco. Yo me había sentido débil por la falta de alimento e intenté comer una rebanada de pan. Después de unas cuantas mordidas, el hambre se impuso y fui capaz de comerme toda la rebanada, dejando sólo las orillas.

El superintendente Dent atravesó la sala de estar, ofreciéndole un ocasional “¿Cómo está?” aquí y allá a las pacientes. Su voz era tan fría como el vestíbulo, y las pacientes no hacían siquiera el más mínimo esfuerzo por hablarle de sus sufrimientos. Le dije a algunas que le hablaran sobre lo que estaban pasando, del frío y la falta de vestimenta, pero respondían que la enfermera las golpearía si abrían la boca.

Nunca había sentido tanto cansancio como cuando me senté en la banca. Varias de las pacientes se sentaban sobre una de sus piernas o torcidas de lado, para variar, pero siempre recibían regaños y órdenes de sentarse derechas. Si hablaban, les llamaban la atención y les decían que se callaran; si querían caminar un rato para desentumirse, se les decía que permanecieran sentadas y bien quietas. ¿Qué otra cosa, aparte de la tortura, sería capaz de causar demencia tan rápido como este tratamiento? Estas mujeres habían sido enviadas aquí para curarse. Me gustaría que los expertos médicos que me condenaron por mis acciones (prueba de su capacidad) tomaran una mujer perfectamente cuerda y saludable, la encerraran y la obligaran a sentarse sobre bancas de respaldo rígido, de 6:00AM a 8:00PM, sin dejarla hablar o moverse durante todo ese tiempo, negándole material de lectura y sin informarle nada sobre el mundo exterior y sus sucesos, dándole comida pésima y un trato brusco; me gustaría que hicieran eso y ver cuánto soportaría esa mujer antes de perder el juicio. Bastarían dos meses para convertirla en un desastre físico y mental.

He descrito mi primer día en el asilo, y como los otros nueve fueron exactamente iguales, sería fastidioso hablar de ellos. Al entregar esta historia, seguro seré contradicha por muchos de los que quedan expuestos en ella. Sólo cuento, con simplicidad y sin exageraciones, sobre los 10 días que viví en un manicomio. La comida era de lo peor. A excepción de los primeros dos días que pasé en el asilo, no había sal para los alimentos. Las mujeres hambrientas y hasta famélicas hacían el intento por comer aquellos tremendos desastres. Ponían mostaza y vinagre a la carne para que agarrara sabor, pero eso sólo empeoraba las cosas. Hasta la carne se acabó durante tras primeros dos días, y las pacientes tuvieron que atragantarse con pedazos de pescado fresco, hervido nada más, sin sal, pimienta o mantequilla; cordero, res y patatas sin la más leve sazón. Las más locas se rehusaban a tragar su comida y eran amenazadas con castigos. Durante nuestros breves paseos pasábamos frente a la cocina en la que eran preparados los alimentos de las enfermeras y los doctores. Alcanzábamos a ver uvas y melones y todo tipo de frutas, hermosas piezas de pan blanco y bellos trozos de carne, y aquello nos hacía sentir diez veces más hambrientas. Hablé con algunos de los médicos, sin éxito, y cuando me sacaron de ahí, a la comida le seguía faltando sal.

Me dolía el corazón al ver a las pacientes, de por sí enfermas, enfermar todavía más frente a la mesa. Vi a Miss Tillie Mayard tan repentinamente vencida por un bocado que tuvo que salir corriendo fuera del comedor y recibir una reprimenda por ello. Cuando las pacientes se quejaban de la comida, se les decía que debían guardar silencio, que no serían tratadas tan bien como en casa y que esa comida era demasiado buena para quienes dependían de la caridad.

Una muchacha alemana llamada Louise (he olvidado su apellido) dejó de comer por varios días, hasta que, una mañana, desapareció. De las pláticas de las enfermeras alcancé a escuchar que estaba sufriendo de una fiebre muy alta. ¡Pobrecita! Me contó que no dejaba de rogar por su propia muerte. Vi que una de las enfermeras obligó a una paciente a llevar la misma comida que las otras estaban recibiendo hasta la habitación de Louise. ¡Imagine darle cosa semejante a un convaleciente de fiebre! Por supuesto, la rechazó. Luego vi que la enfermera, Miss McCarten, fue a tomarle la temperatura; volvió reportando que era de 65°C. Me reí al escuchar la cifra, y Miss Grupe, al verme, me preguntó cuál era la temperatura máxima a la que había llegado. Me rehusé a contestarle. Miss Grady decidió entonces poner a prueba sus habilidades. Reportó que mi temperatura era de 37.2°C.

