La barbarie que se desató sobre esa zona de Monterrey a la que llamamos El Barrio Antiguo, es un caso gravísimo para la historia de nuestra ciudad. Tal vez los ataques medianamente recientes contra ese lugar que limita en el norte con el Paseo Santa Lucía, al sur con la avenida Constitución, al este con los Condominios Constitución, y al oeste con la calle Doctor Coss, sólo pueden ser comparables a lo que ocurrió en septiembre de 1846, cuando esa misma área fue bombardeada y saqueada por las tropas del invasor yanqui.

Hace algunos años, con la llegada de Sócrates Rizzo García a la alcaldía de Monterrey, y gracias a su codeo entre vecinos y gente del mundo de la cultura, se fueron abriendo las posibilidades reales para salvaguardar al Barrio. Se buscó su conservación arquitectónica así como el embellecimiento y la creación de un espacio cultural digno de la ciudad capital de Nuevo León. En 1996, siendo ya gobernador Rizzo García, se decreta el establecimiento de El Barrio Antiguo para tales fines. Se contó con el apoyo de personajes como Carlota Vargas en la Secretaría de Programación y Presupuesto del Estado de Nuevo León, y de mujeres relacionadas con el empresariado local, como Eva Gonda de Garza Lagüera, Rosario Garza Sada, o profesionales de la arquitectura como Héctor García. Para este fin, los vecinos pusieron diez millones de pesos y otros diez millones el gobierno del Estado.

Sin embargo, a la salida de Rizzo del gobierno del estado y al arribo de Benjamín Clariond Reyes Retana, así como con la llegada a la presidencia municipal de Monterrey de panistas de la talla de Jesús Hinojosa, Felipe de Jesús Cantú o Adalberto Madero, se desató una estrategia para convertir el sitio histórico-cultural, en un gran centro de consumo de alcohol, drogas y demás degeneres nocturnos. Así se produjo la destrucción de cientos de casas antiguas, huida de vecinos, destrucción de drenajes y el imperio de la delincuencia organizada con sus tradicionales cobros de piso, ajusticiamientos y demás maldades.

La irresponsabilidad política permitió que mafias siniestras, funcionarios estatales, municipales y desarrolladores urbanos adquirieran muchas posesiones en El Barrio Antiguo. Dicho proceso generó también una combatividad de resistencia vecinal sin par, como la de la Asociación de Vecinos del Barrio Antiguo, encabezada por su presidenta, la maestra Cuquita y unos 200 ciudadanos que siempre la acompañaron hasta su reciente muerte. También está el ejemplo de la pintora Lupina Flores, con su organización Asociación Cultural del Barrio Antiguo. Hasta la fecha, ambos organismos ciudadanos han hecho una mancuerna para la defensa de ese espacio urbano. Hoy, después de la guerra de las fuerzas federales y locales contra los narcos que generó la destrucción y cierre de antros y la huida de sus decenas de miles de clientes, nuevos vientos soplan sobre El Barrio Antiguo, y si bien la amenaza de las mafias urbanas que buscan apoderarse de los espacios sigue latente y real, ahora con la fuerza ciudadana-vecinal se busca llegar a buenas negociaciones para que, a la luz de las indicaciones de la UNESCO, se puedan establecer verdaderos acuerdos de rescate, embellecimiento y contundente desarrollo cultural.

“No podemos perder esta lucha después de tantos años de resistencia vecinal, no perdemos la esperanza de que Monterrey tenga un Barrio Antiguo digno de una ciudad metropolitana, capital de nuestro estado”, me dijo Mariano Núñez, vecino del sitio y activo miembro del Colegio de Abogados de Nuevo León, el más antiguo en la entidad.

Y eso es seguro: ya perdimos una batalla, pero no vamos a perder esta lucha.

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