¿Por qué hay estatuas de toreros en un monumento a la esperanza?

Por Dairee Alejandra Ramírez Atilano

Mirar detenidamente. Escuchar los silencios que se esconden en el ruido del tráfico. Caminar lento. Desafiar la rapidez de la ciudad. Ahí, inmóviles, la arquitectura, los edificios, las plazas y los parques aguardan voces y expresan los orgullos, los anhelos y las contradicciones que coexisten en la ciudad.

Pensar en el Centro de Monterrey es tener como referencia la Macroplaza, un espacio de 40 hectáreas decorado con jardines, edificios, plazas, esculturas y museos. La cuarta plaza más grande del mundo, es el símbolo del gobierno priísta de Alfonso Martínez Domínguez, quien en el sexenio de 1979 a 1985 impulsó su construcción como un proyecto de regeneración urbana.

La demolición de 427 inmuebles tenía el objetivo de embellecer la ciudad y hacer de Monterrey un lugar atractivo para el turismo y la inversión extranjera. Posteriormente, el proyecto sería complementado con el Paseo Santa Lucía, un río artificial de más de 2 kilómetros de largo que conecta la Macroplaza y el Barrio Antiguo con el parque Fundidora.

El 15 de septiembre de 2007, el presidente de la República, Felipe Calderón, llegó a Monterey para inaugurar el paseo que sería nombrado una de las 13 maravillas de México creadas por el hombre. El Museo de Historia Mexicana reunió esa tarde al entonces gobernador de Nuevo León (Natividad González Parás), al presidente municipal de Monterrey (Adalberto Madero) y otros funcionarios públicos para escuchar el discurso que daría por inaugurado el Paseo Santa Lucía.

Además de halagar a los regiomontanos y enfatizar la importancia económica de la ciudad, Calderón reafirmó su compromiso personal con la seguridad y el progreso del estado. “Hemos mostrado que tenemos una determinación plena para poner un alto a la inseguridad”, dijo tras nueve meses de haber declarado la guerra contra el narcotráfico.

 

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Era el 11 de enero de 2014, y la plaza del Breve Espacio albergaba a decenas de personas que respiraban el aire frio del invierno regiomontano pero que con fuerza exhalaban gritos de justicia bajo el lema #AMiMeFaltaRoy.

El Breve Espacio es una zona hundida y desenvuelta en escalinatas que desembocan en una fuente que cubre casi todo el lugar, asemejándola a una piscina. Pocas veces funcionan las mangueras que hacen salir el agua de la fuente. A veces el agua es clara, pero otras veces es turbia, de color amarillento. Sin importar de qué esté pintada, las aves se acercan a beberla y después regresan a la parte superior para refugiarse en los árboles que proveen de sombra a la zona lateral de la plaza. Del centro de la fuente se desprende una estructura transparente, diseñada por los arquitectos Agustín Landa y Adán Lozano, que alcanza unos seis metros de altura y es visible desde las calles circundantes. La transparencia de la escultura permite ver cómo los rayos del sol traspasan el cristal, y su altura hace creer que alcanza a tocar el cielo rosado del atardecer.

Aquel era un día especial tanto para los asistentes como para la plaza, pues no había recibido tantas visitas quizá desde el 2008, cuando el gobierno de Nuevo León, encabezado por Natividad González Parás, rindió un homenaje al torero Eloy Cavazos. Ese 5 de noviembre se reunieron familiares y seguidores de la fiesta brava para aplaudir los logros del torero regiomontano y despedirlo de los ruedos con una gran estatua de cobre.

Después de un poco más de 5 años, volvieron a reunirse familiares y amigos para conmemorar los 3 años de la ausencia de Roy; 3 años de injusticia, 3 años de lucha. Roy, hijo de Irma Leticia Hidalgo —mejor conocida como Letty—, desapareció el 11 de enero de 2011, cuando cerca de 10 hombres encapuchados, con armas en mano y chalecos de la Policía de Escobedo, entraron a su casa. Lo que al principio parecía un robo, pues se llevaron computadoras, joyas, celulares y camionetas, terminó en el secuestro de Roy, un joven estudiante de lenguas extranjeras de la UANL. Estaba por cumplir 19 años.

