¿Por qué temerle al camino?

 

Por Oziel Gómez

 

Cuando llegué al albergue para migrantes CasaNicolás, en el municipio de Guadalupe, Carlos habrá dejado atrás dos mil 500 kilómetros desde su país, Honduras, varios estados mexicanos y aquella noche en la que por primera vez sintió miedo en este camino que se llama México. Después de contar su historia, pedirá que no se publique su nombre real. Así será.

 

***

 

Cuando Carlos escuchó el primer disparo atravesar el sonido de las llantas metálicas del tren rodando sobre los rieles, supo que aquello iba en serio y sintió miedo. Los diecisiete meses que había pasado en la Fuerza Naval de Honduras templaron su oído para diferenciar entre un disparo al aire, perdido y estéril, de uno exitoso, recién llegado a su destino, sólido. Tan sólido como el primero que Carlos escuchó esa noche.

Eran las once. Era Chontalpa. Era Tabasco, apenas el primer estado de la ruta más peligrosa para los migrantes que intentan cruzar México para alcanzar la frontera norte. Y en esa ruta, y en esa noche, Carlos sintió miedo.

Tan rápido como el tren avanzaba hacia Coatzacoalcos, pero en sentido contrario, corría el rumor de que ya estaban cobrando “la cuota”: los 100 dólares que cada migrante debe pagar al crimen organizado para adquirir el frágil derecho a viajar sobre La Bestia. Las luces de varias linternas moviéndose de un lado a otro sobre los vagones lo confirmaron. En la oscuridad de casi medianoche, los círculos brillantes se detenían unos minutos en cada vagón, se posaban sobre los viajeros y después continuaban su marcha hacia atrás. Se perdían de vista por unos instantes y volvían a emerger en el siguiente vagón. Los disparos, sólidos, constataron lo que no se había dicho, pero se temía: aquella noche los cobradores no se tocaban el corazón para no jalar el gatillo.

Carlos despertó a sus compañeros —su hermano mayor, Ernesto; dos primos, dos amigos y una muchacha que se había unido a su grupo durante el viaje— mientras las luces se acercaban precediendo a los disparos. Algunos eran sólidos. A la distancia pudo ver cómo, de pies a cabeza, los asaltantes revisaban todo, cada doblez, cada bolsillo. Algunos viajeros fueron obligados a desnudarse. Aquellos que no pudieran pagar o fracasaran en el intento de esconder el dinero tenían dos opciones sujetas al capricho del asaltante: las ruedas de acero con un largo historial de víctimas o las balas siempre dispuestas de una nueve milímetros.

Cuando las linternas estuvieron suficientemente cerca como para sentir la inminencia del asalto y el miedo fue evidente entre los tripulantes del vagón, un hombre que había abordado el tren en Tenosique se ofreció como guía, pollero. El camino ha cambiado, las opciones se han reducido y viajar por cuenta propia no es la mejor. El “guía” es quien le dice al secuestrador que ya pagaste la cuota y al zeta que tu pase está arreglado; es quien soborna al agente de Migración, o bien, quien puede, con pago de por medio, decirle al asaltante —que acaba de vaciar la mitad del cargador de su nueve milímetros— que tenga consideración, que viajas con él.

—Denme su cartera para que no les quiten nada–—dijo el desconocido.

Varios de los tripulantes del vagón obedecieron, pero Carlos prefirió esconder la suya en el elástico del short que llevaba bajo el pantalón.

Pasaron unos minutos. El tren se comía las vías, su rugido las percusiones del arma. Entonces Carlos los vio cruzar a su vagón. Eran al menos cuatro hombres, que no dejaron tiempo para dudas.

—¡Somos “Los Zetas”!

Bastaron tres palabras para entender por qué la cuota, por qué los disparos sólidos, por qué los muertos, por qué nadie los defendería, por qué aquella noche las únicas opciones eran entregar el dinero, unirse al pollero o que los disparos sólidos sonaran en el vagón. Aquellos, los señores de las fronteras sur y norte, ahora dueños de las vías que los unen, podían, a capricho, cobrar sin matar, matar sin cobrar o cobrar y matar.

Y aquello quedó claro esa noche.

—Había un chavo ahí y que le dice: “Si quieres pégame un tiro, si tienes tantos cojones”. Y, sin pensarlo, lo hizo: le pegó.

El cuerpo del joven se desplomó a pocos metros de Carlos. Luego, sus verdugos lo arrojaron a las vías. Un cuerpo anónimo más en el cementerio en el que se ha convertido el camino. Un muerto más en medio del monte, lejos de su país y su familia. Carlos solo supo que era de El Salvador.

