En el cuento “El jardín de los senderos que se bifurcan”, Borges sugiere una novela infinita escrita por el chino Ts’ui Pên. El libro narra sucesos aparentemente contradictorios y desarticulados (personajes antes muertos resucitan en capítulos posteriores, una escena es narrada dos o más veces con diferencias discernibles, etc.) que, según teoriza el sinólogo Stephen Albert, no son sino variaciones de un evento a lo largo de distintas líneas temporales. Cada vez que un personaje encara posibilidades distintas, todas ellas se concretan en sucesos novelísticos que son narrados, ya sea en las páginas escritas por Ts’ui Pên o en otras, tal vez escritas por otro Ts’ui Pên. La novela se convierte entonces en un reflejo de la estructura temporal según la concebía Ts’ui Pên, es decir, en un jardín de senderos que se bifurcan (o trifurcan, o cuatrifurcan, etc.) prácticamente ad infinitum.

La posibilidad de un relato infinito es un concepto bastante atractivo. No extrañaría a nadie entonces que existan por lo menos un puñado de intentos, o bosquejos, de semejante experimento en la Literatura. A continuación trataré uno de ellos: Doctor Peabody’s Fantastic, Unforgettable Chair [“La fantástica e inolvidable silla del Doctor Peabody”], una novela de Benedict Schluss (1880-1931).

Hay muy poco que vale la pena saber en la vida de Schluss. Fue un médico alemán de padres ingleses y pasó sus últimos años enfermo de tuberculosis, aprovechando la vitalidad que le quedaba para escribir. El cuerpo le dio para completar sólo dos obras: una compilación de ensayos titulada The German Illness (1948) y Doctor Peabody’s Fantastic, Unforgettable Chair (1949). El resto de sus escritos son anotaciones y bosquejos de obras que nunca pudo iniciar.

Doctor Peabody’s comienza como un relato que podría virar hacia el terreno fantástico o el de la ciencia ficción. El primer capítulo abre con la transcripción de un telegrama enviado a un joven médico —Charles Strudwick— por el Doctor Peabody. En él, Peabody le pide a Strudwick asistir a su laboratorio cuanto antes para una demostración de la “silla increíble” que acaba de inventar. Strudwick, entusiasmado, toma su sombrero y sale a la calle, rumbo al laboratorio del Doctor. En el camino sufre varios contratiempos —pequeños encuentros y conversaciones demasiado prolongadas—, pero logra eludirlos y llegar al laboratorio del Doctor. Ahí, el Doctor le muestra la silla: una especie de trono hecho de un metal pulcro y de lo más brillante, con un manojo de cables que salen del respaldo y lo conectan a un cilindro brillante que yace detrás. Cuando Strudwick pregunta qué hace la silla, el Doctor responde tomándolo de la muñeca con fuerza y sentándolo sobre el aparato. “Tendrás que averiguarlo tú mismo”, le dice mientras sujeta sus brazos y piernas con cintas de cuero. El capítulo termina con Strudwick sentado en la silla y la mano del Doctor Peabody sujetando la palanca que activa el mecanismo.

Las primeras líneas del segundo capítulo describen una cabaña construida sobre la costa escocesa. Se revela luego que ésta pertenece a Glenn Duncan, un pescador compacto y de cabello rojizo. A lo largo del capítulo se narran momentos más o menos comunes durante una de sus jornadas: Glenn preparando la carnada, Glenn tambaleándose sobre el bote, Glenn pescando peces y liberando a los más pequeños, Glenn haciéndole cosquillas a su hijo, Glenn discutiendo con su mujer. El capítulo termina con Glenn sentado sobre su barca mientras el cielo comienza a relampaguear.

El tercer capítulo no es menos desconcertante. Empieza con las encantaciones que un bachiller llamado Omar al-Safa pronuncia de cara al sol poniente. De ahí, procede a narrar su caminata a través de un bazar y unos jardines hasta su casa, donde lo esperan varios libros abiertos. Las últimas páginas del capítulo tratan varias reflexiones que al-Safa ha hecho de sus lecturas mientras unos espejos brillan de frente al sol.

Son 25 los capítulos que componen la novela que se supone es Doctor Peabody’s Fantastic, Unforgettable Chair. Ninguno de ellos, salvo el primero, trata o menciona siquiera al Doctor Peabody o a su silla increíble. Todos siguen a personajes distintos, sin relación aparente entre sí: un carcelero francés, una monja española, un niño de alguna selva amazónica, etc. Es como si el narrador interrumpiera una historia para comenzar otra, misma que abandona por otra más, que abandona por otra más, que abandona por otra más, hasta alcanzar el capítulo final, que es, para sorpresa y frustración del lector, tan inconcluso como sus predecesores.

Son pocas las explicaciones de por qué Schluss escribiría una novela semejante, en parte porque son pocos los lectores de Schluss, y menos aún son los interesados en las razones detrás de su escasa literatura. Además, entre los escritos que quedaron después de su muerte, no hay rastros de Doctor Peabody’s; Schluss nunca menciona la novela, ni conceptos que podrían haberle servido como génesis.

