Por Subteniente Hernández 

Foto por Victor Hugo Valdivia «Prácticas modernas» 

Me encuentro en la cafetería del Taller de Reparaciones de Vehículos del Ejército, o T.R.V.E., como se le conoce, removiendo con una cuchara vieja el azúcar de un café negro caliente y cargado. Una concha espera impaciente a que le dedique la primer mordida mientras escucho a unos comparsas hablar de la selección mexicana de futbol, o sea el Tri (no el de Alex Lora, sino el Tricolor, pues): que si la alineación es la idónea, que si el “Piojo”, que al “Cuau” deberían dejarlo jugar otro mundial, además de un análisis y comentarios detallados del cuadro de los futuros rivales en Brasil como si repasaran una monografía del cuerpo humano o cada elemento de la tabla periódica y su composición química (bueno fuera). De verdad se antoja participar en el debate, el cual es ambientado por el vapor de los tamales y el aroma de los guisos, pero nada más me quedo con la intención porque hace mucho tiempo que no sé nada del llamado deporte del balompié, y eso porque sencillamente no me llama la atención. A veces pienso que ver un partido de futbol es perder dos horas de mi vida que bien puedo utilizar viendo American Idol (jajajaja, no es cierto). Ya en serio, si esa platica de conocedores de futbol fuera una pelea de gallos, yo ya les hubiera traído a mi gallo Giro, a mi hermano Armando. Mi hermano el de en medio es como Juan Gustavo Lepe, el de Los rituales del caos de Carlos Monsiváis, con todo y asistencia al Ángel de La Independencia, donde salió inmortalizado junto con su cuate “el Cejas” en una placa del periódico La Prensa, bañándose en la fuente de la Diana Cazadora, celebrando un triunfo de la furia verde durante su participación en el Mundial de Futbol de Estados Unidos 1994; eso y una raspada casi mortal que se hizo al treparse a dicha escultura. Es gracioso observarlo mientras mira por televisión los partidos de su equipo favorito: las Chivas Rayadas del Guadalajara, y eso cuando no puede asistir a los estadios, porque, insisto, como Juan Gustavo, piensa que “al reducir el tamaño de la cancha, enanizan la emoción”, pero cuando el rebaño va de visita a su ciudad, agárrense porque hasta el perro se pone la playera. Pero les decía, cuando mira por la tele un partido, les grita a los jugadores como si lo estuvieran escuchando; agita las manos y se despeina, celebra a todo pulmón cuando el equipo anota un gol. Y no sólo es jugador de banqueta, no señor, es un gran futbolista. Él nació con la estrella adherida a la espalda, con el signo de los que siempre van a ganar y que todos desean tener en su equipo. Mi papá le puso “la Were” porque al nacer pegó un chillido largo que se escuchó por toda el ala materna del Hospital del Seguro Social y porque salió güero como el oro. Creció como todos los chamacos del barrio, con las rodillas raspadas y canicas que le llenaban el bolsillo hasta rompérselo; entonces papá, sastre de oficio, le remendaba hasta las rodillas del pantalón. La Were agarró rápido el gusto por el fútbol. Un día llegó a la casa bien colorado de tan contento porque andaba un muchacho, de apodo “el Tortas” (gran impulsor del futbol llanero en mi barrio), invitando a niños entre 8 y 12 años a formar un equipo al que bautizaría Pumas. Al llamado del técnico acudimos mis hermanos (Roberto y Armando) y yo. Nos sometimos a las pruebas exhaustivas hasta que el director seleccionó a uno de nosotros tres, y ese fue la Were precisamente por dos razones: 1) porque mi papá sólo compró un uniforme para los tres, uno todo blanco con un pumota azul de la UNAM en el pecho —“Se lo pone uno, y cuando lo saquen a descansar o lo expulsen, se lo pone el otro y así”—; 2) al Tortas no le fue difícil decidir quién se quedaba a portar el uniforme porque simplemente eligió al mejor.

