¿El amor puede ser un motivo de lucha?

Por Karem Nerio

Ilustración por Cristina Guerrero

Lunes por la noche en casa de la familia Rivera en San Nicolás de los Garza, Nuevo León, México. Gritos y golpes se oyen afuera. Rompen el sueño, trastocan el pensamiento. Roy Rivera y su hermano menor, Ricardo, bajan a averiguar lo que sucede. Toman un par de cuchillos de la cocina y luego se plantan sobre las escaleras cuando irrumpe un grupo de hombres uniformados con la leyenda de la policía del municipio de Escobedo. Llevan armas largas de mira láser que acaban con la tranquilidad de ese 11 de enero 2011.

Roy y Ricardo suben a proteger a Alma Leticia Hidalgo, su madre, quien pide socorro en el balcón. Roy corre por ella y la abraza contra el suelo. Los uniformados entran al dormitorio. Golpean a cachazos a Ricardo. Uno habla.

—Son unos morritos.

—¿Quién es el mayor? —pregunta una voz grave.

Ricardo dice “yo”, y con la respuesta vienen más golpes. Cuando están a punto de llevárselo del cuarto, Roy grita:

—Déjenlo, yo soy el mayor.

Roy Rivera, estudiante de la Universidad Autónoma de Nuevo León es privado de su libertad a los 18 años. Tres años después de su desaparición, su madre, Letty, ha recorrido esperanzada los sinuosos senderos de la burocracia del Estado mexicano y las colinas de las organizaciones no gubernamentales.

El cabello de Letty es ondulado, de un tono entre rojo y naranja, usualmente sujeto en una media cola y dos ligeros mechones que descansan sobre su frente. Su cabellera es lo primero que notaban en la agencia del ministerio público, zona norte, cuando le decían que se fuera porque no había avances en la búsqueda de su hijo. El miedo congeló a la familia los primeros días, pero luego se sobrepusieron y denunciaron la desaparición de Roy en marzo. Un día después de haberlo hecho, Letty acudió junto a su madre, su tío y su hijo para saber qué seguía en la investigación. La respuesta fue una: “Sí, aquí está la denuncia”. Desde entonces Letty acude puntualmente con libreta en mano para presentar datos, proveer información y hacer el trabajo que deberían hacer los policías.

Junto con su hijo Ricardo, o Richi, como ella lo llama, Letty acudió al acto de bienvenida a Monterrey que hubo en junio del 2011 en honor de la Caravana por la Paz, un movimiento iniciado por el poeta Javier Sicilia ese mismo año. Sin conocer a nadie y con lo visto en televisión como única referencia, Letty acudió a dar el testimonio de su caso y a ver de qué forma podían ayudarle a encontrar a su hijo. Llegó con una fotografía de su Roy y su historia.

—Fue un desastre — comenta Ricardo, pues no había dado su nombre ni el de Roy cuando compartió su testimonio—. Yo no supe qué dije, o sea, no me reconozco porque yo no puedo recordar.

Pero ese día su cabello rojo y su caso cruzaron camino con CADHAC (Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos), asociación civil que trabaja en pro de los derechos humanos bajo el liderazgo de Consuelo Morales, un religiosa que lleva más de dos décadas defendiendo la causa en Monterrey.

Con la hermana Consuelo Morales, Letty comenzó a darse cuenta de la cantidad de denuncias de desapariciones forzadas que llegaban y cómo la organización no podía darse abasto. Los casos se desbordaban hasta el punto que Letty pasó al otro lado del mostrador con la intención de agilizar la búsqueda de su hijo. Pero también ayudaba a tomar datos o recoger expedientes de otros padres o madres. Ahí conoció a Lourdes Huerta, madre de Kristián Flores Huerta, desaparecido desde agosto del 2010; Kristián salió a trabajar y no lo volvieron a ver. También conoció a Juana Solís, madre de Brenda Damaris Gonzáles Solís, quien desapareció en junio del 2011 y cuyo caso ha sido cubierto por los medios a raíz de muchas irregularidades, como la entrega de lo que se supone eran sus restos y la recomendación de incinerarlos.

Un mes después de la visita de la Caravana por la Paz, el 7 de julio 2011, algunas familias de desaparecidos se sentaron con el procurador Adrián de la Garza y los coordinadores de los ministerios públicos de Nuevo León. Durante la reunión se revisaron uno por uno los avances en los casos. Cada familia constató lo poco que se investigaba, comenta Letty. Ella llevó una lista de todas las cosas que había entregado para la búsqueda, pues meses antes su madre le recomendó llevar un registro en libretas (a la fecha, Letty ha llenado cinco). Sin embargo, cuando le entregaron el expediente del caso de su hijo, vio con asombro que éste no tenía absolutamente nada, sólo las tres páginas de la denuncia.

