¿Cómo se descifra el panorama de una ciudad?

Maupassant desayunaba en el restaurante de la Torre, pero la Torre no le gustaba: “Es—decía—el único lugar de París desde donde no la veo”. En efecto, en París hay que tomar infinitas precauciones para no ver la Torre. En cualquier estación, a través de las brumas, de las primeras luces, de las nubes, de la lluvia, a pleno sol, en cualquier punto en que se encuentren, sea cual sea el paisaje de tejidos, cúpulas o frondosidades que les separe de ellas, la Torre está ahí, incorporada a la vida cotidiana, a tal punto que ya no podemos inventar para ella ningún atributo particular. Se empeña simplemente en persistir, como la piedra o el río y es literal como un fenómeno natural, cuyo sentido podemos interrogar infinitamente, pero cuya existencia no podemos poner en duda. No hay casi ninguna mirada parisina a la que no toque en algún momento del día. 

Cuando al escribir estas líneas empiezo a hablar de ella, está ahí, delante de mí, recortada por mi ventana, y en el mismo instante en que la noche de enero la difumina y parece querer que se vuelva invisible y desmentir su presencia, he aquí que dos pequeñas luces se encienden y parpadean suavemente girando en su cima: toda esta noche también estará ahí, ligándome por encima de París a todos aquellos amigos míos que sé que la ven. Todos formamos con ella una figura móvil de la que es el centro estable: la Torre es amistosa.

La Torre está presente también en el mundo entero. Primero como símbolo universal de París, en todos los lugares de la tierra donde París ha de ser enunciada en imágenes. Del Middlewest a Australia, no hay viaje a Francia que no se haga, en cierto modo, en nombre de la Torre, ni manual escolar, cartel o filme sobre Francia que no la muestre como el signo mayor de un pueblo o de un lugar: pertenece a la lengua universal del viaje. Mucho más: aparte de su enunciado propiamente parisino, afecta al imaginario humano más general. Su forma simple, matricial, le confiere la vocación de un número infinito: sucesivamente y según los impuestos de nuestra imaginación, es símbolo de París, de la modernidad, de la comunicación, de la ciencia o del siglo XIX, cohete, tallo, torre de perforación, falo, pararrayos o insecto. Frente a los grandes itinerarios del sueño, en el siglo inevitable: del mismo modo que no hay una mirada parisina que no se vea obligada a encontrársela, no hay fantasía que no termine hallando en ella su forma y su alimento. Tomen un lápiz y suelten su mano, es decir su pensamiento. Con frecuencia nacerá la Torre, reducida a esa línea simple cuya única función mítica es la de unir, según la expresión del poeta, “la base y la cumbre”, o también “la tierra y el cielo”.

Es posible huir de este signo puro—vacío, casi—porque quiere decirlo todo. Para negar la Torre Eiffel es preciso instalarse en ella como Manupassant y, por así decirlo, identificarse con ella. A semejanza del hombre, que es el único que no conoce su propia mirada, la Torre es el único punto ciego del sistema óptico total del cual es el centro y París, la circunferencia. Pero en este movimiento que parece limitarla, adquiere un nuevo poder: objeto cuando la miramos, se convierte a su vez en mirada cuando la visitamos, y convierte a su vez en objeto—a un tiempo extendido y reunido debajo de ella—a ese París que hace un momento la miraba. La Torre es un objeto que ve, una mirada que es vista: es un verbo completo, a la vez activo y pasivo.

La inutilidad de la Torre siempre se ha percibido como un escándalo, es decir como una verdad valiosa e inconfesable. Antes incluso de que se construyera, se le reprochaba que fuese inútil, lo cual se pensaba que bastaba para condenarla: no pertenecía al espíritu de una época, de ordinarios consagrada a la racionalidad y al empirismo de las grandes empresas burguesas, el soportar la idea de un objeto inútil (a menos que fuese un objeto de arte, lo cual tampoco se podría pensar de la Torre). También Gustave Eiffel, en la defensa que él mismo hace de su proyecto en respuesta a la Protesta contra la torre del sr. Eiffel, enumera todos los usos futuros de la Torre. Todos son, como se puede esperar de parte de un ingeniero, usos científicos: medidas aerodinámicas, estudios sobre la resistencia de los materiales, fisiología del escalador, investigaciones de radioelectricidad, problemas de telecomunicaciones, observaciones meteorológicas, etc. Estas utilidades son indiscutibles, pero parecen irrisorias al lado del mito formidable de la Torre, del sentido humano que ha tomado en el mundo entero. Y es que en este caso las razones utilitarias, por mucho que el mito de la Ciencia las ennoblezca, no son nada en comparación con la gran función imaginaria que a los hombres les sirve para ser propiamente humanos.

Antes incluso del nacimiento de la Torre, el siglo XIX (sobre todo en América y en Inglaterra) había soñado con edificios cuya altura sería sorprendente, pues era un siglo de hazañas técnicas y la conquista del cielo excitaba otra vez a la humanidad. En 1881, poco antes de la Torre, un arquitecto francés había llevado bastante lejos el proyecto de una torre-sol. Ahora bien, este proyecto, técnicamente bastante loco porque recurría al concreto y no al hierro, también se situaba bajo la garantía de una utilidad muy empírica: por una parte, una llamada situada en lo alto del edificio tenía que alumbrar por la noche hasta el último rincón de París mediante un sistema de espejos y, por otra parte, la última planta de este torre-sol (de aproximadamente 300 metros de altura, como la Torre Eiffel) se reservaría para una especie de sanatorio donde los enfermos podrían gozar de un aire “tan puro como el de la montaña”. Pero en este caso, como en el de la Torre, el utilitarismo ingenuo de la empresa no se separa de la función onírica que es infinitamente poderosa y que, en verdad inspira su nacimiento: el uso no hace más que abrigar el sentido.

