¿Cómo son los entresijos de un periódico independiente de Monterrey?

Por Alma Vigil

Ilustración por Fernanda Martínez

De mis audífonos sale la tonada reggae “Black Woman” del cantante italiano Alborosie mientras estoy al borde de mi primer colapso. El reggae me ayuda a mantenerme tranquila, aunque en este momento está cabrón. Es la noche del sábado 11 de mayo de 2013, y ni siquiera me he bañado. Llevo dos semanas trabajando con un ritmo que no conocía. He investigado para una crónica como nunca lo había hecho. En mi grabadora blanca Olympus tengo entrevistas que duran más de dos horas y que tuve que transcribir en el doble de tiempo. Llevo todo el día sentada frente a mi laptop; los ojos comienzan a dolerme. Me trueno los dedos y mi pierna derecha se mueve espasmódicamente, como sucede cada vez que me dan ansias. Soy un poco dramática, la verdad. Estoy por entregar mi primera crónica extensa que también será el primer trabajo publicado hecho en El Barrio Antiguo, que arrancó apenas hace dos semanas con piezas retomadas de Gatopardo y Etiqueta Negra, dos revistas que nos inspiran y apoyan en esta extraña misión de impulsar el Renacimiento de Monterrey a través del periodismo narrativo.

De acuerdo con el contador de palabras, mi texto tiene 18 mil 66 caracteres en total, casi el triple de lo que estaba acostumbrada a escribir en años pasados como joven periodista. En estos días, mi cúmulo de ojeras se ve aún más marcado. Mi editor ya no puede más. Van tres veces que me devuelve el texto y sigue sin quedar bien.

Diego Legrand es un chavo mexicano de 24 años que nació en Francia y que me presiona por el chat de Facebook para que se la envíe de inmediato porque el lunes comenzarán a diseñarla. Aunque a mi mejor amiga sí le gustó cuando le pedí su opinión (supongo que por ser mi amiga), la crónica tenía una gran cantidad de información mal acomodada: paja sin ninguna estructura, ni sentido real. “¿Qué es esto?”, dijo desconcertado el periodista Diego Osorno, director del proyecto, cuando leyó el texto que ni siquiera estaba justificado. Y créanme, Diego Osorno da miedo cuando se molesta. Además, algunas partes que debían ser corregidas aún estaban remarcadas en amarillo, como si fuera un primer borrador. Quise golpear muy fuerte a mi editor cuando, al día siguiente, me dijo que tenía que reescribirla una vez más. 

Va a ser algo difícil, pero cuando termines te sentirás muy orgullosa de tu esfuerzo, Almita—agregó, pero de igual manera quise pegarle. 

Eso sí habría sido periodismo gonzo.  

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Alma Vigil disfrutando de la semana de publicación de su primer texto sobre el Café Iguana.

Al final del día, el resultado fue una crónica de 15 mil caracteres con mucha acción titulada “El Café Iguana no ha muerto”. El diseño de la publicación estuvo a cargo de Oscar Hernández, un diseñador gráfico del Distrito Federal a quien una vez Elena Poniatowska corrió de su casa. Tras ganar un concurso de cuentos, Oscar fue a conocerla y le preguntó hasta el cansancio por su relación con el escritor Parménides García Saldaña.

No me hables de ese viejo borracho— le respondió Poniatowska y luego lo corrió de su casa.

Para Oscar, el diseño del tercer número de El Barrio Antiguo fue sencillo; ya tenía el material y sólo echó a volar su imaginación. Por el contrario, armar el primer número del semanario que en la portada presenta la crónica de Diego Osorno, “El ex-alcalde”, fue mucho más complejo. El concepto era radicalmente diferente del que existía en La Razón, el periódico que ocupaba esas instalaciones y que se transformaría en El Barrio Antiguo con la llegada de Osorno. Entre los dos Diegos y Oscar fueron tanteándole, agregando elementos, quitando otros, hasta que el 5 de mayo circuló en las calles de la ciudad el primer bebé impreso.

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Óscar Hernández con el primer ejemplar de esa semana, una tarde de sábado que hubo problemas con la imprenta.

Oscar Hernández llegó a Monterrey por amor. Antes de arribar a la ciudad de las montañas, vivió en Pachuca, Hidalgo y en Poza Rica, Veracruz, donde conoció a su novia Marisol, originaria de Monterrey. En enero de 2013 encontró una vacante en el periódico La Razón a través de un portal de internet del gobierno de Pachuca. Hizo sus maletas y se trasladó a la ciudad que apenas salía de su etapa más oscura. Su temperamento es fuerte y conjuga a la perfección con su complexión robusta, su altura de un metro ochenta y su tez morena plagada de tatuajes, aunque admite que sus explosiones algunas veces complican el trabajo en equipo. Antes de ser diseñador gráfico, su pasión era la música. Durante una década fue cantante y líder de la banda de metal-hardcore Engrane.

