Por Emilie Mourgues

 

Murió el Viejo. Esos dos últimos años, su cuerpo anunciaba la llegada próxima de la Muerte. Los médicos franceses se empeñaban en sacarle exámenes de todos tipos y de los mas tecnológicos para diagnosticarle algo. Algo que se pareciera a una enfermedad para explicar a la familia que no se iba a morir ‘de muerte’, sino de un cuerpo disfuncional. Claro que a los ochenta y picos años encontraron algo: «tiene enfermedad de la sangre, su sangre esta degenerándose, es un especie de cáncer. »

Llame a mis abuelos como suelo hacerlo cada domingo cuando resido en Francia.

« El Viejo esta cansado. Duerme y dejo de comer. No tiene fuerzas ».

Mi padre, el hijo mayor, llego a su casa enseguida y lo llevo al hospital de Avignon. Lo hospitalizaron. Aprovechamos el fin de semana para visitarlo. Supe enseguida que de allí no iba a salir. Su cuerpo se estaba apagando órgano por órgano. Ese día era el pulmón. Tenía cita para hacerle un escanner del cráneo al día siguiente. Mi padre tenía confianza en la medicina de nuestro país primermundista para prolongar su vida un poquito mas. « La enfermedad lo cansa pero van a seguir haciéndole exámenes y lo van a sacar del pozo. »

Mientras salíamos de la planta de gerontología del hospital cruzando humanos que ya tenían un pie en la tumba, esperando la ultima hora delante de sus pantallas de televisión solos, cerré los ojos.

 

Era un 2 de noviembre en Oaxaca, llovían flores arriba de nuestras cabezas y los vivos estaban preparando la llegada de sus muertos. Los altares estaban listos. El panteón de Xoxocotlan hermosísimo. La gente salía preparada para esta tregua con la ausencia, este abrazo con el mas allá. La proximidad era palpable. El lugar daba las bienvenidas a todos. Al lado de las tumbas, banquitos. Familiares charlando, tomando, riendo, llorando, tocando. Un homenaje increíble a la vida. Seguí mi paseo entre los difuntos y sentí unas ganas tremendas de tumbarme en la tierra y de hacer el amor. De repente resonó un grito, era un wey borrachísimo agarrado de una mano a la cruz de una tumba y una botella vacía por la otra mano : « Hasta el año próximo abueloooo ! »

 

« Papa, no esta enfermo, se está muriendo ».

En mi familia, en mi país, la muerte es un tabú. La muerte es vista como un error inexplicable, una enfermedad que la ciencia no puede superar. El Viejo volvió a su hogar para acabar sus días en este lugar que construyo, su casa y su huerto, la obra de su vida. Un lugar preparado para enfrentarse a otra guerra mundial. Unas enfermeras lo visitaban. « Vamos a dejar de alimentarlo, lo vamos a hidratar y esperar para que no sufra cuando se vaya. La « enfermedad » gana terreno. »

Frente a la imposibilidad de llevar a cabo los últimos deseos del Viejo -pues nadie estaba preparado a brindarle los cuidados necesarios cotidianos que necesitaba para que se muriera en casa, volvió al hospital. Lucho con terror hasta el ultimo soplo y se extinguió con los mejores cuidados que el hospital publico francés puede brindar : atención máxima , cuidado, cariño  y planillas de Lamaline, o sea opio con paracetamol.

Me llamo mi hermano « Pero de que se murió ? ». Se murió de muerte hermano.

La ceremonia de despedida fue pesada y bella a la vez. La dio un cura argentino que había sido rockero en sus horas de gloria. Mi padre y mis tíos velaron el cuerpo en un centro funerario triste a mas no poder. Un lugar sin flores ni velas con una maquina de nescafe y un olor a cloro. Mi padre miraba al suyo inanimado, miraba la muerte, confrontado a la suya. « Que loco… que loco… ». La incomprensión y la tristeza lo dejaban sin voz.

Pueblo de Etla San Augustin, Oaxaca, 2 de noviembre 2013.

Indígenas con trajes de cascabeles asaltan casas del pueblo con una banda local. La gente recibe el fiestón con un mezcal de fuego. El pueblo y los visitantes siguen a esta loca pandilla de ultra tumba de casa en casa. Acabamos pedos en la plaza del pueblo bailando entre catrinas, calaveras, monstruos de walt disney y de pixar ‘zapotequizados’. La fiesta de los Muertos se convirtió en un transe increíble en el cual cada uno pudo hacer resonar su vida, su energía mas profunda hacia los limbos mas improbables, fue una ofrenda hermosísima. Cada uno abrazo la Muerte bajo sus innombrables nombres, sus innombrables rostros, burlándose de su propia vida.

 

Mi abuelo participo en el orgullo nacional de alargar cada año la esperanza de vida de los franceses de tres meses. Tres meses donde la medicina jugo a las vencidas con un final que todos conocíamos. Una partida de angustia para el Viejo, de angustia interminable. Lo enterramos sin pronunciar nunca el nombre de la Muerte, con la torpeza emocional que nos caracteriza en una cultura que niega la naturaleza. Una cultura que siempre quiere vencer hasta lo inexplicable, sin darse cuenta que lo que estamos negando realmente es la propia vida.

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