¿Es la felicidad ajena a los hombres graciosos?

Por Osvaldo Soriano

I

Para reconstruir la historia de Laurel y Hardy hay que contar un tiempo de miseria, ansiedad, fulgor, decadencia y olvido. Es necesario sentir vergüenza y rencor, soslayar la tentación de la pena —ese sentimiento infame— para recordar las frustraciones de dos hombres vulgares pero estupendos.

Hace 45 años, en un modesto estudio de Hollywood, el productor Hal Roach integró la pareja que revolucionaría la técnica de la comicidad. Stan Laurel estaba buscando una oportunidad para dirigir una película y Roach se la otorgó. El actor principal sería un obeso comediante de segundo orden, un payaso al que no se concedía demasiado crédito.

En un momento de la filmación, Oliver Hardy, que personificaba a un repostero, cometió una de sus torpezas habituales y se volcó una olla con aceite hirviendo sobre un brazo. Stan corrió en su ayuda: juntos armaron un alboroto que fascinó a Roach. Enseguida supo que estaba ante el comienzo de un gran negocio.

En enero de 1892 nacieron dos de los protagonistas de esta historia. El 18, en Atlanta, Georgia, Oliver Norvelle Hardy, hijo de un prominente político local. Cuatro días antes, en Elmira, Nueva York, había nacido Hal Eugene Roach. Se encontraron muchos años después pero al parecer tenían demasiadas cosas en común. Charley Rogers, un director que trabajó con ellos en varias películas, dijo: “Babe [Hardy] y Hal eran enteramente semejantes. Stan, en cambio, no se les parecía en nada, pero entre los tres formaban una curiosa amalgama que era como una moneda de oro puro”.

Hardy se recibió de abogado y puso una fiambrería con el dinero que su padre le dio para el bufete. Intolerante, el político lo echó de la casa y Ollie pensó entonces que podía vagar de ciudad en ciudad cantando en cualquier parte. Tenía voz de tenor y quería ser comediante, jugador de fútbol, cantor, golfista, algo que le permitiera vivir en plenitud lejos de la severa mirada de su padre.

En 1913 consiguió un puesto en el cine, más por causa de su físico que por sus cualidades. Parecía un bebé malcriado: su cara era sonrosada, su mirada huidiza, su barriga descomunal. Trabajó en los estudios de Lubin, uno de los fundadores del cine norteamericano, en Florida, pero pronto se cansó de los compromisos y decidió viajar. Se sabe que estuvo en Australia, pero ninguno de los historiadores del cine podría asegurar qué hizo por allí.

Tampoco se sabe a ciencia cierta qué buscaba en Buenos Aires, hacia 1914, cuando trabajó unos meses en el Pabellón de las Rosas, en Palermo, junto a Juan Maglio, Pacho, el bandoneonista. Cuando un argentino se lo preguntó, mucho tiempo después, Hardy bromeó: “Yo pesaba más de 300 libras [135kg], y como el tranvía me dejaba a ocho cuadras del lugar, no me sentí capaz de continuar trabajando allí.

Más difícil es hallar algún indicio que recuerde el paso por el teatro Casino, en 1915, de un flaco desgarbado que actuaba como payaso en la troupe de Flynn. Era Stan Laurel, y las revistas de la época, aunque comentaron la actuación del grupo, no dedicaron ni una línea al desconocido cómico.

Stan había llegado a Estados Unidos el 2 de octubre de 1912 como integrante de la troupe inglesa de Fred Karno, que iniciaba su segunda gira por ese país. Con Stan viajó Charles Chaplin, el astro del conjunto. Ambos pensaban quedarse en Norteamérica para buscar trabajo en el cine. Hasta entonces, Laurel era el suplente de Chaplin.

Charlie consiguió su primer trabajo en seis meses. Laurel tardó cinco años en ingresar al cine. En el ínterin se ganó la vida en circos y cabarets. Sus primeras películas no tuvieron éxito comercial, pero se lo respetaba como un comediante inteligente, sagaz.

