¿Cómo sobrevive un plataformero a un incendio en altamar?

Por Violeta Santiago

Alejandro González Gil, trabajador de Pemex en Agua Dulce, Veracruz, que resultó herido durante la explosión de la plataforma de Abkatun Alfa el pasado 1 de abril, está sentado en la sala de su casa, en la colonia Allende, por la mañana del jueves 9 de abril. Afuera, su esposa abre el portón para que los medios ingresen. “Buenos días, don Alejandro”, dice uno de los reporteros.

En el sofá mediano, frente a la televisión que en esos momentos mostraba algún programa aleatorio, yace el hidrómilo con trece años de experiencia de trabajo en las plataformas, trece años en los que “nunca hacía sucedido algo como esto”.La parte superior de la mano y la oreja derecha están cubiertas con vendajes blancos; el resto de sus extremidades muestras pequeñas heridas, también producto de aquella madrugada de horror en la que asegura volvió a nacer.

Contar su historia es volver a encarnar aquellas horas de desesperación y angustia, tal como lo señala el famoso adagio de “recordar es vivir”, pero a pesar del dolor que este hecho le provoca, Alejandro González se muestra valiente y accede a contar qué fue lo que vivió aquel primer día de abril.

Disciplina y tragedia

Alejandro comenzó a trabajar en Petróleos Mexicanos desde hace más de quince años, pasando los últimos trece de ellos en este complejo plataformero; apenas hace cuatro años había recibido su basificación.

Él se presenta a sí mismo como un hombre de disciplina a quien los demás lo señalaban siempre de “desconfiado”, puesto que “siempre tenía ese lema de ‘no te confíes’”. Cargaba su equipo de seguridad “como debe de ser” y procuraba no alejarse de sus funciones para platicar. Estar en el lugar adecuado, a la hora adecuada, dice Alejandro, es algo que le salvó la vida.

Eran las 03:40 horas de la mañana del 1 de abril y Alejandro, trabajador del departamento de compresión de gas en la plataforma encargada de separar el gas del aceite, se encontraba saliendo del cuarto de control, ubicado en el último nivel de la sonda. Llevaba ocho días a bordo y le había tocado el turno de noche.

Su trabajo consistía en checar cada hora los niveles del consumo de gas y que la presión y temperatura estuvieran dentro del rango normal. Minutos antes de que ocurriera el incidente, comentó que no vio ninguna anomalía. Si nada hubiera ocurrido, a las cuatro de la mañana habría actualizado las gráficas, pero nunca pudo llegar al lugar.

Cinco escalones recorrió cuando escuchó el primer estruendo. “Lo primero que yo vi fue una flama grande y pensé que era del primer nivel de la plataforma”, recuerda Alejandro mientras se esfuerza por evocar aquellos momentos, al tiempo que sus ojos demuestran no querer hacerlo del todo.

Lo primero que se le ocurrió en ese instante fue bajar hasta el primer nivel de la plataforma, en donde estaban los buques de salvamento, para evacuar la estructura. Sin embargo, cuando se dirigía hacia abajo, el intenso calor lo obligó a retroceder hasta el cuarto de control. Desde ahí, alcanzó a ver el fuego y recordó que había unas mangueras contraincendios, pensando que podría hacerle frente a las llamas, pero no pudo alcanzarlas. Era correr o morir.

Calor infernal

Alejandro decidió correr de lado contrario al fuego con la esperanza de poder bajar los casi diez metros por nivel hasta llegar a la superficie. Corrió lo más lejos que pudo del fuego e intentó cubrirse con una pared de casi seis metros de largo, creyendo que así se protegería. Sin embargo, la radiación era demasiado intensa; toda la plataforma se sentía como si el infierno mismo se hubiera materializado en ella.

El calor era tan fuerte que los muebles de madera, objetos de plástico y metal comenzaron a prenderse o derretirse cual figuras de chocolate bajo el Sol. Alejandro encontró a otros compañeros y juntos desenrollaron una lona para cubrirse del calor. “Ahí conmigo había unos de COTEMAR”, empresa para la que laboraba la mayoría de los muertos y heridos reportados hasta el momento.

Cuatro minutos después de estar bajo la lona, mientras comenzaban a experimentar intoxicación por la acumulación del humo, ésta “se achicharró” y partes de ella se pegaron en los overoles y la piel de los trabajadores refugiados. Alejandro se lastimó las rodillas mientras se arrastraba hacia afuera, quitándose los restos del plástico que, imaginaron, les ayudaría a protegerse.

“Era como si estuviéramos arriba de una estufa prendida: nos estábamos cociendo”, relata Alejandro mientras, involuntariamente, mueve un poco la mano herida. “Todos gritaban y yo también. ‘¿Qué está pasando?’, nos preguntábamos.”

En esos momentos, la electricidad se fue de la plataforma. Alejandro, desde el suelo, sin poder ver mucho de lo que había a su alrededor, sólo alcanzó a escuchar los gritos de sus compañeros: “Nos vamos a morir”, decían voces desgarradoras y, por un instante, él también llegó a imaginarlo. “Pensábamos en arrojarnos al agua”, pero a más treinta metros de altura, tan sólo desde el primer nivel, el impacto sería similar a chocar contra concreto; la altura desde su punto se duplicaba fácilmente.

Durante esos minutos —los más críticos—, cuando el obrero, habitante de la pequeña ciudad de Agua Dulce, se encontraba a punto de sofocarse, rodeado de humo, llamas, alaridos y muerte, él vio “la película de su vida”.

