¿Quiénes son los superhéroes del PVC y los microbuses?

Por Ignacio Gómez Villaseñor

La neta, cuando se moneaba, el Batman era más chido. Se reunía con sus colegas de la Liga de la Justicia para echarse sus latas de activo aún cuando estaba cerca de cumplir el tostón de edad. Al dejarlo se volvió un huraño, como si su ánimo proviniera de un pedazo inerte de estopa remojado sobre su nariz.

Sus camaradas no eran Superman, el Detective Marciano, Linterna Verde, Flash, Aquaman o la Mujer Maravilla —como aquella selección que Gardner Fox acuñó en el primer comic Justice League of America, publicado en 1961—. Él era acompañado por el Moco, el Gordo, el Stich, el Patas, el Microchip y la Tortuga.

Todos los días se veían en la Baticueva —que se oculta al ras de una gasolinera de Huipulco—. Ahí se organizaban para sacar unos cuantos pesos pa’l día estacionando naves de quienes visitaban los bares aledaños o vendiendo dulces de acuerdo a la temporada. ¿Alguna vez robaron? Sí, pero desde que descubrieron esta guarida, jamás han andado de ratas, ni quieren volver a eso.

Recargado en una columna contigua a los dispensadores de gasolina, el Gordo comenzó a dirigirme sus primeras palabras. Como un imán, la curiosidad llamó al resto de los compas de la banda —custodiados por su inseparable mona— para ver qué estaba sucediendo. “Quiere hablar sobre el Batman”, dijo el Gordo. “Para conocernos tendrías que echarte tus monazos”, retó tajantemente la Tortuga.

El Batman era el más viejo. Nadie sabe exactamente cuánto tiempo estuvo chambeando en la Baticueva; aunque el Gordo, que ya suma más de 20 años ahí, cuenta que por lo menos desfiló más de la mitad de su vida por estos lares. “Yo llegué a los 8 o 9 años y él ya estaba aquí; creo que antes era bolero”. ¿Cómo era posible que tras dos décadas de haberlo visto todos los días no pudiera conocerlo en su plenitud? Me pregunté en silencio.

Después de los escándalos y las visitas recurrentes al tambo, el Batman cambió drásticamente su vida. De repente dejó las drogas y buscó que el resto de sus colegas también renunciaran a ellas. Primero pensaron que era una reverenda jalada, pero comenzaron a tomarle respeto tras ver su insistencia.

Le hablaron al Microchip, por ser el más joven de la banda, y éste por fin se acercó para ver cuál era el rollo. Traía puesta una gorra que asemejaba sólo rozar su cabeza; era demasiado grande y la colocaba al estilo Godínez, del El Chavo del Ocho. Con su escasa estatura —no más de 150 centímetros—, me miró hacia arriba con ojos retadores, empuñó su mona y la inhaló. “¿Cuántos años tienes?”, le pregunté. Tardó unos cuantos segundos —tal vez dos o tres— y contestó: “Tengo 16”. Todos rieron y dijeron que era puro choro, que no tenía más de 13 cumplidos.

El Microchip lleva apenas dos años en la Baticueva, por lo que no vio al Batman dándose sus toques de chemo. En cambio, el Moco —con más experiencia— narraba cómo el mayor de los tres hijos del Batman, Manuel, llegó algunas veces para regresar a su jefe a su cantón porque ya andaba bien pasado, no sólo por las drogas, sino también por las bajas de azúcar que eran aquejadas por su diabetes.

“¿Desde hace cuántos años conoces al Batman?”, cuestioné al Moco. “Desde que llegué, a los 11 años”, dijo sin mayor problema. “Entonces, ¿cuántos años?”, insistí. “Pues no sé, de los 11 a los 19”, enfatizó con molestia. Al percatarme de que no contaba con habilidades matemáticas, preferí cambiar el tema.

Al desistir de la mona, la Liga de la Justicia dejó de considerar al Batman como un compa de la banda e incluso le cambiaron el apodo a El Padrino. Ya no se juntaba con ellos para aspirar activo y solamente se dedicaba a hacer su chamba, gritando pa’ que subieran más pasajeros a los microbuses en la parada de Huipulco.

El Batman era un hombre conocido en toda la Ruta 26 de microbuses, que sale desde el centro de Xochimilco hasta el paradero de Pino Suárez, cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México. No hay un solo chófer que no se haya topado al Bruno Díaz defeño, pues diario les ayudaba a llenar sus camiones desde la Baticueva bajo el tradicional grito de “¡Súbale, súbale, hay lugares!”.

Los Batibuses

Durante los preparativos de los festejos de la Independencia de México —el 15 de septiembre—, un ataque cardiaco apresó al Batman. Inmediatamente fue llevado hasta el Hospital General Xoco, un lugar ubicado al sur de la Ciudad de México en donde se puede apreciar de todo, desde un recién baleado hasta un hombre al que le dicen “el Taco al Pastor”… por las quemaduras.

