Recuerdo de una mujer rarísima

Por Robert Thomas Jr.

Marguerite Young, escritora oriunda de Indiana, quien se convirtiera en una de las queridas del movimiento avant-garde e inspirara a todo un culto de devotos seguidores a pesar de haber dejado atónita a la crítica con una única y gigantesca novela, murió este viernes 17 de noviembre en casa de una de sus sobrinas, en Indianápolis. Tenía 87 años.

Miss Young, una profesora de redacción en New School que comenzó su carrera literaria como poeta premiada y la terminó haciendo crítica, biógrafas y ensayos, era una figura respetada entre círculos literarios, querida en Greenwich Village por su excentricidad, y eso mucho antes de que Scribners publicara su única novela, Miss MacIntosh, My Darling, en 1965.

Luego se convirtió en una leyenda: la de la mujer con pelo de casco que se parecía a W.H. Auden, escribía como James Joyce, andaba por el Village bajo un zarape, desayunaba en Bigelow’s con Richard Wright, se emborrachaba en el White Horse’s Tavern con Dylan Thomas, compadreaba al lado de Truman Capote y Carson McCullers, conservaba una amplia colección de muñecas en su apartamento de Bleecker Street y agasajaba a sus amistades más íntimas con relatos sobre sus conquistas amorosas.

No obstante su amplio rango, la señorita Young marcó sus límites. Ella misma ha dicho que consintió los coqueteos del poeta Allen Tate pero rechazó los de Miss McCullers, diciéndole en Yaddo, allá por 1946, “Mira, Carson, si yo pudiera amar a cualquier mujer, sería a ti”.

Quien no ha escuchado sobre Miss Young ni ha leído su obra maestra, Miss MacIntosh, My Darling, no tiene por qué avergonzarse. Es sin duda uno de los libros más aclamados y menos leídos; en efecto, son relativamente pocos quienes lo han recorrido, y todavía menos los que han visto el punto final.

Hasta los más apasionados admiradores de Miss Young (y vaya que sus admiradores, desde Anais Nin y Djuna Barnes hasta John Gardner, Anne Tyler y una prolífica banda de feministas, son bastante apasionados) conceden que el libro, descrito con calificativos variopintos como “épica mastodónica”, “fábula masiva” y “una obra de belleza y magnitud que aturden” (sin mencionar “alucinante”, “etérea” y “por completo apabullante”), es mucho bocado para una sola sentada. Demasiado repleta como ser un sólo platillo, se saborea mejor, dicen, en cachitos, como un tazón de caramelos a un costado de la cama.

Seguro que es Miss MacIntosh la obra en la que héroe del Accidental Tourist de Miss Tyler se sumerge para consolarse de rato a rato.

La ambivalencia con la que el libro fue recibido entre los críticos queda bien reflejada en el hecho de que el New York Times lo descartó con desprecio mientras que William Goyen, uno de los amigos de Miss Young, hizo de su reseña en el Times Sunday un himno que abarcó toda la página.

Narrado por la propiamente nombrada Vera Cartwheel, quien se permite una serie de piruetas verbales y mentales durante las 948 páginas que dura su viaje desde la costa de Nueva Inglaterra hasta el corazón de Estados Unidos (y los adentros de la mente de su autora), la obra describe la búsqueda esencialmente imaginaria de la narradora por descubrir la verdad ilusoria acerca de su nana, Miss MacIntosh, una mujer calva y de un sólo pecho que tal vez se ahogó cuando Miss Cartwheel tenía 14 años. O tal vez no.

Quienes han leído sólo acerca de Miss MacIntosh la conocen principalmente como un fenómeno durable, tanto por los 18 años que tardó en escribirse como por su tremendo grosor. Con mil 198 páginas y alrededor de tres cuartos del millón palabras, ha sido descrita como la novela más larga que se haya publicado en inglés como un volumen único. Ediciones posteriores, como el facsímil reeditado por Darkley el año pasado, la han dividido en dos partes.

Miss Young, nacida en Indianápolis en 1908, fue una artista precoz. Escribió sus primeros poemas a los 6 años, se unió a la Liga de Autores a los 11, publicó por primera vez en la Universidad de Indiana cuando tenía 19, ganó primer lugar en un concurso literario de la Universidad de Butler a los 20 y publicó su primer poemario, Prsimatic Ground, a los 28, en 1937, un año después de haber terminado su maestría en literatura isabelina y jacobina en la Universidad de Chicago.

Parece ser que de las experiencias formativas que sufrió en Chicago, las más significativas sucedieron fuera de clase, entre ellas las amistades que estableció con Thornton Wilder, Gertrude Stein y otros literatos de figura. Pero lo que más la marcó fue su trabajo de medio tiempo leyéndole a una adicta adinerada, Minna Weissenbach, patrona de la Edna St. Vincent Millay. Miss Weissenbach y sus fantásticos viajes, posibilitados por la droga, fueron la inspiración de la famosa “dama del opio” en Miss MacIntos.

Aunque renegaba de las sustancias, Miss Young era capaz de incursionar en viajes mentales impresionantes, tanto en la página como fuera de ella. En su vida (más o menos) real, como le contó a Charles Ruas en una entrevista incluida en Conversations with American writers (Knopf, 1985), con frecuencia espantaba a sus alumnos de New School anunciando que Henry James había entrado al salón.

Y el Greenwich Village habitado por ella era mucho más interesante que el que percibía la mayoría.

“Veo a Emily Dickinson con frecuencia”, le dijo a Mr. Raus. “También a Virginia Woolf , a Dickens, a Poe. A él lo veo durante las noches neblinosas en la Plaza Sheridan, cuando llueve. Se mete a una tabaquería para comprarse un cigarro. Soy bien cercana a Poe”.

Miss Young, quien daba clases de preparatoria en Indiana y en la Universidad de Iowa después de su tiempo en Chicago, se mudó a Nueva York en 1943 e irrumpió en la escena literaria dos años después gracias a la publicación simultánea de Moderate Fable, premiada por la Academia Nacional de las Artes y las Letras, y Angel in the Forest, un aclamado testimonio sobre una sucesión de comunidades utópicas en New Harmony, Indiana.

Tras la publicación de Miss MacIntosh en 1965, comenzó a escribir Harp Song for a Radical, una biografía de Eugene V. Debs. Treinta años después, el libro sigue sin ser impreso, pero Victoria Wilson, editora de Knopf, declaró ayer que esta “sorprendente” obra sólo necesita una podada.

Al parecer, el manuscrito entregado por Miss Young es de 2 mil 500 páginas.

No dejó familia ni quien le sobreviviera.

*Texto publicado en el New York Times (1995).

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