Entrevista a Pablo Neruda

Por Rita Guibert

 

Rita Guibert: ¿Por qué se cambió el nombre, y por qué eligió “Pablo Neruda”?

 

Pablo Neruda: No lo recuerdo. Tenía apenas 13 o 14 años. Recuerdo que a mi padre le molestaban mucho mis deseos de escribir. Con la mejor de las intenciones, pensaba que la escritura traería desgracia a la familia y a mí mismo, y, sobre todo, que me llevaría a una vida de completa inutilidad. Tenía razones domésticas para pensar aquello, razones que a mí no me pesaban en lo absoluto. Fue una de las primeras medidas defensivas que tomé: cambiarme el nombre.

 

RG: ¿Eligió el “Neruda” por el poeta checo Jan Neruda?

 

PN: Leí un cuento suyo. Nunca leí su poesía, pero tenía un libro titulado Cuentos de Malá Strana sobre la gente humilde de un vecindario en Praga. Es posible que mi nuevo nombre haya venido de ahí. Como le digo, el asunto está tan perdido en mi memoria que no me acuerdo bien. De todos modos, los checos me consideran como uno de los suyos, un miembro más de su nación, y tengo una relación bastante amigable con ellos.

 

RG: En caso de que sea elegido como presidente de Chile, ¿seguirá escribiendo?

 

PN: Para mí, escribir es como respirar. No podría vivir sin respirar, como tampoco podría hacerlo sin escribir.

 

RG: ¿Qué poetas han aspirado a un cargo público y han sido exitosos?

 

PN: Nuestra época es una de poetas gubernamentales: Mao Tse-tung y Ho Chi Minh. Mao Tse-tung tiene otras cualidades: como usted sabrá, es un gran nadador, cosa que yo no soy. Existe otro gran poeta, Léopold Senghor, que es presidente de Senegal; otro, Aimé Césaire, un poeta surrealista, es el alcalde de Fort-de-France en Martinique. En mi país, los poetas siempre han intervenido en la política, aunque nunca hemos tenido poetas que hayan sido presidentes de la república. Por otro lado, han habido escritores en Latinoamérica que han alcanzado la presidencia: Rómulo Gallegos fue presidente de Venezuela.

 

RG: ¿Cómo se ha hecho cargo de su campaña presidencial?

 

PN:Se ha erigido una plataforma. Primero, siempre hay música folklórica, y luego tenemos a alguien encargado de explicar la visión estrictamente política de nuestra campaña. Después, el discurso que utilizo para comunicarme con la gente del pueblo es mucho más libre, menos organizado; es algo más poético. Casi siempre acabo leyendo poesía. Si no leyera algo de poesía, la gente se iría desilusionada. Por supuesto, también quieren escuchar mis ideas políticas, pero no exagero el uso de los aspectos políticos o económicos, pues la gente necesita otra clase de lenguaje.

 

RG: ¿Cómo reacciona la gente cuando les lee sus poemas?

 

PN:Me adoran de una manera bastante emotiva. No puedo entrar o salir de ciertos lugares. Tengo un escolta especial que me protege de las multitudes, ya que la gente se amontona a mi alrededor. Esto sucede en todas partes.

 

RG: Si tuviera que elegir entre la presidencia de Chile y el Premio Nobel, para el que ha sido mencionado tantas veces, ¿cuál elegiría?

 

PN:No se puede elegir entre cosas tan insustanciales.

 

RG: ¿Y si pusieran la presidencia y el Nobel ahí mismo, sobre la mesa?

 

PN:Si las pusieran en la mesa frente a mí, me iría a sentar a otra mesa.

 

RG: ¿Cree que fue justo entregarle el Nobel a Samuel Beckett?

 

PN: Sí, creo que sí. Beckett escribe cosas breves pero exquisitas. El Premio Nobel, caiga donde caiga, es siempre un honor para la literatura. No soy de esos que discuten si se premió o no a la persona indicada. Lo que importa acerca del premio —si es que tiene importancia alguna— es que confiere respeto al oficio de escritor. Eso es lo importante.

 

RG: ¿Cuáles son sus memorias más poderosas?

 

PN: No lo sé. Las memorias más intensas, quizá, son las de mi vida en España, en esa gran hermandad de poetas; nunca he conocido un grupo tan fraternal en nuestra América: tan llena de alacraneos, como dicen en Buenos Aires. Fue terrible ver aquella república de amigos destruida por la guerra civil, que demostró la horrible realidad de la represión fascista. Mis amigos se dispersaron: algunos fueron exterminados ahí mismo, como García Lorca y Miguel Hernández; otros murieron en el exilio; y hay más que aún viven exiliados. Toda esa faceta de mi vida fue rica en eventos, en emociones profundas, y cambió decisivamente la evolución de mi vida.

