De lejos da el gatazo, como luego dicen, porque parece salido de una de las conocidas imágenes de don Miguel Hidalgo y Costilla. Invariable, él porta en su mano derecha una réplica del estandarte guadalupano y viste el atuendo característico del Padre de la Patria, según el retrato que en 1865 y por órdenes de Maximiliano imaginariamente hiciera el pintor Joaquín Ramírez; efigie que desde 1962 replican, con muy ligeras variantes, materiales didácticos que impresores como el Grupo Editorial Raf difunden y comercializan en el territorio nacional y el extranjero, logrando su profunda incrustación en el inconsciente colectivo de la mayoría de mexicanos.

Baste mencionar que en fechas cercanas a la conmemoración de la Independencia y hasta la aparición del Internet, muy pocos fueron quienes dejaron de comprar láminas monográficas, biográficas, o el cromo con la reproducida efigie a color de aquel cura nacido en la hacienda de Corralejo, en Pénjamo, Guanajuato; y mismo quien, según la Historia oficial, la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en la parroquia de Dolores, frente a un ejército de desarrapados, llamó a sublevarse contra la corona española mediante las arengas que primero citara don Manuel Abaid y Queipo: “¡Viva nuestra madre santísima de Guadalupe!, ¡viva Fernando VII y muera el mal gobierno!”.

Seguramente esas iconografías escolares sirvieron de figurín para que José Ortiz Urenda mandara elaborar el ajuar con que él, un buen e impreciso día, comenzara a recorrer la legua, caracterizando como el padre Hidalgo.

Así, si uno lo ve a lo lejos, se va con la finta, pues él parece la encarnación del héroe independentista, de quien por cierto se dice su auténtico descendiente en sexta generación y línea directa. “Porque Hidalgo tuvo muchos hijos, mi sangre viene de uno de ellos”.

De cerca, se distinguen imperfecciones en su atuendo. Algunas debidas al desgaste por el uso y el tiempo. Otras, a lo modestia de los materiales y lo malhecho de su confección. Aún así, él da el gatazo.

Por lo tanto, nadie objeta las hileras de galones rojos y dorados que sobrepuestos festonan cuello, solapas y mangas de la negra y lustrosa levita cruzada de doble botonadura. Tampoco lo desgastado del cuello y los puños de una blancuzca camisa. Mucho menos la ausencia de una de las altas botas negras, sustituida ésta por alto calcetín de acrilán.

Y es que el rostro de ese hombre, “nacido en San Francisco del Rincón, Guanajuato, la tierra de Las Poquianchis y de Vicente Fox, aunque me da más vergüenza ser paisano de éste que de aquellas putas”, pudiera ser utilizado por cualquier escultor para realizar una máscara facial del mismísimo Hidalgo.

Frente a él (“Le repito mi nombre: José Ortiz Urenda”), uno sólo observa la ampliada frente calva, continuada por lacia melena que encanecida rebasa la altura de su cuello. Y esos sus ojos, que por momentos parecieran tener la mirada azul, enmarcados por hondas patas de gallo que se deprimen aún más, conforme la ira o la alegría que expresa su dramatizada gesticulación facial.

Hay quienes, después de un tiempo de convivir con él lo llegan a considerar un erudito. “Sabe griego, latín, francés e inglés, o cuando menos los entiende y los habla, ¡comprobado!”. Además, señalan que “puede mencionar fechas, nombres, lugares y sucesos históricos, sin error alguno”.

Al parecer, sus conocimientos y capacidad memorística provienen de la abandonada formación seminarista, condición que, aunada a la de mujeriego, lo identifican todavía más con la figura de Hidalgo, su supuesto antecesor.

Siendo de plática fácil, a quien lo quiera oír él mismo relata su preferencia múltiple por la compañía femenina, entre la que sobresale una mujer con la que vivió en los EEUU más de una década, procreando con ella una hija que ahora tiene alrededor de 20 años. Sus andanzas más allá de la frontera norte abarcaron distintas ciudades de Texas y California.

Otra de las similitudes con su “tatatatatatatarabuelo” que él remarca es la afición por la música y el canto. Cuentan que “le compite a Chente en eso de durar horas cantando sin parar. ¡Ha roto récords! Tiene amplísimo repertorio, suele retar a que le digan cualquier título de canción para cantarla. ¡Se las sabe todas, hasta las más raras! Se la pasa estudiando cancioneros antiguos”.

Su también reconocida preferencia por las bebidas etílicas (“Es alcohólico”) lo conduce a frecuentar concurridas cantinas, sitios donde nunca falta quien le invite un tequila, “o lo que caiga”, a cambio de una foto junto a él.

De hecho, esa es su forma más conocida de supervivencia. Cobrar “lo que sea su voluntad, pero que no baje de 10 pesos” por cada fotografía que la gente le solicita. Bien sea solo, en su aplaudida caracterización de Hidalgo, para lo cual el siempre posa gustoso, o acompañado de sus contratantes.

Charlista nato, le apasiona discutir vehemente cualquier tema, especialmente de carácter político, donde en forma verbal “pasa por las armas” a cualquier gobernante actual de nuestro país, empezando por el Presidente de la República. Eso sí, las corridas de toros delante de él no se mencionan, porque es profundamente anti-taurino, a diferencia del verdadero Hidalgo.

Para muchos, es agresivo al momento de defender sus convicciones políticas. No duda en recurrir al insulto y las mentadas de madre cuando de imprecar se trata. Al respecto, existen videos testimoniales en YouTube; en uno de ellos aparece siendo arrestado por policías de la ciudad de León, Guanajuato, por “alterar el orden en estado de ebriedad”.

Viajero frecuente y simpatizante declarado del movimiento magisterial de la CNTE, no pocas veces se ha unido de tiempo completo a los distintos campamentos y plantones de protesta que esa corriente instala.

“Lo conocen los profes de Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Michoacán, el DF, y en Guadalajara, Jalisco, vivió más de un mes en el plantón” que continúa en Plaza de la Liberación. “Andaba malo de un pie, una herida infectada que no se le curaba, casi no podía caminar. Por eso sólo traía puesta una bota, en el pie enfermo usa un calcetín. ¡Y le daban temblorinas!”. Los profes del plantón tenían miedo que “se fuera a morir ahí”.

Durante su estancia en Guadalajara, fue el maestro Scheel quien más se acercó a él, considerándolo “todo un personaje, buena persona, bondadoso, noble y a quien indignan mucho las injusticias”. En síntesis: “Un tipazo, un verdadero idealista, tal vez atrapado en su personaje, pero que no está loco”.

Aquejado por las dolencias de su pie y sus enfermedades crónicas, se supone que José Ortiz Urenda, con todo y su caracterización de Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor, hace unos meses partió de Guadalajara rumbo a su pueblo natal, San Francisco del Rincón. Lugar donde, de ser eso cierto, a nadie extrañaría que este 15 de septiembre reapareciera en alguna plaza pública dando “el grito” y convocando a una nueva sublevación popular contra el mal gobierno.

Por Carmen Libertad Vera

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