Por Indira Kempis

Colocó los dedos en los boquetes de la pared. Primero uno, luego el otro y al final se persignó… “Todavía me pongo chinito”, nos cuenta Rodrigo Ríos sobre la razón de por qué no quitará las “cicatrices” de la fachada de su bar atacada a balazos en 2011. Él, propietario del mítico Café Iguana del Barrio Antiguo, nos cuenta a mí y a Sergio Peña, quien nos visita de la Embajada de Suecia, la importancia que tienen esas marcas que, como señales en el cuerpo, nos avisan que la historia tiene heridas que no deben repetirse. Apelar a la memoria como si fuera un ritual único que enfrenta a la vida y sus susceptibilidades en cada golpe de timón.

Es así como recorremos este espacio que es uno de los nodos culturales más importantes en la historia de nuestro barrio, abandonado por el acto de terror realizado aquél 22 de mayo de 2011.

Hoy que apertura del Café Iguana es una realidad, repasamos las múltiples anécdotas post conflicto. Lo difícil que ha sido liberarse de los miedos, provocados de manera natural por el terror y lo ameno que ha sido el viaje de “caer y volver a levantarse”. Foni, como le dicen a Rodrigo Ríos, reconoce que cuando estaba en la crisis más álgida después del suceso, su padre le dijo que tenía que disfrutar las crisis porque esas son las que te hacen fuerte. “Aprendí a disfrutar ese espacio de tiempo”, insiste con la sonrisa que lo caracteriza. De hecho, por eso le apodaron así. Su rostro es evidentemene “funny”.

Conocí al Foni en 2012, cuando el Barrio Antiguo estaba más abandonado de lo que está ahora. Nunca había escrito sobre esto y seguramente después de esta columna llamará para decirme “Indira, no me gustan las cámaras”. Porque en esa mirada del empresario que comenzó un negocio cultural hace 22 años, existe un ser humano sensible, sencillo y con una gran dosis de “buena onda” –de esa que se siente sólo con saludarte.

Con su visión ecléctica, como su apertura a nuevos talentos, logró en los tiempos de mayor conservadurismo en la ciudad crear una plataforma para la música alternativa que se ha convertido en un museo de nostalgias de quienes rebasan los 30s. Después del “campo de guerra” en el que se convirtió el Barrio Antiguo, sin tener ningún contacto previo, se lo solté: “Rodrigo, quiero hacer un Museo de la memoria y tolerancia pero no tengo para pagarte la renta más que a fondo perdido”. Él, de inmediato, casi se suelta a llorar. Supe que nos encontramos por eso. Porque los dos estábamos derribando un miedo profundo: regresar al barrio.

Con un dejo de beneficio de la duda nos permitió estar en el barrio. La historia que sigue es un camino sinuoso que hemos vivido juntos. Amenazas, grilla, politiquería, suposiciones infundadas, gritos… Literal, los primeros meses el Barrio Antiguo era un “campo de guerra”, sólo que en vez de balas pasaban otras cosas por el lugar que ocupamos.

Sin embargo, esa idea del museo se convirtió en un proyecto aplicado al que llamamos “Laboratorio de Convivencia” o “mi panal de abejas” como le digo de cariño. Sergio Peña, de la Embajada de Suecia, todavía recuerda como en febrero de 2013 haciendo un recorrido con el antropólogo social estadunidense y profesor de Harvard, Brian Palmer, no se parece en nada en lo que se ha convertido, al menos, la Calle Morelos. De ese “ghostly feeling” que definía el profesor Palmer a instalaciones lúdicas y coloridas en el espacio abierto que son observadas para definir metodologías e insumos de una política pública municipal de ciudad de escala humana.

El esfuerzo inagotable que hemos hecho instituciones públicas y privadas, organismos internacionales, algunos microempresarios y vecinos del barrio por al menos tener este espacio territorial en la agenda, ha sido una tarea que creíamos algunas veces imposible, pero que hoy detona procesos interesantes en la ciudad que sirven como imán de la comunidad internacional y como ejemplo de proyecto para la creación de ciudades seguras, humanas como sustentables.

Sabemos que la confianza con trabajo honesto se gana, así que aunque nos queda mucho camino por recorrer, nos da alegría que el anecdotario se está llenando no sólo de sucesos que aún duelen, sino de experimentación que crea una ciudad dispuesta a buscar alternativas diferentes que contribuyan a entornos dignos que eleven nuestra calidad de vida.

Jorge Melguizo, mi maestro colombiano y corresponsable de la denominada “transformación de Medellín”, lo dice francamente: esas ciudades que nos merecemos no por favor, sino por derecho. Pero para conseguirlo, el Barrio Antiguo me ha enseñado que hacer que suceda es un reto colectivo por desafiar entre todos. “No se puede ir solo a ningún lado”, también me lo recuerda Melguizo.

Cuando nos juntamos para la cena con personas tan queridas por mí como Paulina Medina y David Pulido, de los colectivos de ciclismo urbano en la ciudad, me doy cuenta de la resiliencia que hemos ido creando después de los puntos más álgidos que nos dejó la guerra, que aunque es inagotable, mínimo estamos intentándolo porque todavía hace 3 años andábamos poniendo velas en las calles. Es Sergio quien afirma que el Barrio Antiguo se está transformando en un ejemplo de resiliencia.

Gustavo, entonces, aporta la definición: “la capacidad de los cuerpos físicos de volver a su forma original”.

Ahí el desafío de un cuerpo herido, baleado, casi inerte… La resiliencia, la civil, la de sus gobiernos, la del Barrio Antiguo, la de los barrios… La resiliencia.

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