RG: ¿Lo dejarían volver a España ahora?

 

PN: No tengo prohibida la entrada, oficialmente. En una ocasión me invitaron a dar unas lecturas por parte de la embajada chilena. Es muy posible que me dejaran entrar. Pero no quiero dar a entender nada con eso, pues puede que el gobierno español vea conveniente externar un poco de sentimiento democrático permitiendo la entrada a quienes se opusieron a él con tanto vigor. No lo sé. Se me ha prohibido la entrada a muchos países, y me han echado de tantos otros; ciertamente, esta es una cuestión que ya no me irrita tanto como al principio.

 

RG: De cierto modo, su oda a García Lorca, que escribió antes de su muerte, predijo su trágico final.

 

PN: Sí, el poema es extraño. Extraño porque era una persona tan feliz, una criatura bien alegre. He conocido a muy pocos como él. Era la encarnación de…bueno, no digamos que del éxito, pero sí del amor por la vida. Disfrutaba cada minuto de su existencia; un tremendo derrochador de felicidad. Por esto mismo, su ejecución es uno de los crímenes más imperdonables del fascismo.

 

RG: Lo menciona con frecuencia en sus poemas, al igual que a Miguel Hernández.

 

PN: Hernández era como un hijo. Como poeta, era una especie de discípulo mío, y prácticamente vivía en mi casa. Fue a prisión y murió ahí porque renegaba de la versión oficial de la muerte de García Lorca. Si la explicación que dieron era verídica, ¿por qué las autoridades fascistas mantuvieron a Miguel Hernández en prisión hasta su muerte? ¿Por qué se rehusaron a transferirlo a un hospital, como fue propuesto por la embajada chilena? La muerte de Miguel Hernández fue otro asesinato innecesario.

***

RG: Su obra puede dividirse en etapas, ¿verdad?

 

PN: Tengo ideas bastante confusas al respecto. Yo mismo no tengo etapas; son los críticos quienes las descubren. Si algo puedo decir es que mi poesía tiene la cualidad de un organismo: infantil cuando yo era un niño, juvenil cuando yo era un joven, desolada cuando sufría, combativa cuando tuve que involucrarme en la lucha social. Una mezcla de estas tendencias se encuentra presente en mi poesía actual. Siempre escribí por una necesidad interior, e imagino que es esto lo que sucede con todos los escritores, y en especial con los poetas.

 

RG: Lo he visto escribir en el coche.

PN: Escribo donde puedo y cuando puedo, pero lo hago siempre.

 

RG: ¿Siempre lo hace a mano?

 

PN: Desde que sufrí un accidente en el que me fracturé un dedo y no pude escribir a máquina por unos cuantos meses, he seguido una costumbre de mi juventud y vuelto a escribir a mano. Cuando mi dedo se recuperó y pude escribir a máquina de nuevo, descubrí que mi poesía manuscrita era más sensible; sus formas plásticas podían cambiar más fácilmente. En una entrevista, Robert Graves dice que para poder pensar, uno tiene que estar rodeado por tan poca artificialidad como sea posible. Podría haber agregado que la poesía tiene que ser escrita a mano. La máquina de escribir me separó de una intimidad más profunda con la poesía, y mi mano me trajo de vuelta a esa intimidad.

 

RG: ¿Cuál es su horario de trabajo?

 

PN: No tengo horario, pero prefiero escribir en la mañana. Lo que significa que si usted no estuviera aquí, gastando mi tiempo (y el suyo), me encontraría escribiendo. No leo mucho durante el día. Preferiría escribir todo el tiempo, pero con frecuencia, la plenitud de un pensamiento, de una expresión, de algo que emerge de mí de modo tumultuoso —nombrémoslo con terminología anticuada: “inspiración” — me deja satisfecho, o exhausto, o calmado, o vacío. Es decir, no puedo continuar. Aparte de eso, me gusta vivir lo suficiente como para pasarme el día sentado frente a un escritorio. Me gusta involucrarme en los asuntos de la vida, de mi hogar, de la política, de la naturaleza. Me la paso yendo y viniendo. Pero escribo intensamente cuando puedo y donde puedo. No me molesta que haya mucha gente a mi alrededor.

