Por Kaizar Cantú

Tuve la fortuna de toparme a un amigo entre el montón de gente que asiste y se bambolea entre los pasillos de la FIL de Monterrey. Caminamos un rato, dándole vuelo a una conversación sin estructura y llena de brincos temáticos; pasamos de lo trivial a lo apenas interesante, y de ahí a lo desvergonzadamente estúpido (cosa que, confieso sin temores, me es bastante grata). No obstante la cantidad de giros en nuestra plática, hubo una idea que volvió a nosotros una y otra vez, una idea que puede expresarse de la siguiente manera: lo que trasciende en el Arte y la Literatura es aquello de lo que puede decirse que, por naturaleza, está chido.

Como estudiante de Letras, es común que se me pregunte lo que constituye para los entendidos un buen libro. Es una duda inocente, ajena a todas las rebuscadas y con frecuencia contradictorias opiniones respecto al tema. No busca teorías de la Literatura, ni tratados sobre la relevancia y responsabilidad social del escritor, y mucho menos digresiones filosóficas que intenten aprehender y acaso comunicar el poder casi sobrenatural de la palabra; sólo desea conocer los rasgos que hacen que una obra literaria se gane la admiración de los letrados y una presencia prolongada en la memoria de la humanidad.

He ofrecido varias respuestas según mi humor durante el momento y dependiendo de las ideas que he traído en la cabeza, rebotando como partículas de aire caliente, a lo largo de los años. Ninguna de ellas me ha resultado satisfactoria, y supongo que tampoco a mis interlocutores. Las respuestas han sido en su mayoría ejercicios fallidos de retórica, si no es que diarrea verbal: discursos redundantes y poco precisos cuya única conclusión es que hace falta leer más porque la tradición es enorme y resulta imposible asimilarla toda en cinco años de carrera, y no se diga en una exposición de tres minutos.

Aún conservo esa perspectiva respecto al estudio de las Letras, y si alguien vuelve a preguntarme y decido ser 100 por ciento sincero, contestaré que no sé lo que es un buen libro porque aún quedan demasiados por leer. Sería un discurso más conciso y mucho menos vergonzoso, pero temo que volveríamos al problema de la insatisfacción, al menos del lado de mi interlocutor. Puedo ofrecer, por otro lado, una respuesta de la que no estoy completamente seguro pero que, por el momento, me ha resultado satisfactoria. Una respuesta a la que he llegado gracias a conversaciones, lecturas y a la aprehensión de sentimientos que me vienen durante y después de la experiencia de un texto.

A la pregunta de qué le gana a una obra admiración y permanencia entre el lector común y el experto responderé diciendo que, de entrada, si una obra es aplaudida y hasta estudiada por los entendidos en Literatura, eso no garantiza que sobreviva al abandono y consecuente olvido de las generaciones. En otras palabras, lo que deja estupefactos a críticos y académicos no pertenece necesariamente a la categoría de obras perpetuadas mediante su lectura e influencia en generaciones posteriores.

Es difícil explicarle a un no-iniciado por qué vale la pena leer el Ulises sin entrar en detalles sobre las representaciones tradicionales del pensamiento humano por escrito y la manera en la que Joyce rompió con todas ellas, proponiendo una alternativa novedosa, extraña y que además ofrece perspectivas interesantes sobre la naturaleza del pensamiento y también de la escritura en sí. Es un argumento fuerte pero que sólo le interesa a la Literatura, y tal vez a la Psicología. No veo por qué un lector sin una inclinación por el estudio de las Letras querría leer el Ulises, independientemente de su fama entre la producción literaria del siglo xx. Sin embargo, el Ulises se lee y se reconoce. La pregunta es: ¿por qué?

Aquí es donde entra mi respuesta a la pregunta que justifica este escrito. El Ulises se lee porque está chido. Así de simple, sin necesidad de mayores explicaciones. Sin embargo, para evitar la duda y la insatisfacción en el lector, lo expresaré de otro modo: seguimos leyendo esta novela de Joyce porque es memorable. Memorable por dos cosas: primero, y en menor grado, porque su época la designó como una obra sucia, degenerada, inmoral; y segundo, porque es un texto con fama de ser muy, muy difícil. El Ulises es el modelo de la novela densa, un ejemplar excelso del símbolo casi indescifrable. En una disciplina en la que abundan los artefactos difíciles de aprehender, el Ulises ha alcanzado el estatus casi legendario (que el tiempo quizá vuelva mítico) de libro incomprensible. Y por eso está chido.

El caso de Joyce es el de un novelista de élite que movió suficientes unidades como para convertirse en ícono de la Literatura. Hay otros que no recibieron en sus respectivas épocas las bellas palabras de la crítica ni la atención de la academia pero sí el interés de los lectores y el agradecimiento de las editoriales. (Otros más no recibieron ninguna de las dos sino hasta después de su muerte, o al borde de ella.) Ya me he topado varias veces con la opinión de que Poe es un mal escritor. Yeats ha dicho que su prosa era una vulgaridad, y Huxley alguna vez comparó su estilo con un hombre que lleva anillos en cada uno de sus dedos; Borges escribió, no sin cariños, que Poe es uno de esos autores que no legaron una obra, sino una literatura. Si abundan las opiniones sobre las fallas de Poe como un exponente de las Letras, entonces, ¿por qué su figura proyecta una sombra tan larga sobre la totalidad de la Literatura?

La respuesta es, de nuevo, porque lo que escribió está chido. Se recuerda por la palabrería con la que dispara imágenes y sensaciones en pleno tenebrosas. Imágenes y sensaciones que han quedado talladas con vivacidad y fino detalle en la imaginación de varias generaciones. Lo mismo puede decirse de figuras como Lovecraft, Tolkien, Rice Burroughs y Philip K. Dick; quizá hasta de Homero y de Cervantes, de Dante y de Shakespeare, de Cicerón y Marco Aurelio. Permanecen porque son de palabra memorable, no por su calidad literaria ni por su vínculo con la tradición de Occidente y la alta cultura. Hay algo digno del recuerdo en la imagen del hombre que engaña al cíclope, y es ese algo lo que justifica la renovación de las palabras que la transmiten.

Entonces, en respuesta a la pregunta de qué es un buen libro, definiendo “buen libro” como una obra literaria apreciada por los expertos y conservada por generaciones de lectores, responderé que, a la larga, no importa si un libro es bueno. Lo que de veras importa, eso que lo salva de extinguirse con el paso de los siglos, es que esté chido.

Comments

comments