Un mecánico puede convertirse en cronista?

Por Guillermo Osorno

Ilustración por Haydeé Villarreal

Lo primero que tengo que decir de Diego Enrique Osorno es que no somos parientes, aunque él diga que yo soy su tío incómodo. Lo segundo es que durante muchos años yo pensaba que era el único Osorno periodista. Los hermanos de mi papá no se casaron, ni tuvieron hijos varones. Y yo no conocía a otros Osorno, y menos que fueran reporteros.

Pero comencé a mirar a un Osorno que se colaba en las páginas de Milenio y que luego mandaba notas, como partes de guerra, desde el campo de batalla en el que se había convertido Oaxaca en 2006. Ese Osorno también hablaba en el radio para mantenernos al tanto de lo que sucedía por allá. ¿Y saben? Ese Osorno no era yo.

Ese era Diego Enrique, un reportero de Monterrey, hijo de Carlos Gregorio Osorno Sánchez y de Martha Nelly González Garza, que nació en 1980, cuando sus papás vivían en la colonia Terminal de Monterrey, y que vine a conocer en 2007, cuando llegó a la revista Gatopardo, que yo edito, a proponer un texto sobre una mina en Perú.

Desde entonces se ha convertido en un no-pariente cercano. Me ha tocado ser testigo de varias piruetas que ha dado en la vida. La más importante: su conversión al periodismo narrativo, que por mucho tiempo, frente al diarismo, consideró banal —tan ocioso, según me confesó hace poco, como mi persona y la revista Gatopardo—.

Para explicar por qué Diego Enrique vivía en tan grave error, hay que hacer un poco de psicología de banqueta. Remontémonos a su adolescencia. A los 14 años, Diego Enrique se encontraba en una situación complicada: no era muy listo, no era muy guapo y su familia estaba a punto de perder la casa por culpa de la devaluación del peso, la inflación y el aumento inmisericorde de las tasas de interés que ocurrieron al final del periodo presidencial de Carlos Salinas de Gortari.

Entonces Diego no sólo estudiaba la secundaria y trabajaba en el taller mecánico Megías, también se enamoró de Minerva, la chica que era hija de una de las secretarias de la Escuela Secundaria Número 38 “Belisario Domínguez”. Medio gacho y con problemas económicos en la casa, lo único que lo hacía sentir especial era que sabía escribir, o por lo menos eso le había dicho un maestro que, para aprender a usar el procesador de textos de las computadoras personales recién llegadas a la escuela, había organizado un club de periodismo. Diego fue nombrado presidente del club. Él cree que fue en este momento cuando pensó que el periodismo le daría facilidades para obtener un trabajo más interesante que el del taller mecánico.

No sabemos muy bien lo que Dagoberto, el profesor, habrá visto en Diego. A lo mejor la redacción del muchacho era un poco mejor que la de los demás. Si bien su padre no acumulaba muchos libros, sí recibía todos los días el periódico y siempre había libros de vaqueros Estefanía y algunas enciclopedias que Diego devoraba . Carlos era vendedor y viajero y pensaba que, para ejercer bien el oficio, debía de saber cuál era la nota más importante del día; era una estrategia para iniciar una conversación con sus clientes.

Lo que sí sabemos es que Diego entró a la preparatoria a estudiar técnico en sistemas computacionales; era menester ponerse a trabajar rápido, pues para entonces había dejado el taller mecánico. Alguna vez vendió banderas y otros artículos deportivos en las afueras de los estadios de futbol, tanto de los Rayados del Monterrey como de los Tigres de la UANL, así como en el Mercado de Abastos de San Nicolás y en la calle Pablo A. de la Garza. También fue obrero en una fundición de aluminio de El Mezquital, Apodaca, a unos metros de la casa del Doctor Margil Yáñez, cuna de un movimiento clandestino de los setenta que en los noventa se convertiría en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Los primeros comunicados del Subcomandante Marcos, Diego los leyó al salir de la fundición de aluminio porque había unos vecinos misteriosos que los regalaban. Años después, Diego se volvería adherente de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

A la par de eso, en la Prepa 16 comenzó a editar un periódico que se llamaba Taurus, en honor a los toros, la mascota del equipo. Su primera nota decía: “Estuve a punto de ser violada: Misada”. Misada era la astróloga más famosa de Monterrey. El día que fue a entrevistarla, le contó que la iban a violar un día que estaba consumiendo drogas en La Presa de la Boca. Aquel fue el primer escándalo de los muchos en los que ha estado involucrado.