Los fieles compañeros de la Liga de la Justicia y los chóferes de la Ruta 26 aseguraban que el cuerpo del hombre, quien también vendía en la Baticueva chilaquiles sazonados por su esposa, jamás se recuperó de los excesos. Para ellos, la muerte era inminente tras haber renunciado a la mona.

Al amanecer, los automovilistas que circulaban por Calzada de Tlalpan y San Antonio Abad se sorprendían al ver extraños mensajes en los vidrios traseros de los micros de la Ruta 26. Con pintura para zapatos de color blanco tiñeron sus esquelas móviles: “En paz descansa Batman” y “Te extrañaremos Batman”. Era una caravana verde que buscaba honorificar a un compañero caído, mientras que los automovilistas y espectadores especulaban el deceso de un superhéroe.

El honor no era para menos, ya que la Ruta 26 es la más grande de la Ciudad de México. Se estima que más de 500 autobuses la recorren diariamente y cerca de mil chóferes conducen las viejas unidades que datan de la década de 1970. Nadie sabe cómo es que siguen funcionando.

Ni una tercera parte de todos los camiones dedicaron un mensaje al recién fallecido. Tal vez fueron sólo cuatro o cinco, pero fueron suficientes para que este personaje obtuviera la mayor atención de su vida… o más bien de su muerte.

Al enterarse del fallecimiento, sus camaradas partieron hacia el funeral hasta el poblado de Amanalco de Becerra, en el suroeste del Estado de México. Tardaron más de ocho horas en llegar por varias fallas que se presentaron en la camioneta que los trasladaba, pero pudieron darle un último adiós a su amigo.

Ruta gótica

La búsqueda para conocer quién fue el Batman comenzó en un paradero improvisado de microbuses que se ubica a unas cuadras del centro de Xochimilco, a un costado del embarcadero de trajineras Fernando Celada. Ahí se preparaban los choferes para dar una nueva vuelta y ruletear por más pasaje.

Ve para allá, ve para acullá, habla con tal, pregúntale a tal, él es el bueno. Y así fue por unos minutos hasta que me encontré con los personajes que sin bronca comenzarían a narrar la historia anhelada. Se trataba de los líderes —al menos morales— de la llamada Ruta 26: el Robocop, el Vieja y el Berrinches.

Parados a la sombra de un árbol y permaneciendo vigilantes de los camiones, hicieron un silencio prolongado al notar que había un patrullero de tránsito rondando la zona, pero cuando vieron que era su cuate, siguieron. “Pues era un gritón de Huipulco que tenía, ¿qué? ¿Como un treintón?”, dudó el Berrinches.

Todos han pasado más de dos décadas en el mismo negocio, pero los delegados de la Unión de Permisionarios y Choferes de Transportación Colectiva Ruta 26 A.C. consideran que la Liga de la Justicia es uno de los muchos fenómenos que friegan la imagen del microbusero hasta el punto de ser estigmatizados.

El Batman y su banda no eran los únicos personajes señalados por la sociedad. Ellos también debían soportar a los pasajeros que dejan caer la moneda para evitar cualquier contacto o los que se encabritan porque no pararon el micro justo donde tocaron el timbre. “¡Ah, cabrón! No sabía que tenías Ferragamo, güey”.

Después de entonar varias palabras estudiadas, casi planeadas y pronunciadas a la perfección, el Berrinches titubea sobre los efectos de las Baticuevas en la Ciudad Gótica. Recuerda cómo los chóferes envueltos con playeras sucias y tenis rotos se gritan desde un micro a otro: “Dile a tu mamá que se ponga la tanga roja que hoy voy de torero”. Ahí es cuando ellos revelan su propio retrato.

Justo antes de que se enterara que debía tramitar varios papeles para sacar su micro que había sido detenido, el Berrinches puso sus manos en los bolsillos, levantó la cabeza y resaltó que el Batman solamente se la pasaba en el chemo. Y es que la mona no impera entre los microbuseros. Con los 500 o 600 pesos que ganan a diario pueden acceder a otra clase de mercado. Ni siquiera la mota es suficiente si se tiene entrada a alternativas como la piedra o la coca.

Mientras los cabecillas seguían su narración, un niño de entre 13 y 14 años lavaba las llantas de un microbús. “A ellos se les conoce como cacharpos”, dijo Robocop. “Primero acompañan a los chóferes, después hacen sus pininos moviendo las unidades, y los fines de semana pueden dar una vuelta con pasaje”, admitió.

El Robocop fue un profesor de educación física de secundaria. Él se dice orgulloso de haber alejado a cientos de jóvenes de las adicciones. Dejó su profesión después de que tuviera un accidente que le causó tres fracturas en la columna vertebral y lo dejó 8 meses encamado, tiempo en el que se ganó su apodo.

El Berrinches era dueño de una agencia de mercadotecnia que trabajaba para las tiendas de Elektra. Tenía 18 empleados, y cuando el equipo de Ricardo Salinas Pliego le pidió que creciera para incrementar su producción, tuvo miedo y decidió cerrar su negocio. Después entró por diversión a manejar un micro, y aunque le daba pena decir lo que hacía, ya lleva más de 20 años ejerciendo en la Ruta 26.