Stan Laurel desplegaba todas las mañanas los diarios para saborear la fama de aquel hombrecillo talentoso que había llegado con él en un barco de ganado. Chaplin era reconocido ya como uno de los más geniales comediantes que habían llegado al cine.

Stan intentó saludarlo varias veces, pero Charlie no lo atendió nunca. “Estaba muy ocupado”, suponía Laurel.

Los últimos días de 1926, Stan se emocionó al saber que iba a dirigir una película. Ese gordo a quien tenía que señalar los pasos de su primera comedia tenía pasta. Era algo despreocupado, torpe y displicente, pero servía. Cuando Stan vio que volcaba el aceite, creyó morir. De pronto, todo iba a parar al demonio. Entonces corrió a ayudarlo.

De aquella idea de Roach surgió Slipping Wives, un éxito con pocos precedentes. El público se dislocó de risa ante la asombrosa plasticidad de esos hombres que destruían todo a su paso. El cataclismo se convertía de pronto en poesía, como si las leyes del mundo se alteraran de pronto y la destrucción del orden fuera, por fin, bienvenida.

Alerta, la Metro Goldwin Mayer contrató al equipo capitaneado por Roach y la serie de films de Laurel y Hardy creció hasta ganar todos los mercados. Parecían tan solo dos buenos payasos, hasta que en 1929 filmaron Big Business, tal vez la película más cómica de la historia del cine (en la Argentina se la conoce como Ojo por ojo).

En adelante, Laurel y Hardy trabajaron en los estudios buscando la perfección. Cada una de sus películas tenían el simple objetivo de hacer reír con un método inédito en los Estados Unidos: la destrucción de la propiedad y la burla a la autoridad, los valores más preciados por los norteamericanos de entonces.

Stan era el cerebro de la pareja. Ollie —ya sus amigos preferían llamarlo “Babe”— se despreocupó de la técnica y del trabajo silencioso. Prefirió jugar al golf y perseguir mujeres mientras su compañero pasaba horas frente a las movidas perfeccionando cada detalle.

Nadie, hasta entonces, había dedicado tanto tiempo a la construcción de un gag. Laurel quería que cada situación pudiera desprenderse del contexto del guión como una obra en sí misma. Así, sus películas semejaban endemoniadas cajas chinas en las que cada vista era independiente del resto, pero a la vez le daba sentido. Stan Laurel inventó el gag. Le concedió un crescendo, un clímax y una deliciosa caída. Cada gag del Gordo y el Flaco semeja un espléndido orgasmo con toda su furia, su desesperación y su necesario alivio. Como incansables amantes, el Gordo y el Flaco provocaban una y otra vez ese clímax.

Hardy dijo una vez que ellos no necesitaban planes previos; bastaban las instrucciones de Stan para iniciar una toma exitosa. Ocurría que esas instrucciones eran el producto de un paciente estudio. “A veces bastaba un perro para iniciar una toma”, contó Ollie, “y llevarla adelante. Stan hacía algo y yo lo seguía y daba pie para que él hiciera otra cosa y yo otra y después Stan hacía el montaje y todo era perfecto”.

Cada vez que terminaban una escena, a su alrededor flotaba el desastre. Casas y autos eran destruidos, los policías violados, los matrimonios traicionados. ¿Y el American way of life? Tal vez Stan no haya querido provocar esos cataclismos en la sociedad, pero todas las películas que creó los contenían como si la anarquía fuera su manera de expresar a una sociedad despiadada.

Cuando la demanda del mercado y sus contratos con la Metro los obligaron a filmar largometrajes, comenzó la decadencia de Laurel y Hardy. Pero no solo la obligación de dosificar los gags en una hora y media de celuloide los llevó al fracaso. El paso de comedia amable, picaresca, no era el fuerte de Stan. El creciente éxito de los hermanos Marx terminó por apabullarlos. Al comenzar la guerra, Laurel y Hardy estaban terminados.