 

***

Carlos cierra los ojos y se deja llevar por el cansancio. Su cuerpo delgado hunde ligeramente el colchón sobre el que está acostado. Respira tranquilo, envuelto en silencio. No hay necesidad de estar alerta. Su mente puede retroceder hasta la imagen de su hija, hasta hace dos meses, el día en que nació. “Vivísima y bien grande; abrió los ojos al nacer”. Se deja llevar por el recuerdo.

Han pasado catorce días desde aquella noche en Chontalpa, mil 400 kilómetros de camino. Aquí, en donde Carlos espera la cena recostado en una cama, es la última escala antes de llegar a la frontera con Estados Unidos: la Casa del Migrante CasaNicolás, en el municipio de Guadalupe. En este punto del viaje ya tiene claro por qué un guía que “aparece” en el momento más oportuno no es resultado de la casualidad, ni siquiera de la suerte.

—Ellos (los guías) trabajan de una manera, que lo hacen como si fuera normal. Ellos, como la gente ya no les cree nada, vienen, se trepan al tren con armas y todo el pedo, ponen a gente que trabaje con ellos y les dicen: “Maten gente para que les den miedo a los demás y se peguen a nosotros y sacarles el billete”. A veces sacan hasta 500 dólares o la cuota de cien dólares por persona. Entonces cuando ya miran las cosas y empiezan a ver que hay muerto entonces dicen: “¿Quieres guía?” Y entonces uno a fuerza tiene que pegarse al guía.

Si desde hace años en México la migración ya era negocio para algunos delincuentes locales, a partir del 2007 el cártel de Los Zetas lo profesionalizó como parte de la expansión que los llevó a controlar, además del tránsito de migrantes, su secuestro, prostitución, extorsión, venta y asesinato. Por eso ahora salvar indemnes y por cuenta propia el territorio mexicano ya no es una opción para los migrantes, sino la excepción a una regla a la que se resignan: en el camino te van a asaltar; si te va bien, si tienes suerte, si le pagas a un pollero, es probable que no te maten ni te secuestren.

Dentro de esta lógica, Carlos puede considerarse afortunado. Sabiéndolo o no, aquella noche estaban por entrar a Veracruz, el estado con la cifra más alta a nivel nacional en secuestros de migrantes.

Carlos baja la voz cuando otro migrante pasa junto a la cama. Sabe que, desafortunadamente, ni siquiera en los albergues se puede confiar plenamente en los demás. Cuando el hombre se ha alejado varios metros, su voz recobra el tono normal. Tumbado sobre su costado derecho, con la cabeza apoyada en su mano, este joven de 22 años con cara y complexión de adolescente termina de recordar las últimas escenas de aquella noche: impasibles, los asaltantes y asesinos pasaron toda la noche en medio de sus víctimas.

—Como si nada y riéndose de lo que habían hecho en la noche.

Impunes, sin miedo. Como quien no la debe ni la teme. Con la confianza que en otro país y en otras circunstancias sólo tendrían los inocentes. O, en este caso, el de México, los protegidos. Durante el resto del trayecto nocturno y sin poder hacer nada, los viajeros, los mismos que presenciaron la violación y asesinato de un marido que intentó defender a su esposa y la posterior violación de esa misma mujer apenas convertida en viuda, los testigos del asesinato de un joven salvadoreño que retó al asaltante, los asaltados, contemplaron a sus victimarios platicar y reírse de la jornada nocturna. Algo era evidente en aquella tranquilidad perturbadora: no huyeron porque sabían que el tren era suyo, que el maquinista estaba de su parte, que nadie los denunciaría y que aunque los denunciaran, nadie haría nada.

El tren, inmutable, siguió su marcha.

 

***

Ya había amanecido cuando llegaron a Coatzacoalcos, esa ciudad-industria de 236 mil habitantes que en enero del 2013 el párroco de Tenosique y director del albergue de migrantes La 72, Fray Tomás Gonzáles, recomendó a los migrantes que evitaran por el alto índice de secuestros, asaltos y extorsiones que comete el crimen organizado. Aún no bajaban del tren cuando los asaltantes le dieron toda la razón al párroco. La amenaza fue clara: si los volvemos a ver, los vamos a matar.

Uno de los migrantes divisó un puesto de policías a unos 200 metros del tren y se apresuró a denunciar a los asaltantes. “Nada”, responde Carlos. Los policías, los que estaban a sólo 200 metros de los delincuentes, no hicieron nada. Por eso no tiene sentido preguntarle a Carlos si confía en las autoridades. Por eso tiene sentido que él crea que aquel día operó toda una red de complicidades. Por eso el hecho de que el guía trabajara con los asaltantes es lo menos asombroso. Por eso —al menos Carlos y sus compañeros— optaron por refugiarse en la casa del migrante de la ciudad el resto del día. A la mañana siguiente reemprendieron el viaje hacia el Puerto de Veracruz, a cuatro horas de camino. Esta vez en autobús.

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