Por Diana Laura Arroyo

En Monterrey, el que tiene coche no camina. Puede llegar a ser anécdota de muchos que aunque la tiendita de la esquina esté a unos metros, quien tiene carro prefiere hacer todas las maniobras automovilísticas necesarias para ir a comprar unos Choco Roles en su tienda de siempre, en vez de caminar unos cuantos metros.

¿Será la temperatura extrema, la pobre infraestructura peatonal, la costumbre o el pensamiento colectivo el responsable de que los automovilistas seamos tan conservadores en nuestra manera de transportarnos y ubiquemos al coche como la única opción para movernos?

Contrario a nuestro contexto, los ciudadanos de los espacios con mejor accesibilidad urbana eligen el medio de transporte dependiendo de su plan o destino: si van al centro, toman el metro; para su trabajo pueden ir en bici, y para salir de la ciudad, utilizan su coche.

Al considerar al carro como una alternativa más de transporte, bajo esta modalidad no existe la diferencia abismal de automovilista y peatón porque todos los ciudadanos portan ambas etiquetas en diferentes momentos de su experiencia urbana.

Parecería que la diferencia de una ciudad como Monterrey es que debido a la polaridad automovilista-peatón, difícilmente uno podrá entender las necesidades del que tiene enfrente, considerándolo siempre como “el otro”. Tan es así que Nuevo León ocupa uno de los primeros lugares en atropellos a peatones en el país.

La división de los ricos y pobres de los que hablaba Rousseau ha llegado hasta las calles en esta ciudad, que además de contar con una infraestructura que prioriza el coche, promueve sin querer una cultura cada vez menos empática que produce una mayor atomización de la sociedad.

Me atrevo a decir que una problemática urbana tan compleja quizá se pueda empezar a resolver al resumir nuestro comportamiento en una sola frase: los que caminan no tienen carro y los que tienen carro no caminan. O bien, “Yo como automovilista soy más importante que tú, peatón” y “Yo como peatón soy más importante que tú, automovilista”, volviendo el día a día una constante lucha de poderes.

Luego de haber concluido el reto #SemanaSinCarro, pude apreciar que independientemente de que nuestra ciudad no sea tan amigable para quienes no tienen coche (cerca del 65 por ciento de nuestra población, de acuerdo a cifras del INEGI), el mayor cambio que podríamos hacer como sociedad es al menos por un día movernos en un medio de transporte diferente al que solemos usar para lograr comprender que automovilistas y peatones estamos en el mismo bando y en la misma ciudad.

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