Por Diana Laura Arroyo

¿Por el medio ambiente?, ¿para promover una ciudad sustentable?, ¿o criticar la accesibilidad urbana? La verdad es que comencé el reto #SemanaSinCarro por mera curiosidad, sin tener muy claro el objetivo del experimento y, principalmente, sin tener idea de lo que podía descubrir al dejar de vivir la ciudad sobre cuatro ruedas y a través de un cristal.

¿A qué se tendría que enfrentar una persona que está acostumbrada a moverse en coche si por una semana realiza todas sus actividades y se traslada en el transporte público que le ofrece su ciudad?

Tenía muchísimos años de no subirme a un camión de ruta y otros más de no subirme al metro, así que, sintiéndome como una foránea recién llegada en mi propia ciudad, opté por googlear un par de palabras (“rutas de camiones Monterrey”) para intentar reconocer los caminos alternos en mi nueva travesía.

“R-38 Nueva Alianza R-A21 Barrio Isabel”, “R-335 Villamitras R-211 Pabellón”. Era un hecho que tenía que tomar dos camiones y no tenía idea de cuál era la mejor opción para llegar a mi destino, y dada la premura por llegar a una reunión de trabajo, opté mejor por buscar el mapa del metro. ¿De verdad tenía la estación Edison a tan solo 7 cuadras de mi casa?

Así, uno de mis días sin coche comenzó con una tranquila caminata que me llevó a descubrir dos panaderías de las que no tenía ni idea, una pequeña mueblería y el aroma de un par de restaurantes que parecía que estaban ya preparando la comida del día, unos tacos parados y otros negocios más que jamás habría conocido de no ser por haber dejado a un lado mi armatoste de cuatro ruedas.

“No es de aquí, ¿verdad?”, me dijo amablemente el encargado de la estación de metro luego de que me vio tratando de ubicar alguna señalización, y con toda la tranquilidad, me explicó la dirección que debía elegir para llegar a la estación Félix U. Gómez. Fueron 4.50 pesos los que me hicieron llegar a mi destino y me permitieron ver a una señora mayor cediéndole su asiento a una mujer con un bebé de meses en brazos y a esta chica deteniendo con el brazo que tenía libre a un niño que parecía haber perdido el equilibrio luego de un frenón del metro.

Entre camiones de ruta (sin tarjeta Feria), estaciones de metro y caminatas en silencio que me permitían observar de otra manera el tránsito de coches enlatados a la hora pico, para el tercer día, la ciudad en la que he vivido la mayor parte de mi vida empezó a tomar una nueva forma. ¿Podía ser posible que las prisas y una armadura de metal con llantas nos limitara la visión, como si estuviéramos viviendo la ciudad a través de una vitrina de cristal?

Dicen que nadie ama lo que no conoce. Por alguna razón, durante la #SemanaSinCarro, la ciudad me ofreció una nueva perspectiva. Y pesar de la pobre consciencia hacia el peatón, los ridículos espacios para caminar, dignos de ser fotografiados por el colectivo La banqueta se respeta, y otras realidades urbanas de la ciudad, debo confesar que aprendí a querer un poquito más a Monterrey.

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