Cuando por fin salió publicada mi crónica, el 19 de mayo, explotaron las reacciones del público, tanto positivas como negativas; fue compartida en las redes sociales cientos de veces. Nunca me sentí tan nerviosa y emocionada en mi vida periodística como en aquella semana. Tampoco imaginé lo que causaría. Un día, una chica que dijo llamarse Mabel habló sollozando al periódico y comentó que al leerla no podía dejar de llorar y recordar todo lo que había pasado en la ciudad donde nació y que abandonó después de la incesante violencia durante años.

El Café Iguana era un símbolo del inicio y del final del Barrio Antiguo. Con su cierre después de una balacera ocurrida en la entrada del bar, donde decían que integrantes de los Zetas vendían drogas (dato importante que olvidé agregar a la crónica y que muchos lectores no perdonaron con justa razón) cerraron casi todo lo que quedaba abierto a los lados. Para ese entonces el semanario de crónicas ya estaba cumpliendo su cometido: contar las historias de Monterrey y de una de sus zonas más heridas por la barbarie a través de un equipo conformado de periodistas expertos y otros en formación, que al igual que yo también estuvieron a punto de colapsar con el esquema de trabajo que Osorno estableció en El Barrio Antiguo.

II

Falta poco para las ocho de la mañana del miércoles 14 de agosto cuando Daniela García, de 21 años, enciende su tercer cigarro del día mientras conduce su Pointer gris por la Carretera Nacional. Antes de que existiera El Barrio Antiguo, Dany y yo casi no nos hablábamos. Ella es medio fresa y yo medio rocker (según yo). Ahora desfilamos en su coche hacia Montemorelos, Nuevo León, por donde pasaron Sal Paradise y Dean Moriarty al llegar a México en el libro On The Road de Jack Kerouac. En Montemorelos radica el tema que investiga Daniela. Una de las cosas que Diego Osorno estableció desde que llegó es que cada reportero debería tener mínimo 15 días para investigar y escribir una historia, algo que desconcertó a Daniela en un principio, quien estaba acostumbrada a hacer notas diarias. Ella llegó al periódico La Razón en el 2011. Ese año reabrieron el semanario con una nueva administración después de que cerrara sus puertas en 2010 por el constante carmesí en sus números, a más de 30 años de haber sido fundado por Francisco Tijerina, un periodista de la vieja guardia que admiraba a Regino Díaz, el personaje que con el apoyo del PRI sacó a don Julio Scherer del periódico Excelsior en los setenta. 

En marzo del 2013 llegué yo, el mismo día que Melva Frutos, una experimentada y jovial reportera con 15 años de ejercer el periodismo y madre de dos hijos: Melvita de 19 y Fabrizio de 13. Durante un tiempo todo estuvo relativamente bien; el ambiente era tranquilo y hacía lo que más me gustaba, reportear. Pero en abril de ese mismo año, antes de las vacaciones de Semana Santa, valió madre. Nos quedamos huérfanos, sin director, ni editor. Entre todos, como pudimos, seguimos sacando el periódico. Pero el producto realmente no fue un gran diario…

Chicago. Entrevista lider Latin Kings

Diego Osorno (derecha) en Chicago entrevistando a un líder de la pandilla Latin Kings, para un trabajo aún sin publicar.

Diego Osorno se convertiría en una especie de héroe para todos luego de que varios intentaran rescatar La Razón sin éxito. La última fue la reconocida periodista Sanjuana Martínez, que abandonó el semanario en abril después de tener varios problemas con Adalberto, un constructor y actual dueño deLa Razón, por los retrasos en sus pagos. En la búsqueda de un nuevo director recordé a Diego Osorno, a quien conocí hace tiempo gracias a mi papá. Diego acababa de regresar a vivir a Monterrey. Antes de eso, estuvo viviendo en el Distrito Federal y en Nueva York. El fotógrafo Víctor Hugo Valdivia, amigo de toda la vida de Diego —y colaborador de El Barrio—, también me aconsejó que buscáramos a Diego, quien, aunque había vuelto de fijo a Monterrey para escribir una serie de televisión de Bengala, su agencia dedicada al desarrollo de historias para cine y televisión, siempre estaba interesado en apoyar proyectos de la banda. Denise Alamillo, la editora web del periódico había tenido la idea de buscarlo al mismo tiempo que yo y lo contactó y le insistió durante varios días hasta que aceptó. Diego Osorno ha estado envuelto en el periodismo narrativo desde hace unos años y llevaba rato con la idea de crear una cantera de cronistas en el noreste de México, aunque nunca se imaginó que sería en la primavera de 2013.

El martes 23 de abril llegó a la redacción por primera vez. Además de lucir extrañado al ver un equipo conformado casi en su totalidad por mujeres, recargó su altura de basquetbolista en la pared blanca, con su mano se acomodó el cabello y nos preguntó:  

¿Qué les parecería hacer crónicas extensas en lugar de las pequeñas notas que han estado haciendo?