Stan se recluyó. Hardy marchó al frente. Como un Mambrú insólito, se unió a las tropas que asaltaron el peñón de Gibraltar. Empezó como oficial, terminó como oficinista.

Cuando Ollie retornó a los Estados Unidos, se reunió con Stan y firmaron un contrato para rodar algunas películas. Fueron, sin excepción, absolutos fracasos. Toda la grandeza de la pareja había quedado atrás. El desconcierto ante una realidad que los alejaba de su propia historia, desencadenó la tragedia. Ningún productor quería ya a esos viejos comediantes vacíos.

La decadencia del Gordo y el Flaco se acentuaba a medida que los historiadores iniciaban el descubrimiento de su genio pasado. Laurel y Hardy eran tan solo espectros de una época esplendorosa. Sin un dólar en sus bolsillos (nunca reservaron derechos sobre sus films), comenzaron a vagar otra vez por los teatros del interior. Quienes los vieron en los escenarios recuerdan sus gags como burdas parodias, como parábolas perfectas de un círculo que se cierra. Hacia 1949 hicieron una primera gira por Europa y trabajaron en París, donde el público los adoraba. Por fin, filmaron Atoll K, una experiencia horrible. “Cada vez que caían al suelo parecía que no podrían levantarse jamás. Se imitaban a sí mismos, pero con un infinito cansancio”, escribió un crítico francés.

A su regreso a los Estados Unidos, la pareja no tenía otra posibilidad que la vuelta al vodevil.

El hijo de Hal Roach —también productor—, en un intento por recuperar la grandeza de la pareja creada por su padre, les ofreció filmar una serie para televisión. Parecía, por fin, que la vida les daba otra oportunidad. Entonces Stan, que era diabético, sufrió un ataque y estuvo al borde de la muerte. El plan se frustró y tuvieron que vivir, junto a sus mujeres, en pensiones de segundo orden.

Desesperado, Ollie recordó que John Wayne había sido uno de sus amigos. “Él nos ayudará”, le dijo a Stan. “Nadie te ayudará ahora”, le contestó el flaco.

Ollie concertó una cita con la secretaria de Wayne, uno de los más influyentes hombres de Hollywood, y una tarde se fue a verlo a su residencia. Ese día recibió la que tal vez sería su última humillación: el cowboy le dio un papel en una película del Oeste como actor de reparto.

Ese acto de villanía, ese gesto de despreciable beneficencia ensayado por Wayne, hizo exclamar a Buster Keaton (quien también estaba casi en la miseria): “Ellos cometieron el error de hacer reír a un país violento y sin alma, que íntimamente los amaba pero terminó despreciándolos”. John Wayne fue tan solo el ejecutor de esa reacción.

En 1953, Laurel y Hardy emprendieron viaje a Gran Bretaña, en un intento por olvidar sus penurias. Darían algunas funciones en teatros rurales y el flaco volvería a ver a su padre, un viejo comediante del teatro de Lancashire. Un periodista inglés, que entrevistó a Laurel, escribió que aquellos hombres eran los espectros de una historia que podía volver a verse cada día en un cine cualquiera del mundo.

Se sabe que Stan vio a su padre. Los viejos actores cenaron juntos y no hablaron. Un apretón de manos fue la despedida. Stan partía otra vez hacia los Estados Unidos, pero ya no buscaba nada.

Un año más tarde, Ollie tuvo un par de ataques al corazón y quedó semi-paralítico. Su mujer lo internó en un hospital de Burbank y allí se quedó en un sillón de ruedas, empujando su cuerpo que había perdido 60 kilos, hasta su muerte, el 7 de agosto de 1957.

