¿Por qué volvería un muerto?

Por Julio César Jiménez Rodríguez

Ilustración por Haydeé Villarreal

Carolina es una joven madre de cabello castaño y ojos cafés que maneja su automóvil a lo largo de la carretera; sus ojos están fijos en el camino. En el asiento trasero, su hijo de apenas cinco años, el pequeño Jonás, lleva puesto un snorkel y juega con un par de figuras de acción. Ríe mientras su madre lo observa por el retrovisor. Ambos lucen contentos, se dirigen a la playa.

Jonás deja de jugar y le dice a su madre que necesita “hacer pipí”. Ésta, a pesar de la molestia que siente por unos momentos y el pequeño sermón que le da a su hijo sobre ir al baño antes de salir, le responde que pasarán a la próxima gasolinera para que pueda ir al sanitario.

Después de unos minutos, el auto se dirige hacía una Gas que se encuentra al lado de la carretera. El establecimiento luce vacío. En él sólo está el encargado, un anciano delgado y sin dientes que sonríe de forma amable a la mujer y a su hijo. En el lugar también hay una vieja grúa, una pick-up de los años 50 llena de óxido a la que Carolina no presta atención y pasa de largo cuando se dirigen hacia los baños. Después de salir de los sanitarios, los cuales estaban en pésimo estado, Carolina y Joanás auto y salen del sitio.

La tarde comienza a alargarse. Mientras viajan por la carretera, Carolina, con gran desagrado, nota que el auto comienza a hacer unos ruidos extraños, como una especie de cascabeleo bajo el cofre. El sonido se intensifica y el auto comienza a arrojar un poco de humo por la parrilla. Se detiene. Ella lanza una maldición y golpea el volante con fuerza, luego se disculpa con su hijo por su lenguaje.

Carolina baja del auto y abre el cofre. Sus escasos conocimientos sobre mecánica automotriz no le permiten notar algún desperfecto después de que el humo se había disipado. Hace una rabieta y cierra el cofre de un golpe; no lo puede creer. Jonás espera dentro del auto mientras su madre golpea con la mano la parte delantera del vehículo. El niño mira a su madre a través del parabrisas, ella se sujeta la cabeza en señal de desconcierto y lanza más maldiciones. Luego, como si algo llamara su atención, Jonás mira por la ventana izquierda y ve una silueta oscura que los observa entre los matorrales que están a la orilla del camino: parece ser una mujer que viste capucha y ropa negra. El pequeño se asusta y cierra los ojos. Cuando los vuelve a abrir, la mujer, o lo que haya sido, ya no está.

Carolina saca su celular e intenta hacer una llamada, pero la señal es muy baja y no puede realizarla. Se dirige al interior de su auto para ver a su hijo, quien le pregunta qué sucede. Ella, para tranquilizarlo, le dice que todo está bien, que no hay nada de qué preocuparse. Vuelve a salir del vehículo, se toma la cabeza y comienza a pensar qué hará, cómo saldrá de esa situación. Mira a su alrededor y sólo ve maleza; la carretera luce vacía y la noche se acerca. Mientras intenta hacer una llamada de nuevo, escucha el ruido de un motor y, a la distancia, ve que un vehículo se acerca. Inmediatamente se para en medio del camino y le hace señas para que se detenga. Éste las obedece.

Se trata de una vieja grúa, la misma de la gasolinera, pero Carolina no lo sabe. Se detiene junto a su auto y de ella desciende un sujeto grande, obeso y de aspecto sucio que trae una gorra y se limpia la nariz con la mano después de escupir una gran flema. Le pregunta qué sucede y ella le explica el percance, le dice que no sabe qué tiene su auto. El sujeto se acerca y ella abre el cofre para que éste pueda revisarlo. El hombre se agacha para observar el motor durante algunos segundos y luego comienza a tocar varios componentes. Al momento de agacharse, Carolina nota que el sujeto trae una especie de collar hecho de lo que aparentan ser dientes pequeños de algún tipo de animal amarrados por hilos o fibras muy delgadas que parecen cabellos. El sujeto se da cuenta y se guarda el collar bajo la camisa mientras sigue revisando el auto. Finalmente, se yergue y le explica a Carolina que una manguera se ha roto, que necesita cambiarla o pegarla para que el auto funcione de nuevo. Se ofrece a remolcar el auto hasta el pueblo más cercano, que está a poco más de un kilómetro de distancia, en donde tiene un pequeño taller con autopartes y las herramientas necesarias para llevar a cabo la reparación. Al no quedarle otra opción, ella acepta.