A pesar de la incertidumbre, aceptamos unánime e instantáneamente. La primera impresión fue fuerte. Además de tener un gran historial periodístico (escribió los libros La Guerra de los Zetas y El Cártel de Sinaloa, entre otros), Diego tiene esa actitud de los gigantes que se encorvan un poco para poder hablar sin menospreciar a sus interlocutores.

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Victor Hugo Valdivia fotógrafo colaborador de El Barrio Antiguo.

La siguiente semana nos reunimos de nuevo y nos presentó a su tocayo, Diego Legrand, el joven muy formal del que les hablé al principio, vestido de traje, zapatos negros boleados y de un acento extraño. Legrand había sido uno de los alumnos de Osorno en un taller de crónica que dio durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y desde entonces Osorno le vio mucho potencial a Legrand no sólo como reportero, sino como editor.  Desde el primer día que llegaron nos comisionaron los temas de acuerdo a nuestros perfiles que habían analizado previamente. Tendríamos exactamente dos semanas para investigar lo más que se pudiera y así redactar toda una historia. “Pero no se confíen” -dijo Osorno- “si bien es cierto que a simple vista dos semanas parecen eternas, la realidad es muy diferente”. Osorno es un apasionado. Cuando le gusta o le molesta algo lo expresa con efusividad, tanto que a veces no se da cuenta si hiere a las personas. Pero tiene una voz amable, al igual que la mirada que sale de sus pequeños ojos café claro. Su vida social es su trabajo y su trabajo es su vida social. No va mucho a fiestas ni eventos sociales de Monterrey, pero conoce mucha gente y realiza varios proyectos a la vez. La verdad es que nadie sabe cómo logra trabajar tantos temas al mismo tiempo. Su gasolina es el café. Su tocayo Legrand —quien vivió un mes en su estudio— bromea diciendo que Osorno se despierta al alba a escribir y desayuna granos de café. Después de más de 15 años de periodista, Diego Osorno ya está acostumbrado al ritmo de este oficio, pero nosotros, por otro lado, apenas estamos incursionando en este campo.

Todos los días tuvimos que mandar correos y hacer llamadas para conseguir entrevistas de personas que tal vez no querían colaborar con el tema, pasar tiempo con nuestros personajes y conocerlos a fondo, conseguir datos con lentas e ineficientes dependencias gubernamentales, cazar a los políticos, transcribir horas de grabaciones y todavía escribir más de tres mil palabras de cierta manera poética y con información verídica. Ser parte de un periódico independiente nos da una gran libertad e imparcialidad para denunciar, pero muchas veces también es peligroso y no tenemos el respaldo de las grandes empresas de medios de comunicación. Una vez leí un texto de Diego Osorno en Publimetro. Sólo recuerdo esta frase: “Lo más importante de una crónica es que haya riesgo en ella”. En nuestras crónicas definitivamente lo hay. Aunque no siempre es lo que parece.

Pasa de mediodía cuando Dany y yo ya vamos de regreso a Monterrey y platicamos sobre la situación de El Barrio Antiguo.

Que no exista, tipo, la presión diaria por notas, que hay en los demás periódicos hace que se genere un buen ambiente de trabajo y que podamos hacer mejores textos —dice Dany.

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Daniela García capturando en imagen un instante que decidió guardar.

Dany es de la generación que creció con Harry Potter. El primer libro que leyó fue el volumen uno de las aventuras del pequeño mago. De ahí se encaminó a otros tipos de literatura y se enamoró de las letras. Su sueño era ser escritora, pero al momento de elegir su carrera profesional estaba indecisa. El día de las inscripciones, al platicar con un maestro de periodismo se inclinó por esta licenciatura. Su larga melena, su piel blanca y sus ojos verdes inspiran confianza, aunque ha tenido problemas al entrevistar personas porque muchas de ellas no están acostumbradas a ser el centro de atención o hablan muy escuetamente. Que su actual trabajo combine sus tres más grandes pasiones —la literatura, el periodismo y viajar— es lo mejor que pudo pasarle. Hasta ahora es la reportera más viajera de El Barrio; fue enviada a Coatepec, Veracruz, para realizar su crónica “Así se adueña del agua FEMSA”, al Distrito Federal para el texto “Hablemos de gastronomía regia”, a Cadereyta, Nuevo León, para la de “Vida y tragedia de Hyun Bin Yun” —su favorita— y ahora a Montemorelos para el texto  “El pueblo que escribió La Biblia en una hora”.

En El Barrio Antiguo todos somos un grupo unido. Platicamos y reímos como nunca se había visto entre esas paredes blancas que durante muchos años albergaron al diario La Razón. Somos amigos afuera de la oficina que vamos a algún bar o una fiesta y buenos compañeros dentro de ella que nos ayudamos mutuamente. Un viernes por la noche, le dije en una fiesta a Diego Legrand que para mí era algo bien chido que ellos estuvieran aquí, haciendo un trabajo formativo no sólo de periodistas, sino también de una empresa donde sus empleados fueran felices. Aunque, al igual que en todo drama  tipo Beverly Hills 90210 (versión 8), ya habido conflictos, discusiones, peleas, decepciones y lágrimas.

