¿Qué hace una mujer con más de diez tigres metidos en su casa?

Por Susan Orlean

p lang=”es-ES”>El 27 de enero de 1999, un tigre salió a dar una caminada por el poblado de Jackson, Nueva Jersey. Según el manual de zoología Wild Cats, los requerimientos naturales de un tigre son: “alguna forma de vegetación densa que lo cubra, suficiente presa ungulada y acceso a fuentes de agua”. Bajo esos estándares, Jackson no es un lugar tan malo para ser tigre. Se encuentra a mediación de Manhattan y Filadelfia, a mitad del condado de Ocean —un viaje fácil a Trenton o Newark, pero aún así un verde respiro del acero de las torres eléctricas y los tanques petroleros del norte, y de las ciudades de ladrillo y los molinos al sur—. Jackson está habitada por sólo 45 mil habitantes, pero es una ciudad enorme, de un poco más de 160 kilómetros cuadrados, y cada uno de ellos es plano como una mesa, salpicado con charcos y pequeñas lagunas.
Una porción considerable de Jackson está armada con subdivisiones y mercados de WaWa Food, o pronto lo estará, pero el resto es puro bosque primordial de Nueva Jersey: robles, juncias y pinos, un follaje tan denso como cualquier otro. La fauna local quizá no esté a la par de lo que un tigre podría encontrar en tierras más conocidas, como Siberia o Madhya Pradesh; en Jackson sólo hay las alimañas de siempre, ponis rechonchos, mandas de venados cola blanca y una que otra vaca lechera, a menos que uno incluya el territorio de Six Flags Great Adventure, que está lleno de cebras y jirafas y gacelas y antílopes y los queridísimos pero incomibles animales caricaturizados de los Looney Tunes.
Pero el tigre de Jackson no tardó en dejarse ver por el mundo. Una mujer del pueblo estaba preparando su almuerzo cando lo vio desde la ventana de su cocina; luego anunció el avistamiento a su esposo, y después llamó a la policía. El tigre se escabulló hacia el bosque. Para las cinco de la tarde, un obrero de la Dawson Corporation se quejó de que había un tigre en el estacionamiento. Para las siete, el tigre había rodeado cerca de la zona residencial y volvió a la propiedad de Dawson, seguido por la policía de Jackson, oficiales de control animal y un helicóptero. El tigre se abrió camino entre otros cuantos jardines y los campos cerca de la Interestatal 195, aguantó los dardos tranquilizadores que le disparó la policía y arrancó en dirección general de una escuela primaria. Los vecinos dijeron haber visto “un borrón anaranjado”.
Poco después de las 9:35 de la noche, el tigre murió de un disparo a manos de la policía estatal, que se había dado por vencido en sus intentos por capturarlo vivo. El veterinario que examinó el cuerpo determinó que se trataba de un tigre de bengala macho, de dos metros con setentaicinco de largo y un peso de 180 kilogramos. No encontraron nada en él que indicara de dónde había venido, y no hubo gente que llamara a la jefatura de Jackson para reportar un tigre perdido.
Todos sabían que había tigres en Jackson —es decir, todos sabían de los 15 tigres de Six Flags Great Adventure—. Pero existían otros tigres en Jackson, hasta una docena que pertenecían a una mujer llamada Joan Byron Marasek. De hecho, Jackson, Nueva Jersey, tiene la concentración de tigres más alta por kilómetro cuadrado en el mundo.
Joan Byron Marasek es famosa e intencionalmente misteriosa. En cintas de video que la División de Permisos para las Especies Exóticas en Cautiverio de Nueva Jersey hizo de ella —una de las pocas maneras en las que uno podría verla, ya que rara vez deja su propiedad (donde vive en compañía de sus tigres, su esposo y como 18 perros), excepto para ir a la corte, donde ha estado librando una batalla por sus tigres durante los últimos dos años—, se ve pequeña y anormalmente rubia, con la nariz respingada, boca pequeña y una expresión de espanto en el rostro. Su edad es un misterio. Es una joven que se ve vieja, o una vieja que se ve joven. Es obvio que no tiene número de Seguridad Social, lo cual hace más difícil establecer su edad. Según sus testimonios, nació en 1955 y se inscribió en la New York University en 1968. Cuando se le dijo que eso significaría que entró a la universidad a los 13 años, declaró no ser muy buena con las fechas. De acuerdo con un reportaje, trabajó como actriz y alguna vez apareció desnuda sobre un columpio en una producción de la obra Jumpers, de Tom Stoppard. En el panfleto de su refugio para tigres aparece usando botas plateadas mientras sostiene un látigo largo y alimenta a su tigre Jaipur con un biberón. En una aplicación en la que pide permiso para tener fauna salvaje, Marasek dijo que formó parte de los circos Ringling Brothers y L.N. Fleckes; que había entrenado con Doc Henderson, un ilustre veterinario de circo; y que había leído, entre otras obras, El tigre de Manchuria, El mundo del tigre, El venado y el tigre, Animales salvajes y sus estilos de vida, Mi vida salvaje, Nunca contestan y Gracias, pero prefiero los leones.