El sujeto toma un camino secundario entre la maleza, sin ninguna señalización, y los lleva, junto con el auto, a un pueblito rodeado por pequeños cerros. Es un lugar semiárido y muerto, en el cual la pobreza es muy notoria y sus habitantes, tanto animales como personas, dan muestra de una falta de higiene y salud alarmantes. Los cerdos caminan por las calles y varias jaurías de perros se pasean entre las casas. Hay excremento por doquier y el olor es muy penetrante. La gente del lugar es algo tímida, según le explica Carolina a su hijo cuando éste le pregunta por qué huyen de ellos las personas, ya que al verlos intentan no acercarse y evitan todo tipo de contacto con los recién llegados.

El sujeto los lleva al escueto taller, un local derruido y sucio que está en medio de un pequeño cementerio de autos que van desde modelos de hace 50 años hasta algunos prácticamente nuevos. Les dice que en un par de horas podrá reparar la manguera y luego podrán irse. Carolina y su hijo se sientan sobre unas piedras que se encuentran a las afueras del taller y se ponen a mirar el lugar. Jonás se nota un poco incómodo y su madre lo tranquiliza diciéndole que en cuanto terminen de arreglar el auto se irán a la playa.

Aunque al principio cree que es sólo su imaginación, Carolina nota que las personas del pueblo miran de una forma extraña a su hijo, como si sintieran lástima por él o les provocara cierta tristeza. También nota que los perros, casi todos flacos y sarnosos, prestan una especial atención al pequeño, como si algo en él los atrajera. Mientras tanto, Jonás juega con sus figuras de acción, como para no prestar atención al lugar en donde se encuentra. Ella lo acaricia y continúan la espera.

Pasan casi dos horas hasta que el sujeto sale del taller y le dice a Carolina que no podrá arreglar la manguera, la rotura es mucho más grave de los que parece y la única solución es conseguir una nueva. Le dice que no posee esa pieza y que ninguno de los autos de su “deshuesadero” la tiene. El sujeto se frota la frente en señal de cansancio y le dice a la mujer que hay que ir hasta el pueblo vecino para conseguirla y que con gusto iría pero que ya está oscureciendo y lo mejor será esperar hasta mañana. Al notar el desconcierto en la cara de la mujer, el sujeto hace una mueca y le menciona que si camina un par de cuadras —si así puede llamársele a esos caminos pedregosos— encontrará una casa de huéspedes o posada, como quiera llamarla, en donde podrá pernoctar sin ningún problema. Carolina le dice al sujeto que si puede hablar para que le lleven una manguera pero él le contesta que a esa hora ya “apagaron la antena” y que ya no se pueden realizar llamadas por celular, que, si quiere, en la posada está el único teléfono del pueblo, y desde ahí puede realizarla, pero que no tiene caso, no traerían la pieza hasta la mañana siguiente. Ella se molesta, pero no tiene otra opción.

Durante la conversación entre su madre y el “mecánico”, Jonás nota que, de nuevo, la mujer con la capa negra está parada atrás de unos árboles y mira en su dirección. Ésta le hace unas señas, como si quisiera decirle algo. El pequeño agarra de la mano a su madre y se cubre la cara en el costado de su pierna. Así espera unos segundos, luego vuelve a mirar y, de nuevo, la mujer de negro se ha ido.

Después de sacar algunas cosas del auto, Carolina y Jonás caminan de la mano por el pueblo rumbo a la posada. Durante el trayecto, la madre se da cuenta de que en el pueblo no ha visto a ningún niño y que el lugar, conforme cae la noche, comienza a vaciarse rápidamente. Nota que los perros prestan aún más atención a su hijo, incluso intentan acercársele. De pronto, un perro flaco, al cual le falta un ojo y cojea de una pata trasera, se acerca rápidamente e intenta morderlo. Ella lo asusta golpeándolo con su bolsa de mano, luego carga a su hijo, quien ahora está asustado, y apresura el paso sin quitar la mirada de los animales que los siguen.

