¿Pueden unos vehículos de propulsión humana volver más confiables a los desprestigiados representantes de la ley?

Por Edgardo García

La alarma del despertador suena con precisión marcial anunciando el comienzo de la jornada para el Comandante Pinal: son las cinco y media de la mañana y la rutina demanda movimiento. En media hora el hombre se ha aseado y le ha dado mantenimiento a su impecable bigote; su forma de rasurarse es una muestra evidente de lo metódico que resulta su actuar cotidiano. Mientras su esposa prepara el almuerzo, el oficial se viste con el uniforme de la policía de Monterrey. Un atuendo temido e incluso repudiado por la ciudadanía durante la guerra. Las botas se pulen con esmero, el vehículo se enciende y coloca a la mano su pesado chaleco a prueba de balas, listo para prestar servicio.

La carrera del Comandante Pinal comenzó en el taller de imprenta del periódico El Norte. Allí descubrió que andar en bicicleta le era indispensable para disfrutar su día a día. En aquel empleo leyó con avidez las columnas y crónicas policiacas de la ciudad, por lo que poco a poco se fue enamorando de la labor que hacían los hombres y mujeres uniformados para proteger el bienestar de los civiles. Durante un año se mantuvo trabajando con las imponentes prensas del periódico antes de ingresar a la academia de policía. En 1997 fue testigo de la iniciación del servicio que ahora presta como uno de los oficiales con más experiencia en la policía de la capital de Nuevo León.

Por ser un hombre de acción, se sintió poco satisfecho al principio de su reclutamiento. Notaba que algo hacía falta en su vida. Descubrió que esto se debía a que le fue asignada una labor en la que se mantenía estático. Como si en lugar de ser oficial fuese un guardia de seguridad. Aunque fuese un novato recién ingresado, sabía que un puesto de esa naturaleza no era compatible con su carácter, lo que le hizo pedir su transferencia a un servicio más dinámico.

Intensidad en las calles era lo que le esperaba; en la cuarta compañía dio un salto: de trabajar de vigilante a meterse de lleno en la detección y detención del crimen, militando en el grupo encargado de las operaciones anti pandillas en las colonias del área metropolitana. La Seguridad Extrema no es algo que deseara cualquier uniformado, pues significa enfrentarse a una parte de la población que más que un par de años tras las rejas, necesita una aproximación de diálogo. La policía de proximidad no llegaría sino hasta años después, tras darse cuenta la institución que al sólo encarcelar a los delincuentes y permitir la corrupción dentro de sus filas, se creaba enemigos dentro de la propia ciudadanía. Pero el comandante aprendería eso mucho tiempo después de sus primeros días en la bicicleta.

II

Un pequeño cuarto de concreto ha sido testigo de la evolución de El Barrio Antiguo y ha resistido al combate urbano entre autoridades y comandos del crimen organizado. Padeció la misma degradación y abandono que los Condominios Constitución, los restaurantes locales y los lugares de reunión de los jóvenes regiomontanos. Esta pequeña caseta de vigilancia carece de ventanas, cuenta con protectores dobles de forja, y en una ocasión fue rediseñada para que contara con una sola puerta que diera cara a los Condominios Constitución. Estas medidas de seguridad se implementaron después de un ataque con explosivos en contra del pequeño edificio durante los días más violentos en la ciudad. Dentro de esas cuatro paredes sobrias hay unas cuantas sillas plegables, dos escritorios bastante castigados por el uso y unas celdas que en tiempos más pacíficos se usaban para contener a los buscapleitos y borrachos problemáticos de las calles aledañas. Este reducido espacio sirve ahora como improvisada habitación para que un grupo de jóvenes policías dormite una o dos horas durante su turno de 24 horas. En ocasiones, agobiados por el calor, los oficiales incluso prefieren descansar en el techo de la edificación, tratando de captar una que otra brisa fresca que les regale el inmisericorde clima regiomontano.

Los distintos acentos de los policías están acompañados en todo momento por el zumbido del tráfico de la avenida Constitución y las claves del código mil que salen con un tono eléctrico del radio que se maneja hora tras hora. El acento del sur y centro de México se nota a leguas cuando uno habla con estos servidores públicos. Pero el día de trabajo para estos uniformados no comienza en el barrio, sino en una fortaleza que no tiene nada que ver con la humilde pero funcional caseta de los Condominios Constitución. El parque Alamey, donde se encuentra el cuartel, ha cambiado varias veces durante su existencia. Fue fundado en 1979 como un parque de diversiones el cual era muy frecuentado por las familias regias. Con el paso del tiempo cayó en el abandono y se convirtió en el escondite predilecto para ladrones y pandilleros. La tragedia que terminó por cerrar el parque fue el asesinato de una jovenen 1987; su cuerpo fue encontrado junto a una de las pirámides de la extensa propiedad. Largos años pasaron hasta que en ese lugar se estableció el cuartel general donde la policía pasa lista.