La coordinadora del ministerio público, María de la Luz Balderas, encargada del caso de Letty, reconoció que faltaba todo el material que ella había entregado y pidió que la acompañara después para salir del apuro. Adrián de la Garza le dio una cita para el día siguiente, pero Letty desistió de su exigencia por resultados con una frase que vio en una de las Marchas por la Paz: “No todos los padres somos poetas, pero todos los hijos son poesía”. Quién sabe qué habrá pensado Javier Sicilia, ahí presente, recuerda Letty. Lo importante es que gracias a esa insistencia consiguió una cita mensual con el procurador para conocer de manera directa los avances en la investigación de la desaparición de Roy.

Los grandes ojos cafés de Letty —tan tiernos cuando sonríe, pero temibles cuando frunce el ceño— vieron puertas desconocidas, pasillos interminables y escritorios de burócratas adormecidos por el trabajo. Escondido entre guiones y diagonales, el número de averiguación previa que se le otorga a quien pone la denuncia, en este caso de una desaparición, es un código para ubicar la agencia del ministerio público, el año, el número del caso y el escritorio donde puede ir uno a conocer los avances de la investigación. Una de las recomendaciones más importantes es saberse de memoria el número de averiguación previa. Ese papelito que se entrega cuando se pone la denuncia —en medio del terremoto de desconcierto que un familiar experimenta, cuando no se conoce el paradero de un ser querido, cuando no se sabe si pasa hambre, si está herido o si aún vive— no dice qué procede, no da señales y no representa en lo absoluto el trato humano que se necesita para guiar a una persona por estos senderos.

Así como el número de averiguación previa, Letty supo que cuando uno pone una denuncia en CADHAC, tiene derecho a una copia, la cual es facilitada por su abogado. El denunciante puede revisarla, estudiar la declaración y saber de lugares en donde se puede comenzar la búsqueda. Sin embargo, en el ministerio público, la respuesta más común para quien desconoce los procedimientos judiciales sería que “no se dan copias” y que la denuncia ahí se queda.

Cifras de desaparecidos llegaban a los oídos de Letty, al igual que los rumores de las marchas. Acompañada por Ricardo, ahora un joven de 19 años, acudió a una marcha en honor a las 52 personas que perdieron la vida en el Casino Royale durante un incendio que provocó terror; fue uno de los ataques más directos del crimen organizado a la clase media de Monterrey. En esa marcha, Letty y su hijo conocieron a Indira Kempis y a Jesús Gonzáles, activistas que desde el 2010 se han movilizado a raíz de la violencia, como lo hizo la Asamblea Estudiantil del Tec tras el asesinato de los estudiantes Javier y Jorge en el campus principal del Tecnológico de Monterrey. El Contingente Monterrey, este colectivo donde participaban Indira y Jesús, tenía la iniciativa de poner zapatos de víctimas en un performance callejero en el que la gente pudiera relacionarse con ellas y así comenzar la ardua tarea de despertar una conciencia entre una sociedad que sufre de apatía y miedo. Esta forma de búsqueda provocó que Ricardo le dijera a su madre: “Oye ma’, mira a estos chicos, Indira y Jesús.” Y Letty comenzó a dialogar con ellos.

Para esas fechas, los oídos de Letty habían escuchado un “no” consecutivo cuando era tiempo de exigir resultados al gobierno. Desde CADHAC, el movimiento era limitado. La hermana Consuelo Morales, dice Letty, eventualmente “me invita a que lleve mi liderazgo a otro lado”, y después de caminar sola un rato, la madre de Roy Rivera Hidalgo escucha la palabra colectivo, organización, trabajo horizontal o difusión de la información y su búsqueda emprende una nueva escalada entre las colinas de las organizaciones no gubernamentales, ahora desde un colectivo.

Entre estas colinas se cantan de una a otra la información, en eco, y después intentan producir sonidos contundentes. Letty conoció este camino a profundidad gracias a defensores de derechos humanos, abogados, activistas, periodistas y más familiares de víctimas. Todos la acompañan mientras recorre esta sombra envolvente de la desaparición forzada.