Diego termina la prepa. La economía familiar ha mejorado y él cuenta ya con un ingreso propio. Así que en vez de enrolarse en la Universidad de la Vida, puede inscribirse a la Universidad Autónoma de Nuevo León para estudiar periodismo. Una semana antes de que comenzaran las clases, una vecina, la señora Cande, le avisa que había conseguido una cita, como Diego le había pedido, en la estación de radio donde ella trabaja como vendedora. Diego asiste a la cita. Le dan trabajo en Grupo Radio Alegría por sus conocimientos de computación. Busca en internet notas nacionales e internacionales que se insertan cada hora entre la programación musical. Luego le dan la oportunidad de comenzar a reportear, pero le asignan los municipios más complicados y lo ponen a entrevistar a personas cuya opinión nadie valora. Lo salva de la ignominia informativa Jorge Villegas, un reconocido periodista regiomontano, fundador de la carrera de periodismo del Tecnológico de Monterrey, quien llega a Radio Alegría a refugiarse de un conflicto que tuvo con los dueños de El Diario de Monterey.

Villegas se convirtió en una especie de mentor. Comenzó a guiar a Diego, a darle sus primeras lecturas de periodismo, y lo ayudó a entrar al ABC, un periódico local de circulación limitada. Diego editó La Humareda, la página de cultura, junto con el poeta Armando Alanís. Hacían experimentos raros. Por ejemplo: en un aniversario de la ciudad, publicaron artículos sobre Monterrey en distintos idiomas. Fue un gesto tan absurdo que el editor del periódico canceló la sección.

De la cultura, Diego pasó a la agricultura. Gonzalo Estrada, dueño del ABC, lo nombró editor de una publicación hermana, La Voz de la Región Citrícola, un periódico para los agricultores cuyos temas eran tan interesantes como el incremento en el robo de las vacas, la llegada de un plaguicida a los pueblos o el auge en el uso de la bicicleta. Aunque editaba el periódico desde una oficina grande en Monterrey —donde recibía a sus reporteros, que también eran sus compañeros de clase—, de vez en cuando tomaba el camión hasta Linares para ver qué pasaba en el centro de la región, a dos horas de la ciudad.

Aunque Diego apenas tenía 18 años, convenció al director del ABC de abrir un periódico universitario, donde él y su equipo comenzaron a hacer el tipo de periodismo que no podían ejercer en la región citrícola. Era el reportaje de investigación lo que les interesaba. Reportearon, escribieron y editaron notas sobre las irregularidades en las rutas de camiones que llegaban a la universidad, sobre las estudiantes que bailaban en los table dance de Nuevo Laredo para sostener sus carreras, sobre los maestros que cobraban por pasar. Sólo la directora de la carrera aparecía con buena luz en una página oficial. Las demás estaban dedicadas a ilustrar cosas raras de Monterrey. El periódico Vértice tuvo su éxito.

En 2000 llegó a Monterrey Luis Petersen, un periodista de Guadalajara que había participado en la fundación del legendario diario Siglo XXI. Iba a Monterrey a ejecutar la transición de El Diario de Monterrey a Milenio. En una ocasión que fue a la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León a dar una conferencia, conoció el periódico Vértice y pronto buscó a Diego para hablarle del nuevo proyecto y ofrecerle un puesto como reportero. Diego aceptó el trabajo, aunque el salario fuera menor que el que tenía como editor de un periódico rural.