Por la puerta de la caseta entra un hombre alto y delgado, de mirada inquisitiva. Se trata del Comandante Pinal, que ha llegado a organizar a los oficiales bajo su mando para empezar el patrullaje. El área dominada por estos policías en bicicleta se llama C18 y se extiende desde Félix U. Gómez hasta Juan Zuazua, sumando unas cuadras extra que sus superiores les han confiado gracias al buen resultado que ha tenido su esfuerzo para mejorar la seguridad. Comienza el movimiento. Las bicicletas se alistan, las últimas tuercas se aprietan, y para mi sorpresa, el Comandante toma un casco de ciclista y me señala que él mismo me acompañará durante el recorrido. Temo que mi novatez al volante de una bicicleta retrase el patrullaje de los veteranos.

III

Con un impulso y una corta pero potente descarga de adrenalina, el oficial comienza su recorrido al bajar con su bicicleta por una rampa de tierra que se ha formado en las derruidas escaleras de un pequeño parque cercano a la caseta de policía, ese modesto edificio contiguo a la avenida Constitución. El ritual marca la entrada diaria del brazo de la ley al cálido laberinto que son los Condominios Constitución. Quien le da la bienvenida a estos servidores públicos no es uno de los habitantes del barrio, sino los sonidos, colores y aromas que les ofrece la ciudadela cultural de Monterrey. La vida regresó a El Barrio Antiguo y hay un nuevo grupo de policías que participan en la recuperación de las calles para la gente. Aunque parezca extraño, poca gente habla mal de ellos. Parecen tener una buena aceptación entre los vecinos.

El camino nos lleva a través de los apretados callejones de los Condominios Constitución. Los perros ladran al escuchar el sonido de las ruedas mientras un aroma a tierra y plantas recién regadas nos guía hasta la escuela y el jardín de niños. Este es el primer punto de vigilancia de la pareja de uniformados. Además del Comandante Pinal, me acompaña El marino, un oficial tamaulipeco que antes de venir a Monterrey servía en la Marina Armada de México. Con la completa preparación militar que recibió y su afición por la velocidad en dos ruedas –practicaba BMX como hobby allá en Tamaulipas- es idóneo para perseguir y localizar a criminales por el empedrado de El Barrio Antiguo y el laberinto de los condominios, cosa que resulta imposible para una patrulla con equipo pesado. Es por esta razón que este modelo de aproximación al crimen no funcionaría en zonas más peligrosas del área metropolitana; al trabajar en bicicleta el policía intercambia su propia seguridad por la capacidad de maniobrar más fácilmente por espacios estrechos o en lugares inaccesibles para un automóvil.

Además del joven oficial que me acompaña, para finales del año 2012 llegaron a la Sultana del Norte 504 elementos de la marina con el fin de crear el nuevo cuerpo municipal de la ciudad, esto después que la población dejara de creer en la Policía Regia sobre todo por la fama que tenía la institución de caer en la corrupción. A la presentación de la nueva fuerza de seguridad por la alcaldesa Margarita Arellanes le siguieron reacciones encontradas. Por una parte parecería que la gente confía más en el ejército como institución que en la policía, por lo que podría darse una mayor cooperación con las autoridades, pero por otro lado, el organismo Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos señaló que los elementos navales carecen de capacitación para ejercer el oficio debido a que la experiencia en un ambiente civil es en ellos inexistente.

Los sentidos de estos policías demuestran estar siempre alerta desde los primeros minutos del recorrido. Con movimientos lentos y mirada perdida, un hombre alcoholizado intenta levantarse del suelo; se mantiene oculto a simple vista al dormitar entre dos autos a la sombra de un árbol, pero no escapa a la concentración de mis acompañantes ciclistas la botella de jugo medio llena de bebida embriagante que esconde a su lado. El Comandante y El Marino se acercan a hablar con el indigente demostrándole que van desarmados y asegurando al mismo tiempo que en la desgastada mochila negra no lleve algo con lo que pueda herir a alguien o a sí mismo. Un tanto molesto, el hombre sube a la patrulla que llego para apoyar a los de a bicicleta; como a todo vagabundo que pueda agraviar al peatón o a los pocos negocios que se mantienen trabajando, lo llevarán al icónico comedor del Padre Infante. A pesar de que corren rumores e historias sobre la manera en la que estos policías han despojado de sus pertenencias a algunos de sus arrestados o los han arrojado a la celda en lugar de llevarlos al comedor, ha sido imposible encontrar un rastro legal de este tipo de hechos.