Stan, que sufría otro ataque, no pudo ir al entierro. “Tuve suerte”, diría más tarde, “porque Ollie murió en la miseria más absoluta. Yo aún puedo pagar mi habitación”. En esa pieza de una pensión cercana a Los Ángeles pasó sus últimos años, recibiendo apenas las visitas de sus tres alumnos: Dick Van Dycke, Jerry Lewis y, a veces, Danny Kaye. “Dick es el más talentoso”, escribió, “me gustaría que si alguien se interesa alguna vez por filmar mi vida, sea él quien lo haga”.

El 23 de febrero de 1965, cuando Stan murió, Van Dycke leyó la oración fúnebre en el cementerio de Forest Lawn. “Stan nunca fue aplaudido por su arte porque él se cuidó muy bien de esconderlo. El sólo quería que la gente riera”, dijo el actor.

Más de 300 películas han quedado archivadas en las cinematecas de todo el mundo. La Metro produjo siete antologías de sus obras. Blake Edwards, Pierre Etaix, Jean Luc Godard, han intentado, a partir de la técnica del gag de Laurel y Hardy, abrir nuevos caminos para la comicidad. No lo han conseguido. Tal vez la decadencia de Stan y Ollie, su tragedia, hayan señalado el fin de una época en el cine norteamericano: la de los antihéroes absurdos.

II

Los dos hombres han salido a cubierta. Amanece y desde el barco puede divisarse la costa, el primer movimiento del día. Una leve bruma dificulta la visión desde la popa, donde los dos hombres se han apoyado y permanecen en silencio.

Charlie está exultante. Stan lo mira sonriente mientras Karno camina de un lado a otro arreglando todos los detalles, alentando a sus muchachos. La troupe inicia otra gira por los Estados Unidos.

Los dos hombrecillos piensan, sin embargo, que su suerte ya no estará ligada al grupo. Les espera el éxito o el fracaso, pero todas las cartas están por jugarse. Charlie sabe que no dejará pasar la oportunidad. Stan es más reservado y está un poco triste, como todos los que miran el futuro y adivinan sus trampas. Toda la esperanza del mundo observa, desde esa cara, a la costa norteamericana.

Stan envidia un poco la euforia de Charlie, esa seguridad de que el mundo se arrastrará a sus pies. A Stan le parece observar un cierto desdén en el gesto de Chaplin cuando los otros payasos pasan a su lado cantando y bailando.

Pocos, como Stan, conocen tan a fondo a Charlie. Ha sido su suplente durante varios años. Aprendió a imitarlo como nadie. Cada gesto, cada movimiento de Chaplin puede ser duplicado por Stan.

—El cine matará a los payasos, dijo mi padre —murmura Stan y fija sus ojos brillantes en el rostro de su compañero.

—No a los artistas —responde Chaplin, que sigue con la mirada fija en la costa, cada vez más cercana.

El barco entra a puerto. El ganado comienza a emerger de la bodega. Una tras otra, las vacas pisan tierra norteamericana. Mugen y se rehúsan a descender, como si adivinaran su suerte. Stan las mira con cierta pena, mientras sus compañeros gritan y bromean. Chaplin se ha retirado. Stan se ha quedado solo. De pronto, como si la sangre le inundara el cuerpo, su rostro se llena de vida. Sonríe por primera vez. Es necesario apostar por la vida, piensa.

III

Ollie se ha sentado en un sillón en el que su humanidad parece estar de sobra. Fuma un cigarro de discreta calidad tratando de que las cenizas no caigan sobre el piso brillante del hall, mientras su vista sube, baja, gira y se detiene una y otra vez en los cuadros de las paredes, en los muebles, en todo ese lujo que adorna la sala confortable pero deshabitada.

¡Qué viejo está!, piensa la secretaria vieja que ha entrado por una puerta enorme y le dirige una sonrisa afectuosa.

—El señor Wayne lo recibirá en un momento —le dice, y aunque ha terminado de hablar sostiene su mirada a través de los lentes.

