Por Kaizar Cantú

Creo que todos hemos proyectado por lo menos una vez la fantasía de ser un superhéroe. O, siendo más precisos y realistas, de tener uno o varios de los superpoderes catalogados a lo largo de las décadas en las páginas de Action Comics, Tales to Astonish, Superman, The Amazing Spider-Man y demás títulos de los siempre extraordinarios y comúnmente extrañísimos funny books.

No hay secretos detrás de esa fantasía. ¿A quién no le gustaría volar por los aires o correr tan rápido como la luz? ¿Qué tal tener la fuerza suficiente para lanzar un tanque zumbando por encima de una casa? ¿O cambiar de tamaño a voluntad? Todos hemos sentido esas ganas de trascender los límites impuestos por la naturaleza sobre nuestros cuerpos; ser fuertes, inteligentes, ágiles o extraordinarios hasta el grado de la imposibilidad. Es un sueño trabajado exitosamente desde aquellas épocas que llamamos antiguas, comenzando, hasta donde nos consta, con relatos de héroes mitológicos, cuya fortuna y proezas apadrinadas por los dioses encarnan hoy en los héroes de acción y, aún con mayor fidelidad a aquella extrañeza, los superhéroes.

No extraña a nadie que quienes escriben los relatos sobre estos hombres y mujeres que están un paso más allá de lo naturalmente humano se engolosinen con las posibilidades presentadas por accidentes de laboratorio, sueros milagrosos, magia antigua o el misterio indescifrable de los rayos cósmicos. Lo que sí extraña, al menos en mi caso, es la escases de historias que tocan, por un instante tan siquiera, los efectos que esa supra-humanidad ocasionarían sobre la mente y el espíritu de un ser humano lúcido (o no tan lúcido).

Alan Moore escribió al margen de los primeros paneles de Swamp Thing (Vol II; #24) sobre la existencia de un hombre tan veloz que su vida no es más que la perpetuación de una galería de estatuas (“There’s a man who moves so fast that his life is an endless gallery of statues”). Décadas más tarde, Alex Ross pintaría a ese mismo hombre sobre las páginas de Kingdom Come, representándolo como una mancha roja que forma la vaga figura de un hombre que aparece y desaparece ante los ojos del artista que hace su mejor esfuerzo por congelarlo dentro de momento único en el tiempo. Años más tarde aparecería una tonada en la que Barry Allen, la segunda y más famosa encarnación de Flash, canta las imágenes de un mundo que apenas si se mueve ante sus ojos y en el que el tiempo tiene un significado casi único para él, detalle que, imagino, profundiza su soledad.

Menciono estas tres breves interpretaciones de Flash no sólo porque me parezcan bellas, sino porque también creo que esclarecen un asunto de interés para la imaginación: ¿cómo percibe el mundo un hombre que puede atravesar el espacio tan rápido como la luz? ¿Es su tiempo el mismo que el nuestro? ¿Cuál es su imagen del espacio cuando corre a máxima velocidad? ¿Cómo es que contempla? Es seguro que la mente de Flash (cualquiera de ellos) ha recibido estímulos desconocidos para casi todo el resto de la humanidad, y tampoco hay que dudar que esos estímulos extraordinarios tienen un efecto (tal vez igual de extraordinario) sobre ésta.

No lo olvidemos: Flash, como muchos otros superhéroes y superheroínas, es sólo un ser humano que ha sido víctima de circunstancias extraordinarias. Y son esas mismas circunstancias extraordinarias las que colocan un poco más allá de lo que se consideraría, al menos típicamente, humano. Spider-Man, quizá el más humano entre todos estos superhombres, continúa siendo, a pesar de sus habilidades de arácnido, un muchacho mimado por su tía y explotado por la personalidad de quien paga por las fotografías de su álter ego. Y aún así es de esperarse una mente angustiada por la cuestión de qué tan humano es un hombre con rastros de araña dentro de su cuerpo.

Como sucede con la ciencia ficción y, hasta cierto grado, el relato policiaco (clásico o negro), las historias sobre superhéroes retratan personajes y circunstancias que irrumpen en el mundo y lo enrarecen. Éstas han construido, a través de crossovers, amalgamaciones y demás particularidades de su medio, un universo narrativo que no sólo se enriquece, sino que también se enrarece gracias a estas añadiduras y combinaciones.

Sería fácil descartar estos enrarecimientos como artificios cuya intención es apelar a las emociones más vanas y vulgares; producir cheap thrills, el pan de las mentes más infantiles y pobres de intelecto. Aunque creo que hay algo de verdad en ese juicio, me parece que los cómics, con sus universos plagados de supra-humanos, y también de gente común y corriente que no puede evitar admirarlos y a su vez sufrirlos, reflejan una visión compartida con otros géneros de la ficción trabajados durante este último siglo. Esa visión es la de un mundo que, bajo el peso del progreso tecnológico, nuevos conocimientos científicos, el frenesí de la vida moderna y otras fuerzas claves de nuestro tiempo, se vuelve cada vez más raro, y nosotros con él, mediante una transformación tan repentina que causa vértigo.

Si la Historia es la memoria imperfecta de la especie y la ficción un flujo de sueños trabajados por los lenguajes, puede que la historia de aquel hombre que corría tan rápido que irrumpió en una existencia que no corresponde ni a si figura ni a su mente sea un augurio de lo raras que van a ponerse las cosas a partir de ahora.

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