Música, poesía y globos de cantoya, abrazaban a la familia de Roy y a los familiares de desaparecidos que se organizan en Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos Nuevo León (FUNDENL), quienes haciendo valer su derecho a la memoria han tomado esta plaza, en nombre de la Esperanza, la esperanza de ver regresar a sus familiares. El Breve Espacio, mejor conocida como “la plaza de los Toreros”, dejó de ser un monumental a la muerte para convertirse en un espacio de exigencia de justicia, llamado “La Transparencia de la Víspera” o la “Plaza de los Desaparecidos”.

Letty se paró en el pequeño espacio de concreto libre del agua, frente a las personas congregadas en las escalinatas de la plaza, tomó el micrófono y leyó el comunicado realizado por FUNDENL. “Este espacio no es un memorial”, dijo contundentemente, pues con esta intervención no se busca olvidar los casos, sino recordarles todos los días a las autoridades la ausencia de las y los desaparecidos.

13 calcas fueron colocadas en la escultura transparente. Tres líneas componen cada calca: en la primera, el nombre de la persona; en la segunda, la leyenda de “Desaparecido (a)”; y en la tercera, la fecha de su desaparición. Las letras en color verde representan la esperanza de verlos regresar y que una vez que estén de vuelta, puedan retirar su nombre de la escultura. Así, uno por uno, hasta que la plaza se libere de la ausencia y la escultura vuelva a ser transparente.

 

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El Breve Espacio se encuentra en la esquina de las calles Washington y Zaragoza, a espaldas de la Iglesia del Sagrado Corazón y frente a la oficina de correos. Antes de su existencia, a unas cuantas cuadras estuvo en funcionamiento una de las primeras plazas de toros: la plaza de toros Cinco de Mayo, que se construyó en 1885 y recibió a Francisco Gómez, el primer matador español que visitó México. Después fueron creadas cerca de 11 plazas más en diferentes partes del estado; pero fue en agosto de 1937 cuando se inauguró la Monumental Monterrey, hoy llamada Lorenzo Garza, la cual aún sigue en pie.

En la parte superior de la plaza se extiende el Paseo de los Toreros, el cual alberga tres estatuas de casi dos metros de altura. Las estatuas representan la trilogía de la tauromaquia en Nuevo León: Lorenzo Garza (“el ave de las tempestades”), Manolo Martínez y Eloy Cavazos. ¿Por qué un monumental a los toreros?, me pregunté la primera vez que visité esta plaza, hace poco más de un año. Sabía que Eloy Cavazos era un representante de la tauromaquia y que una calle de la ciudad llevaba su nombre, pero tal vez no tenía el mismo sentido para mí como lo tenía para el gobernador Natividad González Parás, quien durante su mandato develó dos de las tres estatuas que se ubican en este espacio.

En mayo de 2007, González Parás develó la estatua que hace homenaje a Manolo Martínez, torero regiomontano que cortó alrededor de 10 rabos y 81 orejas sólo en la Monumental Plaza de México. “He descubierto [en la tauromaquia] el sentido de la inteligencia y el valor del ser humano”, mencionó en su discurso el ex gobernador, “para entender bien quién es en un momento el adversario”.

Tres meses antes entendió que su adversario principal era el crimen organizado, por lo que puso en marcha, con apoyo del gobierno federal, el Operativo Nuevo León. Con dicho operativo llegaron 100 militares a la ciudad y establecieron retenes en algunas de sus avenidas principales. Ese sería sólo el inicio de la militarización de la ciudad.

 

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Estaba así como que la obra negra, nomás para que llegáramos”, dice Jesús González, un ex empresario, ahora defensor de derechos humanos y miembro de FUNDENL. “Es céntrica y tiene mucho flujo de gente”, recalca mientras fuma un cigarro en la oficina en la que planea y sueña cómo apoyar a la movilización de la sociedad regiomontana.

En la plaza unos van de pasada, como los trabajadores, funcionarios públicos, automovilistas y ciclistas, adolescentes eufóricos en limosinas que acompañan a las quinceañeras, mujeres de vestido largo y hombres trajeados que se dirigen a las festividades nupciales o activistas en busca de un café. Otros están ahí, de a diario y por ratos: lavacoches, periodiqueros, los “vienevienes”, personas que utilizan el concreto para conciliar el sueño y unas cuantas parejitas que buscan el refugio de los árboles para romancear.

