Por Indira Kempis

Foto de Victor Hugo Valdivia

Dicen que los olores son también parte de los recuerdos. Algunos de esos olores me llevan a las tardes de mi infancia cuando esperaba la hora de salida de mi madre. Ella, quien fue maestra de las ciencias médico-biológicas por más de 33 años, pasaba la mayor parte de su tiempo en los laboratorios de biología, química o de análisis clínicos.

Fue ahí en donde se gestaron algunas de las imágenes más importantes de mi niñez. Por eso tengo una sensación de angustia ahora mismo, porque no sé cómo describir con exactitud a qué huele un laboratorio de ciencias, pero sí remitir la mayoría de mis olores a la bata de laboratorio de mi madre. Si alguien ha tenido en casa una igual, podrá entenderme. Esas batas blancas parecían el ajuar de colección de ella, y por más que lavaba y planchaba, no se les quitaba su olor característico a mezcla de químicos con detergentes.

Pero los olores no son lo único anclado a los recuerdos, también las imágenes. Es extraño admitirlo, pero la primera vez que vi, toqué y olí espermatozoides fue frente a un microscopio. También, sentada en ese banco “gigante”, pasaron la desintegración de las células de las cebollas, la diferenciación de los glóbulos en muestras de sangre, las alas de las moscas que se dibujaban mucho más “simpáticas” que como se muestran montadas sobre sus cuerpos diminutos y grotescos.

Ese cuarto enorme se convirtió, entonces, en un espacio de aprendizaje, de juego y creación sin pretenderlo. Conforme fui creciendo entre frascos con fetos, aprendí a lavar matraces, levantar la orden del material, surtirlo… En pocas palabras, crecí en un laboratorio.

Más tarde, cuando tuve que elegir mi carrera profesional, pensé que ese seguiría siendo un nido experimental, pero mi asco ante la sangre, el excremento y otras muestras pudo mucho más que la curiosidad por el mundo de esas ciencias.

Sin embargo, algo me quedó claro: la importancia de la experimentación. Sólo así, tocando, observando, oliendo, utilizando los sentidos, aprendemos a cuestionarnos. Con las experiencias y los experimentos, además, se crean nuevas alternativas, conocimientos, ideas. Se agudiza la inteligencia. También se aprende a fallar y a entender por qué se falla.

Jane Jacobs, una de las grandes críticas del urbanismo dedicado por vocación a la creación de ciudades para los automóviles, escribía en uno de sus libros que la ciudad debería ser construida con esa visión experimental: “Las ciudades son un inmenso laboratorio de ensayo y error, fracaso y éxito, para la construcción del diseño urbano. El urbanismo tenía que haber utilizado este laboratorio para aprender, formular y probar sus teorías”.

Cuando leí esto, aunado a mi paso por los laboratorios, entendí el gran vínculo que existe en esas experiencias de aprendizaje colectivo con la oportunidad que brindael beneficio de la duda, la del “ensayo y error”.

En una ciudad como Monterrey, a veces tan “cuadrada”, de formas industriales con un diseño ambiental en donde el automóvil es el “rey”, con una sociedad que, de acuerdo con el estudio de Cultura Ciudadana de Corpovisionarios ejecutado por Colombia, es de las menos participativas no sólo en América Latina, sino en el mundo; una “ciudad de las montañas” que tiende a anidar actos de terror y violencia, tomada por el narcotráfico que sólo se ha desplazado en este último año, pero que no es un fantasma, que existe; esa ciudad que caminamos todos los días, pero en donde las banquetas dejaron de ser un problema público para convertirse en el “pan nuestro de cada día”, en donde los proyectos urbanos ignoran a sus vecindades y se coluden en alianzas de pequeños cacicazgos de amigos, donde la transparencia y la rendición de cuentas son los grandes ausentes; una ciudad-fábrica, una ciudad-jaula… Pero, al mismo tiempo, un espacio creativo en donde muchos individuos hoy tienen una apuesta para humanizarla desde su infraestructura y sus ideas, desde sus trincheras y sus gobiernos, desde sus calles y sus barrios, pero sobre todo desde el beneficio de la duda en donde podemos creer que es posible y que puede lograrse a tiempo.

Esas fueron parte de mis reflexiones cuando decidí que la vocación del espacio prestado en el Barrio Antiguo tenía que ser un laboratorio para comprobar o refutar, casi a la Galileo Galilei: “sin embargo, se mueve”. Se mueven procesos, metodologías, investigaciones, experimentos urbanos y experiencias ciudadanas hacia una visión que no es nueva en América Latina, pero que llega tardíamente a Monterrey. Y, a pesar de eso, su sentido común es tal que deja abiertas posibilidades de cambio para crear otra ciudad: la de la transformación hacia lo humano, la de la sustentabilidad en los aspectos ambientales y gubernamentales, la de la corresponsabilidad y pacificación de entornos con-ciencia. Así, como si estuviéramos, efectivamente, en un laboratorio. 

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