En 1976, Marasek compró 11 acres en Jackson y se mudó al terreno con Bombay, Chinta, Iman, Jaipur y Maya, cinco tigres siberianos que habían conseguido de parte de David McMillan, un entrenador de animales. El terreno se ubicaba en una parte parca y apenas poblada de Jackson llamada Holmson’s Corner, cerca del cruce de las carreteras Monmouth y Millstone. No había más que una iglesia y unas pocas casas alrededor. Uno de sus vecinos era un sacerdote ortodoxo ruso que administró una granja de árboles navideños al lado de su casa; otro vivía en un búngalo bien triste con un mini-crucero que se pudría sobre bloques de cemento en el jardín frontal.
Maraket tenía una licencia de exhibición expedida por el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, que supervisa el bienestar de la fauna a nivel nacional, y un permiso para la teatralidad animal del estado de Nueva Jersey, que se le expide a personas con animales que planean utilizar para propósitos educativos o de entretenimiento.
Poco después de mudarse a Jackson, Marasek consiguió otros seis tigres —Bengal, Hassan, Madras, Marco, Royal y Kizmet— de parte de McMillan y los Ringling Brothers. Los seis siguientes —Kirin, Kopan, Bali, Bruei y Burma— fueron cachorros nacidos en el patio trasero después de que Marasek dejó a sus machos y hembras copular. “Como, duermo y respiro tigres”, le dijo a un reportero local. “Nunca me tomó unas vacaciones. Esto es mi pasión, lo que amo”.
Según una de las amistades de Marasek, “Ella camina entre sus tigres como Tarzán. Me dijo: ‘Tengo arañazos a lo largo de mis costillas y cortadas en ambos brazos, pero sólo juegan”. Eso sí que es amor.
En 19XX, Marasek creó una organización sin fines de lucro, la Tigers Only Preservation Society. Su misión era “[la] conservación de todas las especies de tigre. Una posible reintegración de los tigres nacidos en cautiverio a su hábitat natural. El uso de los tigres nacidos en cautiverio para un programa de repoblación de las zonas salvajes en caso de una pérdida catastrófica de los hábitats naturales. Resolver el conflicto entre hombre y tigre, creando una resolución. Salvar a los tigres de la extinción”.
Ha perdido a unas cuantas de sus criaturas. Muji murió después de una reacción severa a una infección. Diamond tuvo que ser dormido después de que Marco le arrancara una pierna. Marco también mató a Hassan en una pelea que tuvieron en el ’97, en Noche Buena. Otro par de tigres murieron después de comerse un venado que encontraron atropellado en la carretera y que Marasek sospecha estaba contaminado con anticongelante. Pero nacieron más cachorros, y se compraron más tigres, y la población tigruna de Holmson’s Corner aumentó poco a poco. Para cuando un tigre caminó por el pueblo, la Mujer de los Tigres de Jackson ya tenía por lo menos 17 tigres en el jardín. Ya saben cómo es: empiezas con un tigre, luego consigues otro y otro, y luego nacen unos pocos y mueren otros tantos, y entonces comienzas a perder rastro de cuántos tigres tienes precisamente.
En cuanto llegaron los reportes del tigre suelto, la policía de Jackson preguntó de inmediato quién tenía tigres, para saber a quién le faltaba uno. Six Flags Great Adventure tenía permiso para 15 tigres, y los 15 estaban en su lugar. En Tigers Only, la cuenta estuvo a cargo de un grupo de policías y oficiales de fauna estatal que pasaron siete horas buscando en cajas, túneles, pozos y cobertizos en el patio de Marasek. Sólo pudieron encontrar 17. El permiso estatal de Marasek decía que debían ser 23. Los oficiales grabaron su visita:
—Joan, debo considerar la posibilidad de que hay cinco felinos sueltos en el pueblo, no sólo uno —dice uno de los oficiales frente a la cámara.
El abogado de Marasek, Valter Must, le explica al grupo que se hicieron unos cuantos malos cálculos a la hora de llenar las formas para el permiso más reciente.
Los oficiales se impacientan y hacen un par de anotaciones.
—Por ejemplo, no siempre cuento a mis hijos, pero sé cuando están todos en la casa –dice Must.
—Entonces no tiene 23 tigres —dice un oficial.
—Exacto —responde Must.
—Si le faltaran 6, lo sabría —añade el oficial.
—Estoy de acuerdo –dice Must.
Marasek insiste en que no importa que la discrepancia entre el número de tigres en su permiso y los que hay en su propiedad levante sospechas, el tigre suelto no es suyo. Y no, tampoco sabe quién podría ser el dueño. Y caballeros, por favor, no toquen nada; no lo voy a repetir.