Vértice resultó el vivero donde Petersen encontró otros reporteros como Raymundo Pérez Arellano y Adriana Esthela Flores, que, junto con Diego, comenzaron a publicar sus notas en Milenio y a sentir que, ahora sí, tenían impacto, porque el foro era más grande. Esto los animó a sacarle punta a su instinto escrutador. La primera nota que Diego hizo en Milenio puso al descubierto, por ejemplo, cómo la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC) controlaba la red de prostitución a domicilio en la ciudad. Aquello provocó muchas llamadas al periódico, amenazas y protestas afuera de las instalaciones.

Por estos días, Diego descubrió entre los libros que le había dado Villegas los de Günter Wallraff, escritor y periodista alemán, conocido por sus grandes reportajes encubiertos. Y así comenzaron una serie de notas que utilizaban los mismos procedimientos de reporteo. Fernando Canales, candidato del PAN, había ganado la gubernatura de Nuevo León. Corrían vientos que, se suponía, iban a limpiar el aire político de la corrupción del pasado. Una de las primeras medidas del nuevo gobernador fue crear una policía municipal para Monterrey. El gobierno construyó grandes instalaciones. Y Fox fue a inaugurarlas. Ese mismo día en la tarde, Diego se paró en la Macroplaza con una cerveza abierta en la mano —en Monterrey está prohibido beber en la vía pública—. Agentes de la nueva policía lo detuvieron y lo subieron a la patrulla para extorsionarlo. Lo llevaron a un cajero automático de Zaragoza y Washington, junto al periódico El Norte. Allí, Diego les dio la mordida que lo liberó. Un fotógrafo de Milenio, escondido, registró todo el movimiento. Al día siguiente, El Norte publicó en primera plana una foto de Fox inaugurando el centro de la policía municipal mientras Milenio sacó la siguiente cabeza: “Policía nueva, viejos vicios”, con la foto de Diego dando dinero a los agentes. Las autoridades le abrieron un proceso por cohecho, pero el director de la corporación cayó a la semana, tirado por el peso del escándalo.  

Las relaciones del reportero con el gobierno no eran buenas, pero llegaron a un punto de deterioro crucial un par de años después, cuando Diego publicó una foto en la que aparecía el gobernador Canales con Eudelio López Falcón, “El Yeyo”, jefe del Cártel de Sinaloa en Monterrey.

La historia es la siguiente: en 2002, fuerzas especiales descendieron del cielo en paracaídas camuflados y aterrizaron en Guardados de Abajo, una ranchería de Ciudad Alemán, Tamaulipas, a cuatro horas de Monterrey, para capturar a Gilberto García Mena, el enlace entre empresarios narcos del noreste y la gente del Cártel de Sinaloa. Diego fue enviado a cubrir la operación. Allí estableció relación con el fiscal a cargo del operativo, José Luis Santiago Vasconcelos, que luego se convirtió en el fiscal antidrogas y murió en un accidente de avión en la Ciudad de México, junto con el Secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. Era la primera nota que Diego cubría sobre drogas, el preludio de lo que vino después. En cualquier caso, fuentes de la PGR que cultivó en esa ocasión le pasaron después un pitazo: había una foto del gobernador Canales con el jefe del Cártel de Sinaloa. Esa foto había salido en el periódico El Norte. Diego pasó semanas revisando la publicación hasta que la localizó. En realidad se trataba de una foto tomada en la apertura de un restaurante donde estaban el gobernador y “El Yeyo”. El restaurante era de una prima de Canales; ella tenía unas ferreterías que estaban en quiebra. Un señor de Tamaulipas —el jefe del Cártel— se las había comprado, y con ese dinero ella abrió un comedero en las afueras de la ciudad. No es que la foto comprometiera a Canales, sino que mostraba cómo los traficantes de drogas se movían impunemente entre las élites de la ciudad.

Jorge Fernández Menéndez, entonces director de Milenio Semanal, publicó la foto. Unas semanas antes Canales había dicho que los narcotraficantes le hacían los mandados. Era el primero de diciembre de 2002. Quince días después, Diego se fue a Europa. Lo que era un viaje para celebrar que había terminado la escuela se convirtió en una especie de exilio para aislarlo de las fuertes tensiones que crecieron en Monterrey por la publicación de la foto.