Esto es un problema de la sociedad” me dice el Comandante Pinal mientras ve cómo se aleja la patrulla por la calle Felipe Berriozábal. Señala que aunque su cuerpo combata la inseguridad y el crimen, la situación de los indigentes en El Barrio Antiguo es para él una cuestión a la que no le encuentra un fin claro. “A nadie parece importarle, y tampoco hay una dependencia que se encargue de atender a esta gente” pronuncia antes de continuar pedaleando.

IV

Muchas y de distintas naturalezas son las situaciones que se presentan a estos policías en bicicleta: pleitos vecinales, reportes de inquilinos ruidosos, autos abandonados que despiertan sospechas, borrachos problemáticos, asaltos a tiendas de conveniencia, cristalazos, vandalismo a propiedad privada, atender a ciudadanos para encontrar direcciones, cumplir el patrullaje diario e incluso convertir la caseta en refugio temporal para perros extraviados. “Una vez una señora nos pidió ayuda para cambiar un foco” me cuenta antes del patrullaje uno de los oficiales, quien no puede contener una sonrisa cuando lo dice. La mayoría del tiempo lo que se les presenta para resolver es rutinario, unas veces es agradable, y otros pocos casos son meramente tétricos.

Nos movemos por una de las últimas calles de El Barrio Antiguo, específicamente por Raymundo Jardón, cuando me informan que nos detendremos a hacer una inspección a una casa abandonada, donde hace un par de semanas se encontró el cuerpo sin vida de un indigente, presuntamente asesinado.

La fachada del edificio es semejante a las muchas casonas en abandono del barrio: tiene la pintura desgastada, los detalles decorativos se empiezan a caer, hierbas surgen victoriosas entre las grietas de la banqueta y los protectores de hierro refuerzan ventanas sin vidrio. Lo único que rompe con lo cotidiano es que en lugar de las puertas antiguas de madera, el paso es resguardado solamente por las cintas amarillas que señalan una escena de crimen con la directa leyenda “No Pase”. El marino me guiará dentro de la casa mientras el Comandante vigila las bicicletas que se quedan tumbadas en el suelo a falta de dónde asegurarlas.

La luz que entra por las ventanas sólo tiene fuerza durante los dos primeros metros por los que avanzamos, luego todo es obscuridad. No sé si El marino es supersticioso, pero por su paso constante no parece demostrarlo; con la mano izquierda ilumina el camino, mientras que en la derecha lleva alzado y pegado a su cuerpo el bastón metálico que se usa en caso de combates cuerpo a cuerpo. Avanza de forma metódica, evitando las montañas de basura y superando la alfombra de desperdicios que cubre el suelo. Cubre cada esquina y rincón como uno sólo lo ve en las películas, dando vueltas cerradas en los pasillos y resguardando puertas para evitar ser sorprendido por un atacante que nunca se deja ver.

El segundo piso es menos caótico. Un cuarto pequeño, que estaría completamente vacío de no ser por un espejo decorado con estampas de futbol y de San Judas Tadeo, da la bienvenida a un espacio que parece pertenecer más un Sarajevo post apocalíptico que a una casa en el centro de Monterrey. Una parte del techo se había colapsado, lo que nos ayuda para ver la sección que los indigentes usaban como refugio; en una esquina hay un colchón repleto de cables usb, monedas antiguas y cajas de chicles vacías. Debajo del tragaluz creado por el olvido, está instalada una olla sobre un montón de carbón apagado. Aparte de esto no hay mucho más, una cubeta aquí y allá llena de instrumentos varios y una caja llena de ropa.

Ahí lo encontramos, estaba bien hinchado…”; al parecer cuando paso junto al marco de la puerta estoy pisando el mismo suelo donde aquel hombre fue encontrado tres días después de haber muerto. El oficial avanza sin inmutarse.

Tras guardar el bastón extensible, me di cuenta que pasé por alto el hecho de que al oficial le faltaba algo que el civil espera ver como parte del equipo del policía: un arma de fuego.

No le han dado el permiso de porte”, me responde el Comandante cuando le comunico mi duda mientras instintivamente se lleva la mano a su arma enfundada. Al parecer los trámites para posesión y porte son también un dolor de cabeza para los uniformados, no sólo para los civiles. Aunque el trámite de porte lo debe hacer Municipio con la Secretaría de Defensa, es el policía quien debe de acercarse al Estado para que sean dados de alta en la Plataforma México y que así les apliquen los exámenes de confianza correspondientes. Muchos de los oficiales de esta nueva dependencia patrullan acompañados de los contados elementos que sobrevivieron a la depuración de la Policía Regia y que sí cuentan con el equipo correspondiente.

