¿Quién roba libros en un pueblo que no lee?

Por Loretta Luna

¿Dónde recibió el golpe?

—Aquí, justo en la frente —el muchacho retira los mechones de cabello negro para mostrar un chichón grande, amoratado.

—¿Y con qué le pegó?

—Traía un tubo grueso. Pensé que era de fierro, por el color, pero se me hace que era de plástico; no sonó como fierro cuando me cayó el golpe.

—Lo golpeó en la cabeza. ¿Luego qué pasó?

—Me obligó a ir al almacén. Llevaba el tubo alzado, para que caminara más rápido. Ya dentro, me dijo que quería todos los ejemplares de El tambor de hojalata; él ya llevaba uno bajo el otro brazo, el que no traía el tubo.

El oficial escribe una última palabra en su libreta de notas y se detiene. Hojea las páginas; son pequeñas, amarillas, sostenidas por una espiral de un rojo furibundo. La cara se le tuerce de un lado a otro, como un péndulo, o las mareas.

—¿Cuántos ejemplares dice que se llevó?

—Todos. Los 15 que nos acababan de llegar. No alcanzamos a vender ni uno.

***

El aracuán es un ave de plumaje rosa y mechones rojos como de compositor. Era casi obligado que los colombianos bautizaran un pueblo con su nombre.

El municipio de Aracuana es pequeño. Se ubica muy en el norte de Colombia, allá por Barbacoas. En él casi nadie lee, y sin embargo hay tres librerías y una biblioteca municipal. La razón de tanta cultura concentrada en tan poco espacio es que a los aracuanos les gustan mucho los libros. Aclaro: no las palabras que contienen, sino el objeto en sí. Aprecian la forma del libro, su variado grosor, los colores de la tipografía y las ilustraciones que envuelven la cubierta. Tanto así que son un adorno común en sus casas. El aracuano promedio tiene dos o hasta tres libreros chaparros en la sala, llenos de libros bien acomodaditos, prácticamente intactos. Los ejemplares más elegantes son símbolos de estatus, accesibles para unos cuantos nada más, y suelen descansar en repisas elevadas o apilados sobre mesas de café.

El lunes 6 de marzo, la Jefatura de Policía de Aracuana recibió una llamada de Adelita Domínguez Sosa, una costurera que vivía en los márgenes del pueblo. Hablaba para reportar un atentado de robo en su casa. Alguien se había metido por la ventana mientras ella andaba afuera comprando materiales para un vestido que le habían encargando componer. Cuando llegó de regreso, encontró todos sus libros esparcidos sobre el suelo.

La Jefatura anotó los datos e hizo la pregunta obvia:

—¿Hay algo que se hayan llevado?

—No. Sólo ladearon los libreros y dejaron un chiquero en la sala.

—¿Está segura? ¿No le faltan dinero, muebles, libros?

—Segura. Volví a acomodar todos mis libros y no faltaba ni uno. Soy bien ordenada, no crea que no me habría dado cuenta.

La Jefatura prometió despachar un par de oficiales para que investigaran y luego colgó el teléfono. En el reporte se sugirió la posibilidad de un mero acto de vandalismo.

Tres días después, la Jefatura recibió otra llamada, esta vez de Juan Gongo, abarrotero. La historia fue similar: Juan Gongo volvía a casa después de haber cerrado su negocio. Ni siquiera había atravesado la puerta cuando notó, desde fuera, que uno de sus libreros estaba vacío —“Es que me gusta presumir poquillo mis libros, por eso los acomodé para que se alcanzaran a ver por la ventana”—. Abrió la puerta a toda prisa y entró corriendo a la sala. Sus libros estaban desparramados por todo el lugar, algunos de ellos con las páginas al aire.

—Pero no me faltaba ninguno.

—¿Ni dinero?

—No, nada de nada. Sólo tocaron mis libros. Desastre que me dejaron.