—Gracias —contesta el obeso e inclina su cabeza. A ella le parece que el juego es el mismo de siempre, solo que falta Stan para levantar su sombrero y responder al saludo.

El gordo no se ha movido del sillón y continúa mirando discretamente a su alrededor hasta descubrir un par de pistolas que se cruzan formando una equis en la pared, justo frente a él. A la derecha, una bandera norteamericana cuelga inmaculada, como si alguien se tomara el trabajo de lavarla de vez en cuando, de cuidar sus pliegues imperfectos. Apaga su cigarro y se arrellana en el asiento. Hace mucho tiempo que no ve a John y le da un poco de vergüenza visitarlo para pedirle trabajo. Stan le ha dicho que no se apresurara. No le habló mal de Wayne porque nunca habla mal de nadie, pero él se dio cuenta de que no le cae simpático. Tal vez haya sido una imprudencia molestarlo, interrumpir su trabajo.

La puerta se abre y la secretaria vieja, con aspecto entre solemne y curioso, le indica que pase.

Traspone la puerta enorme y encuentra el vacío. Allá, a lo lejos, un cowboy se pone de pie y levanta los brazos, jovial y descansado como si acabara de despertar de una siesta.

—¡Mi viejo Ollie! —le grita y avanza, sacudiendo el cuerpo delgado, excesivamente alto.

Viste un pantalón de vaquero y una chaqueta de cheyene; a ambos lados de la cintura penden las pistolas. Cuando están a dos metros, el gordo anticipa la mano derecha y una sonrisa. Wayne, con la velocidad de un rayo, saca sus pistolas y oprime ambos gatillos a la vez. No hay sino un chasquido seco, absurdo, que se pierde en el ambiente. Una carcajada franca, alta, más de complicidad que de gozo, aclara la insólita circunstancia. Ollie comienza a reír. Es una respuesta tímida y sorprendida que se apaga enseguida. Wayne sigue riendo mientras las pistolas giran asombrosamente en sus dedos, pasan de una mano a otra antes de caer otra vez en las fundas.

—¡Mi viejo Ollie! —repite Wayne y estrecha los hombros del gordo que sonríe sin ganas.

—Estaba probando mi vestuario —explica, serio ahora—, y quise que me dieras tu opinión.

—Estás muy bien, eres un verdadero cowboy —dice Ollie y lo mira de arriba a abajo.

—Hay que cuidar la forma Ollie —dice Wayne, que levanta las cejas—, el público no quiere vaqueros mal entrazados que den risa.

Hace un paréntesis y agrega:

—Ustedes sí que dieron risa, ya lo creo.

—Gracias —contesta el gordo, que sostiene el sombrero entre las manos.

Lo ve alejarse hacia el escritorio, en el fondo del salón, y lo sigue con paso lento. Ninguno de los dos habla. La enorme espalda del vaquero se hace más imponente al recortarse frente al ventanal. Se sienta tras el escritorio y saca un cigarrillo que enciende con una pequeña pistola. Una enorme pintura de Custer se empequeñece a sus espaldas. Por fin, habla.

—¿Qué te trae por aquí, Ollie?

—Busco un papel, John; algo para mí solo. Stan y yo tenemos algunas propuestas, pero él prefiere cuidar los guiones. Estudia demasiado las cosas y entre tanto…

—Ustedes todavía pueden trabajar, Ollie. ¿Qué es eso de separarse?

—No, no nos separamos, John. Busco algo transitorio. Mi situación no es buena, y unos dólares me vendrían bien.

Wayne ha sacado una pistola y mira dentro del tambor, lo hace girar, sopla el humo del cigarrillo a través del caño.

—Cuando me llamaste pensé que sería eso. Puedo darte un trabajo en The Fighting Kentuckian. Un villano o algo así.

—Un villano…

—Algo así.