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Privación ilegal de la libertad” es el estado con el que se etiqueta el caso de Roy. No es un secuestro, pero tampoco una desaparición forzada, ya que una de las condiciones para que se dictamine como tal acto de lesa humanidad es que se comente con aquiescencia, es decir, aval del Estado, y que éste mismo reconozca que ha sido uno de sus brazos quien lo comenta. La desaparición forzada en México no es la misma que a finales de los años 60 o 70, que a su vez tiene una historia distinta a los 30 mil desaparecidos en Argentina o los mil 200 de Chile. Sin embargo, el dolor unifica a las madres en Argentina, Chile, Guatemala, Nicaragua, El Salvador y también en México, donde todavía se buscan hijos e hijas.

Esta práctica para infundir terror en México se sistematizó durante los años 70 contra defensores de derechos humanos, periodistas o aquel que no fuera partidario del régimen, y es una herencia que se carga todavía hoy, en el 2013. En palabras de Andrés Díaz, quien trabaja en el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez A.C: “Tal vez en Argentina un militar pensaría dos veces antes de desaparecer a alguien, pero en nuestro país el servidor público no aprendió que esto no se debe hacer”.

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Conforme el eco aterrador de la desaparición forzada rondaba en la mente de Letty, escuchó el rumor de unas mujeres en Guadalajara que bordaban por la paz. Un colectivo de artistas en la Cuidad de México llamado Fuentes Rojas comenzó a bordar en rojo los asesinatos de la guerra contra las drogas. Esta idea la tomaron las Bordadoras por la Paz en Guadalajara e invitaron al colectivo donde se encontraba Letty, LUPA (Lucha por Amor, Verdad y Justicia), a bordar las historias de asesinados. LUPA era un colectivo conformado por familiares de desaparecidos, activistas y otros amigos solidarios. Sin embargo, en Nuevo León, además de bordar las historias de asesinados en rojo, bordarían en verde esperanza las vidas de los desaparecidos. Las manos de Letty tomaron ese aro café claro, un pañuelo blanco, hilo y aguja. Bordó el nombre de su hijo Roy Rivera en verde junto con la fecha de su desaparición.

Un año después del aniversario de la desaparición de su hijo, Letty comenzó a bordar, junto con otros familiares y gente solidaria, las historias de más mexicanos y mexicanas que conforman las cifras de la guerra. A lo largo del 2012, el colectivo se juntaba cada domingo en el Kiosco Lucila Sabella, sobre la Macroplaza de Monterrey. Durante estos domingos de bordados, más familiares de víctimas se acercaban y conocían de la organización, pedían consejo o bordaban las historias de sus seres queridos. La tarea era platicar con la historia de la persona, crear memoria e indagar en las cifras para comprender que no son un número más que archivar en los escritorios de los ministerios públicos o en la Procuraduría General de la República (PGR). Durante el 2012, LUPA se transformó en otro colectivo, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León (FUNDENL), un brazo de FUNDEMEX (nacional) y FUNDEC (Coahuila). FUNDENL brinda asesoría legal y psicológica a familiares o conocidos de alguien que ha experimentado una desaparición. El terremoto del desconcierto que provoca la repentina ausencia de un familiar, aunado a la desconfianza que infunde el Estado y el desconocimiento que se tiene de la materia genera que las personas no denuncien o abandonen súbitamente las esperanzas de encontrar a los suyos. Letty ahora ya no sólo ve las injusticas, también escucha y aprende; lucha con las manos y toma el micrófono para transmitir en palabras la indescriptible experiencia de vivir en la sombra envolvente de la desaparición forzada. Letty y más miembros del colectivo se informan sobre la ley y los derechos humanos, investigan sus propios casos juntos y se capacitan para enfrentar a los medios de comunicación.

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El 4 de octubre del 2013 se llevó a cabo un conversatorio sobre la Ley General de Víctimas y Derechos Humanos en la PGR, delegación Nuevo León. Esta ley es producto de la movilización de asociaciones civiles que luchan en pro de los derechos humanos en México, así como el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. FUNDENL estaba presente y en primera fila para que en la sesión de preguntas y respuestas se aclarara por qué a la Comisión Ejecutiva (encargada de ver que esta ley se cumpla como se debe en el estado) se le pagaba y por qué es nombrada por el poder ejecutivo (Gobernador del estado), volviéndose así juez y parte y dejando con poca o casi nada de representatividad a las víctimas dentro de esta Ley General de Victimas. Esto se declaró unos días antes en el comunicado de FUNDENL.