 

RG: ¿Se abstrae completamente de lo que lo rodea?

 

PN:Me separo por completo, y si todo se calla de repente, eso me molesta.

 

RG: Nunca le ha puesto mucha atención a la prosa.

 

PN:La prosa… He sentido la necesidad de escribir en verso toda mi vida. La expresión en prosa no me interesa. Uso la prosa para expresar cierto tipo de emociones y eventos fugaces, tendiendo hacia la narrativa. La verdad es que podría dejar la prosa por completo. Sólo la escribo de vez en cuando.

 

RG:Si tuviera que salvar su obra de un incendio, ¿qué cosas salvaría?

 

PN:Posiblemente nada. ¿Para qué la necesitaría? Preferiría salvar a una muchacha… o una buena colección de cuentos policíacos… que me mantendrían más entretenido que mi propia obra.

 

RG: ¿Quién de entre los críticos ha comprendido mejor su obra?

 

PN:¡Oh, mis críticos! ¡Mis críticos casi que me han despedazado, con todo el amor y el odio del mundo! En la vida, como en el arte, uno no puede complacer a todo mundo, y esa es una situación que siempre nos acompaña.

 

Uno siempre está recibiendo besos y bofetadas, caricias y puntapiés, y esa es la vida del poeta. Lo que me molesta son las distorsiones en la interpretación de mi poesía o de los eventos de mi vida. Por ejemplo, durante el congreso del P.E.N. Club en Nueva York, que reunió a tantas personas de lugares muy distintos, leí mis poemas sociales, y otros más en California: poemas dedicados a Cuba, en apoyo a la revolución cubana. Sin embargo, los escritores cubanos firmaron una carta, de la que distribuyeron millones de copias, en la que se ponían en duda mis opiniones, y en donde se me señalaba como una criatura protegida por los norteamericanos; ¡hasta sugerían que mi entrada a los Estados Unidos era una especie de premio! Eso es perfectamente estúpido, si no es que calumnioso, pues muchos escritores de países socialistas sí entraron; hasta la llegada de los escritores cubanos fue esperada. No perdimos nuestro carácter anti-imperialista por ir a Nueva York. No obstante, así se sugirió, fuera por la impaciencia o por la mala fe de los escritores cubanos. El hecho de que sea el candidato de mi partido a la presidencia evidencia mi historia verdaderamente revolucionaria. Sería difícil encontrar entre los firmantes de aquella carta por lo menos a un escritor que cuente con una dedicación comparable a la mía por la causa revolucionaria, y que pudiera igualar por lo menos una centésima de lo que yo he hecho y por lo que he luchado.

 

RG: Ha sido criticado por cómo vive, por su posición económica.

 

PN: En general, todo eso es un mito. De cierto modo, hemos recibido un muy mal legado por parte de España, que no soportaría que su pueblo sobresaliera en algo. Encadenaron a Cristóbal Colón tras su regreso a España. Eso lo heredamos de los envidiosos petite bourgeoisie, que se la pasan pensando en lo que los otros tienen y que a ellos les falta. En mi propio caso, he dedicado mi vida a hace reparaciones al pueblo, y lo que tengo en casa —mis libros— son producto de mi propio trabajo. No he explotado a nadie. Es extraño: ¡lo que a mí se me reprocha no se le reprocha a los escritores ricos de nacimiento! En cambio, los reclamos son para mí: un escritor con 50 años de trabajo tras de sí. Se la pasan diciendo: “Miren, miren cómo vive. Tiene una casa con vista al mar. Bebe buenos vinos”. ¡Qué estupideces! Para empezar, es difícil beber mal vino en Chile porque casi todo el vino chileno es bueno. Es un problema que, de cierto modo, refleja el sub-desarrollo de nuestro país; en suma, la mediocridad de nuestras costumbres. Usted misma me ha dicho que a Norman Mailer le pegaron 90 mil dólares por tres artículos en una revista norteamericana. Aquí, si un escritor latinoamericano recibe compensación alguna por su trabajo, despertaría una ola de reclamos por parte de otros escritores — “¡Qué descaro! ¡Cuán horripilante! ¿Cuándo parará esto?”— en vez de que todos se sientan contentos de que un escritor pueda exigir semejantes tarifas. Bueno, como he dicho, estos son los infortunios que llevan el nombre de sub-desarrollo cultural.

*Fragmento de entrevista publicada en The Paris Review (1971).

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