Así, en el casi de los hombres, podríamos hablar de un verdadero complejo de Babel: Babel tenía que servir para comunicarse con Dios, y sin embargo Babel es un sueño que alcanza profundidades muy distintas a las del proyecto teológico. La Torre, rápidamente desembarazada de los considerados científicos que habían autorizado su nacimiento (aquí importa poco que la torre sea realmente útil), tomó la salida de un gran sueño humano en el que se mezclan sentidos móviles e infinitos: reconquisto la inutilidad fundamental que la hace vivir en la imaginación de los hombres. Al principio, siendo tan paradójica la idea de un monumento vacío, se quiso hacer de ella un tiempo de la Ciencia. Pero esto es sólo una metáfora: de hecho, la Torre no es nada, cumple una especie de grado cero de un monumento. No participa de nada sagrado, ni siquiera del Arte. La Torre no se puede visitar como un museo: no hay nada que ver en la Torre. Pero este monumento vacío recibe cada año más visitantes que el museo del Louvre y notablemente más que el mayor cine de País.

¿Por qué se visita la Torre Eiffel? Sin duda, para participar un sueño del que ella es mucho más el cristalizador que el propio objeto (y ésta es su originalidad). La Torre no es un espectáculo ordinario: entrar en la Torre, escalarla, correr alrededor de sus cursivas es—de un modo a la vez más elemental y más profundo—acceder a una visa y explorar el interior de un objeto. Transformar el rito turístico en aventura de la mirada y de la inteligencia.

La Torre mira a París. Así que visitar la Torre es salir al balcón para percibir, comprender y sabotear cierta esencia de París. Una vez más, es un monumento original. Habitualmente, los miradores son puntos de vista sobre la naturaleza que reúnen a sus pies, sus elementos, aguas, valles, bosques, de modo que el turismo de la “bella vista” implica infaliblemente una mitología naturista. La Torre no da sobre la naturaleza sino sobre la ciudad, y sin embargo, por su posición misma de punto de vista visitado, hace de la ciudad una especie de naturaleza: convierte el hormigueo de los hombres en paisaje. Añade al mito urbano, a menudo sobrio, una dimensión romántica, una armonía, un alivio. Por ello, a partir de ella, la ciudad se incorpora a los grandes temas naturales que se ofrecen a la curiosidad de los hombres: el océano, la tempestad, la montaña, la nieve, los ríos. Visitar la torre no es entrar en contacto con lo sagrado histórico, como es el caso de la mayoría de monumentos, sino con una nueva naturaleza, la del espacio humano: la Torre no es rastro, recuerdo ni cultura, sino más bien consumo inmediato de una humanidad que se vuelve natural a través de la mirada que la transforma en espacio.

¿Qué es, en efecto, un panorama? Es una imagen que tratamos de descifrar, en la que intentamos reconocer lugares conocidos, identificar señales. Tomemos algunas vistas de París desde la Torre Eiffel: distinguimos aquí la colina de Chaillot, allí el bosque de Boulogne. Pero ¿dondé está el Arco del Triunfo? No lo vemos, y esta ausencia nos obliga a inspeccionar de nuevo el panorama, a buscar ese punto que falta en nuestra estructura. Nuestro saber (el que podemos tener de la topografía parisina) lucha con nuestra percepción, y en cierto sentido la inteligencia es esto: reconstruir, hacer que la memoria y la sensación cooperen para producir en nuestra mente un simulacro de París, cuyos elementos están delante de nosotros, reales, ancestrales, y sin embargo desorientados por el espacio global en el que se nos ofrecen, pues este espacio nos es desconocido. Nos acercamos así a la naturaleza compleja, dialéctica, de toda visión eufórica, pues puede deslizarse lentamente, levemente a lo largo de una imagen continua de París, y en un primer momento ningún “accidente” viene a romper esta gran capa de planos minerales y vegetales que, en la felicidad de la altura, se percibe a lo lejos. Pero, por otra parte, este continuo mismo compromete la mente en la cierta lucha, quiere ser descifrado, hay que volver a encontrar signos en él, una familiaridad que provenga de la historia y del mito.

Un panorama no se puede consumir nunca como una obra de arte, ya que el interés estético de un cuadro cesa en cuanto tratamos de reconocer en él puntos particulares surgidos del saber. Decir que hay una belleza de París que se extiende a los pies de la Torre es confesar esa euforia de la visión aérea que solamente reconoce un espacio bien enlazado. Pero también es enmarcar el esfuerzo intelectual de la mirada ante un objeto que pide ser dividido, identificado, atado a la memoria, pues la felicidad de la sensación (nada más feliz que una mirada desde la altura) no basta para eludir la naturaleza preguntona de la mente ante toda imagen. Desde lo alto de la Torre, la mente se pone a soñar con la mutación del paisaje que tiene bajo sus ojos. A través del asombro del espacio, se sumerge en el misterio del tiempo, se deja tocar por una especie de anamnesis espontánea: la duración misma se vuelve panorámica.

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