¿Es barbarie, es el tejido social que está roto, es la violencia del momento que se desborda, es la confusión del momento, es la reacción de los delincuentes ante la nueva estrategia de seguridad en Tamaulipas?

 

Por Carlos Manuel Juárez

Decenas de adolescentes entran y salen de una casa azul de dos pisos en Tampico, Tamaulipas. Se paran afuera, se recargan en los muros, se miran y hablan poco. Un joven de camisa azul y corte escolar, con una cara de piedra, camina y se detiene a mitad de la calle. Adentro de la casa, su amigo de la secundaria, Ronnie Ubaldo Aguilera Tellez, yace muerto. 

Desde el martes 25 de junio que Ronnie no llegaba a su casa. Ese día, saliendo de clases de la Secundaria No. 5 Carolina Balboa Gojón, una balacera lo pescó a medio camino y una bala se le incrustó en la cabeza. Ingresó al hospital. Su estado era de gravedad, informó insistentemente el director del Hospital Doctor Carlos Canseco, Luis Eduardo Pérez Garza. 

Al segundo día de hospitalización, la palabra que más se repetía en el área de Urgencias era “milagro”. Éste no ocurrió, y el martes por la tarde murió tras 159 horas de agonía. Ronnie llegó a las 00:00 horas del miércoles. Hacía una semana que no pisaba su hogar. Entró a la colonia Moscú sin poder ver a las cientos de personas que llenaron las calles Estero y Sol para recibirlo. 

“Yo rezo y he ido a velorios, pero lo de Ronnie era una cosa exagerada. Es porque Ronnie era famoso, muy buen muchacho. Amigo de mi hijo en la escuela”, dice una señora que estuvo en el velorio hasta entrada la madrugada. Ahora sus compañeros, maestros y vecinos se cubren de la lluvia debajo de una lona; las madres oran, algunos hijos platican, otros no comprenden la muerte de Ronnie.

La lluvia aprieta. Las marchantes desarman sus puestos del mercado rodante que se instala, hoy, alrededor del velorio. A pocas cuadras de aquí velan a una anciana que falleció por causas naturales. Sin embargo, la muerte de Ronnie no fue natural. Natural es que la creciente del río Tamesí se deslice, año con año, por las calles de este sector hasta entrar a las casas. Pero tener 14 años, ir caminando por la banqueta y que una bala en la cabeza te mate no es natural.

¿Es barbarie, es el tejido social que está roto, es la violencia del momento que se desborda, es la confusión del momento, es la reacción de los delincuentes ante la nueva estrategia de seguridad en Tamaulipas? Tal vez sea todo o nada. Hoy las familias Aguilera y Tellez no buscan a los responsables, ni quieren hablar con los reporteros; ni juzgan el hecho que provocó la muerte del nieto, hijo, primo, sobrino. “No es ninguna injusticia. Se hizo lo que se hizo y ya”, dice uno de los tíos de Ronnie. 

Una jovencita sale de la casa azul. Se abraza de un muchacho. Esconde su cara en la espalda de él. No llora. La cantidad de niños que ingresan no es la natural para un velorio. Pocos visten de negro. Pocos se comportan como en un funeral. Los adultos lloran; ellos comprenden. Los chicos no lloran. 

En silencio lo despiden

El panteón está lleno de niños y de jóvenes. Niños parados arriba de las tumbas. Adolescentes varones que juegan y ríen. Seres pequeñísimos que corren entre la maleza. Niñas que se sientan en los sepulcros. Bebés que se abrazan a sus mamás mientras ellas les espantan los moscos. Todos vienen al panteón para despedir a Ronnie. 

A lo lejos del mausoleo, un grupo de seis muchachos vestidos de camisas Polo verde, amarilla, negra, azul, blanca y roja platica en voz baja. Uno de ellos luce un arete que brilla en su oreja derecha. El féretro baja de la carroza y avanza debajo de las ramas de los árboles. Uno de los chicos lo ve y se quita la gorra negra de la cabeza. A Ronnie lo acompañan más de 200 personas que caminan lento entre los túmulos. 

Sus amigos, vecinos, maestros y compañeros de la secundaria Carolina Balboa Gojón lo velaron con rezos y cantos. Su “banda” lo vio y salió con cara de incredulidad. No creían —no creen— que Ronnie Ubaldo Aguilera Tellez haya muerto por causas no naturales; por una bala salida de una arma accionada por una persona, de la que el gobierno no sabe nada. 

El ataúd es colocado en la boca de la fosa. Cuatro jovencitas vestidas con jumper guinda miran al fondo con cara de susto. Los niños más pequeños suben a las tumbas, ayudados por sus papás. Decenas de choferes de la ruta Morelos-Moralillo-Moscú acarrean los arreglos florales de la entrada del cementerio al punto de encuentro. El llanto se convierte en murmullo. Las voces se apagan. El silencio se esparce. 

Los padres, tíos y abuelos de Ronnie resisten al pie del sepulcro. Sobre las tumbas hay niños, jóvenes y matrimonios parados. Los viejos se sientan en cualquier sitio que encuentran. El único sonido que se reproduce es provocado por los pasos de las personas que pisan la basura y la hierba.

Una mujer de blusa rosa pide a los asistentes que recen un Ave María. La oración se termina y el silencio vuelve. La misma mujer pide, a la cuenta de tres, una porra para Ronnie. 

Los ra ra ra son atropellados por el llanto. Un joven reparte globos blancos y azules a los niños y jóvenes. Los muchachos que treparon a un sitio alto se sujetan de la escultura de un ángel. Sueltan una mano y se la pasan por la cara, se quitan la gorra. Miran la tumba de Ronnie.

El sepulturero se abre camino entre la gente. El ataúd baja. Una de las cuatro jovencitas mira al fondo, en su mano derecha sostiene con fuerza una flor y un globo blanco. El viento mueve los globos. El silencio es hondo. Como ayer, como desde el martes 25 de junio, los familiares no quieren saber quiénes son los responsables; tampoco quieren hablar con los reporteros, ni juzgan el hecho que provocó la muerte del niño, del estudiante de 14 años. 

Ronnie Ubaldo Aguilera Tellez, fanático del futbolista Neymar y del cantante Chris Brown, se despide entre los globos que esquivan las copas de los árboles para subir hasta el cielo; entre la incomprensión de sus compañeros de escuela; entre las coronas y arreglos que cubren su lápida; entre el silencio de los suyos y del gobierno.

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