Los oficiales peinan la propiedad por horas y vuelven a la mañana siguiente para contar a los tigres una vez más. Piden ver los papeles de Marasek. Ella dice que le da pena meterlos a la casa porque es un chiquero. El hábitat de los tigres se ve triste y raso, con pisos de concreto, bardas de cadena y lonas de plástico agitándose en el viento de enero, tan abandonado como una obra negra sin terminar.
Durante la inspección, se arma todo un lío en el interior de una de las jaulas de los tigres. Marasek, que se considera a sí misma una autoridad en tigres a nivel mundial, corre para ver qué sucede y vuelve, con los ojos desorbitados y gritando “¡Ayuda! ¡Ayuda! Van a… ¡van a matarse!”. Los oficiales se dirigen rumbo a la batalla de tigres, pero Marasek manotea para que se detengan y grita: “¡No, sólo Larry! ¡Sólo Larry”, refiriéndose a Larry Herrighty, el jefe de la división de permisos. Luego dirá en una entrevista que “Los tigres detestan a Larry”.
Después declaró frente a los reporteros que estaba furiosa con la inspección estatal. “La humillación que nos obligaron a pasar está más allá de toda descripción”, dijo en conferencia de prensa. “No sólo pusieron la vida de nuestros tigres en grave peligro, también intentaron cortar su fuente de alimento intencionalmente”:
El día que se contaron los tigres fue la primera vez que el estado había inspeccionado la propiedad d Marasek en años. En Nueva Jersey se le ponía cierta atención a asuntos de fauna salvaje —por ejemplo, el zoológico de Scotch Plains cerró en 1996 por negligencia—, pero no gastó dinero ni tiempo en monitorear a la mayoría de la gente con permiso. Habían habido un par de quejas —“Se nos reportó que entre las cuatro y las seis de la mañana sonaban grabaciones musicales o tambores africanos a través de los altavoces, y que sus tigres comenzaban a rugir”, escribió la Oficina Estatal del Control de Ruido a Marasek en 1983, advirtiéndole que habría inspecciones constantes de su propiedad por los rugidos—, pero nadie volvió a verificar los rugidos, y nadie respondió a las quejas sobre los extraños olores en la propiedad. Sus permisos se renovaron anualmente y sin demora, aún cuando el número de animales incrementó.
Los investigadores se asustaron de las condiciones en las que encontraron la Tigers Only Preservation Society. En documentos de la corte se declara: “Las instalaciones de la aplicante eran una finca destartalada con patios, toboganes, escaleras y corrales de malla… algunas de las cuales estaban cubiertas de madera podrida, bardas de estaca y lonas, etc… La barda periférica (que rodea los límites de la propiedad), diseñada para mantener fuera a los revoltosos, estaba tirada en varias partes. Había agua estancada y fango en las instalaciones. También había fango sobre los tigres de la aplicante”. Había cadáveres de venado esparcidos por toda la propiedad, madrigueras de rata y 35 perros grandes y furiosos en un corral separado y cerca del de los tigres.
Aquel único tigre suelto pasó a ser inconsecuente: los inspectores estaban mucho más preocupados por el hecho de que Marasek tenía 17 de ellos viviendo en lo que parecían condiciones miserables, y que los tigres no estaban siendo conservados para propósitos educativos o de entretenimiento, sino como mascotas ilegales.
Cualquiera con el tipo de permiso que tiene Marasek debe dar información sobre el horario laboral de los animales, pero el estado no tenía información que constatara que los tigres participaban en espectáculos o que hubiera gente asistiendo a programas educativos en Tigers Only. El único de los tigres de Marasek con un perfil público era Jaipur, que pesaba 450 kilogramos y aparecía listado en el Libro de Record Guiness como el tigre siberiano más grande en cautiverio. En documentos de la corte, Marasek también describió a Marco como “un gran gato de exhibición” —esto para explicar por qué decidió conservarlo, a pesar de que había matado a Diamond y Hassan—, aunque, hasta donde el resto del mundo sabía, Marco nunca había sido exhibido.
No se ha logrado probar que el tigre suelto pertenecía a Marasek. Las pruebas de ADN y la autopsia resultaron inconclusas. Hay quienes piensan que era el perro guardián de algún narcotraficante, que parece ser el destino de muchos tigres y leones, y que había escapado o sido emancipado por alguna razón. Otros dicen que era alguna mascota que se salió de control, y que el dueño lo dejó suelto cerca de Jackson con esperanzas de que fuera adoptado por la Mujer de los Tigres. Y siempre habrá quienes teorizan conspiraciones, gente que cree que cuando un animal escapa de Six Flags, las autoridades encubren el suceso, ya que el parque es la mayor fuente de impuestos y de empleo, y ni se diga la mayor atracción de Jackson desde que abrió en 1974.
Al final, sin embargo, aquel tigre quedó relegado a los anales de la peculiaridad urbana: un alma perdida, fuera de su elemento, condenada a un final infeliz, cuya procedencia quedará en el misterio.

*Fragmento de “The Lady of the Tigers”, publicado en The New Yorker (2002).

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