Una vez que dan con la posada, son recibidos por una anciana encorvada de facciones duras. Carolina nota que la señora casi no abre la boca y que de su cuello cuelga un collar muy parecido al que traía el sujeto de la grúa, con la diferencia de que éste es más elaborado y tiene lo que perecen ser huesos.

La posada es la casa más grande del pueblo y contrasta en mucho con las demás; sus condiciones dan la impresión de que pertenece a otro lugar. La anciana parece una mujer muy amable y dadivosa. Sin embargo, a la hora de presentarse, sólo dice que la llamen “Señora” , sin revelar nombre ni apellido. La mujer, ante el asombro de Jonás, resulta ser muy cariñosa con el niño, al grado de incomodar a Carolina. Incluso saca un pequeño caramelo y se lo ofrece, pero Carolina declina el obsequio porque el dulce luce rancio y seco.

Carolina le pregunta si puede hacer una llamada, la anciana le contesta que el teléfono no sirve. Luego les dice que deben quedarse, que tiene una habitación libre, de hecho todas están libres, y que tendrán una cena y todos los servicios disponibles por un precio razonable. A Carolina no le parece alto el “hospedaje” y acepta sin ninguna exaltación.

Por dentro, la casa es algo vieja, pero luce limpia y agradable. Posee una estancia grande y luego un pasillo que la comunica con las habitaciones. Lo curioso del lugar radica en los extraños objetos que cuelgan en todas las ventanas; son como pequeñas bolas de palos llenas con lo que parecen ser piedritas de colores claros.

Mientras caminan junto con la anciana rumbo a la habitación, pasan por un cuarto en el cual hay muchos juguetes de todo tipo. Jonás corre emocionado por la impresión que le da verlos y comienza a tomar algunos. Carolina se molesta y lo aleja, pero la anciana le dice que no se preocupe, que esos juguetes fueron olvidados por algunos huéspedes, y como nunca han regresado por ellos, no hay ningún problema; el niño puede tomar los que a él más le gusten. Después les muestra su habitación y les dice que en una hora pasen al comedor para que puedan tomar la cena.

Cuanto más cerca está la noche, el pueblo comienza a sumergirse en una especie de estupor, y sus habitantes, más que entrar en sus casas, parece que comienzan a encerrarse en ellas. Carolina observa por la ventana y ve cómo algunas personas pasan por la calle y se quedan mirando la casa mientras hablan en voz baja o se secretean unas a otras; algunas mueven la cabeza en señal de desaprobación y otras simplemente apresuran el paso para alejarse rápidamente del lugar. Para su sorpresa, mientras más avanza la oscuridad, los perros y algunos otros animales comienzan a acercarse y a rodear la posada.

Cuando Carolina le pregunta a la anciana por qué sucede todo eso, la señora la lleva a un rincón, como si se tratara un asunto del cual no se debe hablar, o para que no escuche Jonás. Le dice que no hay niños en el pueblo por culpa de la bruja. Le platica que por los años 50 del siglo pasado, el pueblo era un lugar que estaba en pleno crecimiento, y, tras la llegada de muchos nuevos habitantes, los niños comenzaron a desaparecer de forma misteriosa. Por la noche sus padres los acostaban en su cama y a la mañana siguiente ya no estaban; no había sangre ni rastro alguno de ellos. Siendo que el pueblo estaba lleno de gente supersticiosa, comenzó a correr el rumor de que una bruja era quien estaba raptando a los niños para sabe Dios qué malos propósitos. Las investigaciones comenzaron, y el pueblo se puso en guardia para salvar a los niños que quedaban. Se montaron puestos de vigilancia y se turnaban los guardias, quienes cabalgaban durante la noche en busca de cualquier actividad extraña. Un día, la madre de uno de los niños notó que éste traía un extraño amuleto en el cuello, un saco pequeño con algunas yerbas en sus interior. Al preguntarle quién se lo había dado, el niño contestó que había sido la mujer de la casa del cerro. La madre dio aviso al pueblo y todos, al ver el artilugio, afirmaron que ella era la bruja y que el amuleto era en realidad una especie de marca para poder apoderarse del niño.

La mujer, cuyo nombre no le reveló, era una joven que apenas llegaba a los treinta años. Era una dama humilde pero bella que se mantenía alejada del resto del pueblo y a la que pocas veces se le veía socializando, nadie sabía por qué. Sin embargo, después de descubrir el amuleto, todos infirieron que su conducta se debía al hecho de que era una bruja.

