¿Puede la magia callejera ser un acto de amor?

Por Daniela García

Desde el año 2000 hasta la fecha, Margarita Téllez se ha disfrazado de payasa casi todos los días. Se levanta temprano por las mañanas, se viste y se dirige a la cocina a preparar el desayuno para ella y su única hija soltera. Cuando termina con sus labores domésticas toma un camión rumbo a la avenida Garza Sada e ingresa a la tienda Soriana. En la puerta, el guardia la reconoce y la saluda: “¡Abuela!”.

Con paso decidido se encamina hacia los refrigeradores, de donde toma tres botellas de refrescos (uno de piña, uno de fresa y otro de cola) que introduce en una pequeña hielera de color azul marino amarrada a su brazo derecho. Sale de la tienda, cruza el estacionamiento y una de las avenidas más importantes del sur de Monterrey, y luego toma su lugar en el pabellón que divide la avenida Alfonso Reyes, justo enfrente del restaurante de comida rápida Carl’s Jr. Despliega una sombrilla para protegerse del inclemente sol, una silla plegable de plástico y una de las botellas de refresco, mientras toma su cajetilla de Pall Mall rojos. Después saca un cigarro y lo prende. Abre una bolsa de plástico y tras un breve análisis, elige un listón rojo que utiliza para amarrar un mechón de su canoso pelo y hacer un coqueto moño. Toma de la misma bolsa un pequeño espejo y unas pinturas y se dibuja con un pincel blanco unas cejas delgadísimas que llegan casi hasta el nacimiento de su cabello y le dan un aire de sorpresa.

Después, con aprendida facilidad, colorea la punta de su nariz con pintura roja y remata sus cachetes con puntos blancos que simulan pecas. Vanidosa, revisa que su maquillaje haya quedado bien y ya con su vestido rojo con blanco que combina con su maquillaje y su moño, se levanta de su silla, toma un sombrero de tela azul que dejó tirado en el piso cuando llegó y espera a que el semáforo frente a ella cambie a rojo para poder pararse de cara a los pocos automóviles que transitan a las once de la mañana por la avenida. Margarita acomoda los labios y silbando entona una canción que sólo ella escucha, ya que el rugir de los motores y las ventanillas cerradas de los carros de su audiencia impiden que se percaten de la música que ella ha decidido acompañará su rutina el día de hoy.

Mueve las manos de izquierda a derecha, las introduce en el sombrero azul y le muestra a los no tan atentos automovilistas, que el sombrero está vacío. Entonces vuelve a meter la mano y saca un conejo blanco. Empieza a caminar hacia los automóviles y una señora baja la ventanilla, le extiende la mano y unas cuantas monedas. La luz roja está a punto de cambiar a verde y Margarita, tras años de trabajar en el mismo crucero, sabe que le quedan segundos para poder atravesar hasta la banqueta en donde está su sombrilla, su hielera y sus cigarros antes de que los carros empiecen a andar nuevamente. Cuando se sienta en su silla plegable, escucha el claxon de una camioneta pick-up que pasa a 100 kilómetros por hora frente a ella, de donde sale una voz alegre que la saluda: “¡Abuela!”.

I

Margarita decidió ocupar ese lugar en el pabellón que está sobre la avenida Alfonso Reyes, porque le permitía estar cerca de su esposo. Bajo su sombrilla, la pequeña anciana se sienta esperando que la luz del semáforo cambie a rojo para realizar su pequeño “acto”, aunque no se para a trabajar en cada cambio de luz. La edad, el cansancio y la enfermedad la han alcanzado ya y permanece más tiempo sentada de lo que pasa caminando entre el desfile de carros que transitan sin parar por la avenida. Frente a ella, sobre Garza Sada, se encuentra un grupo de personas que también pasan sus días mendigando, pidiendo una ayudita, vendiendo chucherías o haciendo “actos” para poder subsistir día a día. Ahí, bajo la protección de un puente vehicular que los esconde de los rayos del sol, fue donde inició su carrera de payaso Demetrio Domínguez.

A finales del siglo pasado, con una esposa y tres hijos, Demetrio decidió pararse en ese crucero para poner en práctica los trucos aprendidos a lo largo de su vida, de la mano de sus padres, de amigos y de conocidos, para poder obtener el dinero que necesitaba para sacarlos adelante. El crucero era desde entonces uno de los más transitados de la zona y se encontraba cerca de su casa, en la colonia Burócratas del Estado.

