¿Hay justificación en el trato humano a otros animales?

Por Peter Singer

Cuando Naomi baja a desayunar, su padre ya está en la mesa. Hay un tazón de muesli frente a él, pero su atención permanece enfocada en un documento impreso que yace a su lado, sobre la mesa. Para Naomi, el único aspecto inusual de la escena es la profundidad en la expresión de su padre. Toma un tazón que llena con muesli, lo cubre con leche de soya, retira una de las rastas que le caen encima del rostro y rompe el silencio:

—Déjame adivinar… ¿Es un artículo de tu ex-alumno, el que se inscribió en estudios culturales antes de cambiarse a filosofía?

—No. Es mucho peor. No el artículo en sí; ese está muy interesante. Se trata de un problema mucho más grande para mí.

—¿Como qué?

—Bueno, ¿sabías que el mes que viene iré a Princeton a ofrecer una réplica para J.M. Coetzee, el novelista sudafricano? Dará una conferencia sobre los animales y la filosofía. Esta es su conferencia. La cosa es que no es una conferencia. Es una narración ficticia acerca de una conferencia impartida por una novelista llamada Costello en una universidad estadunidense.

—¿Quieres decir que Coetzee va a dar una conferencia sobre alguien dando una conferencia? Très post-moderne.

—¿Qué tiene eso de posmoderno?

—Ay, papá, ¿dónde has estado durante la última década? Ya sabes, Baudrillard y toda esa onda de la simulación: acabar con las distinciones entre realidad y representación y todo eso. ¡Y mira todas las oportunidades para jugar con la auto-referencia!

—A lo mejor soy muy tradicionalista, pero prefiero mantener una distinción clara entre lo real y lo ficticio. Lo único que me preocupa es cómo voy a responderle.

—¿Y qué dice esta señora Costello acerca de los animales?

—Está en lo correcto, de eso no hay duda. Es vegetariana. Demuestra lo limitados y restrictivos que han sido algunos de los intentos más afamados por entender la mente del simio. Y tiene unos cuantos pasajes muy fuertes en los que compara nuestro trato de algunos animales con el Holocausto.

—¡Woh, qué difícil! Yo no me atrevería a comparar lo que hicieron los nazis con tus abuelos y lo que la mayoría de las personas hacen con los animales.

—Yo tampoco me atrevería. Pero una comparación no establece necesariamente una equivalencia. Isaac Bashevis Singer hace que uno de sus personajes compare el comportamiento de los seres humanos hacia otros animales con el comportamiento de los nazis hacia los judíos. No intenta decir que son crímenes del mismo calibre, sino que ambos tienen por base el mismo principio: el derecho lo da la fuerza, que el fuerte puede hacer lo que le plazca con quienes están bajo su poder.

—Eso es sólo un ejemplo específico de los paralelos que sueles hacer entre racismo y especismo. ¿Eso es todo lo que hace Coetzee con su analogía del Holocausto?

—Querrás decir Costello. No. También dice un par de cosas acerca de la manera en que muchas personas prefieren no pensar en lo que está sucediendo fuera de la burbuja del grupo favorecido, de cómo solemos evitar aquello que puede perturbarnos y desviamos la mirada cuando un acto maligno se lleva a cabo. Pero me parece que es capaz de ir más lejos. Hay cierta corriente de igualitarismo, en cuanto a la relación humano-animal, latente en su conferencia; un igualitarismo radical que no estaría preparado para defender.

—¿Un igualitarismo más radical? —Naomi levanta una ceja, eleva el tazón lleno de muesli y continúa—: ¿Que no escribiste un libro en el que el primer capítulo se titula “Todos los animales son iguales”?

—No pensé que fueras a leerlo.

—¿Por qué necesitaría leerlo? Me lo dices a cada rato de todos modos. Y parece que me lo vas a decir otra vez. Pero sí alcancé a leer la primera página del primer capítulo.

—Claro. Bueno, cuando digo que todos los animales (que todas las criaturas sensibles) son iguales, quiero decir que tienen derecho a una consideración igualitaria de sus intereses, cualesquiera que estos sean. El dolor es dolor, sin importar la especie del ser que lo sienta. Pero no digo que todos los animales tengan los mismos intereses. La pertenencia a una especie podría apuntar hacia ciertos aspectos moralmente significativos. Cuando hablamos del mal inherente en el acto de quitar una vida, por ejemplo, siempre he dicho que la diferencia entre capacidades es relevante a los niveles de maldad en el acto.

—Qué alivio. Cuando era niña me preguntaba a quién salvarías si había un incendio en la casa: si a Max o a mí.

Max parecía dormir sobre su alfombra, pero al escuchar el sonido de su nombre, para la cabeza y mira alrededor, atento.

Peter se arrodilla junto al perro y le acaricia el cuello.

—Lo siento, Max, pero en ese caso tendrías que arreglártelas tú mismo. Verás, incluso cuando era niña, Naomi se preguntaba si la salvaría a ella o a ti. Tú nunca te hiciste esa pregunta, ¿o sí? Y Naomi se la pasaba hablando acerca de lo que iba a hacer cuando fuera grande. Estoy seguro de que tú no te pones a pensar en qué harás el próximo verano, o la próxima semana.