Para aprovechar el tiempo, además de trabajar en la estación Top Radio, se metió a estudiar un curso de información y guerra en la Universidad Complutense. Eran los tiempos de la invasión de Estados Unidos a Irak, de la alineación de España a la política estadunidense y de las protestas multitudinarias en Madrid. No sabemos por qué, pero Diego se encendió con las protestas y estaba dispuesto a irse como escudo humano (luego Diego supo que los escudos humanos son como los tontos de la guerra, que Sadam Hussein los ponía como carne de cañón en los sitios que probablemente bombardearían los americanos). En España, Diego también empezó a leer a Ryszard Kapuscinski y a imaginarse a sí mismo de forma más nítida como periodista, a reflexionar sobre el enfoque social de su trabajo, y comenzó a buscarse una guerra para cubrir.

Antes que ir a Medio Oriente, un profesor le recomendó regresar a Latinoamérica a conocer sus conflictos y reportearlos. Le señaló Cuba. Le dijo que allí se estaba jugando nuestro futuro como región. Y así, Diego regresó a México con un proyecto: si Kapuscinski había escrito El Imperio, un relato de viajes por la antigua Unión Soviética entre 1987 y 1992 —que es también un reportaje a ras de suelo sobre su desmoronamiento—, él escribiría La Isla. Quería irse a vivir a Cuba para escribir sobre la vida de las personas en la etapa terminal del comunismo. Iba a mantenerse con los seis mil pesos que le daban al mes por las columnas semanales que publicaba en Milenio con el título de “Freak Escribe”.

El periodismo le tenía preparada una sorpresa: terminó viviendo en el Distrito Federal. Primero por un periodo de tres meses, a petición de sus jefes, que lo querían acá para reforzar la edición local de Milenio. Diego comenzó a cubrir la Cámara de Diputados casi como castigo, porque uno de los directores del diario en la ciudad de México no estaba de acuerdo con la llegada del joven reportero, que tenía sólo 23 años, y pensaba que ponerlo a cubrir una de las fuentes más ásperas era una forma de evidenciar sus carencias. Pero esos tres meses se extendieron en otros tres y luego en otros tres y la pinche capital y sus miserias y la grilla en el diario se convirtieron por obra de la seducción urbana en la gran ciudad y sus placeres y en una oportunidad para mirar la política nacional desde el privilegiado balcón legislativo, donde Diego reporteó de forma destacada la rebelión contra Elba Esther Gordillo y el desafuero de René Bejarano. En la Cámara de Diputados, además, Diego conoció a líderes latinoamericanos de visita por México y de vez en cuando viajaba, en sus vacaciones y por su cuenta, a trabajar, ahora a Bolivia, luego a Venezuela, a veces a Cuba, también a Haití y Perú, para hacer coberturas. En eso, se desató el dramático desafuero de Andrés Manuel López Obrador como preludio del proceso electoral. El trabajo en la Cámara de Diputados se hizo intenso. Diego pensaba que, si ya no pudo hacer lo de Cuba, debía esperar a que pasaran las elecciones en 2006 para irse a Kenya, donde asistiría al foro social mundial, y desde allí seguir como fuera los pasos africanos de Kapuzcinski.

Sólo que estalló un conflicto en Oaxaca. Uno de los gobiernos más rapaces del país reprimió un movimiento social largamente gestado, y aquello se convirtió en la primera insurrección mexicana del siglo XXI. Diego se fue a vivir a Oaxaca seis meses, entre julio y diciembre de 2006. Escribió para Milenio y hacía coberturas para el radio.

Antes de Oaxaca, yo había estado en Bolivia durante el alzamiento de mineros e indígenas encabezados por Evo Morales”, escribió Diego. “Había tenido la oportunidad de permanecer 15 días en Haití, donde la ONU realizaba una misión especial para recuperar los territorios de manos rebeldes, y me habían tocado los agitados comicios de Venezuela en los que Hugo Chávez sometió a referéndum su permanencia en el poder. Sin embargo, nunca había estado, literalmente, en medio de una balacera. Fue en Oaxaca dónde no sólo lo viví por primera vez, sino que me acostumbré [a los balazos], si es que uno se puede acostumbrar”. Oaxaca era la guerra que estaba esperando.

