Por Indira Kempis

Me tuve que aprender la dirección de memoria por si alguna vez me perdía. Mi madre me lo repetía cada vez que fuera necesario. Probablemente, por eso los números han tenido significado en mi vida. El número de la casa, los números telefónicos de ésta y la de mi abuela, casi tatuados, por si las dudas. Así que cada mañana salía de nuestro pequeño espacio en una vecindad para ir a la escuela o ir a pasear por las vías del tren o ir jugar entre el chapopote. “Número 145 interior 9”, aprendido.

¿Una vecindad? Sí, pero sin un barril ni torta de jamón al estilo del programa más recordado por la industria televisiva como la identidad mexicana de los pobres de los ochenta. Mi vecindad era distinta. Aunque reconozco que en mis años de adolescencia no me gusta decir en dónde vivía, hoy le encuentro un gran sentido a lo que hago el haber pasado por ahí.

Si no hubiera sido por esa larga experiencia de lo que significa realmente la vida en vecindad, creo que sería mucho menos sensible al trabajo experimental que hacemos en los barrios. Me explico mejor: Si convivir con la familia propia es difícil, imagínese tener que lidiar el espacio común con más de 10 familias diversas y extensas… Que si la música está muy fuerte, que si el señor ya le pegó a la señora, que si se fue el agua, que si llegó borracho “noséquién”, en fin… Todo el mundo con sus historias puede caber entre los recovecos de una vecindad.

Ahí fue el lugar donde me dí cuenta el valor de la soledad y el silencio. De tener que dar explicaciones hasta porque pusiste la cubeta en el lavadero equivocado. De la calle que se vuelve “casa” cuando la mayoría está peleando hasta los golpes y ya no quieres escucharlos, así que te vas a tu segunda casa.

El lugar donde anidan los juegos de los niños sin distinguir si vas como becado a una escuela privada o si te tocó el turno de la tarde en la escuela pública. Ahí donde a uno le sale lo “Kempis” y lo “Pérez” y lo “Ramírez”… Porque si algo se aprende en una vecindad es a defenderse, que nadie te vea un pelo de tonto o tonta.

Pero también fue ese espacio mi refugio. Recuerdo por ejemplo, que se convertía en mi refugio cuando me corrían de otras casas de la cuadra. Igual me acuerdo de los tiernos cuidados de Doña Tana que siempre me preguntaba si ya habían llegado mis papás. Si se cercioraba que no era así, subía corriendo con un plato de comida caliente. Y mi madre, ni se diga también era un oasis de ayuda para sus vecinos. La recuerdo defender como si fueran sus propios hijos a dos niños que tenían una de esas madres que pierden los estribos y cuando menos se dan cuenta los lastiman físicamente. Creo que ahí entendí el sentido de la no violencia, en ese vaivén de denuncias en el DIF. Mi madre habrá pasado a la historia como una heroína en la vecindad porque enfrentarse a esa señora, créame que sí que era una proeza.

El otro que nos ayudaba a todos era Don Pepé, el dueño de la vecindad y dueño por tanto de una parte de los sueldos de los adultos. Era tan bueno que cuando mi mamá se atrasaba, él en lugar de enojarse, le decía con voz pausada: “no se preocupe, ya tendrá”, lo oí decir eso varias veces y hoy le agradezco tanto que nunca por un atraso nos haya corrido.

Tales memorias llegaron a mi cabeza en estos días por el trabajo experimental que estamos haciendo en los Condominios Constitución, una zona con alta densidad en el centro de la ciudad considerada como uno de los proyectos de vivienda de escala humana pioneros en su tipo y que, lamentablemente, por su régimen de condominios y lo que implica legalmente están en condiciones de deterioro.

Este lugar me trae este álbum de anécdotas y hacen que reflexione sobre estos lugares de convivencia natural que se da por la vecindad que te prohíbe ser ajeno a los problemas de los demás o vivir en solitario las historias personales, que si bien no necesariamente están vinculadas, al final del día mínimo viajarán de boca en boca a manera de información comunitaria por no decir “chisme”.

En el México de la desigualdad, el que ha provocado que no tengamos para pagar la renta, la falta de interés por exigir –como colaborar o tomar la iniciativa- en tener una vivienda digna, el estar de paso en un territorio urbano, y un sinfín de otros factores convierte a estas vecindades en un caleidoscopio de gente distinta, no tanto “en conflicto” como algunos etiquetan con prejuicios que desconocen los contextos… Pero que los que venimos de esas vecindades en realidad no somos más que una de las tantas realidades de este país, en donde el gran desafío estriba en generar otras dinámicas sociales para solución de nuestros problemas –los propios y los de los vecinos-, pero sin dejar de ser lo que en esencia somos en esa convivencia: humanos que si hay algo que comparten, aunque no nos guste, es la vecindad.

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