Se reservó los momentos que vio, sólo refiriéndose a puntos importantes de su vida, y luego se preguntó: “¿Qué es lo que no he cumplido y qué sí? ¿Qué me falta por vivir? Necesito, necesito ver crecer a mi hija”.

Su corazón y su mente se llenaron con la imagen de su pequeña, de tan sólo siete años de edad, con quien algunos días antes había armado una maqueta en la que recreaba parte del complejo Abkatun para un trabajo escolar por el Día de la Expropiación Petrolera.

Tras reunir un poco de fuerzas, en medio de la sofocación, Alejandro se arrastró en la oscuridad hasta donde, recordaba él, había un tambo con agua y comenzó a echársela encima para refrescarse.

El escape

Un poco más recuperado, Alejandro tenía que ver la forma de llegar a los buques de emergencia que estaban en el primer nivel, pero él todavía se encontraba muy arriba. Sus compañeros y él decidieron utilizar las líneas de proceso para bajar tal y como los bomberos —como muestra el cine y la televisión estadounidense— lo hacen para llegar a la planta baja.

Así, nada más con las manos descubiertas y con la poca fuerza que les quedaba en los músculos, descendieron uno por uno, quemándose las manos. A los heridos lograron bajarlos con cadenas, ayudándose entre todos. “No teníamos herramientas ni nada, podríamos haber caído al vacío”.

De esta forma alcanzaron el segundo nivel, y desde ahí pudieron bajar por las escaleras hasta la base de la plataforma para luego dirigirse a la zona de marea, que está debajo de la estructura principal, lo más cerca del mar.

Los obreros brincaban y rodaban sobre las embarcaciones de emergencias que estaban cerca y Alejandro también saltó sin sentir el dolor de su mano que chorreaba sangre y de la que salía agua, producto del intenso calor de allá arriba. Entre poco más de veinte personas, Alejandro llegó a la “habitacional”, la plataforma que funge como dormitorio; finalmente, estaban fuera de peligro. Cuarenta minutos más tarde, tocó tierra.

Heridas que tardan en cicatrizar

¿Qué tal? Buenos días, ¿cómo amaneciste?”, fue lo primero que Alejandro le dijo a su esposa vía telefónica luego de hacer una larga fila para comunicarse. Eran las ocho de la mañana y las líneas comenzaban a saturarse. “Tuve un accidente”, dijo, y le contó lo que había pasado.

Por la noche, internado en el Hospital General de Pemex de Ciudad del Carmen, Campeche, Alejandro pudo ver a su esposa y a su pequeña hija y finalmente pudo llorar. Desde ese día, relata, ha llorado varias veces.

Más que un hombre con suerte, se dice un hombre de fe. Alejandro estuvo hospitalizado a causa de quemaduras de segundo grado en el oído y la mano, ambas del lado derecho, y regresó a su casa en la calle Allende apenas el pasado lunes 6 de abril.

Han pasado ocho días desde la tragedia y confiesa que no puede olvidar lo sucedido. Ver imágenes de incendios lo desestabiliza; basta con que vea una gran cantidad de luz para recordar el fuego; y el sonido estruendoso de los mototortilleros que pasan por la calle le recuerdan al rugir del acero y las llamas en la plataforma.

Como en aquella escena bíblica durante la destrucción de Sodoma y Gomorra, Alejandro decidió no mirar atrás durante todo el trayecto hacia la “habitacional” y hacia tierra. Tres detonaciones —más fuertes que la primera— alcanzó a escuchar durante el trayecto, pero nunca se giró a ver: “Traía el casco aquí [señala su cabeza], y cuando la lancha se volteaba, yo también lo hacía para no ver la plataforma”.

Sobre las causas que originaron la explosión, desconoce totalmente qué pasó. Recuerda que los niveles estaban bien y varios de sus compañeros le confirmaron no haber visto anomalías.

No obstante, Alejando explica que había una pequeña irregularidad con los botes salvavidas, puesto que estos se bajan con una cadena motorizada, y al no haber energía eléctrica, la única forma era arrojarse en caída libre, con riesgo de que los cincuenta pasajeros para los que tenía capacidad quedaran desperdigados en el mar cual pedazos de un jarrón luego de estrellarse contra el suelo.

Ahora, en su casa en el sur de Veracruz, Alejandro lamenta la desaparición de sus amigos y la muerte de los trabajadores que estaban con él. “Dos de mis amigos murieron. Uno de ellos, William Emmanuel, está perdido. Lo conocía desde hace 13 años y era de Veracruz puerto. Está perdido, pero yo creo que está muerto”, se lamenta y la voz se le quiebra un poco.

Alejandro se prepara para ir a su cita médica. Los doctores le han dicho que no tuvo afectaciones en el canal auditivo, aparentemente gracias a que traía puestos los tapones, aunque este mismo equipo, al derretirse con el calor, le provocó la quemadura en la oreja.

¿Qué pasará con él y cientos de trabajadores que tenían su base de trabajo en Abkatúm Alfa, la cual tardará tres años en ser reparada, supuestamente? Sabe que su futuro laboral es incierto, pero tampoco está muy seguro de regresar. “Había estado trece años ahí y nunca había ocurrido nada así”.

Afuera de su hogar hay un pedazo de papel kraft colgado de un lazo con pinzas de colores, cual sábana, en el que se lee: “Bienvenido a casa, papá”. Siluetas de manos pintadas en naranja, azul y morado llenan el resto del espacio: unas, de su hija, las otras, de sus sobrinos. Abajo de la palabra “casa”, en pequeñas letras irregulares, propias de una niña, se puede leer en azul: “Papá te queremos mucho. Grasias por luchar por tu vida, grasias por estar aquí” (sic).

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