Un día recibió una llamada de Ricardo Cayuela, editor de Letras Libres, para pedirle una crónica de largo aliento. Diego no sabía bien cómo se escribía una crónica de más de 20 mil caracteres, pero compuso una pieza titulada “Todo está mal en Oaxaca”. La crónica fue la portada de la revista en enero de 2007. Andrés Ramírez, editor de Random House Mondadori, leyó la crónica y le pidió a Diego un libro. Finalmente, Diego se fue a Cuba, pero no a registrar La Isla, sino a escribir sobre Oaxaca.

Oaxaca Sitiada (2007) narra la gestación, desarrollo y desenlace del conflicto. Es un retrato del autoritarismo y la corrupción de los gobiernos priistas del estado, pero también de las sinuosidades ideológicas del movimiento social. Sobre todo, se iba a convertir en un documento indispensable para entender lo que allí había pasado, y en una estampa de nuestra fallida democracia.

Cuando tenía el manuscrito casi terminado, Diego buscó a Lorenzo Meyer, profesor de El Colegio de México, quien lo había mencionado en uno de sus artículos del periódico Reforma. Diego quería pedirle un prólogo. Así fue como llegó al Colegio de México y conoció al asistente de Meyer, Froylán Enciso.

Froylán tiene más o menos la misma edad que Diego. Había trabajado como asistente de investigación en la corresponsalía en México de Los Angeles Times, y por eso también posee un agudo sentido del periodismo. Su origen sinaloense, su conocimiento del tema de las drogas y su formación académica seguro fueron ingredientes que cebaron una relación de amistad y trabajo.

Froylán no sólo consiguió el prólogo de Meyer, sino que ayudó a Diego a concebir y construir su siguiente libro: El Cártel de Sinaloa (2009), un best-seller. Se trata de un libro extraño pero necesario. Extraño porque está hecho con muchos pedazos de reporteo. Necesario porque, como dice Froylán en el prólogo, es la primera denuncia contundente que se hizo contra la estrategia del presidente Calderón de guerra contra las drogas, y también “combate el silenciamiento de voces fundamentales en la discusión pública, sin dejarse intimidar por los fundamentalismos morales”; es decir, le da la voz a los narcotraficantes, prominentemente a Miguel Ángel Gallardo Félix —líder de los sinaloenses en los años ochenta— y a su familia.

Finalmente, debo concluir que Froylán me presentó a Diego. Y aquí, señoras y señores, es cuando entro yo, el otro Osorno, a sacar a Diego de su error. Jeje.

*****

Otra cosa que tengo que decir de Diego es que trabaja como enajenado. No deja de sorprenderme la capacidad que tiene de hacer malabares con dos o tres temas al mismo tiempo. En una ocasión me dijo que en su apartamento de la colonia Condesa había acondicionado dos lugares de trabajo con dos computadoras distintas, para poder pasar de un tema a otro.

A principios de 2011, Diego estaba desmontando ese apartamento porque había terminado su relación de trabajo con Milenio y decidió mudarse a Nueva York, donde trataría de aislarse para escribir, cómo no, dos libros y varios reportajes, más lo que se acumulara en la semana, al mismo tiempo que cocinaba un documental sobre un texto que publicó en Gatopardo y una película sobre un reportaje que publicó en la revista Chilango. A pesar de ser sábado, Diego acababa de tener una comida de trabajo con la investigadora Ángeles Magdaleno y una fugaz reunión con la periodista Marcela Turati. Me había citado a mí en el mismo restaurante para luego llevarme al mentado apartamento y hablar de trabajo también, mientras los señores de la mudanza cargaban unas cajas que llevarían a casa de quién sabe quién, donde Diego tendría otras reuniones y más trabajo.

