Por Camilo Ruiz

De un tiempo para acá que la guerra en Siria se convirtió en una maraña en la que por lo menos cuatro frentes completamente distintos (Bachar al-Assad, los rebeldes sirios sostenidos por occidente, los kurdos y el Estado Islámico) luchan los unos contra los otros, y tal vez otras treinta facciones, por no hablar de los poderes regionales y las potencias occidentales, se disputan parcelas de poder y de influencia.


Los meses en los que la OTAN consideró bombardear a al-Assad, como lo hizo con Gadaffi en Libia, parecen pertenecer a otro eón, y el surgimiento meteórico del Estado Islámico durante el último año y medio ha forjado alianzas inesperadas entre antiguos enemigos: ¿cuándo se imaginó Estados Unidos que tendría que apoyar a las milicias comunistas kurdas? En la política internacional, el terrorismo islamista pesa más que los dictadores sanguinarios; la idea de que sólo con al-Assad se podrá vencer al EI y restaurar un cierto nivel de estabilidad en Siria, para que así puedan volver los 4 millones de refugiados, es cada vez más aceptada como una obviedad en los ministerios de relaciones exteriores de las grandes potencias.


Esto no quiere decir que haya consenso de algún tipo: todo lo contrario. Es muy probable que Turquía —o, en todo caso, sectores del ejército y los servicios secretos turcos— esté financiando o suministrando armas para ISIS, porque lo que más teme Erdogan es que se cristalice un estado kurdo en su frontera sudoriental. Rusia no bombardea a todos los enemigos de al-Assad por igual; ataca ante todo a los rebeldes “democráticos” sirios (favorecidos por los occidentales). Arabia Saudita e Irán se odian a muerte, y sin algún tipo de acuerdo entre ambos, no habrá coalición anti-ISIS en el Medio Oriente, entre otras razones porque una parte importante de la élite saudí ve con buenos ojos al EI. La lista sigue, pero la conclusión es clara: el objetivo prioritario de los actores locales no es derrotar a los islamistas, sino defender las posiciones adquiridas.


¿Qué papel puede jugar una Francia herida dentro de esta configuración regional de poder y de intereses? Por un lado, Francia es el país que ha desplegado la mayor proporción de sus tropas para combatir al EI y la única potencia occidental que tiene una verdadera presencia militar en el Sahel. Pero los tiempos en los que Francia podía actuar unilateralmente ya han pasado. Cualquier cosa que no sea una respuesta concertada por parte de una amplia coalición, en la que Estados Unidos juegue un rol preponderante, está fuera de toda ecuación. En pocas palabras, Francia está en guerra, pero por sí sola no puede hacer nada.


El gobierno de Hollande ha gastado no menos de 750 millones de euros en seguridad a raíz de los atentados contra Charlie Hebdo en enero, y a pesar de eso no pudo detener un ataque paramilitar en el que se coordinaron por lo menos tres células fuertemente armadas en dos países diferentes. No digo que los servicios de seguridad franceses sean ineficientes, o que la solución consista en mejorarlos. La cuestión es otra: para el EI, el terrorismo no es sino la continuación de la política por otros medios, y para Occidente, es imposible vacunarse contra su amenaza.


François Hollande ha evitado, a raíz de los ataques, utilizar las palabras “Estado Islámico”. ¿Por qué? Porque si Francia está en guerra contra un estado, la estrategia exige que tal estado sea invadido. Cuando Bush declaró la guerra contra el terrorismo en el 2001, más de una persona remarcó con ironía que el terrorismo era un método y no una cosa, y uno no podía hacer la guerra contra un método. Había algo de verdad en eso: el terrorismo, ligado o no a Al-Qaeda, ha continuado. Pero con el Estado Islámico se ha vuelto, por primera vez, un ente territorial. Francia, y la OTAN en general, enfrentan la lógica impuesta por la territorialización del enemigo: no habrá victoria de ningún tipo contra el EI sin una operación terrestre que lo aniquile y que luego sea capaz de crear un nuevo estado sobre sus ruinas, un estado que sea visto como legítimo por los sunitas de la región.


Por supuesto, esto no facilita la posición de Francia, ni la de Estados Unidos. El jefe del principal centro de estudios estratégicos franceses, el IRIS, escribe en un editorial que sintetiza la opinión de los estrategas del Quai d’Orsay: es imposible, ante los atentados, cambiar de política exterior (aparte de un “natural” recrudecimiento de los bombardeos): Francia no puede ni dejar de bombardear, ni pensar en el corto plazo en hacer ninguna otra cosa. Una invasión es simplemente imposible. Además, eso es lo que busca el EI, porque así justificaría el discurso de la yihad contra los cruzados.


¿La solución? Una concertación con las variadas fuerzas sobre el terreno, para que ellas, apoyadas por occidente, derroten al Estado Islámico. En otras palabras, que el trabajo sucio lo lleven a cabo los sirios libres, los seguidores de Bachar al-Assad, los kurdos, Irán y los países del golfo. Suena cómodo. El problema, en parte, es que entre ellos se siguen matando. Tan cómodo como imposible, en realidad.

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