Por Camilo Ruiz

En algún lado, Hegel dice que la principal expresión de la necesidad histórica es la repetición. No es casualidad que los triunfos de las izquierdas sudamericanas se hayan sucedido como en cascada a lo largo de unos pocos años a principios del siglo: la derecha estaba exhausta, y los regímenes políticos estaban deslegitimados a los ojos de una población que cuestionaba el orden social. América Latina, sometida a un régimen de acumulación continental similar, dominada por élites parecidas y con composiciones sociales que atraviesan los distintos estados nacionales, era (y sigue siendo) susceptible de vivir procesos sociales similares a lo largo y ancho de toda la región.


El mismo proceso, pero inverso, sucede el día de hoy. La principal barrera a los gobiernos de izquierda sudamericanos han sido precisamente las fuerzas que los impulsaron en un principio. La concatenación de derrotas del chavismo, el peronismo y el lulismo en unas pocas semanas nos dice bastante acerca de los límites del proyecto continental de revisión del neoliberalismo. Sólo un punto de vista continental permite poner de relieve lo que es específico al caso venezolano y avanzar más allá de las explicaciones avanzadas por la izquierda chavista y la derecha: los primeros sostienen que la MUD ganó gracias al apoyo del imperialismo yanqui, los segundos porque Chávez y Maduro son malos gobernantes.


¿En qué consistía el proyecto de la izquierda sudamericana? Ésta emanó de las problemáticas de la desigualdad y la de la soberanía nacional, comunes al continente entero.

Las izquierdas que llegaron al poder intentaron resolverlas de manera más o menos similar, y es a partir de la capacidad de esos movimientos de resolver los problemas reconocidos por ellos mismos como esenciales que deben ser juzgados. A pesar de los discursos de Chávez y Evo Morales, lo primero que uno debe hacer es admitir que ninguno de ellos se propuso nunca romper con el capitalismo: la nacionalización de ciertas empresas, el alza al salario mínimo o el aumento a los impuestos pagados por las mineras no son el socialismo, ni lo serán nunca.


En términos sociales, lo que los progresistas sudamericanos han intentado durante los últimos quince años ha sido construir un estado de bienestar que proteja a los más desposeídos y que a la vez sea capaz de mantener una cierta autonomía ante Estados Unidos. Otra vez: la fórmula “cierta autonomía” debe ser tomada literalmente. Nadie pensó nunca en romper con EU. El petróleo venezolano no dejó de llegar a los puertos gringos ni en los momentos de más tensión entre Chávez y Bush.


En otras palabras: fortalecimiento y, a la vez, regulación del capitalismo fueron los grandes objetivos. En estos terrenos, el chavismo, superando a sus congéneres, ha fracasado espectacularmente. A quince años de la llegada de Chávez a la presidencia, es claro que el gobierno no pudo crear una economía moderna —el único modo de sostener un estado redistributivo y mejorar el nivel general de vida de la población—. Venezuela vivió unos años de boom económico con los altísimos precios del petróleo, pero precisamente eso impidió que Chávez tuviera incentivos para sacar a su país de la posición semicolonial de proveedor de materias primas. El estado de bienestar se redujo a políticas asistencialistas de calidad mucho menor que las de Brasil o Argentina. El índice de aprobación del presidente parece variar con el precio del crudo.


Si el proyecto modernizador fracasó, su implementación por parte de un grupo visto como ajeno a las élites tradicionales provocó un conflicto con estas, que estalló en 2002 y fue resuelto a favor de Chávez. Éste nunca se animó a expropiar a la burguesía —porque tenía un acuerdo tácito, económico, con ella—, pero sí tuvo una política sistemática de crear una nueva. De ahí el bellísimo neologismo inventado por los venezolanos: la boliburguesía. La burguesía-bolivariana, en su mayoría individuos cercanos al PSUV, al ejército o miembros de la propia familia de los presidentes, que obtienen grandes contratos del estado y reciben todo tipo de incentivos fiscales. En México inventamos la palabra narcoburguesía, tal vez ahora los dos fenómenos estén convergiendo: hace unos días, los dos hijos de la esposa de Maduro fueron detenidos en Haití, involucrados en operaciones de trasiego de droga.


Del proyecto soberanista de ganar autonomía frente a Estados Unidos no se puede decir nada a estas alturas. El ALBA está hecho añicos —pero Siria sigue siendo miembro observador, si no me equivoco—, y cada denuncia rabiosa por parte de Maduro respecto al intervencionismo americano en realidad esconde la creciente inevitabilidad de un sometimiento más completo. ¿Qué hay entonces de la idea de que la victoria de la MUD fue el producto de una estrategia de la embajada americana? Es cierto que Washington estaría más feliz con Leopoldo López que con Maduro. Que entre ellos haya comunicación y posiblemente financiamiento no debería sorprender a nadie, pero EU se abstuvo de intervenir más directamente cuando verdaderamente tuvo la oportunidad de dar un golpe, durante las protestas del 2002. La oposición derechista venezolana ha emanado naturalmente de las contradicciones internas del chavismo, no del dinero americano; y el colapso económico de Venezuela es producto de decisiones políticas de largo plazo, no de un supuesto bloqueo o paro patronal. Escribe un sindicalista: Maduro tiene el peculiar mérito de haber creado una guerra imaginaria, y además perderla.


En fin, parece que EU y la MUD se dieron cuenta de que era mucho más fácil simplemente sentarse a ver cómo el chavismo caía bajo su propio peso y luego recoger los restos. Nadie puede culparlos de haber elegido la estrategia equivocada.

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