La idea de la plaza tomó forma con el apoyo de Rodrigo Guajardo. Rodrigo es un poeta regiomontano que actualmente estudia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. Ha coincidido en diferentes proyectos y espacios con Lugo, miembro de FUNDENL que busca a su hermano desaparecido. Tras compartir la idea de buscar una manera de hacer visible la situación de las y los desaparecidos en el estado, Rodrigo sugirió dar uso esta plaza, pues al ser un lugar poco utilizado le parecía que se estaba desaprovechando. “Está perfecto, es como un ágora. Está como entre público, pero a la vez acoge”, de modo que se podría crear una idea de presencia, de convocarlos y no de sepultarlos.

La sugerencia de Rodrigo y la explicación metafórica que creó con la idea de la transparencia fue aceptada y acogida por FUNDENL. Con esto se construía un discurso esperanzador pero a la vez desafiante ante los diferentes poderes que toman forma en los edificios circundantes: El Norte, el antiguo Palacio de Gobierno y La Parroquia del Sagrado Corazón. Los nombres puestos en la estructura transparente comenzarían a hacer presencia y a reunir a cientos de personas en diferentes eventos y manifestaciones.

 

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Después de un camino en carretera, que inició en Monterrey para llegar al DF a la marcha del 10 de mayo, donde se congregaron miles de familiares de desparecidos —principalmente madres— de toda República, recuerdo a Lulú y a Juany diciendo :“Ahí nos sentimos seguras, podemos ir a sentarnos y saber que es nuestro espacio”, haciendo referencia a la plaza.

Ahí han conmemorado los aniversarios de la desaparición de sus hijos; se han manifestado y han bordado. La actividad de “Bordando por la Paz” fue una iniciativa que nació en el DF con un colectivo llamado Fuentes Rojas, con la cual buscaban bordar en pañuelos blancos la historia de las personas asesinadas durante la guerra contra el narco. Los bardados llegaron a Guadalajara, y después a Monterrey.

El jueves de la semana santa del 2012, Letty y Lulú decidieron sentarse a bordar frente a la Catedral de Monterrey. Con rojo bordaban a las personas asesinadas, y propusieron bordar con verde, color de la esperanza, a los desaparecidos. A través de los pañuelos “dábamos a conocer a nuestros hijos”, dice Letty mientras toca las puntas de su cabello rizado, saca un cigarro y recuerda cómo iniciaron. Después de ese día, comenzaron a reunirse cada jueves, y luego cada domingo, en el kiosko Lucila Sabella, en la Macroplaza.

El bordado ayudó a congregar a varios familiares que anteriormente se habían encontrado en otra organización de derechos humanos y que junto con activistas solidarios fueron acompañándose hasta dar origen a FUNDENL. En cada puntada de cada pañuelo va un suspiro, una lágrima o un anhelo. No sólo son bordados, son historias que transgreden e incomodan a través del arte del cruce de hilos. En cada uno va el desahogo de la tristeza de algún familiar o la empatía de algún solidario.

Ahora el lugar de bordado es en las escalinatas o el pasto de la plaza de la Transparencia. Ahí Juany ha tomado las fuerzas para bordar el pañuelo blanco con hilaza verde que lleva el nombre su hija, Brenda Damaris, quien fue desaparecida el 31 de julio de 2011 por agentes de tránsito municipales de Santa Catarina. Mientras, Lulú borda, fuma un cigarro, toma su coca cola y mienta madres contra el gobierno. Las pláticas van de un lado al otro, desde los chistes hasta la tristeza, pasando por todo un análisis de lo que está pasando, pero sin dejar de recordar a cada uno de sus hijos e hijas.

Lulú es la mamá de Kristián Karim Flores, desaparecido el 12 de agosto de 2010 cuando se dirigía de Villa de Juárez a Piedras Negras, Coahuila, a cuatro horas de distancia de Monterrey. Kristián trabajaba en una empresa llamada Transportes Garza, y esa madrugada viajó junto con su cuñado Martín Alejandro Fiol para entregar un pedido de fármacos en varios municipios aledaños a Piedras Negras.