El pueblo colerizado subió al monte y encontró a la mujer. En la casa había varias velas y algunos amuletos extraños. La arrestaron, pero nunca llegó a la jefatura de policía. Los padres de los niños desaparecidos comenzaron a golpearla hasta que perdió el conocimiento, la humillaron frente a todo el pueblo sin que las autoridades pudieran hacer algo y después la quemaron viva. Una vez muerta, registraron la casa hasta los cimientos, sin embargo, ningún niño ni sus restos fueron encontrados en el lugar. Pero sí descubrieron varios recipientes con yerbas y algunos amuletos extraños.

Después de la muerte de la mujer, contrario a lo que todos creían, los niños siguieron desapareciendo, y todos pensaron que en realidad la bruja no había muerto o que ahora había regresado desde el infierno para seguir realizando su maldad. El pánico creció aun más y los pocos niños que aún quedaban fueron sacados del pueblo. Desde entonces, le cuenta la anciana, nadie se atreve a tener bebés en el lugar, por eso la mayoría de los habitantes son viejos.

Al escuchar la historia, Carolina duda sobre su veracidad, sin embargo, por alguna extraña razón, comienza a crecer dentro de ella el temor de perder a su hijo. Decide recoger sus cosas y dormir en su auto o caminar hasta la carretera y pedir ride para que alguien los saque de ese lugar. Intenta salir con el pequeño Jonás en brazos, sin embargo, al abrir la puerta, observa que todos los animales, perros principalmente, han rodeado la casa, y cuando pone un pie fuera de la misma, intentan atacarla. Cierra la puerta de un golpe.

La anciana le dice que no tema, que lo mejor es que se queden dentro, ya que, debido a los amuletos que posee, la bruja no puede entrar. Por la mañana podrán irse sin ningún problema. Carolina no se siente tranquila, pero decide quedarse.

La noche avanza lentamente y Carolina no puede dormir debido a que está cuidando de su hijo. Aún no cree la historia, mas asomarse por la ventana y ver a los perros rodeando la casa hace que piense diferente. Quita la vista de la ventana para dirigirla hacia su hijo, quien duerme tranquilamente. Vuelve a ver por la venta, y esta vez el terror la invade: hay una figura de una mujer de negro en ella. Carolina se asusta y va hacía donde está su hijo para abrazarlo, luego ve hacia la ventana de nuevo, pero ya no hay nadie ahí.

Todo está en silencio, hasta que un ruido lo interrumpe: es la puerta que se abre de golpe. Carolina teme lo peor. Mira hacia la puerta esperando ver entrar a aquella mujer, no obstante, cuando la figura entra, se da cuenta de que es el sujeto de la grúa. Al ver que saluda a la anciana y luego se mete a una de las habitaciones, ella le pregunta por él y la anciana le contesta que es su hijo. Carolina no se atreve a preguntar más

El niño se despierta y dice que quiere ir al baño. Ella acompaña, y al no dar con el sanitario, termina en un cuarto con un olor desagradable. El interior está muy oscuro, sin embargo, se logra dar cuenta de que el lugar está lleno de huesos de niños, en su mayoría cráneos. Toma a su hijo de la mano e intenta huir, pero el sujeto enorme la toma por el cuello y la golea contra la pared. El niño comienza a gritar y corre hacia un rincón para refugiarse. Carolina intenta ponerse de pie, pero el sujeto la patea a la altura del estómago y ella vuelve a caer pesadamente. Siente mucho dolor y comienza a sangrar de la nariz debido al primer golpe. Nuevamente se pone de pie y busca a su hijo, el pequeño está llorando bajo una pequeña mesa junto a la pared. Ella golpea al sujeto, pero éste, debido a la gran diferencia de peso y tamaño, no parece inmutarse; sólo se enfurece más y se lanza nuevamente contra ella. La golpea en la cabeza con el puño y ella vuelve a caer. El sujeto la sigue golpeando mientras Carolina intenta cubrirse con los brazos. Jonás sale de su escondite y corre a ayudar a su mamá intentando sujetarse de la espalda del sujeto, pero éste lo lanza de un empujón. El niño queda tirado en el suelo, muy adolorido. En ese momento, la anciana sale de una de las habitaciones y se dirige a él. Su apariencia ha cambiado: ahora es horrible, como si estuviera convirtiéndose en una especie de animal extraño.