Ahí estaba Letty Hidalgo junto a la activista y feminista Irma Alma Ochoa y Jesús Gonzáles. Había pocas familias de víctimas en el conversatorio, sentadas hasta atrás con las fotos de sus familiares en las manos. Algunos de ellos se enterarían apenas hasta ese momento que ellos tienen un estatus de víctima ante la ley que les permite exigir sus derechos; es natural en ambiente de los sinuosos caminos de la burocracia del Estado mexicano que Letty, Lulú, Juany y otros padres y madres de familia van recorriendo para encontrar a sus hijos e hijas. Conocer las leyes es parte del proceso de exigirlas y muchos de estos problemas que enfrentan los familiares se pueden analizar en el capítulo VI de esta ley, donde se habla del derecho a la reparación integral. Las cinco expositoras del conversatorio —Eliana García Laguna, secretaria ejecutiva de PROVICTIMA; la hermana Consuelo Morales, de CADHAC: la Mtra. Aixa Amalia Alvarado Gurany, directora del COPAVIDET; la Lic. Minerva Martínez Garza, presidenta de CEDHNL— expusieron su opinión respecto a la Ley General de Víctimas (especialmente Eliana García) y compartieron su visión sobre los derechos humanos en Nuevo León. En este conversatorio se hizo hincapié en que la búsqueda de un familiar desaparecido no debe comenzar pasadas las 72 horas que generalmente indican en el ministerio público, sino en ese preciso momento; cada hora es de vital importancia para localizar a la persona.

No todos los familiares de víctimas de desaparición forzada tienen tiempo para aprender tantas particularidades del mundo judicial. A diferencia de otros familiares, especialmente proveedores de un hogar que se ven en la situación de buscar a sus hijos, Letty Hidalgo se jubiló en el año de la desaparición de Roy, entonces trabaja de tiempo completo en su búsqueda. El ir y venir a agencias de ministerio público, la PGR u otras oficinas de gobierno representa un gasto en transporte, a veces comida. También hay días en los que no asiste al trabajo, pero es algo que se puede consultar en Ley General de Víctimas, pues otorga derechos a los familiares; sólo es cuestión de conocer la ley en el estado.

Letty se jubiló de maestra después de 20 años de experiencia en un CETIS (Centro de Estudios Técnicos Industrial) ubicado en Guadalupe. Ahí impartía clases de español a jóvenes que terminaran una carrera técnica y estuvieran listos para ingresar a las empresas. Letty comenta que esta profesión es muy noble, ya que ve a sus alumnos en la transición de niños a adultos.

Mi curiosidad por Letty me llevó a seguirla hasta Guadalajara, Jalisco. Dicen que si quieres conocer más a alguien de verdad, tienes que viajar con ella.

Y así lo hice.

Viaje en un pañuelo

En el vuelo 230 de Monterrey con destino a Guadalajara, a unos 36 mil pies de altura, pienso en los pasos que nos separan de encontrar a los más de 26 mil desaparecidos en México.

Día uno: la caja de Pandora

Un avión, un camión de ruta y después un taxi. Llego al Laboratorio de Artes Variedades, mejor conocido como LARVA, en la zona centro de la capital de Jalisco, sobre la calle Ocampo, casi esquina con avenida Juárez, por un costado de un edificio alto. Pañuelos cuelgan entre los árboles de la banqueta. Con plumón rojo llevan escrito: “Desaparecidos, Feminicidios, Migrantes, Homofobia, Transfobia, Crímenes de Odio, Periodistas asesinados”, entre otros. Es viernes 1 de noviembre, Día de todos los Santos, y al entrar al LARVA un olor a veladora e incienso da la bienvenida al Segundo Memorial Memoria y Verdad. “Pase”, me dice una mujer en una mesa de recepción. Frente a ella, un altar con fotografías, veladoras y nardos; atrás, sostenidos de una tela negra, pañuelos bordados con hilo rojo. “Un hombre fue ejecutado a balazos en la avenida Constitución Tlaquepaque Jalisco 11 de marzo 2011 bordó Delia” decía un pañuelo, y otro arriba de él: “Tu nombre no es un cifra. Bordando por la Paz”.

Justo en la entrada me encuentro con Diana Martínez, miembro de FUNDENL. Entra al LARVA y comenzamos a colgar los pañuelos con pinzas color carne bajo una imponente cruz formada de pinturas con rostros de sicarios. La pieza es parte de Aritmética del dolor, por Rosalba Espinosa, quien afinaba detalles con paso acelerado para la inauguración del memorial.

Algunos pañuelos están bordados con hilo verde (la esperanza de encontrar a los desaparecidos) en el centro, entre los pañuelos rojos (rojo de los asesinatos) y bajo la cruz de pinturas. Minutos después llegan Letty Hidalgo y Ricardo Rivera. Los saludo en medio del escenario del LARVA.