Pero lo difícil, la verdadera crisis, todavía estaría por venir…

III

Mi siguiente colapso ocurre en el transcurso de mi tercera crónica, “Los hombres sin rostro que cuidan La Perla”. Es martes 11 de junio y no he podido conseguir mucha información, aun y estando con los huelguistas de la lechería bajo el sol por varios días en la colonia Moderna. Están renuentes a proporcionarme datos por temor a represalias económicas de la empresa; el terror es un arma fuerte para la clase gobernante de Nuevo León. Estoy a punto de llorar y mi editor comienza a reírse nerviosamente, como El Guasón. Para ayudarme, me acompaña a la lechería en taxi, pero a tan sólo unas cuantas cuadras del periódico, una señora rubia se pasa un alto y nos ensartamos justo en su puerta. “Estás bien salada, Almita”, atina a decir. No fue nada grave, sólo me duele un poco mi rodilla, pero me preocupo porque no tenemos seguro ¿Qué pasaría si fuese algo más rudo?

Tomamos otro taxi, no sin antes pagarle al pobre accidentado, y llegamos al lugar. No obstante, los huelguistas no ceden ante las técnicas persuasivas de Diego, así que al otro día me acompañará a la Junta Local de Conciliación y Arbitraje donde, gracias a la ley de transparencia, estarán obligados a darnos la información requerida. En teoría. Días más tarde, cuando ya estoy en el límite para la entrega, todavía no encuentro la parte más importante de mi texto: la entrada. No he pensado en pedirle consejo a mis compañeras de trabajo. Hace poco que ya nos llevamos bien, pero no es común todavía que nos apoyemos demasiado. Diego me explica de nuevo:

Acuérdate del lugar, de los olores, los sonidos, cómo se veían los señores, qué estaban haciendo.

Entonces se ilumina mi mente como si hubiera pasado una estrella fugaz y consigo mi primer enunciado. Parece que el proceso de creación de las crónicas surge de una suerte de epifanía.

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Diego Legrand reporteando.

En sólo cuatro meses Diego Legrand ya ha recorrido lugares de Monterrey y su área metropolitana de las que muchos nativos ni siquiera han oído hablar. Ha estado en zonas de conflicto, habla a la perfección tres idiomas y ha sido editor en otras partes. Diego vino a Monterrey a trabajar en la edición de El Barrio Antiguo con la idea de seguir reporteando, que es lo que más le gusta. Sin embargo, en todo este tiempo ha tenido que estar en la oficina, frente a su monitor, arreglando los esperpentos que muchas veces le mandamos. No obstante, el 19 de agosto salió en la portada su crónica “La última caída de Voltaje Negro”, y después publicó “Los más buscados”, una investigación sobre el grupo de hip hop Mente en blanco. A Diego Osorno no lo vemos mucho en la oficina. No le gusta. Su vida es la calle. Un lunes puede estar en Chicago, el miércoles volver a Monterrey para que al día siguiente vaya a Nuevo Laredo y así consecutivamente. No obstante, siempre está al pendiente de nosotros y de lo que hacemos. Todos los días tenemos que entregarle avances de nuestro trabajo, aunque debo confesar que muchas veces se me ha olvidado hacerlo, lo cual no le agrada nada.

Para nosotras —somos casi puras mujeres; Leonardo González, quien recién entró, es la cuota de género— la transición de hacer diarismo a hacer periodismo narrativo e investigativo ha sido difícil. El periodismo en Monterrey atraviesa una situación crítica. Tanto Milenio como El Norte han perdido credibilidad por mostrar una tendencia inclinada hacia ciertos partidos políticos, y el trabajo de algunos reporteros es parecido al que hacen en un call center: no investigan, no profundizan, sólo hablan por teléfono para pedir datos y lo escriben como si hubieran estado ahí. Muchas personas ya no quieren a los periodistas y constantemente nos llaman mentirosos. Claro, hay otros periodistas que se esfuerzan en hacer un periodismo de calidad, pero muchas veces son limitados por ciertos intereses de la empresa o de plano no tienen los recursos económicos para realizar proyectos independientes. Actualmente es difícil mantener un medio de comunicación impreso si no cuentas con convenios de publicidad con las grandes empresas y, sobre todo, con el gobierno.

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Leonardo González durante grabación.