Antes había trabajado ya en otros semáforos, pero nunca había utilizado un traje de payaso hasta que su esposa le comentó que le ayudaría a llamar la atención de los paseantes. De carácter amable y siempre sonriente, Demetrio sufría en ocasiones abusos de los automovilistas, que no sólo le cerraban la ventanilla del carro, sino que se burlaban de él y en ocasiones, llegaron incluso a golpearlo con el coche o con las manos. Margarita al enterarse de estas situaciones, se indignó y le pidió a su esposo que le permitiera acompañarlo para poder defenderlo. “Yo te puedo defender, porque tú eres bien bueno y yo si soy enojona”, le dijo.

Así, durante algunas semanas Demetrio pasó algunos de sus conocimientos de “magia callejera” a su esposa, quien compró su primer disfraz de payasa, su kit de maquillaje y se plantó en el pabellón de enfrente de donde trabajaba él con ojo vigilante por si alguien maltrataba a su querido. Con insultos, gritos y maldiciones respondía a aquellos que se atrevían a maltratarlo, hasta que la voz se corrió de que la risueña payasita tenía un carácter pesado y los maltratos a Demetrio fueron disminuyendo hasta casi desaparecer. Eso sí, nunca pudo convencer a Demetrio de que se pintara la cara de payaso como ella lo hacía.

II

A Margarita nunca le falta bocado o compañía en su crucero. Después de mediodía, cuando el sol regiomontano se encuentra en su cénit y las sombras para protegerse del mismo se vuelven escasas, Margarita se sienta bajo su descolorida sombrilla verde, abre su hielera y saca su comida del día, que ella misma preparó por la mañana: tres tacos de huevo revuelto que acompaña con su segundo refresco. La transitada avenida se vuelve aún más congestionada cuando cientos de automovilistas salen de sus trabajos a la hora de la comida, los padres recogen a sus hijos de los colegios y los pudientes se dirigen a restaurantes en los alrededores de la zona sur de Monterrey.

Es entonces cuando una señora baja la ventanilla de su carro y le hace señas con la mano a Margarita de que se acerque. Le entrega una bolsa llena de frutas, jugos, tortillas, pan y un poco de pollo. “Le hice una despensa chiquita, señora. Dios la bendiga”, le dice mientras sube la ventana y Margarita le agradece. “Ándele, igualmente”. Se sienta, abre la bolsa que le acaban de entregar y observa lo que tiene en su interior antes de ponerla en el piso junto a otra bolsa de plástico que le donaron unas horas antes. Esta contiene uvas, naranjas y botes de agua que Margarita regala a una de sus compañeras que trabajan el crucero de enfrente. Tan sólo en esta esquina se pueden llegar a contar una docena de personas que venden algo, limpian parabrisas, o hacen trucos, como Margarita. En México se estima que el 60 por ciento de los trabajos son informales y que casi 30 por ciento se desarrolla en la calle.

Ana, que vende muñecos de peluche de películas de moda, se sienta con Margarita y le comenta que el día ha estado tranquilo, solo ha vendido dos ‘minions’, -tiernos muñecos amarillos de la película ‘Mi Villano Favorito 2’- en todo el día. Comparten un cigarro y comentan que la semana ha estado mansa. “Lo bueno es que el lunes ya es quincena”, dice Ana, a lo que ambas asienten y sonríen. A pesar de no recibir un sueldo fijo, la quincena para ellas significa que recibirán más dinero porque es cuando los automovilistas cargan más efectivo y se vuelven más generosos. En un día normal, Margarita puede juntar unos 200 pesos, más la comida que le regalen, pero en quincena su ganancia puede aumentar hasta 400. Cuando Ana se va, Margarita le encaja el diente a su último taco y toma de la botella de Coca Cola, saboreando el sabor dulzón del refresco. Nunca toma agua.