La Jefatura volvió a prometer un par de oficiales y colgó el teléfono. En el reporte se señala la posibilidad de una especie de “vandalismo serial”, quizá un nuevo juego entre jóvenes revoltosos.

Durante el mes mes, la Jefatura recibió un total de 13 llamadas en las que se describieron situaciones similares: indicios de lo que parecía un saqueo, pero sin nada que faltara entre las pertenencias de las víctimas. Para finales de marzo ya había un total de 15 oficiales patrullando Aracuana a todas horas, particularmente los márgenes y el centro, donde los reportes solían ser más abundantes.

La Jefatura recibió una llamada más la noche del 3 de abril, esta del maestro Guillermo Orellana. Tal como esperaban, la historia era prácticamente la misma. A excepción de un detalle.

—Sólo me falta uno de mis libros.

—¿En serio? ¿Sólo uno?

—Sí. Mi copia de El tambor de hojalata. Alguien se la ha llevado.

***

La tarde del lunes 21 de abril, un hombre entró a la Librería Gabino armado con una larguísima escopeta. No se interesó ni en el dinero de la caja registradora ni en los volúmenes más lujosos resguardados en aparadores con cristal (libros de arte, de fotografía turística, novelas gráficas editadas en pasta dura). Caminó directo hasta la caja y empujó el cañón doble de la escopeta contra el pecho de la empleada a cargo.

—¿Tienes El tambor de hojalata de Günter Grass?

Era un hombre muy delgado, de extremidades largas y melena abundante; llevaba puesta una gabardina oscura y lentes de sol, “de esos que parecen ojos de mosca”. La empleada —una muchachita rubia, muy pequeña— se quedó inmóvil y con las manos en alto, su garganta incapaz de soltar el grito. Sólo miraba el largo cañón de la escopeta estirándose desde su pecho hasta las huesudas manos de aquel hombre.

—¿Tienes El tambor de hojalata de Günter Grass?

La muchachita alcanzó a asentir y levantó un brazo con el que apuntó hacia el lugar de la novela entre los estantes.

—¿Cuántos tienes?

—Tres.

—¿Nada más? ¿Y en las bodegas?

—Sí sí, en las bodegas hay más.

El hombre hizo que la empleada lo llevara hasta la bodega, sin despegarle el cañón de la carne. Ahí, la obligó a sacar todos los ejemplares de El tambor de hojalata: un total de siete, sin contar los tres que había en los estantes. Los tomó todos y los echó a un costal de tela que traía amarrado al cinto. Ya con los libros dentro, caminó en reversa y con la escopeta alzada. Así se dirigió hasta la puerta, haciendo una parada rápida para meter las tres copias faltantes al costal. Luego se echó el bulto al hombro y salió caminando hacia la calle, como quien está satisfecho con su compra.

***

La Jefatura siguió recibiendo reportes esporádicos durante lo que restaba de abril y a lo largo de todo mayo, sin poder hacer mucho al respecto. Desplegaron tantos elementos por las calles de Aracuana que el pueblo parecía ocupado por la fuerza policíaca; en cada esquina había hasta dos oficiales, rígidos y muy atentos. Las llamadas siguieron llegando, casi todas denunciando saqueos, con una que otra mención de robo. Siempre faltaba lo mismo: uno o varios ejemplares de El tambor de hojalata.

Para mediados de junio, la Jefatura estaba convencida de que sólo quedaban dos copias de la novela en todo el pueblo, ambas en la Biblioteca Municipal de Aracuana. Todos sus recursos fueron dedicados a la protección de los dos ejemplares. Cada elemento de la fuerza fue enviado a la biblioteca para armar una serie de perímetros concéntricos que se extendían desde el centro del edificio, 300 metros hacia el exterior. Los libros permanecían justo en medio: apilados sobre un pedestal de mármol, protegidos por un cubo de vidrio espeso, rodeados por anillo tras anillo de centinelas armados e inmóviles.

