Existe el museo de escultura, de pintura, de arquitectura y de artes decorativas. Existe el museo histórico de los pueblos y el biográfico de los hombres. Existe la biblioteca y el museo de música. Existe el museo de ciencias físicas y de ciencias sociales. Y he aquí que, en breve, vamos a tener el museo de la palabra o fonoteca y el museo del movimiento o cineteca.

El verbo del hombre se conservará por el fonógrafo y el acto del hombre, por el cinema. Después de 200 años de muertos, las futuras generaciones pueden oír nuestra palabra, viva, palpitante y auténtica, apenas enmohecida —¡oh señor Guizot!— por un sutil peróxido de tiempo, que, a la postre, no es otra cosa que esa pequeña capa de distancia que hay entre la voz del hombre, percibida directamente, y la voz del hombre, percibida a través de un medio extraño.

Nuestros biznietos podrán asimismo vernos pasar en la pantalla, ir, venir, trabajar, comer, llorar, reír, resurrectos después de transcurridos unos cuatrocientos o quinientos años de nuestro paso por este valle de lágrimas. Solo que también habrá en nuestros movimientos cinemáticos, esa misma pátina de frontera que habrá en nuestra palabra.

Pero esa página —argumenta profesionalmente M. Yvanoff— irá desapareciendo poco a poco, a medida que la ciencia vaya perfeccionando sus métodos de percepción y reproducción de la vida. Llegará un día en que las imágenes cinemáticas saldrán de la pantalla y evolucionarán entre los espectadores, tocándolos y evidenciándose en forma tan viviente que los muertos, cuya figura se reproduce en un film, ya no tendrán necesidad del postrero día teológico.

En otros términos, cuando la técnica del cinema y del fonógrafo hayan alcanzado su máxima perfección, la muerte no tendrá ninguna importancia, puesto que nuestra existencia proseguirá en el ecran y en los discos. Seremos, en fin, inmortales.

Pero las explicaciones de M. Yvanoff se prestan a muy serias y contradictorias consecuencias. Numerosas y terribles dificultades, no ya de orden científico ni técnico, sino de orden natural, humano y hasta religioso, pueden aducirse en contrario.

En primer lugar, no hay que olvidar que el hombre es foncierement religioso. Sudando viene, desde hace un millón de siglos, en la tarea de resolver los enigmas cardinales de la vida y no ha querido nunca resolverlos o, lo que es mejor, no se ha resignado nunca a que se resolvieran. De resolverse así, de golpe y del todo, sus grandes problemas metafísicos —Dios, la muerte, etc.— se despojaría de hecho de su naturaleza filosófica. ¿Qué le quedaría entonces como materia de su espíritu ontológico? Y este vacío sería para el hombre intolerable. Porque el hombre es, antes que nada, un animal metafísico.

M. Pierre Valdagne, por otro lado, opone a la fonoteca y a la cineteca, los argumentos siguientes: Hace tres o cuatro años conocí en una playa francesa una familia encantadora, compuesta del padre, la madre y una chiquilla blonda y rosada. Se divertían, por lo general, filmando con un aparatico doméstico, las graciosas evoluciones y los espontáneos movimientos de la niña. ¡Un recuerdo, un recuerdo viviente! Pero la niña murió al llegar el invierno y los parientes desesperados tuvieron la idea de volverla a ver en la pantalla, comiendo, saltando, corriendo.

Aquello fue desgarrador. La madre tuvo un síncope… Creo —termina diciendo M. Valdagne— que la naturaleza, cuyos designios pretende rebasar el hombre, ha hecho muy bien al rodear nuestros recuerdos de una especie de nube o halo impreciso, que atenúa la cruel nitidez de la ausencia o de la muerte. Existen recuerdos insoportables. Los aportes espiritistas adolecen de idéntica dificultad insalvable.

M. Theremin, que acaba de inventar la “música de las ondas etéreas”, ha asombrado indudablemente a los vecinos de la ruede la Boétie, pero las gentes moderadas creen que su invento no conduce a la bienaventuranza a ninguna criatura. El pecado original de su evangelio científico reside en esa dificultad de técnica que según M. Yvanoff, irá desapareciendo poco a poco, pero que los profanos sospechan como absolutamente insoluble.

M. Theremin, un ruso enclenque, de ojos azules y pulso fáustico, ha inventado un pequeño aparato radio-eléctrico, por medio del cual y sin valerse de ningún instrumento produce los sones musicales de todos los instrumentos. Sin tocar su aparato siquiera con las uñas, ha tocado a Wagner, a Schubert, a Beethoven, a Bach. M. Theremin apenas agita la mano derecha en el aire, ante una antena vertical del aparato y a la izquierda, ante una antena circular del mismo, y ya empezamos a oír sinfonías admirables, de una ejecución limpia y nobilísima, acaso más humana y profundamente musical que la música de cualquier instrumento conocido.

Allí se oye el son característico del piano, el peculiar del violín, el propio de una trompeta, el distinto de la batería. ¡Una cosa admirable, incomprensible! Una cosa que, además de solucionar las dificultades materiales de la ejecución en los instrumentos, es decir, además de alcanzar una máxima pureza de emisión de los sonidos, significa nada menos que la muerte de todos los instrumentos de música.

M. Sauvage aventura, de otro lado, la creencia de que, a base de este invento, la danza cambiará los términos fundamentales de su estética. Una bailarina, moviendo no ya solo las manos, sino también los brazos, el busto, la cabeza y todo el cuerpo, ante las antenas de marras, suscitará la música que quiera. Entonces, no será ya la música que inspire al baile, sino el baile a la música.

Por César Vallejo

*Texto publicado en Mundial (1927)

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