III

Ana no es la única persona que hace compañía a Margarita en las largas horas que pasa en el crucero haciéndose de un sustento. La intersección de Garza Sada con Alfonso Reyes es una de las más trabajadas por personas del sector informal. Al otro lado de donde Margarita hace sus trucos de magia, se pueden ver algunas veces a una familia de menonitas que venden sus productos lácteos y galletas. A veces también se puede ver a un par de jóvenes que hacen acrobacias, se suben en los hombros del otro y malabarean con antorchas, con fuego y pelotas. Tres o cuatro hombres de mediana edad son asiduos del lugar, pero ellos son repartidores de periódicos de diferentes medios locales. Se saludan, platican y comentan sobre el transitar diario de la zona metropolitana de Monterrey, pero la mayoría mantiene un tono formal con los otros; a pesar de saberse compañía mutua, están conscientes de que compiten para obtener dinero. Margarita sabe que es posible que alguien más logre llamar la atención de los automovilistas, pero confía en que los largos años que ha pasado trabajando ese semáforo le permitan llevar la delantera.

Cuando una tarde, una señora vestida como indígena se acerca al crucero, Margarita la ve con ojos de desconfianza. La señora no vende chucherías, no realiza trucos de ningún tipo y solo extiende la mano para recibir dinero, lo que enfurece a Margarita. “¡Así nadie te va a ayudar, a la gente no le gusta dar dinero nada más porque si!”, le grita. La mujer indígena aparenta casi la misma edad que Margarita, con su piel curtida y sus ojos tristes. Pero es sólo parte de una estadística más. En entrevista, un representante del Instituto Nacional de las Personas Adultas y Mayores (INAPAM) advierte que ante la falta de oportunidades laborales, la baja cobertura de los sistemas de pensiones y jubilaciones, un gran número de adultos mayores se encuentra por debajo de la línea de pobreza o situación de indigencia.

Demetrio murió en febrero de 2013. Adolorida de cuerpo y alma, Margarita se ausentó de su crucero un par de días, consciente de que ahora sin el aporte de su esposo, no podría dejar de trabajar so pena de quedarse sin sustento ni comida. En México, el 58 por ciento de las mujeres que como Margarita laboran en la informalidad son viudas. Esto influye para que las mujeres que súbitamente se han vuelto cabezas de la familia acepten trabajos muy precarios, en ocasiones, en la calle. El guardia que cuida el estacionamiento del Carl’s Jr. enfrente de donde trabaja Margarita se preocupó al no verla durante varios días seguidos. Sabía de la enfermedad de su esposo y supuso que algo había ocurrido. Bajo la sombra que le ofrece el techo del restaurant de comida rápida, observó el lugar vacío y la sombrilla de Margarita ausente a lo largo de su jornada de trabajo, pero no tenía manera de comunicarse con ella para cerciorarse de que la mujer no necesitara ayuda de algún tipo. Al ocupar su mente y su cuerpo ayudando a los conductores a salir del estacionamiento y procurando la seguridad de los vehículos que se encuentran en el local, se le terminó olvidando. Hasta que pasó su mirada por el lugar en donde generalmente estaba la menuda viejita que ya formaba parte del paisaje, no recordó sus preocupaciones.

Finalmente, casi una semana después de que el guardia notara su ausencia, Margarita salió de la tienda Soriana y cruzó la avenida para postrarse en su sitio acostumbrado, se vistió, se pintó y empezó a trabajar como si nada. Silbando, Margarita sacó conejos del sombrero y sonrió a los automovilistas a pesar de su duelo. En su hora de comida, el hombre compró una hamburguesa en el local de comida rápida y cruzó la calle para saludarla. “La extrañamos, abuela. ¿Cómo ha estado?”. Rara vez Margarita le aceptaba comida, ya que consideraba que era mejor que le diera dinero que alimentos, pero esa vez la tomó de las manos del hombre y se sentó a platicar con él, informándole de la muerte de su esposo. Le contó que estaba tranquila, que tanto ella como sus hijos se habían despedido de Demetrio y lo habían encomendado a la gracia de Dios, y que un amigo de ella, un hombre de dinero que trabajaba en el sindicato de maestros que se le había acercado una vez para preguntarle porqué se vestía de payasa, había pagado el funeral y el entierro de su esposo. Ella sola no hubiera podido costearlo sola: los altos costos de las capillas, el ataúd, y todo lo que incluye un funeral -le informó Margarita- llegaba hasta los 15 mil pesos. Cuando terminaron de comer, el guardia se despidió de ella y se dirigió nuevamente a su lugar en el estacionamiento del restaurant, notando que Margarita le sonreía a una niña que le estaba dando unas monedas a través de la ventana abierta del coche en el que iba.