La vigilia no duró mucho. María Fernanda Riquelme, bibliotecaria del lugar, se abrió paso entre los policías y retiró ambas copias de su pedestal para llevar a cabo la inspección que la Jefatura le había recomendado hacer cada tercer día. “Eso ya es paranoia”, les dijo María Riquelme, pero la Jefatura insistió en que no estaban seguros de a qué se enfrentaban; podía tratarse de un ladrón común o un simple loco, pero también —en el cuartel ya se había mencionado la posibilidad— un espía chino o de sepa dónde que había codificado información en uno de los muchos ejemplares de la novela. La cosa era no confiarse demasiado, so pena que los libros desaparecieran justo bajo sus narices.

María Riquelme puso ambas copias sobre una mesa, en presencia de los varios anillos de policías. Tocó los libros, estrujándolos, dándoles palmadas para constatar que eran objetos reales, hechos con tinta y papel. Miró las portadas de cerca y también los lomos, asegurándose de que, en efecto, no había errores que delataran una falsificación. Finalmente, hojeó una de las copias, para verificar que todo era normal tanto por dentro como por fuera. Y sí, todo parecía estar en regla, hasta que María Riquelme se detuvo y comenzó a buscar una página que había pasado hace apenas unos segundos. No tardó en encontrarla. Cuando lo hizo, se le quedó mirando un rato, con una cara que se enrojecía. De ahí brincó a otra página, que vio por unos momentos, antes de brincar a otra, y a otra, y a otra, así, hasta pasar cada hoja casi sin verla. Dejó caer el ejemplar sobre la mesa y de inmediato tomó el otro. Ese también lo hojeó, respirando apenas, deteniéndose en varias páginas al azar.

—Estos no son —soltó en el silencio de la sala.

Uno de los policías se le acercó:

—¿Cómo dice?

—Estos no son los libros. Mire.

María Riquelme abrió el libro frente a la cara del joven oficial. Las palabras, supuestamente impresas y editadas por Punto de Lectura, estaban escritas en francés. El oficial tomó el ejemplar entre manos y lo hojeó. Los párrafos alternaban entre el francés y el italiano, dependiendo de la página. Con el otro libro pasaba igual. Alguien había reemplazado ambas copias de El tambor de hojalata con una mezcla azarosa de Les Inconnus dans la maison de Georges Simenon y Ragazzi di vita de Pasolini.

María Riquelme se fue a buscar el teléfono mientras el oficial seguía ahí, pasando páginas.

***

La madrugada del 29 de junio, la Jefatura recibió una llamada más. Algo estaba quemándose a las afueras de Aracuana. Algo muy agrande.

Cuando llegaron los policías al lugar del incendio, ya había varios aracuanos yendo y viniendo con cubetas que vaciaban para calmar la lumbre. Bajo las llamas había una montaña oscurecida que iba perdiendo su forma: 700 ejemplares de El tambor de hojalata, varios de ellos sacados de estantes y repisas de Aracuana. El fuego ardió por tres días, y podía admirarse desde cualquier rincón del pueblo, con humo que flotaba encendido e iba apagándose en su camino al cielo.

La Jefatura dedicó otras tres semanas a la investigación, pero no pudo obtener pistas que le ayudaran a encontrar al responsable. El único dato sólido que consiguieron fue el testimonio de Roberto Morel, un vendedor de fruta que vive en los márgenes de Aracuána.

—Andaba refrigerando las sandías y de repente oí como cuando se prende un mechero, nada más que sonó fuerte fuerte. Salí a asomarme y ahí estaba la montañota de libros quemándose. Luego salió un hombre de detrás de la lumbre y se tiró de cara al fuego, como abrazándolo.

—¿Alcanzó a verlo bien?

—Bien bien no. Sólo vi algo que le flotaba en la espalda, como una capa.

El reporte de la Jefatura no hace mención explícita de restos humanos en el lugar del incendio. Refiere, sin embargo, “varias piezas duras y livianas entre la ceniza”.

*Texto publicado en Atangana (OCT 2018).

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