¿Cómo estás, Letty?

Impresionada —responde ella con los ojos húmedos.

Había mil 600 pañuelos de diferentes estados de la república, como Coahuila, Nuevo León, Colima, Guadalajara, al igual que de otros países, entre ellos Honduras, Guatemala, España y Japón. “No había un espacio vacío”, dice Letty. Ellos y ellas que bordan saben el cuidado que se tiene por un pañuelo; el tiempo que toma bordarlo, cómo se dobla, cómo se transportan con cuidado y esa plática con la víctima que sólo el hilo y aguja otorgan. Eran demasiados pañuelos, cada uno en representación de una víctima, un llanto y una historia.

En ese momento sus ojos se llenaron de lágrimas, así como el LARVA se llenó de historias.

El altar vivo

Ante los ojos de Letty está la sala del LARVA, la cual tiene una luz tenue que sólo alumbra las intervenciones que se han preparado. Al costado izquierdo de la cruz de sicarios se encuentra Las Muertes del Silencio IX, una instalación del Colectivo Centro de Diversidad y los Derechos Humanos Sexuales A.C., Colectiva Diversiless y Bigotes Rosas. El tema son los crímenes de odio.

Una catrina que llora una tela roja que pasa al lado de una televisión encendida, unos cráneos falsos con pistolas, planchas, tijeras enterradas, y todo finaliza en una alcantarilla. Esa tela que representa la sangre derramada en los crímenes de odio hace un recorrido por la sociedad y me lleva a pensar en el andar del hilo de sangre que cruza calles, dobla esquinas, atraviesa salas, camina por paredes y aparece en la cocina cuando muere José Arcadio Buendía en Cien años de soledad, ese que su madre Úrsula ve y que la hace gritar “¡Ave María Purísima!”.

En el lado extremo de esta instalación se encuentra el tema de los asesinatos de periodistas. Ahí el Colectivo Estudiantes y Periodistas en Activo Jalisco expone que “no se mata la verdad matando periodistas”, pues entre 2000 y 2013 han asesinado a 120 periodistas y desaparecido a 16. Se han registrado 997 agresiones, de las cuales el 47 por ciento señala a funcionarios públicos como presuntos agresores.

Darwin Franco, miembro del colectivo y profesor de la Universidad de Guadalajara, es un hombre de voz cálida y con ese chaleco de periodista que los delata a metros. Cámaras fotográficas y de video, grabadoras, micrófonos y libretas de notas estuvieron presentes desde el inicio del memorial. Son las ganas de aprehenderlo en imágenes y en palabras.

Inicia el memorial al mediodía con un coro de Santa Cecilia de niños y niñas entre los 11 y 17 años. Abren con una pieza de la película Los coristas, y entre las canciones la maestra les recuerda que para combatir el nervio está la sonrisa.

Eran las dos de la tarde y un “No debió morir” se escucha al unísono después de que alumnos de la Escuela Signos en Guadalajara trajeran al pensamiento y la memoria el nombre de cada uno de los niños y niñas de la Guardería ABC. “¿Y cuántos más? Que no debieron morir cientos de miles, sin embargo, cada situación tiene siempre dos caras: una es la del dolor y la otra la de la oportunidad de crear. […] Y esta parte que nos toca a nosotros es la de hacer música […] a honrar a los demás haciendo música. Vamos a hacer ‘La Llorona’”, pronuncia la directora del coro.

Una joven de no más de 16 años entona: “Hermoso huipil llevabas, Llorona, que la Virgen te creí”, y sus ojos se dirigen hacia el altar que ha montado el Colectivo Justicia para Imelda Virgen; justicia para todas.

El 29 de septiembre del 2012, Imelda Virgen iba en su carro con Gilberto Vázquez, su esposo, cuando fue secuestrada. Vázquez había contratado a David Ceja Calzada y Sergio Fabián Sánchez para simular un ataque. La golpearon, violaron y asesinaron. Después de contradecirse, Vázquez delata que el motivo del feminicidio fue una sospecha de infidelidad y un seguro de vida por el cual él salía ganando.

El asesinato de Imelda Virgen es el primer feminicidio en Jalisco después de su tipificación el 23 de septiembre del 2012. Aun así, Gilberto Vázquez fue detenido con el cargo de parricidio.

El memorial se da por iniciado y a la hora de la comida llegamos al restaurante Las 9 Esquinas en la plaza de la zona centro de Guadalajara con ganas de probar la famosa birria de chivo. Letty se sienta en la cabecera, se quita los lentes oscuros y revisa su teléfono celular. Ve el menú y sabe lo que quiere: un plato de barbacoa, su consomé y una limonada.

