La situación escolar está peor cada día. En eso, según parece, casi todos estamos de acuerdo. Para algunos, el problema consiste en que la demanda de educación ha crecido de una manera que es imposible da satisfacer; para otros, lo que ha pasado es que los estudiantes han perdido la fe en sus maestros y se han vuelto revoltosos; para otros más, la crisis ha sido causada porque la gente ha llegado a convencerse de que el que no tiene un título colgado de la pared están corriendo el riesgo de acabar en empleado de Servicio de Limpia; esto hace que las escuelas y las universidades no sean más que campos de concentración en los que los jóvenes pasan entre catorce y dieciocho años de su vida con la esperanza de lograr al final, un papel que los defienda de los embates de la fortuna y los ponga en condiciones de competir.

Tanta preocupación ha causado el problema, que ya están apareciendo soluciones. Una de ellas, la más drástica, es la china. Allí llegaron a la conclusión de que como profesionistas que estaban produciendo las universidades, lo mejor era cerrarlas por un tiempo. Ahora ya las volvieron a abrir, y parece que la capacidad de admisión de alumnos de nuevo ingreso en toda China es la décima parte de la que tiene la Universidad de México. Otra solución que ha sido propuesta consiste en abolir por completo las escuelas y dedicar los fondos que antes se invertían en este concepto en formar bibliotecas y salones de conferencias a los que puedan asistir los que realmente estén interesados en aprender cosas, sin obtener por ello ningún título.

Una de las peculiaridades que tiene este problema es que mucha gente lo considera novedoso. Como si algo hubiera pasado en el mundo en los últimos diez años que hubiera echado a perder las universidades, los maestros y los alumnos.

En realidad yo creo que la situación ha sido la misma desde el momento en que se descubrió que aplicando las leyes de Newton se puede calcular una viga, ahorrarle con eso mil pesos a un cliente y cobrarle doscientos por el servicio. Lo que hace la gente en las escuelas no es buscar conocimientos, sino procurar no morirse de hambre.

Y hacen bien, porque los conocimientos que adquiere uno en la escuela son mínimos. La verdad de esta afirmación la puede comprobar cualquiera, haciendo memoria. Trasladémonos con el pensamiento a un año cualquiera de nuestro aprendizaje y veremos que los recuerdos que se nos vienen encima son, aparte de deprimentes, muy divertidos.

Por ejemplo, el primero de secundaria. Uno de los rasgos fundamentales de este grado para mí, fue la aparición en mi vida del maestro Raspita (de Aritmética), conocido por los alumnos de tercer año como la Cachimba. A la colaboración entre Raspita y yo se debe que yo nunca haya podido aprender a sacar raíz cuadrada o raíz cúbica de un número. Esta deficiencia, que yo consideraba una desgracia, me persiguió hasta la Escuela de Ingeniería, en donde descubrí con satisfacción, que el setenta por ciento de los maestros compartía mi incapacidad y la remediaba usando la regla de cálculo, que para eso es.

Aparte de no enseñarme a sacar raíces, Raspita dejó en mi memoria, muy bien grabadas dos palabras que nunca había oído antes de conocerlo y que no he tenido necesidad de usar después: “momio” y “guarismo”, por número.

En primero de secundaria también, me daba clase un señor chaparro, que tenía un traje negro, portafolios y los pelos en forma de aureola. La influencia que este hombre ejerció en mi vida es tan leve que no recuerdo ni siquiera qué materia enseñaba. Se apellidaba Moreno.

Otro maestro famoso era el de Cosmografía. Era blasfemo. Nos escandalizó el día en que anunció que la Biblia estaba equivocada, porque en la Tierra no había agua suficiente para producir el Diluvio. Pero aparte de blasfemo era astrónomo y ahora comprendo que sabía expresarse, porque me inculcó la idea de que la Tierra no es más que un cuerpo minúsculo perdido en la nada, que forma parte un sistema que se va ensanchando, como partículas expulsadas centrífugamente por causa de una explosión. Era más de lo que yo estaba capacitado para aprender. Pasé varios años convencido de que la vida no vale nada.

El profesor de Botánica nos producía un terror completamente irracional, porque era muy buena persona. No logró, en su exposición, conectar lo que estaba enseñando con la realidad.

Prueba de esto es que nunca en mi vida he tomado algo entre mis manos y dicho:

—Esto es dicotiledóneo.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1971).

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