Miss Tillie Maynard sufrió el frío más que cualquiera que nosotros, y aún así intentó seguir mi consejo de permanecer alegre y aguantar un poco. El superintendente Dent trajo un hombre a verme. Examinó mi pulso y mi cabeza y mi lengua. Les comenté lo frío que estaba el lugar y les aseguré que yo tenía necesidad de tratamiento médico pero que a Miss Mayard sí le hacía falta y que debían transferir sus cuidados a ella. No me respondieron, y me complació ver a Miss Mayard pararse de su asiento y acercarse a donde estaban ellos. Habló con ambos doctores y les dijo que estaba enferma, pero ninguno le prestó atención. Llegaron las enfermeras y se la llevaron a rastras de vuelta a su asiento. Cuando los doctores habían terminado, una de las enfermeras dijo: “Después de un rato, si nota que los doctores no le prestan atención, deje de ir a buscarlos”.

Antes de que los doctores dejaran de atenderme, escuché que uno dijo (no puedo recordar sus palabras con precisión) que mi pulso y mis ojos no eran típicos de una muchacha que está loca, pero el superintendente Dent le aseguró que en casos como el mío, las pruebas solían fallar. Después de mirarme por un rato, dijo que mi rostro era el más brillante que había visto entre los lunáticos. Las enfermeras vestían batas y ropas gruesas, pero a nosotros no nos daban ni un chal.

Pasaba casi toda la noche escuchando a una mujer lamentarse por el frío y rogarle a Dios que la dejara morir. Otra gritaba “¡Asesinato!” en intervalos frecuentes, y en otras ocasiones gritaba “¡Policía!” hasta helarme la carne.

La mañana del segundo día, tras haber comenzado nuestro interminable “itinerario”, dos de las enfermeras, asistidas por unas cuantas pacientes, trajeron a la mujer que había pasado la noche anterior rogándole a Dios que la dejara irse a casa. No me sorprendí ante sus plegarias. Aparentaba tener unos 70 años, y estaba ciega. Aunque los pasillos eran gélidos, aquella mujer no tenía más ropa encima que cualquiera de nosotras, tal como lo he descrito. Cuando la trajeron a la sala de estar y la sentaron sobre una de las rígidas bancas, comenzó a gritar:

—¿Qué están haciendo conmigo? Tengo frío, tanto frío. ¿Por qué no puedo quedarme en cama o tener un chal?

Luego se levantaba y buscaba la manera de salir de ahí. A veces los asistentes la empujaban de vuelta a la banca, y luego la dejaban que se pusiera de pie una vez más, riendo cuando la veían estrellarse contra una mesa o el borde de una de las bancas. Hubo un momento en el que dijo que los pesados zapatos que proveía la caridad lastimaban sus pies y se los quitó. Las enfermeras le ordenaron a dos pacientes que le pusieran los zapatos, y cuando se los siguió quitando, peleando por que no se los pusieran, conté hasta siete personas intentando colocar los zapatos de vuelta en sus pies. Luego la anciana intentó recostarse sobre una banca, pero le enderezaron el cuerpo. Fue tan doloroso escucharla decir:

—Oh, denme una almohada y cúbranme con las cobijas; tengo tanto frío.

Mientras veía la escena, Miss Grupe se sentó sobre la anciana y le recorrió el rostro con sus manos gélidas, metiéndolas bajo el cuello de su vestido. La mujer chillaba y lloraba, y Miss Grupe sólo reía con desenfreno al escucharla, igual que las otras enfermeras. Y así, continuó con su cruel acto. Ese mismo día, la anciana fue llevada a otro pabellón.

*Texto de Diez días en un manicomio (1887). Traducción de Staff El Barrio Antiguo.

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