El entremés a la comida son Diana, Jorge, Cordelia, Jesús, Ricardo y su madre. Bromean sobre relaciones amorosas, el activismo y el Facebok, política en Nuevo León y de otros viajes que los han hecho conocer más heridas en México. Ellos estuvieron presentes el 1 de diciembre del 2012 con los pañuelos bordados por la calle Juárez. Su experiencia fue estresante puesto que no esperaban verse involucrados, como sucedió con tantos otros artistas o transeúntes ese día de confrontaciones. Algunos pañuelos conservan manchas de sangre.

Reinician las actividades en el Segundo Memorial Memoria y Verdad. Para mi sorpresa, en Guadalajara hacía más calor que en Monterrey, pero dentro del LARVA el clima era otro: frío, mas no helado; eran más bien los escalofríos constantes. Cuando comenzó la lectura de las biografías de 20 periodistas asesinados en México, parecía que cada estado es un infierno más helado que el otro. En lo personal, el asesinato de Teresa Bautista (24 años) y Felicitas Martínez (20 años) por tener un programa de derechos humanos llamado La Voz que Rompe el Silencio, en Oaxaca, dentro de un movimiento de autonomía para el pueblo Triqui, me dio escalofrío. En México, ser mujer, indígena y además periodista es una de las posiciones más vulnerables.

El día cerró con dos documentales. El primero fue Silencio forzado. Directores, reporteros y periodistas exponen sus vivencias sobre cómo se ha acallado la libertad de prensa dentro de un fuego cruzado entre el Estado y el crimen organizado.

El segundo documental, Entre serpientes y escaleras, de Keisdo Shimabukuro, Luis Ernesto Nava y Omar Iturbe, habla sobre las desapariciones de migrantes centroamericanos en nuestro país. Se aborda desde diferentes perspectivas —la social, psicológica, política y los testimonios de víctimas—. La desaparición en México es un problema vinculado a las agresiones que se ejercen sobre los migrantes, la explotación sexual, el trabajo forzado, la venta de órganos, el abuso de la policía, la violencia con la que los familiares de las víctimas son tratados en ministerios públicos, la impunidad ante los casos y la negación del problema por parte de autoridades, por mencionar algunos.

Miles y miles de enfermedades salen de esta caja de Pandora que uno abre cuando tiene la curiosidad de entender sobre desapariciones. Y la esperanza revolotea allá en sus profundidades.

Letty y Ricardo salen y entran del LARVA durante el documental; Roy Rivera está presente en su mirada. Cuando el día termina, alrededor de las 8:00PM, se retiran a descansar. El día de mañana será particularmente importante para ellos.

Por mi parte, con el alma baleada, sólo pienso en cenar algo en el camino a la cama, ver una exposición por el Día de todos los Santos y escuchar un concierto en la plaza, pues me contaron que la oferta artística de Guadalajara es más amplia que la de Monterrey. Lo que yo buscaba era poner la mente en otro lado para dejar de sentir la tristeza.

Día dos: Una lucha por amor.

Este dolor que no puedo pesar pero que me pesa. Me pesa mucho, en la mente, en la espalda, en las rodillas, en la cadera, pero sobre todo en el corazón”, comparte al micrófono la madre de José Luis Arana Aguilar, desaparecido desde enero del 2011, igual que Roy Rivera.

El día comienza con 11 cartas a los desaparecidos. Guadalupe Aguilar compartió, más que una carta, la plática de la noche anterior con su hijo.

—Bueno, esta carta (coincido completamente con la compañera Lupita) es una plática que tuve con mi hermano cuando cumplió dos años de desaparecido —inicia Ricardo Rivera al tomar el micrófono—: “Dos añotes sin ti, brother. ¿Qué hay de nuevo? ¿Novedades? No muchas: la gente sigue caminando sin rumbo, la mayoría no se preocupa por los desaparecidos; la gente está distanciada una de otra, el gobierno metió miedo y desconfianza, las fiestas siguen, la vida sigue. ¿La casa? ¿Qué te puedo decir? […]”.

Roy Rivera Hidalgo fue quien enseñó a su hermano Ricardo a jugar futbol, con quien tuvo sus primeras clases de manejo por el Río Santa Catarina y el hermano con quien compartiría su pasión por los Tigres de la Autónoma de Nuevo León entre la barra de hinchas conocida como los Libres y Locos. Toda su seriedad en la escuela, comenta Letty, contrastaba con la pasión que desbordaba en los partidos de su equipo. En ocasiones ella le escuchaba cánticos de su porra cuando rondaba por la casa o se asomaba por su cuarto.