Lo más fácil sería asumir que se trata de un error: el manuscrito de Doctor Peabody’s no era una novela completa, sino el comienzo de una que jamás progresó más allá del primer capítulo; los otros 24 capítulos serían también comienzos o fragmentos de novelas inconclusas. Quien haya encontrado el “manuscrito” pensó que todas esas piezas constituían una obra por virtud de haber estado juntas en una misma carpeta y las mandó tal cual a la imprenta.

También cabe la posibilidad de que la novela sea el producto de un delirio, una secuela de la enfermedad padecida por Schluss, de su cercanía a la muerte. O, ¿por qué no?, puede que Benedict Schluss fuera un escritor pésimo que no sabía lo que estaba haciendo pero que de todos modos lo hizo, temeroso de que su mala salud acabara de un tajo con sus ambiciones literarias.

Sin embargo, cuando se trata de Literatura, lo más fácil no es siempre lo más razonable, ni lo más adecuado.

Kara Leon, de la Universidad de Sheffield, ofrece una explicación extraña para la estructura de la novela. No obstante, es esa misma extrañeza lo que hace que su teoría cuadre muy bien con las posibles intenciones de Schluss en Doctor Peabody’s. En su ensayo “The NeverEnding Novel: Endless storytelling in Benedict Schluss’s Doctor Peabody’s Fantastic, Unforgettable Chair” [The Journal of Marginal Literature (Vol 1, No. 4: 2000)], la doctora Leon sugiere que el propósito de Doctor Peabody’s es la proyección de una novela infinita.

El texto comienza con una breve defensa de Schluss. Leon señala que aunque no podemos suponer el genio de éste, en su otra obra (The German Illness) hay huellas no sólo de lucidez, sino también de un intelecto agudo y, más importante aún, de creatividad. Es este escepticismo respecto a la falta de visión artística de Benedict Schluss lo que le permite a la doctora Leon considerar la posibilidad de un experimento literario en Doctor Peabody’s, y lo que la lleva hasta su teoría del relato infinito.

El ensayo explica que la falta de relación aparente entre los 25 capítulos no es sólo intencional, sino que es lo que da sentido a la novela. El primer capítulo se precipita a presentarnos al Doctor Peabody y a su silla increíble sin dar explicaciones porque los capítulos que le siguen son, de hecho, la demostración mencionada por el Doctor en el telegrama. “Cualquier lector asumiría que [Glenn] Duncan y los demás personajes de los otros capítulos son personas completamente ajenas a Strudwick, y de cierto modo tendrían razón, pero la verdad más profunda es que sí hay una relación directa, y es ahí donde radica la incredibilidad de la silla del Doctor Peabody. Se trata de un aparato que transfiere la mente, el espíritu, la esencia o como quiera llamarle del usuario y la transporta a otro cuerpo a través del espacio y, tal vez, del tiempo […] Strudwick es Duncan, es al-Safa, es Concepción, es todos los demás. Su ser está experimentando la existencia a través de otros cuerpos, de otras consciencias, y cada capítulo narra sus vivencias antes de ser transferido a otro cuerpo, y a otro, y a otro, y a otro…”.

Es esta dinámica de transferencia de cuerpos/consciencias lo que le da a la novela la posibilidad de proyectarse hacia el infinito. “El Doctor Peabody seguirá moviendo la palanca que echa a andar su silla increíble, y Strudwick seguirá viajando de un cuerpo a otro, dando pie a (literalmente) un cuento de nunca acabar […] Hasta donde sabemos, puede que Doctor Peabody’s sea una novela inconclusa. Quizá el plan de Schluss consistía en narrar las muchas vidas de Strudwick hasta exhalar su último aliento. Tal como sucedió”.

La novela laberíntica de Ts’ui Pên refleja la estructura del tiempo. Kara Leon no especula sobre el significado que Schluss comunica con su juego en Doctor Peabody’s, pero es imposible no considerar por lo menos dos teorías.

La primera (tal vez la más obvia) es que Schluss buscaba armar un modelo literario que representara la transmigración de las almas. La novela es interminable porque esa es la verdad del espíritu: un viaje eterno a través de la existencia; siempre variado, siempre increíble. Es una consideración extraña para un hombre de ciencia, pero quizá no tanto para uno que sentía el apretón huesudo y frío en su hombro.

La segunda, de giro más literario, es que la silla del Doctor Peabody es un artefacto análogo a la novela, o al relato literario en general. Como Strudwick, el lector es guiado por las palabras del Doctor Peabody (un signo del Benedict Schluss, que a su vez es signo de todos los demás autores) hasta la silla con la promesa de una demostración increíble. La demostración sucede cuando el lector (como Strudwick) pasa de experimentar, a través de la lectura, una existencia tras otra, tras otra, tras otra, tras otra. La única diferencia radica en que, mientras Strudwick permanece a la merced de Peabody, el lector mantiene cierto control sobre el “experimento”…

Es probable que surjan otras explicaciones más razonables que den sentido a Doctor Peabody’s. Por ahora, tendremos que conformarnos con las más extrañas.

Por Kaizar Cantú

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