Leo González es un chavo de 22 años que estaba en vísperas de su graduación cuando entró a El Barrio Antiguo el 28 de mayo. Nació en el municipio de Miguel Alemán, Tamaulipas. Pasó su infancia y parte de su adolescencia en Camargo y luego en Ciudad Mier, antes de cambiarse definitivamente a Monterrey para estudiar una carrera profesional. Siendo parte de un linaje dedicado al negocio de las botas vaqueras, era lógico que estudiara administración. Y así lo hizo durante un tiempo, pero se dio cuenta que no era lo suyo. Él quería ser periodista. Leo es el lúdico del equipo de El Barrio Antiguo. Sus crónicas despiertan la risa en muchos lectores, y en su rostro parece tener una sonrisa indeleble, adornada por dos pocitos en las mejillas. Sin embargo, en sus ojos rasgados también se ha visto tristeza. A inicios de agosto, Leo se envolvió en una burbuja de ensimismamiento. Esos días Diego Osorno le pidió que trabajara en una crónica titulada “¿Dónde están?” que habla acerca de los familiares de desaparecidos involucrados en la asociación civil Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos (CADHAC). En esta profesión es difícil no sentir empatía cuando tomamos prestadas las vidas de los demás. No obstante, cuando salió publicada su crónica el 9 de septiembre, se sintió orgulloso de su trabajo y cree que es el mejor que ha hecho hasta la fecha.

Recientemente, en un estudio realizado por el portal de empleo Career Cast, el periodismo fue considerado una de las peores carreras profesionales. Los medios impresos están en peligro de extinción desde la llegada del internet y las redes sociales. Incluso el New York Times tuvo que reducir su número de empleados y los sueldos de los que se quedaron, de acuerdo con una nota publicada por el periódico El País el 26 de marzo de 2009. Ahora en El Barrio Antiguo nos estamos arriesgando, nos estamos aventando con un mortal hacia atrás en una alberca sin agua por nuestra propia cuenta.

Caracol Colunga, de 26 años, la correctora de estilo que obtuvo el primer lugar de su generación en la Facultad de Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, debió encargarse de una mórbida sección: el obituario. Caracol – o más bien Caracolito, el verdadero nombre que le pusieron sus papás hippies originarios de Saltillo, Coahuila- tenía apenas dos semanas de haber llegado a La Razón para corregir textos cuando entró Diego Osorno. Ahora debe lidiar con el dolor de las personas por la pérdida de sus familiares o amigos y en algunas ocasiones abordar muertes causadas por el narco u otras situaciones peligrosas.

Caracol llegó a Monterrey en 2007 para estudiar en la Universidad Autónoma de Nuevo León y también para hacerle compañía a un amigo, sólo que unos días antes de que llegara, el chavo se suicidó. Ese hecho hizo que Caracol conociera a Monterrey en sus facetas más oscuras. Sin embargo, aquí ha encontrado un segundo hogar. Gracias a internet, llegó por primera vez a La Razón. En la red conoció a Denise Alamillo, quien la contactó cuando se presentó una vacante de corrector de estilo.

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Caracol Colunga en la oficina, posando después de corregir una crónica.

Relata que su primer obituario titulado “El fotógrafo que veía Dragon Ball Z” fue muy difícil y sintió mucho temor porque se trataba de un retratista de sociales que levantaron y luego fue encontrado todo mutilado en un paraje de Saltillo. Para su suerte, Primavera, una de las tres hermanas de Caracol, conocía a la hermana del joven de 22 años, quien la ayudó con el obituario.  

Me emocionó que Diego Osorno me dijera que iba a escribir porque yo no entré con esa intención. Pero cuando me comentó que iba a escribir sobre personas muertas, como que me dio para abajo— cuenta Caracol—, pero luego se me hizo algo muy especial y ahora me gusta casi todo el tiempo, menos cuando tengo que hablar con gente en pleno funeral o cuando lloran mucho.

Para Caracol, El Barrio Antiguo es un proyecto original que le gusta porque no tenemos compromisos con el poder, pero cree que al periódico le hace falta más difusión y que cada reportero desarrolle todavía más su propio estilo al escribir.

IV

 Es martes 13 de agosto. Estamos en junta dentro de las instalaciones de El Barrio Antiguo y de La Razón. Faltan dos días para la quincena y ya van varias veces que le pido prestado a mi mamá para completar con la renta y demás gastos. De todos los cronistas, soy la única que no tiene coche; muy apenas traigo lo de los camiones para transportarme a las entrevistas. Mis compañeros están en las mismas, sólo que sin dinero para gasolina. Hace una semana tuve mi tercer colapso. Durante varios días visité Pesquería, Nuevo León, y recorrí diversas colonias del municipio en camión y a pie para hacer la crónica “Chito, el alcalde de Bronce” —el título fue idea de Osorno; y Legrand entendió el juego de palabras hasta una semana después de su publicación—. Además, he gastado gran parte del capital que me quedaba. Aquí a veces hasta pagamos por trabajar.

Hoy estamos todos en círculo. Diego Osorno le manda a hablar a Alejandro Regalado, un chavo de 24 años que es el contador y primo del dueño. Diego quiere que nos explique a todos por qué la última vez que nos pagaron (a destiempo) los cheques que nos dieron no tenían fondo. No quiere que haya animadversión o conflictos internos de ningún tipo. Sin embargo, ya han surgido varios problemas dentro de la oficina por diferencias entre los que trabajamos aquí.