Roy estudió inglés desde la secundaria en la British American School, en Linda Vista, y fue una de las razones por las que entró a Ciencias del Lenguaje en la Facultad de Filosofía y Letras en la Autónoma de Nuevo León.

Fuerza, Roy”. Con eso concluye Ricardo de leer. Letty, Diana y algunas de las Bordadoras por la Paz aguardan unos minutos para abrazar prolongadamente a Ricardo. Me encuentro inmóvil en las gradas. Contemplo los abrazos y pienso que ante esa sensación de tener el alma baleada, el abrazo es un instante para acariciarla. La palabra “apapacho” significaba para los antepasados de habla náhuatl “acariciar con el alma”. Aunque los españoles lo tradujeron como “dar cariño” y perdió parte de su profundidad, el instante persiste.

A las 12:40PM del segundo día del memorial, Letty Hidalgo y Jorge Verástegui se preparan para la mesa Reflexiones Sobre Desaparecidos. Llevan sus notas y se sientan en la mesa. Atrás de ellos están las sillas vacías con los nombres de los desaparecidos a quienes se les leyó una carta, o una plática.

Jorge Verástegui, quien a sus 23 tiene ese tono pausado que otorgan los años de conciencia, toma la palabra para explicar el origen de la desaparición forzada: Alemania durante la ocupación nazi, represores que se refugiaron en América del Sur e implementaron esta arma de terror en las dictaturas, donde a finales de los años 60, durante los 70 y 80 tocó nuestro país. Eran víctimas aquellos que manifestaban ideas contrarias al régimen del Estado mexicano, pero para inicios del 2006 las desapariciones no se limitaban a activistas o defensores de derechos humanos, sino que también afectaban a compañeros de trabajo, conocidos de conocidos, vecinos y, finalmente, un familiar. “Cuando llegaron a nuestras casas dijimos ‘son inocentes’”, dice Jorge, quien, al igual que Letty, tiene desaparecido un familiar.

Jorge explica que cuando el Estado, la sociedad, los medios de comunicación, la familia o los amigos volvieron la mirada hacia otro lado cuando les pidieron ayuda, encontró que “solamente existía un amor que nos daba más fuerzas, y comenzamos a caminar y alzar la voz y darnos cuenta de que no éramos los únicos”.

Mientras Jorge expone en Reflexiones Sobre los Desaparecidos, Letty suspira hondo, contempla la entrada principal, hace anotaciones en su libreta o simplemente ve al vacío con el ceño ligeramente fruncido. Las palabras de Jorge llenan el LARVA, y ante el panorama que dibujaron hay esperanza, pues habla del trabajo que como colectivo han experimentado en FUNDENL.

Como quinto elemento de nuestra vida, de nuestra existencia aquí en la tierra, después del aire, la tierra, el fuego, el agua y el viento que nos hacen vivir, está el amor”, dice con el micrófono en la mano Alma Leticia Hidalgo. Juntos y juntas van y participan en eventos simbólicos y foros sobre derechos humanos o exigen justicia en oficinas del Estado, una justicia difícil de alcanzar porque el encontrar a sus hijos, aún con vida, no repara los años de dolor, pero buscan porque aman. “Quedarnos en casa llorando nos consume”, me dijo Letty. Ese sábado 2 de noviembre concluyó con un documental sobre Imelda Virgen y el caso de feminicidio en Jalisco. Ricardo y Letty se retiraron antes de la proyección, a descansar, ver la cuidad de tarde y salir de la tenue luz del LARVA.

Después de las Reflexiones Sobre los Desaparecidos y el documental, salí al centro de Guadalajara en busca de un museo, un concierto esporádico, un performance de break dance. Caminaba por la Catedral y vi cientos de mujeres y hombres, ellos vestidos con traje negro y sombrero de hongo, ellas de elegante vestido negro de encajes y flores; algunos tomados del brazo, otros eran niños pequeños, madres con carriolas; unos llevaban guitarra e iban entonando canciones de amor. Sus rostros estaban pintados de blanco y la cuenca de los ojos en negro, su mirada era solemne. Me uní por unas cuadras a la marcha de catrinas, luego recordé que mi camino era otro.

Regresé al LARVA para una cena en casa de una de las Bordadoras por la Paz de Guadalajara, cuya energía es tan vibrante como su pelo rojo. Margarita Sierra y otras bordadoras habían organizado un espacio entre el memorial para verse el rostro fuera del LARVA. Me encontré con el grupo a unas cuadras y llegamos a la fiesta.