Se miran. El gordo se siente como un elefante indefenso ante el cazador. Ahora sabe que Stan tenía razón. Aquí está, convertido ya en un villano disfrazado con un gorro de piel y una carabina, matando indios, haciendo justicia.

—Arregla con el ayudante de producción —oye decir.

Sale, no sabe si ha tendido otra vez su mano pero se la lleva a la boca y siente gusto a pólvora. La vieja secretaria sonríe.

III

Los dos hombres han salido a cubierta. Amanece y desde el barco puede divisarse la costa, el primer movimiento del día. Una leve bruma dificulta la visión desde la popa, donde los dos hombres se han apoyado y permanecen en silencio.

El gordo está prolijamente peinado, el cabello ralo apretado por la gomina. La brisa le hace entrecerrar los ojos. Una arruga le cae entre las cejas, otras dos a los costados de la nariz y la boca es un arco fláccido sobre el mentón quebrado.

Los ojos del hombre flaco son opacos; los rasgos suaves del rostro denotan comprensión —resignación tal vez—, y ya no hay ternura ni esperanza en su gesto. Toda la amargura del mundo mira, desde esa cara, a la costa inglesa.

Stan coloca una mano sobre sus ojos, a modo de pantalla, un poco para evitar el fulgor del sol que se levanta en el horizonte, un poco para que el gordo no advierta que esa costa (que es la misma que dejó hace 40 años), es otra para él.

Los 40 años pasados en Hollywood lo han convertido en un hombre cansado. Al fin y al cabo, es mucho tiempo y la vitalidad no le puede ganar a la vida. ¿De qué valdría estar recostado en un cómodo sillón, rodeado de nietos que miman, de periodistas que adulan? John Wayne le dijo una vez al gordo que ahora está a su lado y entonces no le hizo caso, que la vida es dura y es mejor defender a cada momento lo que uno consigue porque si no, la gente olvida. Y la gente siempre olvida su propia risa.

El flaco ha movido levemente la cabeza y le ha parecido percibir, en el gesto del gordo Ollie, una mueca parecida a una sonrisa.

—Ya salen los pescadores —ha dicho el gordo.

En el horizonte, centenares de barcazas dejan la costa en dirección al pequeño barco. Solo Laurel y Hardy permanecen en cubierta. Ambos han levantado las solapas de sus sacos, aunque no hace demasiado frío; el viento silba contra el buque.

—Habrá que tomar un tren hasta Lancashire —dice el flaco sin mirar a su compañero.

—Los trenes tienen que ver con el principio y con el final —ha dicho Stan.

Por primera vez, Hardy se ha dado vuelta para mirarlo. Luego baja la vista. Le gustaría estar otra vez bajo los reflectores, frente a una cámara de cine. Piensa que no está demasiado viejo para eso. Tiene 62 años y está cansado, es cierto, pero debe reconocer que es la gente quien se ha cansado de él y de Stan.

“Los trenes tienen algo que ver con el principio y con el final”, piensa Ollie. Es cierto. También los barcos y la distancia. Uno siempre va a morir lejos de los mejores lugares. Por vergüenza tal vez, como los elefantes. Él siempre tuvo algo de elefante. No solo físicamente. Los elefantes son codiciados en su mejor momento cuando sus colmillos son frescos y deslumbrantes. La gente solo busca eso, los colmillos. Si atrapa a un elefante, enseguida se los corta y toda la grandeza del animal desaparece. Queda apenas el cuerpo pesado, dolorido, tan dolorido está el elefante que cualquier otro animal puede matarlo.

—Me siento como un elefante —ha dicho Hardy, Stan lo mira y luego dirige sus ojos a la distancia donde las chalupas navegan agitadas por el mar.

—¿Tu padre sabe que llegas? —pregunta Ollie.

—Le mandé un telegrama. Habrá función en Lancashire. Él todavía trabaja en el teatro del condado.