Denise es una mujer con una prolífica carrera de psicoanalista y que también es activista y performancera a la vez. Llegó a La Razón como editora web, gracias a Sanjuana Martínez, quien la invitó a formar parte del proyecto por su relación de amistad, sólo que tiempo después tuvieron problemas y Denise se salió del periódico. Cuando Sanjuana partió, el dueño Adalberto le mandó a hablar y de nuevo tomó el control de las redes sociales y de la página web. Denise admite que ella no es experta en estas herramientas tecnológicas, pero que ha hecho su mejor esfuerzo por el amor que le tiene a El Barrio Antiguo. Pese a lo amateur, Manuel Alcántara, coordinador multimedia del CEDIM, una de las mejores escuelas de diseño del norte de México, dice que la página es estupenda.

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Denise Alamillo en las instalaciones de Coworking Monterrey, recibiendo ayuda de Iván para la maquetación de la página web de El Barrio Antiguo.

Cuando inició el proyecto, Denise se fue un mes al Distrito Federal a cumplir con un compromiso dentro de su faceta de promotora del pornoterrorismo y en agosto emprendió otro viaje a Austin, Texas para cuidar un gato enfermo de una amiga suya que se iría unos días. En El Barrio Antiguo hay una gran libertad para todos. Varios hemos pedido permisos y nunca nos lo han negado, con tal de que cumplamos con nuestro trabajo. Pero se han suscitado algunas tensiones. Denise cree fervientemente en sus ideas de activismo. Se transporta en bicicleta y es vegetariana; en su cabello brillan tres colores diferentes: rosa, morado y azul; afirma que lo suyo son las redes, pero personales; conoce mucha gente y dependencias y tiene muchos contactos. Aunque con El Barrio Antiguo ha explorado ámbitos del periodismo que nunca había practicado. Recientemente le confirieron una sección de entrevistas de personajes curiosos de la ciudad que han sido compartidas en demasía y han tenido gran aceptación en los lectores, como “Quisiera trabajar en un Seven”, una conversación con una chica transexual de la ciudad.

Alejandro Regalado, nervioso, comenta que fue un error de él al no llamar al banco para verificar un depósito que les hicieron.

Al principio sí era sencillo trabajar con la familia, pero ahora ya no es lo mismo. Como yo soy el que le cobro a Adalberto, a veces ya ni me quiere ver— comenta Alejandro.

Alejandro se fue a vivir a Veracruz con su familia desde que estaba pequeño, luego volvió a la ciudad para estudiar Contaduría y Administración Pública. Cuando Adalberto lo contactó, Alejandro trabajaba en otra empresa, pero sin titubear aceptó la oferta de su primo.

Minutos más tarde aparece Adalberto, el dueño, quien admite que no quiere llegar al cierre definitivo y dice que por primera vez en dos años como empresario de medios ve un proyecto editorial sólido e innovador. Nos dice que la situación es difícil y que nuestro pago llegará hasta el 22 de agosto. Nuestros rostros se llenan de incertidumbre y desconfianza. Al principio, la idea era que se quedara solamente El Barrio Antiguo, sin embargo, permaneció La Razón, casi con la misma información, pero con una inclinación hacia crónicas regionales y una distribución en Cadereyta y Santiago mientras que El Barrio se reparte en Monterrey, San Nicolás, Guadalupe y San Pedro.

Tanto El Barrio Antiguo como La Razón están en crisis. Aún no hay publicidad y Adrián Gallegos, el encargado de ventas que entró a La Razón a principios de este año, no ha vendido nada. Nuestros sueldos retrasados salen del bolsillo de Adalberto y Diego Osorno no ha cobrado nada en tres meses. La tensión en la oficina sigue aumentando.

V

En el lugar donde me encuentro con Melva Frutos, todas las paredes, el techo, las mesas y las sillas son verdes; sólo varía el tono. Es lunes 12 de agosto y estamos en la Casa del Migrante. Aquí se alberga el tema de su penúltima crónica que se si titulará “El Solalinde de Monterrey”. Éstos en general los termina imponiendo Diego Osorno, aunque a veces intenta hacerle caso a Diego Legrand y a las reporteras cuando tenemos una propuesta concreta. Mientras esperamos al sacerdote que será entrevistado por Melva, tomo el café y como las galletas que me ofrecieron las señoras que ahora preparan huevo con chorizo en la cocina. Melva me dice que ha tomado la decisión de salirse de El Barrio Antiguo para ser freelance y colaborar también en otros medios de comunicación locales, en particular el ABC. Ha sido muy complicado cubrir todos sus gastos y los de su hijo Fabrizio, quien a diferencia de su hermana Melvita, que ahora es independiente, aún necesita manutención. Aclara que si no fuera mamá seguiría en El Barrio Antiguo, pero ya no está para trabajar por amor al arte, aunque le guste mucho lo que hace.