Bésame, bésame mucho

como si fuera esta noche la última vez.

Bésame, bésame mucho

que tengo miedo a perderte, perderte después

Susurran o cantan en la mente los presentes cuando un músico toca en el saxofón la famosa pieza de Consuelo Velázquez. Era un encuentro entre dos colectivos, Bordadoras por la Paz de Guadalajara y FUNDENL, quienes comparten desde lejos el dolor y la esperanza, y en ese momento la comida, bebida y música.

No había esa guitarra a quien seguir o un cantante que se supiera las canciones completas, pero el domingo 3 de noviembre comenzó con la ronca voz de Ricardo y canciones del norte del país. De entre todas las piezas de esa noche (o más bien estrofas y coros sueltos), acompañó mi pensamiento durante el resto del viaje una de Juan Manuel Serrat, inspirada en un poema de Antonio Machado. Letty cantaba: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Día tres: El camino.

El último día del memorial comenzó también con música y poesía. Una coreografía poética coordinada por Yadémira López retomó eso que había mencionado la directora del coro de Santa Cecilia, quien dijo que esto tiene, como la moneda, dos caras: la del dolor y la de la oportunidad de crear.

Después del recital y la hora de la comida, se da lectura a la vida de periodistas asesinados y desaparecidos. Las cámaras de video, fotografía, el blog de notas y las grabadoras siguen presentes en el memorial. Las Bordadoras por la Paz son entrevistadas en su mesa de bordado que han puesto en una esquina con una lámpara, pañuelos, hilo, agujas, dedales, lo necesario para bordar la historia de un asesinato o desaparición, porque los pañuelos cada vez son más.

Estaba yo observando todo esto y es un reflejo del dolor y una manera de manifestarse, pero también yo pienso en la interpretación del que hace el daño. Es una motivación para continuar con esa actitud que él tiene […], además cuenta toda la cantidad”, comenta la madre de una estudiante de periodismo que ayudó a montar los gafetes en rojo o verde con historias de periodistas, sus fotografías y las cifras.

Como es domingo, las familiares que van a pasear a la ciclovía en la calle Juárez o por el centro de Guadalajara entran al LARVA por la curiosidad que provocan los pañuelos en la calle.

—Lo que he visto son viajes familiares —comenta Fernando Cortés, quien apoya las Bordadoras por la Paz y manifiesta tenerles un profundo respeto por su tenacidad de bordar cada domingo en el parque Revolución—. Me ha tocado ver madres explicándole al hijo qué es lo que ve, por qué lo ve y eso me parece que es clave.

A Fernando yo lo vi el primer día del memorial en la mesa de recepción invitando a pasar a la gente. Me comentó, con los ojos humedecidos, que la carta de Ricardo a Roy es lo que “te da el cuadro” y entiendes lo que nadie más explica. Este altar que fue el LARVA durante los primeros días de noviembre 2013 es una manera de luchar contra la indiferencia de las cifras, pues, comenta Fernando, “El pañuelo más sencillo, el más escueto, a la gente le comunica más y le mueve más que los encabezados de la prensa nacional”. Es un doloroso ejercicio de llevar la memoria viva.

El Segundo Memorial Memoria y Verdad concluye la noche del domingo 3 de noviembre. En el avión de regreso, veo las fotografías de este altar lleno de vida y encuentro un pañuelo que me recuerda por qué viajé a Guadalajara. “Desaparecidos en México Roy Rivera, Damaris González, Efraín Vidal, Kristián Flores, ¿Dónde están? nos hacen falta. Bordó Diana”. Fe en naranja, amor en rosa y esperanza en azul por los costados; son los nombres de hijas e hijos de familiares del colectivo de FUNDENL. Este pañuelo conoció varias iglesias en Europa, a donde la activista feminista Irma Alma Ochoa llevó su viaje. Ahí pidió por ellos en los templos. Aunque ella se declara atea, sabe que para algunos familiares es un gesto que, más allá de lo religioso, toca lo humano.

Nos sale el espíritu de la lucha, pero más que nada por el amor”, me dijo Letty en octubre de 2013. El día que entrevisté a Ricardo me comentó que él, su mamá y su hermano tienen un silbido que utilizaban cuando chicos para identificarse si se perdían en los supermercados. Aún lo usan cuando llegan a su casa de la escuela o el trabajo. Letty camina todos los días por el andador de la esperanza para volver a escuchar ese silbido de Roy Rivera y otros hijos e hijas que nos faltan en México.

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