—¿Y eso hace la diferencia? —fue Naomi, no Max, quien respondió—. ¿Qué hay de cuando aún no tenía edad para pensar en lo que sería de mí cuando creciera? ¿Habrías echado un bolado: cara, salvo a Naomi; cruz, salvo a Max?

—No, tontita. Soy tu padre, por supuesto que habría salvado a mi dulce, querida bebé. El punto es que los seres humanos normales cuentan con capacidades que exceden por mucho a las de los animales no-humanos, y algunas de estas capacidades son moralmente significativas en ciertos contextos. Mírate. Te quedaste despierta hasta tarde trabajando en un proyecto que tienes que entregar el mes que viene. El tema dejó de interesarte desde hace tiempo, pero quieres acabar el proyecto para obtener tu título y, si tienes suerte, encontrar un trabajo en el que hagas algo benéfico para el medio ambiente. Toda tu vida está orientada hacia el futuro, de un modo que es inconcebible para Max. Tienes mucho más que perder, y eso proporciona una razón objetiva para que cualquiera (no sólo tu padre) te salve a ti en vez de a Max en caso de que la casa se incendie.

—¿Que eso no sigue siendo especismo? ¿No estás diciendo que estas características (la auto-consciencia, tener planes a futuro y todo eso) son intrínsecamente humanas y por lo tanto más valiosas que las de otros animales? Max tiene un mejor sentido del olfato que yo. ¿Por qué eso no figura entre las razones objetivas para que lo salven en vez de a mí?

—Mientras Max siga con vida, si puede pasársela olisqueando felizmente aquí y allá, pues qué mejor. Pero pregúntate de qué modo matar (asumiendo que es una muerte sin dolor ni anticipación, sin temor previo….)

Naomi lo interrumpe:

—¿Entonces no estás hablando de la realidad que sucede en los mataderos? Acabas de excluir la tremenda mayoría de las muertes impuestos por el ser humano sobre el animal. La discusión está virando hacia lo puramente teórico.

—No puramente. Déjame acabar. Dime: ¿de qué modo es la muerte sin dolor ni anticipación un acto inherentemente maligno?

—Significa la pérdida de todo. Si alguien matara a Max, no quedaría nada de esa felicidad perruna inseparable de sus caminatas, de cuando nos recibe en la puerta, de cuando mordisquea su hueso…

—Cierto, ya no quedaría nada para Max. Pero hay muchos perreros allá afuera que crían perros para cubrir la demanda. Así que si conseguimos otro cachorro, trayendo un perro más a esta existencia, tendríamos la misma cantidad de bondades típicas de la vida perruna.

—¿Qué quieres decir? ¿Que podríamos matar a Max, sin dolor, conseguir otro cachorro para reemplazarlo y que la vida seguiría su curso sin problema? Papá, de veras, a veces te dejas llevar por la filosofía. Demasiado raciocinio, muy poco sentimiento. Esa es una idea horrible.

Naomi se siente tan afligida que Max, que ha estado escuchado con atención a la plática, se levanta de su tapete, camina hacia ella y comienza a consolarla con lamidas para sus pies descalzos.

—Sabes perfectamente que me importa Max, así que, por favor, no me vengas con eso de “Razonas pero no sientes”. Siento, pero también pienso acerca de esos sentimientos. Cuando la gente dice que sólo deberíamos sentir (y hay momentos de su conferencia en los que Costello está muy cerca de decirlo) me acuerdo de Göring, quien dijo: “Pienso con la sangre”. Y mira a dónde fue a parar. No podemos usar nuestros sentimientos como datos morales, inmunes a la crítica racional. Pero volviendo al punto, no quiero decir que todo estaría bien en el mudo si Max muriera y fuera reemplazado por otro cachorro. Nosotros amamos a Max, y para nosotros, no hay cachorro capaz de reemplazarlo. Pero te pregunté qué hay de malo en el acto de matar sin dolor en sí. Lo que nos preocupa es un efecto secundario del acto de matar, no el acto en sí. Dejemos a Max fuera de la discusión, ya que la mención de su nombre parece emocionarlo, y su presencia en el argumento te causa angustia. Alguien dijo alguna vez que los cerdos deberían estar contentos de que la mayoría de las personas no son judías, porque si todos fuéramos judíos, ya no habría cerdos en el mundo…

Naomi interrumpe de nuevo:

—Los cerdos en las granjas industriales no tienen que agradecerle a nadie por la existencia tan miserable que llevan, encerrados de por vida en habitaciones de concreto. Sería mejor para ellos no existir y ya.

—Sabes muy bien que no estoy defendiendo el consumo del puerco, sólo intento exponer un argumento filosófico. Asumamos que los cerdos llevan una vida feliz y que luego son asesinados sin dolor. Por cada cerdo feliz que asesinamos, otro más es criado, y éste llevará una vida igualmente feliz. Así que matar al cerdo no reduce el total de felicidad porcina que hay en el mundo. ¿Qué hay de malo entonces?