40 años fuera de Inglaterra. Nunca extrañó demasiado. Sin embargo, Stan siente esta madrugada un suave estremecimiento cuando piensa que su padre lo verá en el escenario. Siempre le mandaba cartas luego de ver las películas. Alguna vez, recuerda, le sugería cambiar detalles. El viejo era muy minucioso y no perdonaba nada. Él lo hizo actor y no le dolió cuando lo dejó ir, aún sabiendo que no regresaría. Quizás esperaba de su hijo la grandeza que él nunca había conseguido. Y ahora el hijo regresa, con toda su grandeza a cuestas, y le da miedo enfrentar al viejo (tendrá más de ochenta años ahora), que todavía actúa en comedias y ha sido premiado en el condado. Dos hombres viejos van a encontrarse, van a resumir sus vidas en un instante.

Ollie mira a Stan. Tiene los ojos nublados y siente ahora un poco de frío. El sol se levanta cada vez más. Las estrellas, que aún brillan, son las mismas que las de aquella noche de 1912, cuando Stan partió de Inglaterra. Stan siente ahora lo mismo que aquel día. Es necesario apostar otra vez por la vida, pero no sabe si alguien querrá aceptar la apuesta de un viejo perdedor.

Stan enciende un cigarrillo. Tiene que darse vuelta, dar la espalda al viento para que el fósforo no se apague.

A lo lejos comienzan a sonar las campanas de la iglesia del pueblo. Ollie reconoce antes que Stan el ritmo de los tañidos, la música que tantas veces oyeron en sus películas.

Se han mirado sin hablar. Stan se ha cubierto la cara con las manos. Arroja el cigarrillo al mar. Ollie le da la espalda. Ambos saben que todo final abre la esperanza de un nuevo comienzo.

La música llena el aire.

IV

El hombre gordo está de mal humor y no habla. Desde que lo trajeron, no habla. Se pasea de un lado a otro por el parque, empujando las ruedas de la silla. Ya no puede volverse cuando alguien lo llama.

—¡Ollie!

Todos en este asilo viven sus últimos días empujando lo que queda de sus cuerpos, Ollie no puede mirar para atrás. Semiparalizado por la hemiplejia, está condenado a enfrentar al mundo. Por eso su silencio.

Hoy ha venido su mujer. Le ha traído un par de mantas y un sombrero hongo. Él ha dejado que Linda lo coloque sobre su cabeza y luego ambos han reído un rato. Después, Ollie ha tirado el sombrero muy lejos y ha quedado de mal humor. Linda, antes de irse, le acarició el rostro.

—Pronto estarás bien —le ha dicho. Pero él siente que ya no es sino una burla de sí mismo, un fantasma lejano y retraído. Ha perdido sesenta kilos pero su cuerpo le parece cada vez más pesado y torpe.

—¡Ollie!

—Yo no soy Ollie. Soy Stan. Él es el Gordo. Yo soy el Flaco.

—¿No vieron nuestras películas? En ellas el Gordo es el perjudicado. Siempre está cayendo. El Gordo siempre termina mal. Ahora también. El Gordo está muerto. Yo soy Stan.

Los enfermos se acercan para hablarle. Lo señalan cuando llegan sus mujeres y sus niños.

—Aquí está Ollie —dicen— vengan a verlo. No habla, como en las películas mudas. Va de aquí para allá, pero no habla.

Ollie siente una especie de secreto orgullo al ser reconocido.

—No soy Ollie, soy Stan —dice.

—Es cierto —dice un niño—, él no es Ollie. El Gordo era gordo. Este no es Ollie.

Los niños salen corriendo. Van a divertirse al parque. Corren, caen y vuelven a levantarse. Ollie, que se ha quedado solo, los mira. Tiene un poco de frío. Levanta con esfuerzo la manta y se cubre. Parece un fantasma.

*Texto publicado en Artistas, locos y criminales (1984).

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