El hombre levanta a Carolina, quien está muy golpeada y con el rostro ensangrentado, abre la puerta y la arroja hacía los animales. Afuera, los perros comienzan a atacarla mientras ella, con grandes dificultades, logra levantarse y correr, cojeando por el dolor, en busca de ayuda. Cae mal herida al lado de un árbol y los perros siguen mordiéndola en varios lugares hasta que, de pronto, se detienen y huyen, como si algo o alguien los hubiera ahuyentado. Ella levanta la cabeza y ve una figura oscura. Es la bruja que quemaron.

Dentro de la casa, el niño llora y grita como loco mientras la anciana le amarra pies y manos, lo carga y lo coloca sobre una mesa en la cual hay pintados unos signos extraños. Por la forma tan fácil en la cual lo levanta, pareciera como si tuviera una fuerza asombrosa.

Carolina intenta huir de aquella mujer oscura y se arrastra de espaldas, sin quitarle la mirada. De pronto, desde rostro de aquella mujer, que está marcado por el fuego, unos ojos de tonalidad amarillenta se posan sobre los suyos. En ese cruce de miradas, Carolina parece entrar a una especie de alucinación y logra ver lo que realmente pasó hace más de 50 años. Ve que la bruja quemada era una bruja blanca, una mujer bella que vivía en una pequeña casa a la orilla del pueblo, que en aquél entonces era un lugar pintoresco y alegre. A partir de que comenzó la desaparición de los niños, ella hacía amuletos para protegerlos y mantener alejada a la bruja que quería raptarlos para alimentarse de su corazón y utilizar varias partes de su cuerpo en rituales extraños y todo tipo de fetiches. La bruja desde un principio fue la anciana, quien además fue la mujer que la denunció para que la quemaran. Luego, después de que se acabaron los niños en el pueblo, con ayuda de su hijo, se dedicó a acechar gente en la carretera o los pueblos cercanos para poder seguir alimentándose de ellos y mantenerse con vida. Carolina puede ver cómo el sujeto de la camioneta se ha encargado de llevar victimas a su madre desde hace varios años; por eso el pequeño cementerio de autos y los juguetes dentro de la casa. Mientras entraba al baño de la gasolinera con su hijo, el sujeto se acercó a su auto, abrió el cobre y manipuló algo dentro del motor para que éste fallara. La visión también muestra a la bruja quemada apareciéndose a personas que iban a entrar al pueblo con niños para que éstas se asustaran y no se quedaran en ese lugar. Eso ha provocado que sean muy pocos los niños que lleguen al pueblo en los últimos años y esto ha mantenido débil a la anciana, quien sólo puede beber y comer sangre y órganos de animales. También ve que la bruja quemada no puede hacerles nada debido a los extraños amuletos que portan en el cuello la anciana y su hijo. Ambos están hechos de huesos de niños, y eso es lo único que evita que ella los pueda atacar. Después, sólo logra escuchar los gritos de su hijo que llegan desde el interior de la casa.

La anciana enciende una vela enorme de olor nauseabundo y deja caer varias gotas de cera sobre la cabeza del niño, quien grita al sentir el líquido caliente. Ahora ya no es la anciana de antes, ha sufrido una especie de transformación. Sus dientes parecen afilados cuchillos y su lengua es larga y oscura; los ojos le brillan con una tonalidad amarillenta y al rostro le ha crecido un extraño pelo; por su boca escurre una saliva pegajosa y negruzca. Las garras que tiene por manos se posan en el cuello del niño, y una de ellas logra abrir una pequeña herida, como una cortada, de donde escurre un poco de sangre. La anciana se dispone a lamerla, cuando de pronto se escucha que una ventana se rompe. El sujeto corre inmediatamente por orden de la bruja, quien le dice que si la mujer quiere ver morir a su hijo, que así sea.