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Melva Frutos en la entrada de las instalaciones de El Barrio Antiguo leyendo su primer crónica de portada sobre la Alcaldesa de Monterrey y su esposo.

Melva nació en Monterrey, pero desde chiquita vivió en Culiacán, Sinaloa. Durante ese tiempo adoptó la curiosidad por el periodismo. Todos los días leía el periódico principal de aquella calurosa ciudad, al igual que su hermano, Iván Frutos. Años más tarde, Melva regresó a Monterrey para estudiar la preparatoria. Al finalizar intentaría estudiar periodismo al igual que su hermano, sólo que, como dice la canción, “los caminos de la vida no son como imaginaba”. Y sus estudios se interrumpieron cuando concibió a su primogénita, Melvita. No obstante, ella continuó con su sueño de ser periodista después de varios empleos que tuvo como promotora de salud. En ese trayecto trabajó en el ABC, en prensa del gobierno de Guadalupe y Escobedo, en el periódico El Sol, y en las agencias EFE y Sin Embargo. Melva traía arraigado un estilo periodístico muy distinto al que se proponía en El Barrio Antiguo, por lo que al principio tuvo muchas dificultades en adaptarse y crear su propio estilo.

Caracol fue la segunda en saltar del barco. Recibió una buena oferta de trabajo en Reporte Índigo, sin embargo, no dejará por completo a El Barrio Antiguo. Continuará haciendo los obituarios por un tiempo indefinido. Al principio pensó que podría sortear ambos empleos, pero pronto se dio cuenta de que iba a ser imposible.

Ahora las oficinas de El Barrio Antiguo se ven más tranquilas. Durante este tiempo tampoco ha ido Dolores Ortega, mejor conocida como la señora Lolita, de 57 años, la encargada de la limpieza de las instalaciones del periódico. Durante 21 años trabajó en el periódico La Razón hasta que los liquidaron a todos en el 2010, pero regresó un año después. Casi toda su vida estuvo rodeada de periodistas y esta es la primera vez que alguien la entrevista.

 

VI

Es 2 de septiembre. El Barrio Antiguo y yo estamos colapsando. Esta crónica debí entregarla hace dos semanas, pero después de varios intentos no me salía. ¿Cómo escribir sobre nosotros mismos, sobre nuestros errores, nuestras vidas?

Elisa Badillo es una de las que permanecen con nosotros. Ella es nuestra eficiente asistente, una chica de 21 años que es una devota de la religión cristiana y que tiene que aguantar nuestros vulgares vocabularios dentro de la oficina o lidiar por teléfono con gente molesta por algún artículo. Elisa llegó a El Barrio Antiguo gracias a su prima, Keila Badillo, que se salió por cuestiones personales. Era un tanto despistada.

Otro que también se queda, aún y a pesar de que siempre le quedan mal con los pagos, es Sergio Ramos, el encargado de la distribución. Sergio es oriundo de Linares, Nuevo León. Para trabajar, también ha tenido que poner de su dinero y lo hace porque confía mucho en Diego Osorno, a quien conoce desde hace tiempo. Tiene que transportarse a Cadereyta y Santiago y además recorrer los puntos de distribución en Monterrey en su camioneta negra sin aire acondicionado. Se la pasa manejando bajo el sol y a veces no trae ni siquiera para comprarse un refresco. Sergio relata que en muchos sitios han rechazado el periódico, como el Tecnológico de Monterrey y la Librería Gandhi, porque dicen que trae mucha violencia, aunque en el ITESM, el rechazo sucedió a partir de la crónica “Así se adueña FEMSA del agua“, la cual denuncia a la empresa propietaria del Tec de Monterrey. Durante unas semanas, el Parque Fundidora tampoco dio su autorización, y en Cadereyta, cuando fue publicada la crónica sobre el presidente municipal de la zona, “El alcalde light”, escrita por Leo, los empleados del alcalde ordenaron tirar los ejemplares alrededor de la plaza.

En El Barrio Antiguo pareciera que estamos en una cuerda floja y que cualquier pequeña ventisca nos puede tumbar. Óscar ya ha buscado otras opciones de empleo porque aunque no quisiera salirse, necesita estabilidad económica. Sin embargo, durante estos cuatro meses algunos de nuestros textos se han reproducido en otros medios como Cosecha RojaVice o Domingo, el suplemento del periódico El UniversalEl Barrio Antiguo ha acaparado la atención de lectores de ideologías y clases sociales muy diversas. Además, hemos conocido en persona y virtualmente a grandes exponentes del periodismo narrativo como Alejandro Almazán, Diego Fonseca, Alba Calderón, Emiliano Ruiz Parra, Joel Cortés, entre otros.

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Daniel Melchor en el desierto.