Ambos desaparecieron, y desde ese día, Lulú no ha vuelto a saber nada de su hijo. En el 2014 ella conmemoró el cuarto aniversario de la desaparición de Kristián. Junto con Juany, realizó una campaña nacional de bordados con mensajes para su hijo y su hija. Kristián y Damaris no se conocen, pero han caminado muchas veces juntos, así como Juany no ha conocido en persona a Kristián, ni Lulú a Damaris, pero sí a través de la plática de sus madres, de sus fotos y de una historia compartida.

 

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Es un día caluroso, a pesar de que el otoño ya llegó. Son casi las 4 de la tarde y la plaza está cubierta por el sol. Se pueden ver algunas personas dormidas en la poca sombra que hay; parejitas de todas las edades que comparten golosinas, frituras y unos cuantos besos; alumnos de la Universidad Metropolitana que hacen una parada antes de llegar a sus clases; 3 estatuas despintadas y sin placas, pues en el 2012 se las robaron; y 30 nombres en color verde que se alcanzan a ver sobre la estructura de cristal al centro de la plaza.

En la zona circundante se ubican alrededor de cinco puestos de periódico, cada uno con espacio para bolear zapatos. A esta hora, dos ya están cerrados, uno está casi por retirarse y los otros dos esperan a que termine el día. La hora fuerte ya pasó, pero los que quedan esperan a que se vayan los carros que están cuidando y uno que otro cliente que sale de los edificios cercanos.

La plaza ha estado muy descuidada, según cuenta Juan Manuel, quien lleva alrededor de 22 años trabajando en ese mismo lugar. Él es uno de los hombres que lustran los zapatos de los ejecutivos. Su puesto se ubica en contraesquina a la plaza, justo afuera de la oficinas de correos. Con una voz muy bajita, mientras sostiene un periódico, dice: “Antes de perdido venían y limpiaban hasta las estuatas [estatuas] y limpiaban todo el agua, y hasta el agua brotaba muy bonito. Y ahora ya no…”.

Ahora ya no es así. A veces unos evangélicos que se reúnen los sábados por la mañana para alimentar a las personas indigentes limpian un poco el lugar.

Mario —aunque él cree que debió llamarse Carmelo, pues nació el día de la Virgen del Carmen— es un multichambeador. Bolea zapatos, cuida coches y también los lava. Actualmente tiene 55 años, y desde los 5 trabaja en el mismo lugar. Su tío y su abuelo trabajaban en la oficina de correos, pero a él eso nunca le gustó, pues era mucha responsabilidad, así que se ocupó como bolero afuera de las oficinas. Todos los días se coloca sobre la calle Zaragoza, en frente de la iglesia del Sagrado Corazón, durante 12 horas: de 8:00AM a 8:00PM. Aguarda en su pequeño puesto, adecuado para que lleguen sus clientes, se sienten, suban sus pies a los pedestales y lean el periódico mientras Mario bolea sus zapatos.

Ya tiene sus clientes, y aunque al principio deja ver una personalidad seria y reservada, en realidad es muy platicador. “Los sábados vienen unos hermanos de la Biblia y vienen puros indigentes ahí… Ellos les traen de comer, les dan la oración y les dan café y pan”, asegurando que se juntan decenas de indigentes, entre 8:30 y 10:00 de la mañana.

Así como les tocó ver la develación de las esculturas y la repartición de comida de los evangélicos, Mario y Juan Manuel también han visto las manifestaciones de FUNDENL. Sigilosos, serios y desde su lugar, ven cómo los familiares llegan a la plaza, cuelgan sus pañuelos y exigen la aparición de sus parientes. Nunca se han acercado, pero siempre los han visto y escuchado.

El 8 de octubre de 2014 se reunieron familiares de desaparecidos, estudiantes y miembros de organizaciones de la sociedad civil en solidaridad con los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Traían consigo mantas, pancartas y fotos. “No se pa’ qué son, yo creo que para ver si los escuchan”, dice Mario. “Y le gritaban al gobierno ‘Los queremos vivos, no muertos. Los queremos vivos, no muertos’ ”.