Y de eso quiero hablar, de trabajo. Del trabajo que ha hecho Diego en la revista Gatopardo. Un poco en broma, decimos acá que se ha convertido en nuestro corresponsal municipal, porque ha puesto el ojo en distintos municipios del norte del país para narrar la guerra contra las drogas. También publicó un relato sobre el grupo Calle 13; las memorias de Miguel Ángel Félix Gallardo, el líder histórico del Cártel de Sinaloa, que consiguió por medio de su hijo; un trabajo sobre el Internet y la disidencia en Cuba; la historia de Roberto Zavala Trujillo, padre de uno de los niños muertos en la Guardería ABC de Hermosillo, entre otras crónicas. La etapa de Diego en Gatopardo es la de su conversión: el paso de un reportero a un cronista que, como dice la canción de “El Rey”, sabe que no hay que llegar primero, sino que hay que saber llegar.

Y ya, fuera de broma, en esto yo no he tenido nada que ver. No. Diego salió solito de su error, por decirlo así. Acaso la revista fue el espacio y el testigo de esta transformación. Fue en el blog que Diego tiene en gatopardo.com donde hizo público este cambio y donde explica las verdaderas razones del mismo. El texto se llamó “Un joven zeta mexicano”. Miren:

Aunque en la década pasada redacté y publiqué más o menos siete mil notas (la respectiva carpeta de mi computadora indica eso), mi anhelo suele ser el de involucrarme y contar lo que veo y escucho en los lugares a los que voy, sobre todo cuando viajo a los que casi nadie puede o tiene a que ir. A partir de 2007, la necesidad de narrar, más que de registrar lo que pasaba de acuerdo con un preformato, se volvió imperante. Peor aún: deber moral, debido a que veía cómo iba gestándose un esperpento que cuatro años después adquirió el tétrico y aún cambiante rostro de cuarenta mil personas muertas. Quizá es prematuro afirmarlo con todas sus letras, pero es probable que la lógica seguida por los medios de comunicación, de aproximarse con vocación estadística, cuasi deportiva, a la violencia desatada en varios lugares del país —una lógica que yo también seguí— en algo ha de ser cómplice de la tragedia nacional […]

Una vieja lección de periodismo de Alma Guillermoprieto parece hoy más valiosa que nunca. En ella aconsejaba algo que en el grueso de las escuelas de comunicación te prohíben: que los reporteros mezclemos la información recopilada con observación, análisis y nuestras reacciones personales. Alma resaltaba el poder del periodismo narrativo frente a la información dura. Un poder superior por una cosa: las historias permiten que el lector pueda pensar sin reservas, entender realmente algo, mientras que, con una nota breve (o siete mil) se alimenta en los lectores una tramposa sensación consoladora de que el mundo gira demasiado rápido y de que no tenemos tiempo de detenernos a hacer algo a lo que sí te obliga una historia bien narrada: pensar.

Otra lectura, pero reciente y de ficción, 2666, del espiritifláutico Roberto Bolaño, acabó por hacerle captar al reportero que soy, el valor de cierta narración exhaustiva, hasta maratónica, cuando se hace lo que en apariencia es imposible de hacer: hablar del narcotráfico sin mostrar narcotraficantes. Hoy entiendo que la violencia mexicana exige una implicación personal total y algo bizarra para tratar de entenderla. Cuando comprendí esto debí asumir un pacto con el periodismo narrativo, al que me refiero a veces como periodismo infrarrealista, no sé bien por qué, aunque seguro que algo influye el que fui un pésimo poeta precoz y, por supuesto, el haber estado más de una vez, caminando de noche, las calles de Santa Teresa, Sonora.

A queridos colegas a los que comentaba esta decisión les preocupaba mi forma de pensar. Lo veían como una especie de claudicación, de rendición frente al diarismo, la única forma posible en la que ellos conciben que se puede hacer periodismo, y que de hecho es así, en términos formales. Ellos me decían con palabras cariñosas que al dejar de trabajar en un periódico estaba dando un salto al vacío. Pero el pacto estaba firmado. La conciencia te mueve y tienes que caminar junto a ella, no sin una sensación interior bien oculta, de vértigo y desamparo, tras haber militado desde los quince años en redacciones informativas protectoras, narcisistas, alocadas y entrañables”.

Los textos publicados por Diego en Gatopardo son, como me dijo él mismo en una ocasión, “la constatación de que el periodismo narrativo puede ser tan subversivo como una rebelión”.

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