Al principio había rumores bobos acerca del periódico; según esto, Mauricio Fernández nos patrocinaba. También hay críticas a lo que hacemos, sobre todo a que nuestros textos son muy largos—como éste, por ejemplo, el más largo que he hecho en mi vida—. El hecho de que la Encuesta Nacional de Lectura 2012 señale que sólo se leen 2.29 libros al año en México no nos ayuda mucho. Además, mucha gente se ha acercado a El Barrio Antiguo para hacer prácticas como Daniel Melchor, estudiante de periodismo del ITESM que llegó desde el Distrito Federal exclusivamente para hacer su crónica “Los videntes del narco”, que ya han reproducido en otros medios. Además de Edgardo García, de la UDEM, que se adentró en el mundo de los policletos para la crónica “La policía bicicletera”. También estuvo Gabriela Villegas, de la UR, que acudió sólo unos días para hacer una crónica del Mercado Fundadores, aunque luego olvidó su compromiso y prefirió irse a hacer prácticas pagadas en Milenio. Y el más reciente, César “Kaizar Cantú”, quien trabaja una nueva sección de historias de casas y edificios abandonados, además de ser el corrector del periódico y un posible editor del diario en el futuro.

En este tiempo hemos tenido crónicas golpeadoras y gente muy enojada por algunas de ellas, tales como “Así adueña del agua FEMSA”, de Daniela García; “El avión de Gamesa”, de Melva; “El guardabosques que no amaba a los osos”, que escribió Leo; “La última caída de Voltaje Negro”, de Diego Legrand. Y por alguna extraña razón, la crónica que escribí, “El teatro clandestino está en peligro de extinción”, ocasionó una gran polémica. Incluso Óscar, quien se adentró al mundo de las letras nuevamente, ha tenido un gran número de lectores con sus relatos en la nueva sección El Ornitorrinco, una canasta de textos más pequeños y experimentales.

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Kaizar mientras corregía esta crónica que ahora leemos.

Los intentos por rescatar El Barrio Antiguo de su inminente desaparición han sido muchos. Uno de ellos es la búsqueda de donaciones a través de Crowdfunding (Fondeadora, en español). La posibilidad de ser patrocinados por algún funcionario de gobierno o un empresario millonario no es una opción para nosotros. Nunca pondríamos en riesgo nuestra libertad y veracidad, ni por todo el dinero del mundo.

Cuando Paulina Bustos, la novia de Caracol, supo de todos los problemas por los que pasaba el semanario, decidió hacer una generosa donación para el periódico. Le gusta mucho El Barrio Antiguo porque cree que es un proyecto muy noble y original.

Paulina, oriunda de Monclova, Coahuila, era estudiante de sistemas en el Tecnológico de Monterrey cuando conoció a Caracol en el 2009. Las dos solían frecuentar un blog de mujeres gays y meses más tarde comenzarían una relación. Sólo que a finales de ese año, Paulina emprendería un viaje a Seattle, Washington para trabajar como program manager en la empresa Microsoft. Sin embargo, el 15 de septiembre de 2013, se salió de su empleo porque los valores de Paulina ya no iban acorde con los del gran corporativo. Ella ahora quiere trabajar para alguna asociación o empresa sin fines de lucro que se dedique a ayudar, no a hacerse cada vez más ricos. De su liquidación tenía destinados 50 mil pesos para una buena causa, pero todavía no sabía cuál. Luego se enteró de que el periódico ya no podía continuar porque no había recursos para pagarnos. A finales de septiembre nos separamos definitivamente de La Razón y comenzamos a trabajar en nuestras casas. El Barrio Antiguo no es más un periódico impreso, pero aun continuamos publicando online.

Gracias al donativo de Paulina alcanzó para pagar los sueldos de todo octubre: los reporteros recibimos cada uno 8 mil pesos, la editora web, Denise, 10 mil pesos, y el editor Diego Legrand 12 mil pesos, además de una pequeña gratificación para Kaizar por su trabajo de corrección. Diego Osorno no recibe pago alguno.

En estos días, además de investigar y escribir nuestras nuevas historias, todos hemos estado buscando otras fuentes de ingreso porque a partir de noviembre El Barrio Antiguo dejará de ser un lugar que brinde empleo, a menos de que suceda algo parecido a un milagro. Sin embargo, la falta de dinero no implica que el semanario deje de existir. Al contrario, ahora será un esfuerzo mucho más arriesgado y comunitario que antes.

Pese a la crisis, seguimos evolucionando. Cambiamos de instalaciones. Las antiguas, ubicadas en la Calle Rojo, serán ocupadas por otra empresa y una pequeña redacción ha sido montada en el estudio Bengala de Diego Osorno, ubicado en la calle Mina, donde se está replanteando el proyecto de forma radical.

Más cambios se avecinan, más polémicas, más colapsos, peleas, diversión y risas…

Pero sobre todo, lo que seguirá son las crónicas.

Aquí está pasando algo.

 

 

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