Seguir trabajando ha evitado que Margarita se detenga y medite sobre su trágica situación. Así ha evitado caer en depresión. El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) recomendó a los ancianos mantener alguna especie de ocupación o trabajo, a pesar de que no tengan necesidades económicas.

Sin embargo, la de Margarita está muy lejos de ser una vida fácil. Como ella y Demetrio existen aproximadamente 60 millones de adultos mayores en México que son ignorados por empresas que podrían ofrecerles un trabajo formal, y que terminan trabajando en las calles. “Son hombres y mujeres que tienen que trabajar hasta que el cuerpo aguante o la enfermedad aparezca, simplemente para poder sobrevivir”, explica Verónica Montes de Oca, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UAM). Hoy, por ejemplo, uno de cada cuatro adultos mayores de 80 años no tiene más opción que seguir saliendo a buscar siquiera algo que llevar de comer a casa. Margarita aún no alcanza los 80, pero lleva ya rato viviendo en este mundo…

IV

Margarita tiene una vida que no incluye su disfraz de payasa, sus trucos de magia y el abrasante sol de Monterrey que le ha curtido la piel, dándole una apariencia mayor a los 70 que cumplió este año. La edad no la va a detener de trabajar en su crucero; con el tiempo se ha convertido en parte del 80 por ciento del total de los adultos mayores que trabajan en la calle en la ciudad. Pero cuando el sol se esconde tras los cerros de Monterrey, y las luminarias de la ciudad se encienden, se prepara para abandonar su lugar. Con una tela mojada se quita la pintura de la cara, se arranca el moño que adorna su cabeza y se desprende del disfraz de payasa, quedándose en pantalones de mezclilla blancos y una blusa del mismo color. Guarda sus cosas en una bolsa de plástico y se despide de aquellos compañeros que se quedarán trabajando aún cuando el sol se haya escondido. Cuando las ganancias del día han sido buenas y no tiene que cuidar a sus nietos, Margarita se dirige hacia uno de los casinos de la ciudad -el más cercano es el Winland, aunque su preferido es aquél epónimo ubicado en la avenida Revolución-. En cuanto entra al centro de apuestas, Margarita se confunde con el resto de los asistentes, y no es hasta que ha pasado media hora sentada frente a la misma máquina que una señora de unos cuarenta años, guapa, rubia y sonriente la reconoce. “¿Usted es la abuelita de Garza Sada, verdad?”, le pregunta. Margarita sonríe y le contesta que sí, pero continúa jugando.

En una semana normal, puede llegar a gastar hasta mil pesos en los casinos, que no es mucho comparado con lo que despilfarran otras aficionadas, pero para una mujer que debe trabajar en la calle para obtener aproximadamente 300 pesos diarios, ese dinero sí representa una fuerte cantidad. Aun así, Margarita no ha considerado la opción de dejar de asistir a esos lugares.

Cuando visita mercados, tiendas de ropa en el mall Plaza La Silla que está cerca de su crucero, o simplemente cuando camina por la calle, Margarita es reconocida por gente que la ha visto trabajar vestida de payasa. Hay gente que le lleva ropa, despensas y dinero, por lo que Margarita considera que puede vivir a gusto; pero nunca ha considerado dejar de trabajar. Le gusta, la hace feliz y se siente satisfecha de haber podido sacar adelante a su familia, e incluso a algunos de sus nietos. A dos les ha pagado la escuela primaria. Ahora, Margarita sin Demetrio, su eterno compañero en el crucero, solo debe sostenerse a sí misma. Su hija menor, que aún vive con ella, se desempeña en una empresa y no necesita laborar en la calle o ser mantenida por su madre. Margarita es solo una más de los dos millones de personas mayores que laboran de manera informal en la calle y que poco a poco se han convertido en parte del paisaje urbano, pero saca un conejo de su sombrero azul, saluda a todo aquél que le grite ‘Abuela’ cuando pase frente a ella y se convierte de pronto en una persona inconfundible. Una mujer que hace de la magia callejera un acto de amor a Demeterio.

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