 

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Eran las 8:30 de la mañana de un sábado. Había sol, unos cuantos charcos de agua, rastros de las lloviznas de los días anteriores y poca gente caminando en las calles del Centro de Monterrey. El olor a los guisos de los tacos mañaneros indicaba que los puestos ya estaban listos para atender a la gente que trabaja en los negocios del Centro y a los oficinistas que dedican medio día a sus labores.

Ya estaba acercándome. A una cuadra de distancia se alcanzaban a ver alrededor de 10 personas sentadas en las escalinatas de la plaza. No veía mucho movimiento, por lo que pensé “mala suerte”; tal vez no podría ver la reunión de los cristianos; pero no perdí la esperanza de poder platicar con alguien. Al acercarme a la esquina de la plaza, pude observar dos micrófonos y dos bocinas en la plancha de cemento que antecede la fuente. En una de las esquinas de la plaza había un grupo de personas que vestían ropa desgastada y que no había sido cambiada en varios días, como lo evidenciaba el polvo. Al parecer habían dormido ahí, pues muchos apenas iban levantándose de la banca de cemento, que en las tardes es utilizada por las parejas para conversar. Tallaban sus ojos con las manos, como para ver mejor, y se estiraban. Otros lavaban sus manos con agua de una botella de plástico, unos más platicaban y cuidaban un carro de supermercado lleno de cartón mientras que otros tantos se acercaban a las escalinatas para prepararse a escuchar la palabra.

En la esquina contraria, cerca de la calle Zaragoza, siete personas de la Iglesia Castillo del Rey se preparaban para promulgar la palabra de Dios. Afinaban la guitarra y organizaban los cantos y oraciones. Dudaba en acercarme, pues al parecer muchos se conocen y yo no era muy familiar para ellos, por lo que me senté en uno de los extremos de la plaza. Ahí se acercó Pablo, un hombre de 41 años, que entre los ahí reunidos es mejor conocido como Javier. “¿Viene a escuchar la palabra?”, me preguntó, lo que me dio entrada para contarle del trabajo que estaba haciendo.

Pablo es originario de San Luis Potosí, cerca de Ciudad Valles, y a los 11 años llegó a Monterrey. A esa edad vivía en las calles, hasta que una señora muy caritativa le ofreció un espacio en su hogar. “Ella es como mi madre. Me ayudó a sacar mis papeles”, recuerda mientras como música de fondo escuchamos “Santo, santo, santo, yo quiero verte”. Entre la música que aclama a Dios, Pablo me sigue contando que la señora murió hace un año, y después de eso empezó a haber tensiones con la familia, por lo que desde hace dos meses regresó a la calle. Durante esos dos meses ha vivido bajo el puente de Félix U. Gómez, lugar que comparte con otras personas, entre ellas “Tabasco”.

Sergio vive desde hace tres años en Monterrey. Él venía de Tabasco, razón que le dio su apodo, más no planeaba quedarse en esta ciudad. Ante varios intentos fallidos de cruzar a Estados Unidos, se quedó a vivir entre el concreto regiomontano. Su estatura media me permite mirarlo a los ojos sin tener que elevar mi cabeza, y mientras desvío la mirada a los rizos de su cabello y a las marcas en su cara que evidencian sus 40 años, me cuenta que el día anterior fueron a bañarse y a lavar ropa al río. La lluvia permitió que se creara un caudal en el río Santa Catarina, lo que pasa pocas veces al año.

Ya lo había visto antes. Un lunes por la tarde-noche tuvimos una reunión para planear una marcha en solidaridad con Ayotzinapa. Nos encontrábamos discutiendo el recorrido cuando “Tabasco” se acercó a nosotros para pedir una moneda. Nos contó que venía de lejos, y tras la negativa de la moneda, nos pidió algo de comer. Una compañera sacó una manzana de su bolsa y se la ofreció. Haciendo girar la manzana con sus manos, recordaba a su familia, con quienes no ha hablado desde que salió de su casa. Un silencio invadió el ambiente; unos estaban conmovidos y otras trataban de buscar la dirección de la Casa del Migrante, cuando Sergio irrumpió diciendo: “Les aseguro que mi madre no se come un plato de frijoles sin pensar si su hijo estará comiendo o no”.