V

Los “descansos” que tenemos son de cinco minutos, tiempo que a las cinco y media de la tarde me parece glorioso. Estos minutos que me sirven para tomar aire son en realidad para ellos paradas en puntos estratégicos para vigilar lugares como tiendas de conveniencia, muy golpeadas por asaltos rápidos, sobre todo en el centro de Monterrey. Un “buenas tardes” acompañado de una sonrisa han sido durante todo el día parte reglamentaria del comportamiento de los oficiales. Desde los pasillos alambrados de los Condominios hasta la calle Juan Zuazua, la gente parece reaccionar positivamente a los policías en bicicleta, la cual tal vez sea una de las razones de este más fácil acercamiento. Hace un par de años no era extraño para el neoleonés sentirse amenazado o inquieto sólo con estar en el mismo lugar que una camioneta llena de elementos de la Policía Regia. La confianza me queda clara cuando, al ver al Comandante Pinal recorrer las calles en dos ruedas en lugar de en la unidad, un hombre de mediana edad le grita “¡¿Qué pasó compadre, ya lo degradaron?!”.

De la labor urbana que fui testigo como “policía encubierto” -de esta forma me señaló un hombre que descansaba en una de las bancas de la Macroplaza-, sólo una cosa me parece de dudosa legalidad, o por lo menos no ha de parecer correcto para alguna parte de la ciudadanía. Una de las características de los oficiales que recorren El Barrio Antiguo es que conocen, por lo menos de vista, a la gran mayoría de los residentes y dueños de negocios, debido a que cumplen con largos turnos de servicio y su área de trabajo es bastante reducida y específica. Por esta razón los oficiales detienen sus bicicletas para revisar a un par de individuos por parecerles sospechosos, lo que a mis ojos no se presentó como algo fuera de lugar. El primero en ser revisado fue un joven de unos 20 años de edad. Llevaba una mochila negra pero no traía consigo su identificación, lo que aumentó la sospecha de los policías. Una hora después y a varias cuadras de distancia la revisión de rutina se le aplicó a un hombre de mediana edad el cual nunca había sido visto por los de a bicicleta. El Comandante me explica que estas revisiones las hacen pues que los representantes de la ley se les acerquen repentinamente pone nerviosos a los asaltantes y carteristas, lo que ha logrado que sean detenidos criminales minutos después de sus atracos, unas veces incluso confesos. El conflicto que encuentro es: ¿Qué pasa con quienes son inocentes de todo delito? Estas revisiones por sospecha aparentemente violan el artículo 16 de la Constitución, el cual dicta que ninguna persona puede ser molestada en su persona sin una orden escrita de la autoridad competente. Pero si a la vez esto ha sido parte de que en barrio se haya reducido la criminalidad, ¿cómo afectaría a la lucha contra la inseguridad que los uniformados dejasen las revisiones? y, ¿cuál sería la postura de los beneficiados por esta medida, como lo son los habitantes de El Barrio Antiguo y Condominios Constitución?

No creo que yo pueda responder a este debate, así que al fin decido seguir pedaleando. El calor ha sido vencido por el viento que traen consigo las nubes grises, y ya domina en la ciudad el ambiente húmedo que se hace sentir antes de la lluvia.

El 26 de mayo del 2008, en el Distrito Federal dio inicio el programa de la policía de proximidad con el fin de fomentar la participación ciudadana al estrechar la relación entre el civil y los elementos uniformados. La distribución de esta policía es por cuadrantes. No sólo en el día se hace notar el esfuerzo por dialogar con la gente, durante la noche que se vive en El Barrio Antiguo queda trabajo por realizar. Aunque la delincuencia y la violencia ya no son las que se vivieron hace un par de años, el policía debe de estar alerta para cualquier eventualidad, tanto por su seguridad como para cumplir con la misión de hacer del barrio un lugar seguro; con lo que normalmente se topan los oficiales hoy en día es con personas alcoholizadas bebiendo en la calle o creando problemas. Puede que la inclusión de esta policía de proximidad como estrategia de combate a la delincuencia sea parte de la disminución general en actividades criminales que la alcaldesa comunicó a finales del año pasado, misma disminución que negó se debiese a la entrada de la Marina al cuerpo policiaco y atribuyó a la buena coordinación existente entre los tres niveles de gobierno. En lo que sí coinciden los oficiales en bicicleta y la alcaldesa de Monterrey es que se debe mantener el trabajo en las calles y no confiarse de lo que dicen los números de las estadísticas.

En México se está planteando la posibilidad de crear una gendarmería nacional con cinco mil elementos, inspirada en la gendarmería francesa, de corte militar pero que patrullaría en las ciudades, realizando labores policiacas. Aunque al respecto, han llovido críticas asimilándola a las brigadas fascistas que representaron en algún momento los carabinieri chilenos.

De vuelta en la caseta no me queda más que preguntarle al Comandante Pinal qué futuro pronostica para El Barrio Antiguo y su gente. Con los brazos cruzados, recargado contra una de las mesas plegables y con una sonrisa, dice al fin “Esto va pa’rriba”, como se expresa el regiomontano cuando está convencido de que el porvenir será más brillante.

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