¿Qué tan lejos queda la otra orilla?

Por Oziel Gómez

Ilustración por Haydeé Villareal

Foto por Said

Mientras escribo esto, Said cuenta los días para cruzar el Río Bravo. Durante tres años contó los meses, y ahora, después de una larga espera, sólo tiene que contar los días. Si todo sale como lo planeó, en poco tiempo pisará por primera vez Estados Unidos. No tiene documentos para cruzar legalmente, así que espera en la frontera el momento en que la corriente del río disminuya y sea seguro atravesarlo. A sus espaldas ya quedan Honduras, su país—, Guatemala y muy pronto quedará México. Said tomó esta foto hace unos días, cuando estuvo por primera vez en la ribera del Río Bravo. Después de tanto tiempo entre él y su destino, sólo queda un río.     Said está de pie frente al río. Ha escuchado mucho acerca de él, lo ha visto en fotografías, pero esta es la primera vez que lo mira con sus propios ojos, que escucha su rumor. El agua, verdosa y revuelta, serpentea con prisa bajo un cielo azul y salpicado de nubes hasta perderse tras una curva. Son las cuatro de la tarde y el calor es intenso. Pero él no está aquí para contemplar el río. Sus ojos se deslizan sobre la superficie hasta posarse en la otra ribera. Eso es lo que vino a ver. A decir verdad, sin importar de qué lado se esté, el paisaje en ambos extremos del río es muy similar: con excepción de las rocas, matorrales verdes y frondosos se extienden hasta donde la vista alcanza. Pero Said sabe que está en la ribera incorrecta, que si estuviera del otro lado todo sería diferente, mejor. Empezando por que el sueño que lo ha tenido por tres años en la ribera sobre la que ahora está parado se haría realidad. Porque en el otro extremo no sentiría ese apuro por echarse al agua y cruzar. Ha soñado y planeado este día demasiadas veces durante los últimos tres años. Incluso anunció en una de sus redes sociales que visitaría el río. Por eso, de pie frente al agua, bajo este cielo salpicado de nubes y en medio de un calor intenso, la emoción lo inunda y decide tomar una fotografía. Ahí están, inmortalizados en la pantalla de su celular: el río, sus piedras, el cielo, la vegetación frondosa, la otra ribera. Entonces lo invaden las ganas de sentir el agua y sumerge los pies. Está templada, perfecta. Avanza un poco. El agua lo cubre hasta la cintura, después hasta el cuello. Toma aire, cierra los ojos y se sumerge. Está feliz. Si pudiera, si la corriente no fuera tan intensa en la parte más profunda, en ese instante, sin pensarlo dos veces, nadaría hasta el otro extremo. Si tan sólo la corriente no fuera tan intensa… Entonces siente como si la distancia entre él y el otro lado se multiplicara. Se siente nuevamente lejano. Los diez metros que separan las riberas son los últimos diez metros de los 2 mil 900 kilómetros que ya dejó atrás y que “ni loco” —como él dice— desandaría. Pero no dejan de ser diez metros. Y el río sigue ahí, impetuoso en su parte más honda, como un muro insondable, y él sigue estando en la ribera contraria, en la que no quiere estar. Tiene que esperar un poco más, a que la corriente disminuya y sea seguro atravesar. Pero la espera ha sido larga. A sus espaldas no sólo está un país entero, sino tres años de moverse de aquí para allá en un territorio al que sólo llegó de paso. Están un puesto de dulces tradicionales, un lavadero de carros, un albergue en Apizaco, un sinnúmero de viajes sobre los vagones de un tren, un “cara a cara” con la muerte. Pero eso está a sus espaldas. Aquí, frente al río, frente a la otra ribera, lo que sea que esté detrás no es más que recuerdo, cientos de días, buenos y malos, que pronto habrán valido la pena. Aquella orilla, a menos de diez metros de distancia, se llama Estados Unidos. Y Said volverá al río mañana y tomará otra fotografía. Y en la imagen se verán el cielo, sus nubes, las piedras y, más allá, tras un río verdoso y todavía bravo, aquella añorada ribera. Después de tanto tiempo y tantos kilómetros entre él y su destino, sólo queda un río.

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