Por Paul Auster

Ilustración de la serie ‘La Central de Abastos en Oaxaca’ por Metztli Hernández


Para demostrar que no era un ególatra malagradecido, le preguntó a Auster qué escribía. Auster permaneció un tanto discreto, pero finalmente confesó estar trabajando en un libro de ensayos. Ahora escribía un texto sobre Don Quijote. 

—Una de mis obras favoritas —dijo Quinn.

 

 

—Sí, también de las mías. No hay nada parecido.

Quinn le preguntó sobre el ensayo.

—Supongo que podría llamarlo una pieza especulativa, ya que no tengo la intención de probar nada. De hecho, todo es bastante humorístico. Una lectura imaginativa, podría decirse.

—¿De qué trata?

—Trata más que nada sobre la autoría del libro. Quién lo escribió y cómo fue escrito.

—¿Hay duda alguna?

—Claro que no. Me refiero al libro dentro del libro escrito por Cervantes, el que imaginó estar escribiendo.

—Ah.

—Es bastante simple. Cervantes, si lo recuerda, hace un gran esfuerzo por convencer al lector de que él no escribió la obra. El libro, dice, fue escrito en árabe por Cid Hemete Benengeli. Cervantes describe su descubrimiento del manuscrito por casualidad en un mercado de Toledo. Contrata a alguien para que lo traduzca al español, y después se presenta a sí mismo como un editor de aquella traducción y nada más. De hecho, ni siquiera puede confiar en la exactitud de la traducción misma.

—Y sin embargo —añadió Quinn— declara que la de Cid Hemete Benengeli es la única versión verdadera de la historia de Don Quijote. Todas las otras son engaños escritos por impostores. Se la pasa insistiendo que todo lo que sucede en el libro de veras pasó en el mundo real.

—Exacto. Porque el libro, después de todo, es un ataque contra los peligros de lo imaginario. No podía hacer eso utilizando un producto de la fantasía, ¿o sí? Tenía que decir que era algo real.

—Aún así, siempre he sospechado que Cervantes devoraba aquellos antiguos romances. No puede odiarse algo con tanta violencia sin tenerle por lo menos un poco de cariño. De cierto modo, Don Quijote era sólo una máscara del mismo Cervantes.

—Estoy de acuerdo. ¿Qué mejor manera de retratar a un escritor que mostrando a un hombre que ha sido embrujado por los libros?

—Precisamente.

—De cualquier manera, si se supone que el libro es real, es lógico que la historia tuvo que ser escrita por un testigo de los eventos que suceden en él. Pero Cid Hemete, a quien se reconoce como autor, nunca aparece. En ningún momento declara haber estado presente durante la acción. Entonces, mi pregunta es esta: ¿quién es Cid Hemete Benengeli?

—Sí, ya veo para dónde va.

—La teoría que postulo en el ensayo es que Cid Hemete es en verdad la mezcla de cuatro personas distintas. Sancho Panza es, por supuesto, el testigo. No existe otro candidato, ya que es el único que acompaña a Quijote en todas sus aventuras. Pero Sancho no sabe leer, ni escribir, por lo tanto, él no puede ser el autor. Por otro lado, sabemos que Sancho tiene un don tremendo para el lenguaje. No obstantes sus despropósitos, puede hablar más y mejor que todos en el libro. Me parece perfectamente posible que él le dictara la historia a alguien más, específicamente al barbero y al sacerdote, ambos buenos amigos de Don Quijote. Ellos trasladaron la historia a un formato propiamente literario —en español— y después le entregaron el manuscrito a Sansón Carrasco, el bachiller de Salamanca, quien procedió a traducir el texto al árabe. Cervantes encontró esa traducción, la mandó a traducir de vuelta al español y luego publicó el libro El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

—¿Pero por qué Sancho y los otros se tomarían tantas molestias?

—Para curar a Don Quijote de su locura. Lo que quieren es salvar a su amigo. Recuerde, al comienzo queman todos sus libros de caballería, sin éxito; el Caballero de la Triste Figura no abandona su obsesión. Después, en distintas ocasiones, van a buscarlo bajo varios disfraces —una dama en peligro, el Caballero de los Espejos, el Caballero de la Blanca Luna— para traerlo de vuelta a casa. Y al final lo logran. El libro era sólo uno de sus trucos. La idea era sostener un espejo frente a la locura de Quijote, registrar cada uno de sus absurdos y ridículos delirios, para que cuando finalmente leyera el libro por sí mismo, se diera cuenta de su error.

—Me agrada.

—Sí. Pero hay un giro más. Don Quijote, a mi manera de verlo, no estaba del todo loco. Sólo se hacía pasar por uno. Recuerde: a lo largo del libro, Don Quijote se muestra inquieto por la cuestión de la posteridad. Una y otra vez se pregunta con qué tanta precisión registrará el cronista sus aventuras. Esto implica conocimiento de su parte; él sabe de antemano que este cronista existe. ¿Y quién más puede ser si no Sancho, el leal escudero a quien Don Quijote ha escogido para este mismo propósito? De igual modo escogió a los otros tres para que jugaran el papel que les tenía destinado. Fue Don Quijote quién diseñó el cuarteto Benengeli. Y no sólo escogió a los autores, fue probablemente él quien tradujo el manuscrito árabe de vuelta al español. No hay por qué creerlo incapaz. Para un hombre con semejantes dotes en el arte del engaño, oscurecerse la piel y portar las ropas de un moro no debió ser muy difícil. Me agrada imaginar la escena en el mercado de Toledo. Cervantes contratando a Don Quijote para descifrar la historia del propio Don Quijote. Hay una gran belleza en ello.

—Pero aún no ha explicado por qué un hombre como Don Quijote interrumpiría una vida tranquila para embarcarse en un engaño tan elaborado.

—Eso es lo más interesante del asunto. En mi opinión, Don Quijote estaba orquestando un experimento. Quería poner a prueba la ingenuidad de su prójimo. ¿Acaso será posible, se preguntó, pararse frente al mundo y, con la más fuerte de las convicciones, rociar mentiras y sinsentido? ¿Decir que los molinos son gigantes, que el cubilete del barbero es un casco, que las marionetas son personas de carne y hueso? ¿Sería posible convencer a los otros de estar de acuerdo con lo que dice incluso sin que le crean? En otras palabras, ¿hasta qué punto la gente tolera la blasfemia siempre y cuando los entretenga? La respuesta es obvia, ¿no? Hasta cualquier punto. Y la prueba está en que seguimos leyendo el libro. Nos sigue pareciendo muy entretenido. Y eso es a fin de cuentas lo que uno busca en un libro: entretenerse.

Auster se reclinó contra el sofá, sonrió con cierto placer irónico y encendió un cigarrillo. Era obvio que lo estaba gozando, pero la naturaleza precisa de aquel gozo eludió a Quinn. Aquello parecía una risa callada, un chiste que se frena justo antes de terminarse, una alegría generalizada y sin objeto alguno. Quinn estaba a punto de decir algo en respuesta a la teoría de Auster, pero no le dieron la oportunidad. Apenas abrió la boca, fue interrumpido por el tintineo de unas llaves en la entrada, el sonido de la puerta abriéndose y luego cerrándose de golpe y el estallido de un par de voces.

*Fragmento de City of Glass (1985). Traducción de Staff El Barrio Antiguo

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