Naomi pausa un momento.

—Aún estás matando animales con deseos propios. Los cerdos son tan listos como los perros. Y yo puedo notar cuando Max anticipa sus caminatas. Incluso cuando no hace planes para la próxima semana, aún puede desear y anticipar cosas a corto plazo. Apuesto a que los cerdos también. Así que estamos causándoles un mal al acabar con sus vidas, y no arreglamos nada trayendo otro cerdo u otro perro a esta existencia.

Peter sonríe triunfalmente.

—Ah, pero ahora estás dándome la razón. Sólo estamos en desacuerdo sobre los hechos de la vida canina y porcina. Y tal vez ni siquiera estoy en desacuerdo con eso. Supón que te concedo que los perros y los cerdos son, hasta cierto grado, auto-conscientes, y que tienen pensamientos sobre el futuro. Eso nos daría razón para pensar que hay algo inherentemente malo en matarlos; no absolutamente malo, pero sí, quizás, seriamente malo. De todos modos, existen otros animales (tal vez pollos, o pescados) que sienten dolor pero que no son auto-conscientes ni capaces de pensar en el futuro. En cuanto a esos animales, no me has dado razón alguna de por qué estaría mal matarlos sin dolor, asumiendo que otros animales toman su lugar y llevan una vida igualmente buena.

Naomi ha acabado con su desayuno, alejado a Max de sus pies y ahora amarra los cordones de sus Doc Martens (sin cuero). Cuando habla con su padre sobre filosofía, él siempre termina tratando la conversación como si diera cátedra. Pronto podrá zafarse. Pero no quiere se grosera, así que pregunta:

—¿Y Coetzee está en desacuerdo con eso?

—Costello lo está, sí. Habla sobre el ser-murciélago y el ser-humano, ambos llenos del ser en sí, y parece indicar que la totalidad de su ser es más importante que si se trata de un ser-humano o un ser-murciélago.

—Creo que entiendo de qué habla. Cuando matas a un murciélago, le quitas todo lo que tiene, te llevas su existencia entera. Matar a un ser humano no puede hacer más que eso.

—Sí, sí puede. Si tiro el resto de la leche de soya en el lavabo, he vaciado el envase; y si hago lo mismo con la botella de Kahlúa que a ti y a tus amigos les gusta tanto beber cuando no estoy, el envase estará vacío también. Pero a ti te importaría más la pérdida del Kahlúa. El valor de una pérdida cuando algo queda vacío depende de lo que había dentro cuando estaba lleno, y hay más en la existencia del ser humano que en la existencia del murciélago.

Naomi dice en voz muy baja:

—Oh. Pensé que no habías notado lo del Kahlúa.

Pero su padre ha agarrado el documento de nuevo y está pasando página tras página.

—Y no es el peor argumento. Escucha esto. Costello está hablando de un libro que escribió en el que se imagina a sí misma como Marion Bloom, el personaje de Joyce, y luego dice: “Si soy capaz de imaginarme dentro del pellejo de un ser que nunca ha existido, entonces puedo imaginarme dentro del pellejo de un murciélago o un chimpancé o una ostra, o el de cualquier otra criatura con la que comparto el substrato de la vida”.

Naomi se siente aliviada de no tener que hablar del Kahlúa.

—No tienes que ser un filósofo para notar qué está mal con ese argumento. El hecho de que un personaje sea inexistente no dificulta el acto de imaginarte dentro de su pellejo. Puedes imaginar a alguien que se parezca mucho a ti, o a alguien que conoces. Entonces es fácil imaginarte a ti mismo como esa criatura. ¿Pero un murciélago o una ostra? ¿Quién sabe? Si ese es el mejor argumento que Coetzee puede ofrecer en defensa de su igualitarismo radical, no tendrás problema alguno para demostrar lo débil que es.

—Pero, ¿de veras son los argumentos de Coetzee? Ese es el punto; por eso no tengo idea de cómo responder a su susodicha conferencia. Son los argumentos de Costello. Este artilugio ficcional de Coetzee le permite distanciarse de ellos. Y luego está este otro personaje, Norma, la nuera de Costello, quien está en constante desacuerdo con sus ideas. Es un recurso increíble, la verdad. Costello puede criticar el uso de la razón con singular alegría, o la necesidad de tener principios claramente definidos, sin que Coetzee se comprometa con semejantes razonamientos. Quizá comparte el escepticismo muy apropiado de Norma. Coetzee ni siquiera tiene que preocuparse por reproducir fielmente la estructura de una conferencia. Cuando nota que comienza a divagar, sólo hace que Norma acuse a Costello de estar divagando.

—Todo un zorro. No es fácil responder a eso. ¿Pero por qué no intentas hacer lo mismo?

—¿Yo? ¿Alguna vez he escrito ficción?

*Texto publicado en The Life of Animals (1999). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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