El sujeto va y encuentra a Carolina arrancando todos los amuletos de las ventanas y comienza a romperlas. Él la ataca y ella lo golpea con el palo que trae del exterior. Después de forcejear, él logra acorralarla y, con sus manos enormes y obesas, comienza a estrangularla. Ella lo golpea, pero él no la suelta. Es entonces cuando Carolina le arranca el collar. Junto con el viento que entra por la ventana rota, una sombra oscura penetra la casa y rodea al sujeto. Él intenta huir hacía donde está la anciana, pero cae repentinamente al suelo. Sus ojos se muestran desorbitados y comienza a sangrar profusamente de la nariz y de la boca. Sus pantalones comienzan a teñirse de color rojo. Cae muerto.

Carolina mira que la anciana, o lo que queda de ella. La observa desde la puerta de la habitación y suelta un chillido estremecedor, como si fuera una rata enorme. Carolina corre rápidamente tras ella.

Al llegar a la habitación, encuentra a su hijo está sobre la mesa atado de pies y manos. La anciana casi ha perdido su apariencia, es una especie de arpía con dientes filosos, le ha salido pelo en todo el cuerpo y lanza unos chillidos insoportables. Carolina la ataca con el palo que trae, pero no logra dañarla; la anciana se mueve rápidamente, como si se tratara de un animal. Nota que mientras pelea con ella, la sombra oscura ingresa en el cuarto y apaga la mayoría de las velas. La bruja comienza a hablar con la otra bruja y le dice que aún no puede dañarla, que sigue siendo más poderosa que ella.

La sombra oscura se desliza alrededor de la habitación como si fuera un viento encerrado en el cuarto. Carolina aprovecha para desamarrar a su hijo. De pronto, siente unas garras enterrándosele en los hombros y es jalada hacía un rincón con una facilidad sorprendente. Ahí puede ver de frente a la bruja y su rostro aterrador. Su boca se abre y muestra los dientes, podridos y amarillos pero puntiagudos como cuchillos, que están a punto de incrustarse en su garganta. La sombra oscura se posa sobre el niño. Carolina no puede liberarse de las garras de la anciana, quien la sigue lastimando y ya casi ha colocado sus mandíbulas sobre su cuello. De pronto, el niño corre y, de un gran tirón, arranca el collar de la anciana. Ésta comienza a gritar como loca y desesperada; lanza unos chillidos espantosos que se estrellan contra las ventanas de la casa, se apagan las últimas velas y todo queda sumido en la oscuridad, excepto por a luz de la luna que ilumina de forma tenue la estancia.

A pesar de su aspecto, la bruja denota miedo e intenta arrebatar el collar al niño, pero la sombra oscura comienza a arremolinarse sobre ella como un torbellino. La sombra toma forma: es la bruja quemada quien ahora está abrazando a la anciana.

Mientras tanto, Carolina logra recuperarse y toma a su hijo para salir de la habitación. Está herida, pero el deseo de salvar a su hijo es más fuerte que todo el dolor que siente. Alcanza a mirar y escuchar los gritos de la anciana mientras la sombra oscura con forma de mujer la sujeta. Ve cómo la anciana, que ahora ya casi ha regresado a su forma humana, intenta zafarse mientras maldice y pide que la deje en paz. Carolina sale de la habitación ayudada por su hijo y no vuelve a mirar atrás. Antes de salir de la casa, va hacia el sujeto muerto y busca en sus bolsillos rápidamente hasta que le saca las llaves de la grúa.

En la habitación, la bruja quemada comienza a inmolarse mientras sujeta a la anciana, quien sigue gritando y ahora, en un último intento por salvarse, vuelve a transformarse en el animal grotesco que lanza chillidos insoportables. Las llamas la envuelven rápidamente y sólo pueden escucharse sus gritos entre ellas. El fuego crece aceleradamente y pronto la habitación completa comienza a arder. Los chillidos son insoportables. Carolina y su hijo logran salir de la casa antes de que esté completamente envuelta en llamas.

Huyen hacía donde estaba el taller. Ahí, Carolina toma la grúa del sujeto y sube a su hijo. Jonás y su madre lloran, aún están muy alterados. Mientras lo abraza, el niño le dice que la señora de negro le dijo que tenía que quitarle el collar a la anciana. El niño aún sujeta el collar. Carolina se lo quita y lo arroja por la ventana antes de echar a andar la grúa. Los dos salen del pueblo.

*Este texto fue finalista del Premio Bengala-UANL 2014 cuyo jurado estuvo conformado por Jorge Miche Grau, Guillermo Quijas, Andrés Clariond y Carol Pires.

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