En ese momento las palabras estuvieron de más, el silencio fue tan penetrante que permitía que las palabras de “Tabasco” hicieran eco en mi cabeza. Frente a la estructura transparente de la plaza, marcada por las calcas en color verde, pensaba que una madre, en algún pueblo de Tabasco, se encontraba viviendo la incertidumbre de no saber dónde está su hijo. Al igual que Letty, Lulú, Angie y todos los familiares de las más de 26 mil personas desaparecidas durante la guerra contra el narco.

 

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Al ritmo de la música, las personas, que estaban preparadas para escuchar la palabra, comenzaron a aplaudir. Dos canciones dieron inicio a la reunión y la entrada a un orador que comenzó hablando de la eutanasia y el suicidio para después pasar a orar por la paz en el país. Una instalación con tapas de botes de pintura pegadas en una de las paredes de la plaza, que forman un mapa de México en color rojo, con los nombres de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, y unas cuantas tapas en color negro que rodean el mapa, fue lo que desató la reflexión del orador. La instalación se colocó el 5 de noviembre, durante la jornada de manifestaciones en solidaridad con Ayotzinapa. Junto al mapa también se encuentra el número 43, compuesto por un 4 y tres siluetas de personas en color rojo.

“Lo que pasó en Ayotzinapa es la gota que derramó el vaso”, dijo el orador frente a poco más de 40 personas mientras señalaba las siluetas y el mapa. Aclamaba la paz, con los ojos cerrados y levantando su mano derecha con la palma abierta. Después complementaba la oración con un “Amén” y un “Gloria a Dios”. “Hay demasiadas injusticias, pero tenemos esperanza”, repitió en varias ocasiones, seguido de un comentario que reafirmaba la grandeza del poder de Dios. Después de su intervención, dos hermanos más dieron sus testimonios, y después prosiguieron con otra oración.

“¿Vienes a escuchar la palabra?”, me preguntó uno de los organizadores, quien desde que llegué me miró con extrañeza. Con una Biblia en mano, me platicó que desde hace 5 años realizan esta actividad. El pastor Ontiveros inició llevando comida a la plaza para repartirla a los indigentes al mismo tiempo que promulgaba la palabra de Dios. Después ya no se pudo seguir llevando comida, por lo que optaron por el pan.

Abraham, un hombre de 31 años, estatura media, tez blanca y cabello corto que peina de lado, se congregó en Cristo desde hace 8 años. Con su voz suave y pausada me explicó que primero se ora de manera general, después se entrega el pan —y en algunas ocasiones café— y finalmente realizan un estudio de la palabra, con quienes optan por quedarse y convertirse en discípulos de Cristo. También se sientan a platicar con quienes viven en situación de calle, para acompañarlos espiritualmente.

Sin haber cruzado muchas palabras, me invitó a acercarme a la oración. Traté de mantenerme lo más distanciada posible, pero fue imposible no pasar al frente ante la presión social de Abraham y Olivia, quien también tiene 8 años de consagrada. Todos cerraban sus ojos y repetían alabanzas a Dios, mientras que de manera simultánea Olivia, con su mano sobre mi espalda, oraba por mí de manera personalizada. Sin saber qué hacer, ni qué decir, Olivia me pidió cerrar los ojos y repetir lo que decía, a lo que accedí para no parecer grosera. Dos o tres minutos después, abrió sus ojos, soltó mis manos y me dio un abrazo. “Ya eres salva”, me dijo, “el Espíritu Santo ha venido a ti”.

 

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La esperanza se esparce, se hace presente. Pareciera invadir todos los espacios posibles para dar la fuerza para seguir. El 11 de enero de 2015, la calca en color verde con el nombre de Roy Rivera Hidalgo cumplió un año más puesta en el cristal de la plaza de los desaparecidos. La tierra dio otra vuelta al sol, y nuestros ojos siguen viendo a Roy, a Gino, a Kristián y otros más que en el camino se han unido en los carteles de las marchas, en las redes sociales y en las miradas profundas de sus madres

Las calles también nombran a los desaparecidos, convocan su regreso y reclaman una respuesta. Para que no se olviden. Para que no se repita. Para que haya justicia.

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