El Vieja llegó hasta el divorcio por la farra. Por las mañanas y tardes atendía sus negocios de la Ruta 26 y en las noches se iba a tocar las tarolas o el bajo en una sonora, reconociendo la facilidad que le dio el escenario para conseguir una que otra vieja durante sus presentaciones, por lo que el apodo resulta una obviedad.

Pregun té al Berrinches: “Cada vez que se van a dar de trompos con los automovilistas, los chóferes son de cuidado, ¿no? Vas contra uno y te salen otros tres microbuseros de quién sabe dónde”. A lo que contestó: “Eso no es cierto. Ya estamos atomizados, no estamos unidos”.

Por Diosito santo

El Gordo se acerca hacia un trabajador de la gasolinera mientras inspecciona una bolsa negra de plástico que carga con su mano derecha. Saca una loción en una botella de vidrio, la dirige hacia el pecho de su interlocutor y presiona la punta de la botella en dos ocasiones para rociarlo. El despachador de gasolina saca dos pesos y se los pone en la mano. Después repite el mismo procedimiento con otros despachadores, chóferes y al final con sus cuates de la Liga de la Justicia. Ya no se sabe si huele a gasolina, perfume o activo; era un aromático coctel molotov.

Mientras regresa, el Gordo embolsa las nuevas ganancias en sus jeans, guarda su perfume con el resto de los productos en la bolsa de plástico y después la deja en el suelo a un costado de la bomba de gasolina para seguir con la plática. “Jugamos baraja los domingos, pero al Batman jamás le gustó”.

El Batman solía vestir con una playera del América —un equipo de futbol que tiene su casa a unas cuadras de la Baticueva, en el Estadio Azteca—; repartía bendiciones al cielo cada vez que le caían los pesos desde la mano de los microbuseros y sostenía fuertemente las monedas para persignarse con ellas.

“Era bien cristiano, siempre iba al templo. Patas, ¿verdad que el Batman era bien cristiano?”, preguntó el Moco. “Sí, luego íbamos a ver a los santitos. Este 28 de octubre los invitamos a ver a San Judas, a todos los reporteros”, dijo el Patas.

Cuando el Patas llegó, creía que alguien se estaba pasando de lanza. Su apariencia escuálida se neutralizaba con una mirada violenta. Era el cascarón de un joven que cuestionaba en defensa: “¿Te están echando carrilla?”. Encogió sus hombros, sacó su lata de activo, remojó su estopa con la mano, la acercó a su nariz y comenzó a inhalar. El Moco le pidió un poco, él se negó. “Nos podremos pelear por un chingo de cosas, pero nunca por la mona”, aclaró la Tortuga.

Cada compa de la Liga de la Justicia tiene su “súper poder”. Al Stich le gusta el azul y tiene orejotas, al Microchip se le conoce por su pequeño cerebro, la Tortuga es el más lento de todos, el Patas camina mal por un accidente, el Gordo está gordo, al Moco se le salió el moco y el Batman, pues nadie sabe por qué le decían así, como si siempre hubiera querido encubrir su verdadera identidad.

Robin

Mientras picha unas cocadas y un chesco en las oficinas de la Ruta 26, el Vieja alega que cuando murió su amigo el Frijol, hace 20 años, todos los concesionarios y chóferes consiguieron cerca de 600 mil pesos —de entonces— para que la esposa y sus ocho hijos pudieran tener un sustento.

En la Baticueva, el Moco narraba cómo los compas de la Liga de la Justicia también dejaron un poco de dinero a la esposa del Batman cuando fueron al hospital, pero las monedas eran más un buen gesto que un buen sustento.

Con su lata de activo en la mano, el Moco reconocía que él dejó de estudiar por un retraso mental. Le hubiera gustado ser abogado o ingeniero. Quiere estudiar nuevamente, pero le apena que se vayan a burlar de él por no saber leer. También piensa en tatuarse o entrar a la cárcel para dar miedo y que así las personas le compren más dulces. El joven de 19 años —quien desde los 15 ya vive con su novia— no sabe cuál es el mejor camino para definir su futuro.

A su vez, el Microchip explicaba cómo es que llegó hasta la aclamada Baticueva. El más morro de la cuadrilla se convencía de que después de haber sido corrido de la escuela era la única alternativa que tenía. En ese momento el Moco lo interrumpe: “¡A la verga, a nadie lo corren de la escuela! ¡Tú te sales de ella!”.

El Moco recordaba cómo Batman llegaba equipado algunas veces con bocinas para reproducir alabanzas. Procuraba enderezar a los jóvenes que aún habitan en la Baticueva. Si bien nunca supo cuál es el nombre completo del cincuentón que vio a diario por ocho años, al menos se aprendió su nombre de pila: Salvador.

Ya lo decía Salvador Dalí: “De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas”.

* Este texto es resultado del Mashup de Periodismo Balas y Baladas 2014 organizado por Agencia Bengala y Arca.

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