En el barrio había un terreno donde se jugaba futbol. Quedaba detrás de la iglesia, una suerte de polvorín donde alguien clavó un par de porterías y la Were vivió las primeras glorias del balompié infantil. Rápidamente se le conoció por dos cosas en la chancha: sus goles fantásticos y sus berrinches monumentales con la vena del cuello a punto de reventarle. La Were agarró callo entre zancadas y golazos. Terminó la secundaria y se enroló en las filas de intendencia de la tienda Viana, hasta que, fastidiado de que sus Vans de piel se le rompieran a causa del cloro y el pinol, decidió enrolarse en el Ejército Mexicano y quedó entre las filas de Sanidad, a quienes apodaban “curapitos” o “chupapus”. Ahí mismo siguió jugando al futbol, en el equipo representativo del Batallón, repartiendo golazos y haciendo ganar a su equipo dentro y fuera del campo militar, donde tuvo su gran oportunidad de oro. Recuerdo que debido a sus tremendos berrinches, durante un juego, la Were insultó al árbitro (ya lo había hecho una y mil veces) cuando éste le marcó una falta. Los árbitros anteriormente insultados simplemente lo expulsaron del partido y ya, pero resulta que este último era el jefe de los árbitros, un oficial de alto rango, el cual lo reportó a la oficina de la liga del campo militar. A la Were le recogieron su registro y quedó inhabilitado para jugar los partidos de eliminatoria del torneo. Esto al equipo le cayó como balde de agua, pero por el momento no podían hacer nada. Durante el siguiente partido, en el que la Were estaba sobre la banca mirando impotente cómo su equipo caía ante los Ingenieros Militares dos a cero, al “Cocodrilo”, director técnico del equipo, se le ocurrió una gran idea. Jugándose el todo por el todo al minuto treinta del segundo tiempo, sacó el registro y la playera del “Gallina” Medina, que no jugó ese día por cumplir un arresto, y metió a mi hermano a jugar con la credencial y la casaca del ausente. Podría escucharse a kilómetros de distancia cómo le rechinaban los dientes al director técnico por el nervio cuando entregó el registro y pidió el cambio de jugador al árbitro, que ni siquiera miró la fotografía del jugador entrante, autorizando el movimiento. De ahí en adelante los muchachos le dieron la voltereta a los ingenieros y remontaron el marcador. Ese día ganaron cuatro goles a dos, de los cuales tres fueron de la Were y uno del “Monky”, fabricado con un pase magistral del primero. Todo esto fue observado por un par de uniformados que pidieron el nombre del jugador sobresaliente a la mesa de los jueces. Al obtenerlo, se retiraron por donde vinieron. Al día siguiente llegó un comunicado al Batallón: la selección de futbol del Ejército solicitaba que se presentara el jugador que había cometido la hazaña para realizarle unas pruebas, y en caso de resultar positivas, se integraría a las filas del equipo para jugar en forma profesional y amistosa contra equipos de alto calibre ….Pero a esas pruebas no se presentó el campeón, sino el dueño original del registro y la playera. Todo mundo se preguntaba por qué él y no el auténtico goleador. Sólo el director técnico sabía el por qué, y le estuvieron rechinando los dientes toda la mañana. “La Gallina» Medina no duró mucho porque, claro, no la hizo en las prácticas. Los examinadores lo enviaron de regreso sin explicarse la razón por la cual habían mandado traer a ese sujeto maleta si había jugado magistralmente, salvando a su querido equipo de ser eliminado.

Acabo de darle trámite a mi concha, y sorbiendo el último trago de café, pienso: ¿qué habría pasado si mi hermano el de en medio hubiera sido reclutado por la Selección del Instituto Armado? ¿La hubiera hecho? ¿Sería famoso? ¿Habría sacado a la familia de pobre? Yo digo que sí, pero igual no pasó nada porque ahorita vive feliz echando grito pelado frente a la televisión porque sus Chivas van de mal en peor. Aunque quién sabe, sólo Diego Armando Maradona…

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