La importancia que en la vida puede llegar a tener el hecho aparentemente simple de saber leer es infinita. Pensar en ello trae a la memoria situaciones que van de lo insignificante a lo cardinal. Incluso, en ciertas circunstancias, se pudiera hablar de salvar la vida propia, o la de alguien más, debido al saber comprender feliz y acertadamente el significado de las simbólicas grafías de un lenguaje escrito.

Entre esas posibilidades está haber leído oportunamente la fecha de caducidad de algún alimento, salvar riesgos inherentes al manejo inadecuado de ciertos medicamentos o sustancias peligrosas, advertir en plena carretera un letrero preventivo destinado a evitar posibles accidentes o las limitaciones de seguridad para la integridad física en algún sitio determinado; situaciones que tienen que ver con la acertada decodificación fonético-fonológica de las combinatorias alfabéticas.
Ejemplos de cómo la posesión de la clave traductora para enlazar grafías con un significado-significante ha salvado existencias podrían llenar páginas y páginas narrativas o testimoniales.
Aunque también existen historias con las que podemos apreciar cómo la lectura puede salvar a una persona, no de un peligro fatal, sino de algo en apariencia más intrascendente e insalvable: la rutina existencial.
Y aquí es donde aparece mi muy personal recuerdo de la tía Alejandra.
La tía Alejandra, a diferencia de la familia inmediata, no vivía en la gran ciudad, sino que formaba parte de la rama familiar materna que aún radicaba en aquel pueblo donde esos tiempos eran raquíticos en comunicaciones, no en relación al transporte, sino a publicaciones periódicas y medios informativos.

Precisamente, algunos inolvidables fines de semana y unos maravillosos periodos vacacionales, íbamos a pasar el tiempo ahí. En aquel pueblo de mañanas brumosas. Cercano a hondonadas barrancas verdes. Inmediato a arroyos pedregosos y una imponente cascada, cuyo descenso culminaba en una amplia represa bordeada de vegetación.
Llegábamos a la casa de la tía Alejandra, lo que equivalía a decir la misma casa que alguna vez perteneció a la familia, pero que fue vendida cuando esa tribu decidió emigrar a la gran ciudad.
Era gozoso ir a aquel lugar. Despertarse escuchando los cantos de los gallos. Ir al corral a ayudar a recoger los blanquillos recién puestos por afanosas gallinas o por patas salerosas . Sumergirse horas enteras en la pardusca y elevada cisterna, que a manera de improvisada alberca utilizábamos y que estaba en la huerta posterior de aquella casa, junto a hermoso arbusto de cafeto con racimos de frutos en forma de oblongas cerezas oscuras.
En derredor estaban los altos y ásperos árboles de aguacate, floridos guayabos, olorosos limones. La tierra era el primitivo piso húmido, infiltrado de jugosas esencias a campo recién llovido que se extendían por toda la inmensa huerta, mientras el bamboleado vaivén de rústicos columpios construidos con fuertes mecates amarrados en alguna vetusta rama, transportaba en el viento incomparables regocijos infantiles.
La tía Alejandra era la voz cantante en aquel lugar. Había quedado soltera al cuidado de sus padres: el tío Pascual y la tía Emerenciana. Los dos muy mayores, pero todavía activos, resistiéndose al declive de los años. Y ambos jiritos, jiritos, con el erguido garbo de las resecas varitas de la madera añosa.
Pero sin duda alguna, la más activa era la tía Alejandra. Antes que saliera el sol ya estaba atizando la leña en el amplio fogón de la rústica cocina, o lavando el nixtamal que llevaría al molino para convertirlo en masa blanquísima, materia prima del atole endulzado con piloncillo y las enormes tortillas con circunferencias de moreliana, a las que recién salidas del comal se moldeaban en forma de burritos con añadidos granitos de sal; o con la olla de peltre lista para recibir la diaria entrega de una espumosa y acremada leche bronca.

Luego, la tía Alejandra se alistaba para no parar en toditito el día, no al menos hasta después de la hora de la comida, porque llegada la tarde, con el sopor vespertino, la tía Alejandra buscaba su sitio, que no era otro sino una especie de silla abatible que era para uso exclusivo de ella.

Y ahí se sentaba, bajo el tejabán del amplio corredor de aquella casa. Frente al patio arbolado que servía de enlace a recámaras y áreas de servicio en aquella finca donde, las tardes de lluvia, desde descoloridos tejados de barro y con un rumor sincopado escurrían los chorretes de agua que las nubes descargaban.
Todas las tardes la tía Alejandra buscaba su momento de descanso. Pero no era un descanso de simple ocio; no. La tía Alejandra descansaba leyendo ejemplares de periódicos atrasados, que sabe cómo llegaban hasta sus manos desde la gran ciudad. Entonces la vida de la tía Alejandra se iluminaba.
Aquella ruda mujer de manos callosas, modales silvestres, bronco hablar y un cigarrillo sin filtro colgando de sus labios, vespertinamente se transformaba en otra mujer con la simple lectura del periódico; especialmente con la cartelera cinematográfica.
Porque aunque la tía Alejandra nunca iba al cine, le gustaba leer esas carteleras para contarse a sí misma películas que nunca vería.
Con sus lentes de gruesa moldura en pasta café, recorría uno a uno todos los anuncios de los cines citadinos. Leía los títulos, los nombres de los artistas, y esos simples datos bastaban para que ella armara historias noveladas de las cuales más de alguna nos llegría a contar. ¡Mucho antes que inventaran las reseñas o sinopsis en los magazines de espectáculos.
Era todo un privilegio de imaginación el que ella, todas las tardes, desarrollaba. Historias que iba montando sobre las rodillas, bautizando a su antojo a cada uno de los personajes que fantaseaba.
Estoy segura que en otras circunstancias, la tía Alejandra hubiera sido una excelente cuentista o una escritora de guiones cinematográficos y televisivos. Pero esa posibilidad para ella fue desconocida. Además, tampoco creo que le hubiera importado gran cosa.
Su vida era la diaria e invariable rutina doméstica. ¡Y la maravilla de su imaginativa lectura! De no haber sido por esa lectura, estoy segura que su vida hubiera sido triste. Pero es imposible recordarla así.

La lectura de las carteleras la hacía feliz, a su manera. Y eso, es una verdadera transformación que salva una vida, aunque lo anterior no implique que alguien se aleje de un peligro mortal.
Por lo pronto, el recuerdo de la tía Alejandra proyectando su imaginación en aquellas disparatadas historias es tan dulce en la memoria como las deliciosas paletas de obos, resa fruta amarilla con apariencia de ciruelo que sólo se consume en aquella región. Porque, por razones que desconozco, no se puede cultivar en ninguna otra parte del mundo; ni, ya cortados del árbol, tampoco puede ser transportada aún con refrigeración, pues duran frescos apenas unas escasas horas, ya que inmediatamente se comienzan a fermentar.
Consistente resulta el recuerdo de aquella felicidad lectora de la tía Alejandra. Recuerdo aparejado al de las congeladas golosinas que en la nevería de al lado se preparaban, y que ella diariamente nos convidaba. Siempre y cuando… ¡No interrumpiéramos el momento aquel en que ella se contaba, y nos contaba, los argumentos de sus propias, irrepetibles y nunca filmadas películas!

*Una primera versión de este texto se publicó en Tapatío, suplemento cultural del periódico El Informador.

Por Carmen Libertad Vera

Comments

comments